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El cuento “Helena, a living Blockchain”, de la diseñadora gráfica mexicana Cristina Agassini, obtuvo mención especial del primer concurso de CriptoFicción de DiarioBitcoinLo publicamos en nuestros domingos de ficción.

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HELENA, a living Blockchain

Por Cristina Agassini / BTC Bc1qnd2gvwvtraff64hephvfqe8rzwfc4rh4yedyrk

Johannesburgo, septiembre 2043

Sara vivió sus primeros años durante la segunda época del oscurantismo medieval seguida del segundo Renacimiento, esta vez, tecnológico, detonado por la creación de Bitcoin y el desarrollo de criptomonedas.

Fueron tiempos terribles ¿sabes? El sistema económico cayó por la manipulación y la guerra comercial gestada por el gigante asiático. El caos reinó cuando los gobiernos decidieron desaparecer el dinero fiat y dejar a la población sin esperanza. Miles de personas huyeron hacia las provincias. Migrantes forzados dentro de sus propios países.

Sara tenía 2 años cuando su padre, italiano experto en ciberseguridad en una empresa de AI, fue arrestado acusado de espionaje. Su madre latina, escritora de ficción, logró esconderse con ella en una comunidad de Ciudad del Cabo. Para entonces su padre había acumulado una fortuna ayudado de la naciente tecnología de blockchain.

Los siguientes años creció rodeada de chicos y chicas con diferente color de piel, lo que le enseñó a confiar en personas distintas a ella. Cantos, juegos, dulces, vegetales y frutas nunca faltaron. Y las historias de mamá. Casi siempre al anochecer. Los lenguajes que la niña aprendió: nguni, sotho y afrikàans complementaron su inglés y abrieron un mundo extraordinario de historias y leyendas de la tribu Zulú.

Fueron tiempos difíciles pero siempre encontraron la forma de hacer alianzas con las mejores personas. Elba la madre de Sara contaba con amistades en muchos sitios del planeta así que, no sería tan complicado supervivir. Uno de esos grandes amigos pudo financiar la educación de la pequeña mientras su padre permanecía recluido. Así que con gran suerte, llegó a la universidad.

Su mentor Matt Sanders notó la inteligencia y dulzura de Sara desde pequeña y bueno, la quiso más como una hija. Él y su esposa Chris, grandes amigos de Elba, apoyaron siempre a la pequeña y no fue difícil creerle cuando les dijo que quería ser genetista.

—¡¿Genetista?! —Matt no pudo evitar quitarse los anteojos y mirarla de cerca—.¿Estás segura?

—¡Claro! —se sentó junto a Chris y tomó su mano. La mirada inevitable de travesura para Matt.

—¡Basta! Deja de darme esa sonrisa, te conozco. Sabes que no puedo con esos bellos ojos…

—¿Qué va a decir tu madre? —Matt no sabía qué hacer.

—Vamos, mi madre no podrá decir que no si tú y Chris me apoyan ¡Por favor! —le pidió con esa sonrisa dulce que no podía rechazar. Eran tiempos inestables aún pero Matt conocía a grandes investigadores en Europa, seguro habría posibilidades.

Elba se negó al principio pero confiaba en sus amigos. Sara tuvo acceso a una de las mejores universidades europeas donde obtuvo el conocimiento necesario para entrar a un prestigioso círculo de investigación.

De las historias que su madre le había contado recordaba muy bien aquella sobre los bitcoins acumulados por su padre, guardados en una hardware wallet y los malabares que Elba tuvo que hacer para lograr esconderla y usarla para vivir. Una idea apareció en su cabeza.

Conocía las características de esa criptomoneda: era indestructible, digital, portable, divisible. Mucho de todo esto le resultaba conocido pues había aprendido junto a grandes maestros sobre las propiedades genéticas de las células.

Algunos de sus amigos investigadores que lograron acumular criptomonedas estaban siendo perseguidos por su gobierno. El control institucional continuaba y debían encontrar una solución. Las comunicaciones dentro de la web a pesar de los avances en seguridad eran vulneradas todos los días, muchos fueron despojados de sus ingresos a pesar de los esfuerzos de muchos desarrolladores y activistas.

Sara conocía bien la historia pues su padre aún estaba preso a causa de  un sistema corrupto y manipulado. 

Los avances científicos contribuyeron al inicio de la singularidad ¡Ella estaba siendo testigo de la más grande expansión de la genialidad humana! Le tomo un tiempo concluir sus investigaciones sobre código genético pero finalmente descubrió una proteína capaz de adaptarse a las células para guardar información en forma de luz proveniente de la propia energía interna generada por nuestra consciencia, a través de las experiencias físicas y emocionales. 

Sabía también que nuestras búsquedas e interacciones con internet creaban una representación numérica de nuestro cuerpo físico, básicamente compuesto por Data, una especie de “Alter Ego Digital” así que decidió experimentar y consiguió crear un código especifico basado en criptografía que lograba grabar en la proteína todas las actividades del mundo real incluidas las transacciones económicas dentro de la cadena de bloques de la red.

Así, con el uso de la proteína programada con el algoritmo genético, Sara había logrado lo que una Blockchain conseguía en Internet: guardar información específica de cualquier actividad, en este caso, dentro de una célula y conservarla inmutable.

Nuestra memoria celular lo ha hecho durante milenios, guardando una especie de holograma de todas las experiencias, incluyendo aquellas vividas por nuestros ancestros; con este gran descubrimiento, sería posible grabar la información financiera. Sonaba descabellado pero… ¡¿Qué más daba?! Estamos viviendo una época aunque terrible, maravillosa al mismo tiempo.

Decidió entonces trabajar junto a sus amigos desarrolladores para crear un dispositivo capaz de funcionar como interfaz que conectara la información generada en la red y comunicarla a las células para ser almacenada. De esta forma también podría ser leída. Ahora era posible programar la proteína por medio de luz y grabar datos dentro de las células en cualquier parte del cuerpo.

Sara había conseguido crear un sistema bio-descentralizado libre de censura e inconfiscable que permitiría a cualquier ser humano cruzar las fronteras con su información e identidad seguras.

Las transacciones a partir de su desarrollo, serían posibles con la simple lectura de la huella digital.

Generar el código creó al mismo tiempo las semillas originales, las semillas “Génesis” que podían crear billones de firmas públicas para ser usadas en transacciones y almacenamiento de datos. Sin embargo la mayoría de las personas habían sido censadas por los gobiernos existentes y su ADN ya era conocido. Los ciudadanos de cada país eran sometidos a revisiones genéticas y registradas una vez cumplidos los 5 años de edad.

Se necesitaría un nuevo genoma para poder ocultar las semillas Génesis. 

El proyecto parecía perdido pues el gobierno había iniciado una investigación en torno a las actividades del grupo de desarrolladores. No tenían tiempo. Pero…había una esperanza. 

Elizabeth, una de las colaboradoras de Sara, recién había concebido un hijo. Solo ellas lo sabían.  Aceptó recibir la proteína con el algoritmo original para poder guardar las semillas en las células del pequeño bebé que aún no nacía.

Sara y Elizabeth lograron guardar la proteína con el algoritmo y las semillas dentro del ADN del nuevo bebé, logrando evadir la censura del gobierno en turno. Ahora debían cruzar la frontera dos personas, sin ninguna pertenencia o dinero para finalmente salvar el proyecto. Nacería una niña, quien fue llamada Helena. La portadora de la Luz.


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Imagen de Pixabay

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