El gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, anticipó un choque regulatorio con Estados Unidos por el futuro de las stablecoins, al advertir que estos activos solo pueden integrarse de forma segura al sistema global de pagos si operan bajo estándares internacionales y reglas sólidas de convertibilidad.
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- Andrew Bailey dijo que espera un “forcejeo” con la administración de EE. UU. sobre la regulación de las stablecoins.
- El gobernador del Banco de Inglaterra teme que algunas stablecoins estadounidenses no puedan convertirse fácilmente en dólares durante una crisis.
- Bailey advirtió que, si ocurre una corrida y Reino Unido exige mayor convertibilidad, esos flujos de riesgo podrían terminar en su jurisdicción.
El gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, dijo que prevé un choque con Estados Unidos en torno al tratamiento regulatorio de las stablecoins, un segmento del mercado cripto que considera una posible amenaza para la estabilidad financiera.
Bailey hizo la advertencia este viernes durante una conferencia sobre desequilibrios financieros organizada por el propio Banco de Inglaterra. Allí sostuvo que, si las stablecoins van a formar parte de la arquitectura global de pagos, necesitarán estándares internacionales claros y coordinados, indica un reporte publicado por Yahoo Finance.
Su comentario apunta a una diferencia de enfoque cada vez más visible entre Reino Unido y Estados Unidos. Mientras la administración del presidente Donald Trump ha mostrado interés en promover las stablecoins, Bailey mantiene una postura más cautelosa y ha expresado desde hace tiempo su escepticismo hacia los criptoactivos.
Stablecoins como posible foco del conflicto
Las stablecoins son criptomonedas diseñadas para mantener un valor relativamente estable, por lo general mediante una paridad con el dólar estadounidense u otra moneda importante. Sus promotores las presentan como una alternativa para pagos domésticos e internacionales, con transferencias más rápidas y potencialmente más baratas que las del sistema bancario tradicional.
Sin embargo, el debate regulatorio gira en torno a una pregunta clave: qué tan segura es esa estabilidad cuando los usuarios quieren salir al mismo tiempo. El problema no es solo tecnológico, sino financiero, porque el respaldo de estos activos y la capacidad real de convertirlos en dinero tradicional son factores decisivos bajo presión.
Bailey, quien además preside el Consejo de Estabilidad Financiera, afirmó que este será un punto de fricción con Washington. “Si queremos que las stablecoins formen parte de la arquitectura de pagos a nivel mundial … solo van a funcionar si contamos con estándares internacionales. Francamente, creo que eso será un próximo forcejeo con la administración de EE. UU.”, declaró.
La observación es relevante porque el Consejo de Estabilidad Financiera busca coordinar respuestas regulatorias entre distintas jurisdicciones. En ese marco, las palabras de Bailey sugieren que el Reino Unido y los organismos internacionales podrían empujar requisitos más estrictos que los favorecidos por el gobierno estadounidense.
Según explicó Reuters, la actual administración de Estados Unidos ha estado muy interesada en impulsar las stablecoins. Muchas de ellas utilizan letras del Tesoro de EE. UU. como activos de respaldo, un detalle que ha reforzado la narrativa de que estos instrumentos podrían ampliar la demanda por deuda pública estadounidense y consolidar al dólar en el entorno digital.
Aun así, Bailey se centró menos en el respaldo nominal y más en la convertibilidad efectiva. Su preocupación es que algunas stablecoins emitidas o promovidas en Estados Unidos no puedan transformarse fácilmente en dólares sin pasar por un exchange de criptomonedas, algo que, en su opinión, podría volverse crítico durante un episodio de tensión financiera.
Ese matiz importa porque una stablecoin no solo debe decir que vale USD $1. También debe poder cumplir esa promesa de forma rápida y confiable cuando los usuarios quieran retirarse. Si la conversión depende de intermediarios con liquidez limitada o de infraestructuras de mercado frágiles, la supuesta estabilidad podría deteriorarse justo cuando más se necesita.
Temores por escenario de posible corrida
En el centro del planteamiento de Bailey está el riesgo de una corrida. En términos simples, una corrida ocurre cuando muchos tenedores intentan canjear sus activos al mismo tiempo por temor a pérdidas o a una posible falta de respaldo. Ese fenómeno es conocido en la banca tradicional, pero también puede trasladarse a instrumentos digitales que prometen paridad fija.
Para Bailey, ese escenario se vuelve más delicado si las stablecoins se expanden como herramienta de pagos transfronterizos. En tal caso, una moneda estable emitida en una jurisdicción con reglas más laxas podría terminar desplazando tensiones hacia países con obligaciones regulatorias más estrictas.
Ese fue precisamente uno de los puntos centrales de su intervención. Bailey dijo que, si las stablecoins estadounidenses difíciles de convertir llegaran a utilizarse ampliamente para pagos internacionales, durante una crisis podrían fluir hacia jurisdicciones como Gran Bretaña, donde las autoridades planean imponer exigencias firmes de convertibilidad.
“Sabemos lo que pasaría si hubiera una corrida sobre una stablecoin: todas aparecerían aquí”, afirmó. La frase resume su temor a que las diferencias regulatorias internacionales no eliminen el riesgo, sino que lo desplacen hacia los lugares que ofrezcan más protección al usuario final.
Desde la perspectiva de política pública, la advertencia también sugiere un problema de arbitraje regulatorio. Si un emisor puede operar bajo estándares menos exigentes en un país, pero sus tokens circulan globalmente, las consecuencias de una crisis podrían recaer sobre sistemas financieros que no autorizaron originalmente ese diseño.
En ese sentido, la discusión sobre stablecoins ya no se limita al sector cripto. Se ha convertido en un asunto de infraestructura financiera, gestión de liquidez y cooperación entre supervisores. Para bancos centrales y reguladores, el reto consiste en decidir si estos activos deben integrarse al sistema actual, y bajo qué condiciones.
Bailey ha sido durante años una de las voces más escépticas frente a las criptomonedas dentro del entorno regulatorio global. Su recelo no solo apunta a la volatilidad típica de activos como bitcoin o ether, sino también a productos que se presentan como estables, pero que, en una crisis, podrían comportarse de manera menos predecible de lo que su nombre sugiere.
La posición estadounidense, en cambio, parece más abierta al desarrollo de ese mercado, en parte porque las stablecoins pueden fortalecer el uso digital del dólar. No obstante, la tensión que plantea Bailey refleja que una estrategia favorable al crecimiento del sector podría chocar con las exigencias de supervisión internacional que buscan contener riesgos sistémicos.
El resultado de ese debate será importante para exchanges, emisores, bancos y usuarios. Si prevalecen estándares internacionales más duros, los emisores podrían verse obligados a mejorar reservas, liquidez y canales de redención. Si domina un enfoque más flexible, los reguladores de otras jurisdicciones podrían reforzar barreras para proteger sus propios sistemas.
Por ahora, lo claro es que el Banco de Inglaterra no ve a las stablecoins solo como una innovación prometedora. También las observa como una fuente potencial de fragilidad si su crecimiento supera la capacidad de los marcos regulatorios actuales para garantizar convertibilidad, transparencia y coordinación internacional.
La advertencia de Bailey deja así una señal para el mercado: el futuro de las stablecoins dependerá no solo de su adopción o de su respaldo en bonos del Tesoro, sino de la confianza en que realmente puedan funcionar bajo estrés. En ausencia de reglas compartidas entre grandes potencias, ese punto seguirá siendo motivo de disputa.
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