Por Editor DiarioBitcoin  

El cuento “Un millón de bitcoins”, bajo el seudónimo de Juan Limón, cuyo autor indica ser ingeniero de Sistemas mexicano, ganó el segundo lugar de nuestro primer Concurso de CriptoFicción. 

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Un millón de bitcoins

Por Juan Limon / BTC 19Swme53VssY6SfRdmaYsBrdH3mXurfFTs

Mis manos buscan entre una gran cantidad de artículos usados. Tenía años sin asistir a una venta de cochera en California, veo a la vendedora, una señora de unos 55 años, con un lápiz en la boca. Me imagino que ella fuma, pero en esta ocasión para desestresarse y no molestar a los compradores se pone un lápiz y lo aprieta con fuerza, parece un tanto desesperada… No, parece triste.

Parece que le duele vender las cosas usadas, como le pasaría a una acumuladora, o a una madre que perdió a su hijo y ahora debe vender los últimos recuerdos.

Entre las cosas usadas me encuentro con una tarjeta de video, se ve algo antigua, pero algo me llama la atención, en un costado, entre los chips de la tarjeta, lleva tallado con algún tipo de elemento punzante una serie de números y letras que pareciera una clave privada. Podría ser de Bitcoin, y esto hace que me emocione.

Pregunto a la señora por el precio y ella se queda mirando a la tarjeta, como recordando algo. Su mirada se llenó de tristeza, pero a la vez de enojo, como si la tarjeta le hubiera quitado algo que ella hubiera amado.

—10 dólares— me respondió—. Dame 5 antes de que me arrepienta.

La compro, y ya quiero llegar a casa e intentar poner esa posible clave privada en una billetera para ver qué me muestra. Me siento frente a mi computadora, abro la billetera de Bitcoin, la pongo y nada pasa. Lo vuelvo a intentar una y otra vez, pero siempre el mismo resultado. Hasta que me percato que en el tercer número, que es un 3, se nota algo extraño, pareciera más una “E”, así que pongo la letra y se carga una billetera.

Mis ojos están sin poder comprender la cantidad que aparece en la pantalla: tengo frente a mí más de un millón de bitcoins. Mi mente trata de hacer un cálculo rápido y no entiendo cuántos millones de dólares son, sé que son muchos, sé que jamás podría acabarme esa cantidad de dinero y comienzo a pensar qué es lo que haré. Seguro compraré una casa en una isla… o mejor compraré la isla completa y me haré una casa a mi gusto, viajaré por el mundo casi toda la vida… Pero…¿entonces para que quiero la casa en la isla?

Dejo de soñar despierto y me apresuro a salvar esos bitcoins, no vaya a ser que alguien más en alguna otra parte del mundo pueda acceder y los retire antes que yo. Así que, como siempre y siendo cuidadoso, hago la primera prueba: me envió cincuenta mil bitcoins a otra billetera que me he creado. 

Los cincuenta mil bitcoins llegan, pero también llegan las alarmas. El mundo entero está despierto, todos están preocupados porque alguien ha movido 50 mil BTC de la billetera privada de Satoshi Nakamoto. En menos de 1 hora los medios se llenan de la noticia y el precio de BTC colapsa 70%.

Soy un amante de las criptomonedas y lo último que quiero es que el precio caiga o que se deje de confiar en BTC. Y me doy cuenta de que al mover BTC de esa billetera estoy creando un miedo a toda la gente, ya que saben que si se vende ese millón de bitcoins el precio colapsaría y prefieren vender los suyos, haciendo que el precio al final colapse. Ahora viene la siguiente parte: tengo 50 mil BTC en una billetera, los envió a mi exchange local y rápidamente todos saben quién soy, mi nombre y domicilio gracias al KYC. Una hora después escucho pisadas en mi patio, tal vez el gobierno, tal vez algún hacker, estoy lleno de nervios, ¡sudo como un cerdo!

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Mis manos buscan entre una gran cantidad de artículos usados. Tenía años sin asistir a una venta de cochera en California, veo a la vendedora, una señora de unos 55 años… Esperen un momento, esto ya lo había vivido.

Veo en mis manos la tarjeta de vídeo con la clave privada, pregunto el precio y me dice que 10 dólares, y rápidamente me vuelve a responder “5, dame 5 por ella”. Ya sé lo que vale, tengo 40 dólares conmigo, se los doy a la señora y me dispongo a retirarme. Frente a mi hay 3 chicos como de 27 años, me miran con la tarjeta de vídeo y me dicen: “No es una llave privada, ya la probamos y no funciona”. Sonrió por dentro y mis huesos tiemblan, me retiro a mi casa. Ya conozco la clave, ya sé qué letra cambiar, la cambio y entro de nuevo a la billetera. Allí están, un millón de bitcoins sin moverse. Pero… ¿y ahora como los retiro? Sé que con solo 1 BTC que mueva el mundo se va a colapsar, y que no puedo enviarlos a vender a un exchange porque ellos manejan toda mi información y sería fácil saber quién soy.

Pienso y deduzco que lo mejor que puedo hacer es enviar una cantidad considerable de BTC  a billeteras de varias ONG para ayudar a la gente, y entre esas billeteras envió algunos BTC a billeteras al azar para que la gente no sepa a dónde se está enviando realmente, pero con las billeteras públicas de las ONG se haga entender que los BTC estaban guardados para ayudar a la población que más lo necesitara cuando el BTC fuera fuerte. Entonces supuse que la gente confiaría en el uso de los BTC y todo estaría bien…

Pero de pronto me llegó la imagen de las ONG falsas de algún lugar de Asia donde secuestran o rentan a los niños a familias pobres para meterlos en orfanatos y conseguir ayudas que al final se destinan a los dueños de las organizaciones y me puso molesto. ¡No!, esa no era tampoco la forma de repartir los bitcoins, ¿pero entonces cuál era la forma?

Veo mi computadora y veo que el puntero del mouse se está moviendo solo, me acaban de hackear, me asusto, no sé cómo reaccionar, ¿Cómo supieron mi dirección IP?, ¿acaso ya tenían acceso a mi computadora desde antes de que consiguiera los bitcoins? Estoy lleno de nervios, ¡sudo como un cerdo!

*

Mis manos buscan entre una gran cantidad de artículos usados, veo a la señora, la tarjeta en mis manos, me dirijo a la señora, le doy 40 dólares por la tarjeta y salgo sin decir nada. La señora se queda sorprendida de que le diera los 40 y me retirara… Pero entonces pienso, ¿Y si el hijo de la señora no era Satoshi Nakamoto sino otro comprador como yo, que encontró la llave privada y la logro descifrar, y entendiendo lo que pasaría si movía un solo bitcoin decidió mejor no moverlo y aún así lo mataron?

Llego a la “seguridad” de mi casa, casa que en mi mente cada vez es más insegura, tengo la tarjeta en mis manos, se cómo acceder a la clave privada, se lo que hay dentro pero ahora no sé qué hacer con el dinero.

Ideo un nuevo plan, uno que ponga feliz a toda la gente del mundo, la idea que me viene a la mente es el repartir el millón de BTC entre cada persona del planeta, y deduzco que la mejor forma de hacerlo es comunicándome con todos los exchanges locales y repartiendo los BTC entre sus usuarios. Sé que manejan KYC por lo que los usuarios serán reales. Pero entonces me doy cuenta que menos del 5% de la población mundial están en un exchange y en general no son los más pobres. Existen siete billones y medio de personas en el mundo y no sé cómo llegar a todos. Pero en el caso de que llegue a todo, solo llegaría a personas mayores de edad que puedan entrar a los exchanges, y los BTC seguro los venderían al instante, haciendo que el precio cayera al rápidamente.

Así que se me ocurre hablar con los exchanges y hacer que den los BTC en 3 períodos: la primera parte al instante, la segunda después de 6 meses y la tercera después de un año, dividiendo a los países por los más pobres que recibirían sus bitcoins una semana antes que los demás. O puedo dejarlos allí, dentro de la billetera, y cuando existan las computadoras cuánticas algún hacker accedería a la billetera y se llevaría todo. De nuevo me preocupo, comienzo a sudar como un cerdo.

Esta vez despierto, todo era un sueño, estoy sudando en mi cama, son las 3 de la mañana y no puedo dormir. Hago cálculos y me doy cuenta de que si repartiera el millón de BTC entre todo el mundo le daría un poco más de un dólar a cada persona. Lo encuentro absurdo, pero ahora mi mente está llena de ideas, emocionada y triste. Aquí es donde te pregunto “¿qué harías tu?”.

FIN


Cuento ganador del 2do lugar del primer concurso de CriptoFicción de DiarioBitcoin

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