Por Hannah Pérez  

Como cualquier artículo del mundo digital, una obra de arte virtual seguirá siendo reproducible infinitamente ¿Entonces, por qué comprarla?

***

 

“A veces pienso, Harry, que sólo hay dos épocas importantes en la historia del mundo. La primera es la aparición de un nuevo medio para el arte, y la segunda es la aparición de una nueva personalidad para el arte también“.

(Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray)

El mes pasado, Netflix estrenó “Made You Look”, un documental sobre el mayor caso de falsificación de arte en Estados Unidos. En resumen, el largometraje relata la historia de cómo la prestigiosa galería Knoedler en Nueva York vendió cerca de USD $80 millones por un puñado de obras falsificadas, supuestamente pertenecientes a los artistas Jackson Pollock, Willem de Kooning y Mark Rothko. 

Además del arte, el documental aborda muchas aristas e invita a reflexionar en torno a diversos temas: el poder de la mentira, la ambición de los coleccionistas, la élite multimillonaria del arte en Nueva York, la codicia de los inversionistas de arte. Pero sobre todo, me hizo pensar en una cosa: las aparentemente limitadas herramientas disponibles a la hora de probar la autenticidad de una pieza de arte.

Si bien es cierto que existen diversos métodos, incluyendo sofisticados mecanismos científicos, como estudios forenses mediante la datación por carbono, en el documental, la directora de la galería, Ann Freedman, parece primordialmente preocupada por lograr autenticar las obras a través de un registro de procedencia: un relato pormenorizado de la historia del cuadro y sus propietarios. 

Una tarea particularmente difícil en el caso de las piezas de arte en cuestión, porque -además de que eran falsas, información que sabemos ahora, pero que Freedman asegura haber desconocido- consistían en presuntas creaciones inéditas. De modo que el registro de procedencia y la mirada experta de los críticos de arte parecían ser, para Freedman, sus mejores aliados a la hora de verificar la autenticación de las pinturas que estaba adquiriendo.

Curiosamente, el documental está debutando en el streaming en medio de una tendencia creciente en el vasto mundo digital: los tokens no fungibles (NFT), una tecnología relativamente reciente pero que ya está causando un gran impacto dentro de la industria del arte tradicional. 

NFT debuta en el mundo del arte

La semana pasada, un arte en formato NFT se vendió por USD $69 millones a través de la consagrada casa de subastas, Christie’s. La obra pertenece al artista digital Beeple, quien además marcó un récord por vender una pieza de arte a una cifra tan alta aún estando en vida. 

Parece increíble que una pieza completamente digital se haya vendido por tan solo USD $10 millones menos que las 60 obras supuestamente pertenecientes a algunos de los artistas más notables del expresionismo abstracto norteamericano. 

En ese momento, las piezas alcanzaron tal valor porque estaban respaldadas por una supuesta historia de procedencia, difícil de comprobar, pero en la que muchos confiaron. Este ‘pedigree’ fue suficiente para valorar las pinturas por miles de dólares a la vez que también facilitó, posteriormente, arrebatarles cualquier atractivo una vez se descubrió su falsedad.

El hecho en sí mismo genera muchas interrogantes sobre lo que realmente consideramos arte y por qué estimamos tanto algunas obras y no otras -un asunto que el propio documental sabe transmitir con delicadeza. Pero, más allá de esa reflexión, me asaltó otra pregunta:

¿Qué puede decirnos este hecho acerca de la exorbitante suma por la que se vendió la obra de Bepple? ¿Cómo es posible que hoy en día una sola pieza de arte digital se venda a un precio tan cercano al de unos cuantos Pollocks, Koonings y Rothkos

Gratis en Internet, ¿por qué pagar millones?

Everydays: The First 5.000 Days”, la pieza de arte creada por Beeple que se vendió por casi USD $70 millones, no es solamente una obra digital: es un NFT. Aunque hasta ahora es el más caro, el NFT de Beeple no es el único.

Multitud de empresas, celebridades, artistas, bandas musicales, equipos deportivos -y ahora hasta robots– se han incorporado a este espacio para vender sus propios coleccionables digitales. Solo en febrero los cinco principales proyectos de NFT vendieron más de USD $320 millones, un fuerte signo de que esta industria está explotando. 

beeple christie's
“Everydays: The First 5.000 Days” de Beeple – Imagen de la casa de subastas Christie’s

Un NFT (non fungible token, por sus siglas en inglés) es básicamente un coleccionable digital. Un activo único y escaso basado en una plataforma Blockchain -como Ethereum– que puede representar cualquier objeto digital. Un NFT puede ser una canción, un poema, un meme, una ilustración, una foto, un tweet. También pueden estar respaldados por activos u objetos del mundo real, como bienes raíces o calcetines.

Sin embargo, como cualquier artículo del mundo digital, seguirá siendo reproducible infinitamente. La mayoría de las veces en un acto tan simple como copiar y pegar. El meme en el cual se basa un NFT continuará circulando en Internet, descargable y compartible de forma gratuita. El tweet convertido en NFT también seguirá estando público en Twitter a la vista de todos. ¿Entonces, por qué comprarlo?

Copiar y pegar ad infinitum

Quizás lo más interesante en la propuesta de valor de los NFT, está en que estos otorgan un certificado de autenticidad inmutable y verificable en Blockchain. Una propiedad que no solo brinda a los creadores mucho más poder y autonomía sobre sus obras, sino que otorga a los coleccionistas la seguridad de que solo uno de ellos tiene la propiedad de una obra. Un asunto que, como hemos visto, resulta especialmente importante dentro de la industria del arte. 

De esta forma, el meme que es acuñado como NFT tendrá un registro que, sin necesidad de terceros, certifica de forma inmutable y actualizada, quién es el creador y quién es el dueño de tal pieza. Los compradores de NFT no están entonces comprando un archivo JPG, sino un certificado de autenticidad y de propiedad de una obra.

En consecuencia, el NFT otorga una licencia que permite al coleccionista vender la propiedad y derechos de una obra, algo que no puede hacer nadie con una copia gratuita. Quizás es un poco difícil de entender. En su obra, el filósofo Walter Benjamin ya adelantaba los desafíos que enfrentaba el arte en la “era de la reproductibilidad técnica”.

Piénselo así. Cualquiera puede tener una Mona Lisa en su casa. De hecho, cuando viaja a Francia es más probable que vea a La Gioconda en todos lados antes que en el Louvre: postales, llaveros, franelas, bolsos, etc. Incluso puede comprar cuadros idénticos al original. 

El asunto es que usted y todos los demás saben que no es aunténtico, una información que conocen porque, en el caso de La Mona Lisa, es público y notorio que esa pintura está expuesta en el famoso museo, y que su propietario es el Estado francés. En un caso un poco más sencillo, digamos que usted tiene una imagen autografiada por un famoso. Esa imagen se puede fotocopiar miles, millones de veces, pero la original solo será una, y esa probablemente será la que se venda más cara. 

La Gioconda es un NFT

Podemos convertir La Mona Lisa en un NFT pero eso no significa necesariamente que la estemos volviendo un artículo digital reproducible. No es lo mismo que yo convierta una imagen descargada en Internet de la pintura de da Vinci en un NFT, a que el propietario de la obra lo haga. (De hecho ya se están comerciando múltiples NFT de La Mona Lisa en los mercados online de coleccionables).

Aunque en ambos casos estaríamos otorgándole un certificado de procedencia verificable en Blockchain, sólo en el caso en que el gobierno francés acuñe el NFT, podría este conferir los derechos sobre la pintura original. Es decir, para ese caso hipotético en particular, el Estado francés llevaría toda la documentación de procedencia que existe actualmente sobre dicho óleo -y que es verificable- a una plataforma Blockchain que convierta este registro en un documento inmutable, auditable y perdurable. 

Esto puede parecer leve en un caso tan prestigioso y con tantos años de registro como La Gioconda, pero cuando se trata de obras más recientes y con procedencia menos clara, esta posibilidad que brindan los NFT resulta especialmente valiosa, e incluso crucial a la hora de prevenir la falsificación

En este aspecto -y también en otros que no abordaré ahora-, considero que los NFT representan un cambio total de paradigma para la industria del arte. Me gusta pensar que esta tecnología puede, además, concederles a las obras de arte físicas el deseo de Dorian Grey: la belleza eterna.

Todo lo anterior puede explicar una de las razones por las que la obra de Beeple alcanzó una cifra tan alta. Más allá de su valor estético, esta pieza cuenta con un registro de procedencia inmutable, un certificado de propiedad comprobable y es un documento de autenticidad, que, al final, le permite al coleccionista presumir su propiedad sobre una obra de arte costosa, a pesar de que todos podamos descargarla en Internet.

Más preguntas que respuestas

Las reflexiones en torno a los NFT están lejos de terminar aquí. Contrario a lo que pudiera parecer a primera vista, Blockchain no es la panacea para las falsificaciones. De hecho ya estamos viendo casos polémicos en torno al robo de propiedad intelectual y derechos de autor dentro de este espacio. 

Se trata de una herramienta con el potencial de promover una industria creativa más justa, donde los artistas sean quienes tengan el control y poder de sus obras, pero que aún sugiere muchas incertidumbres regulatorias y demasiadas interrogantes. ¿Por qué los NFT se ponen de moda justo ahora, habiendo nacido hace 6 años? ¿Qué los hace tan costosos? ¿Son acaso los nuevos activos de inversión o es mera especulación? ¿Es por su valor estético o es por su potencial tecnológico?

Mientras muchos seguimos mirando los NFT con los mismos ojos con los que generaciones anteriores vieron el urinario de Duchamp, Beeple y una masa de creadores digitales están escribiendo hoy la historia del arte; y lo está haciendo con la tinta inborrable de Blockchain.


Lecturas recomendadas


Artículo de opinión por Hannah Estefanía Pérez / DiarioBitcoin

Imagen de Unsplash