Donald Trump volvió a poner sobre la mesa una reforma al sistema de jubilación de Estados Unidos y señaló como referencia al modelo australiano de pensiones privadas, una idea que también promueve Larry Fink de BlackRock. La propuesta revive un debate delicado: cómo ampliar el ahorro previsional sin desmantelar las promesas ya hechas por el Seguro Social.
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- Trump dijo que pidió a Scott Bessent y Howard Lutnick estudiar el sistema australiano como parte de conversaciones con el Congreso.
- Australia construyó un esquema de pensiones privadas con aportes patronales obligatorios que ya suma USD $3,1 billones.
- Expertos advierten que trasladar ese modelo a EE. UU. no es simple por el déficit del Seguro Social y el costo para empresas.
Donald Trump sumó un nuevo referente internacional a su agenda económica y social. El presidente de Estados Unidos dijo que quiere estudiar el sistema de jubilación de Australia para evaluar si puede servir como base de una reforma al debilitado esquema previsional estadounidense.
La idea apareció en un momento sensible para Washington. El debate sobre el futuro del retiro en Estados Unidos se intensifica a medida que se acerca la fecha proyectada para el agotamiento del fondo fiduciario del Seguro Social.
Trump ya venía elogiando en meses recientes las pensiones privadas australianas, conocidas como fondos de jubilación. La semana pasada redobló ese mensaje y afirmó que pidió a su equipo económico revisar ese modelo en el marco de sus conversaciones con el Congreso.
Según informó Bloomberg, Trump hizo ese comentario el 6 de julio durante un encuentro en el que también participó Larry Fink, director ejecutivo de BlackRock Inc. Fink ha sido durante años uno de los promotores más visibles del esquema australiano.
El interés político y financiero no es menor. El sistema de retiro se ha convertido en una pieza central del debate fiscal en Estados Unidos, en especial por el bajo nivel de ahorro de muchos trabajadores y la incertidumbre alrededor de los beneficios futuros.
Trump pone a Australia en el centro del debate previsional
Trump aseguró que Australia tiene “un plan que realmente les gusta a las personas”. Añadió que “ha funcionado muy bien” y dijo que su administración quiere hablar del tema con el Congreso para ver si puede implementarlo.
El presidente señaló que ordenó al secretario del Tesoro, Scott Bessent, y al secretario de Comercio, Howard Lutnick, estudiar el modelo. Ese análisis formaríaparte de una discusión más amplia sobre cómo expandir el sistema de jubilación de Estados Unidos.
Sus comentarios llegaron en medio del impulso público alrededor de las llamadas Cuentas Trump para niños. Tras enfocarse en ese programa, el mandatario volvió la mirada hacia padres y abuelos, ampliando el radio político de su narrativa sobre ahorro y patrimonio.
La sintonía con Larry Fink es relevante por el peso de BlackRock en los mercados globales. El ejecutivo ha planteado desde hace varios años que Estados Unidos necesita ampliar la participación privada y obligatoria en la preparación financiera para el retiro.
Un funcionario de la Casa Blanca advirtió, sin embargo, que aún es pronto para asegurar que cualquier plan final copie de forma directa el diseño australiano. El propio Trump sugirió esa posibilidad al afirmar que su gobierno podría tomar esa base y hacerla “un poco más aguda, un poco mejor”.
Cómo funciona el sistema australiano que atrae a Washington
Australia suele aparecer en las comparaciones internacionales como uno de los casos más admirados en materia previsional. Su sistema de jubilación privada asciende actualmente a USD $3,1 billones y sigue creciendo con rapidez.
A comienzos de la década de 1990, ese país aprobó una legislación que obligó a los empleadores a complementar el salario de sus trabajadores con contribuciones a pensiones administradas de forma privada. Esa arquitectura convirtió el ahorro previsional en una práctica mucho más extendida.
La tasa de contribución ha subido de manera gradual hasta llegar al 12% del salario de los empleados. Esa cobertura incluye también a trabajadores de medio tiempo, un detalle que amplía el universo de personas con acceso al sistema.
Las proyecciones indican que el esquema australiano podría convertirse en el segundo plan de jubilación más grande del mundo en la próxima década. Esa escala ayuda a explicar por qué gestores de activos y expertos en retiro lo observan con tanta atención.
Para muchos defensores del modelo, su atractivo reside en tres elementos concretos. Exige aportes altos, extiende la cobertura y traslada al sector privado buena parte de la responsabilidad de financiar y administrar los planes.
La presión sobre el sistema de retiro en Estados Unidos
El contexto estadounidense es mucho menos favorable. El fondo fiduciario del Seguro Social se proyecta para agotarse en 2032, lo que obligaría a recortes significativos en los beneficios prometidos si no se adoptan cambios antes.
Fuera de las prestaciones públicas, el problema también es visible en el ahorro individual. Entre los 5 millones de personas con planes tipo 401(k) administrados por Vanguard, el saldo mediano fue de apenas USD $44.115 el año pasado.
Esa cifra resulta insuficiente para sostener una jubilación prolongada en un país con elevados costos de vida y salud. Además, el dato ni siquiera contempla al cerca del 40% de los trabajadores del sector privado que no tiene acceso a ese tipo de plan.
Ese vacío explica por qué la discusión ha ganado fuerza en círculos políticos y financieros. Para muchos observadores, el sistema actual combina cobertura incompleta, ahorro bajo y una presión fiscal creciente sobre el Estado federal.
Desde esa perspectiva, el modelo australiano ofrece una narrativa seductora para cualquier gobierno. Presenta una solución orientada al mercado, con participación empresarial obligatoria y un volumen de ahorro que crece con el tiempo.
El respaldo de Larry Fink y la reacción política republicana
Larry Fink ya había desarrollado este argumento en su carta a inversionistas de 2024. En ese documento, describió los problemas previsionales de Estados Unidos y destacó el desempeño del sistema australiano como una referencia útil.
El jefe de BlackRock ha elogiado con frecuencia ese plan y ha pedido a los legisladores estadounidenses hacer más. Su postura encaja con una visión donde los mercados de capitales cumplen un papel más profundo en la formación de patrimonio de largo plazo.
El senador Ted Cruz, de Texas, celebró los comentarios de Trump en una publicación del 8 de julio. Dijo que el presidente estaba “exactamente correcto” al poner el foco sobre un cambio de esa naturaleza.
Cruz agregó que trabaja en una legislación para asegurar que cada estadounidense, “desde bartenders hasta trabajadores independientes”, tenga la oportunidad de construir riqueza. También sostuvo que esa meta permitiría a más personas poseer una parte del Sueño Americano y compartir la prosperidad del país.
Ese respaldo muestra que la propuesta puede ganar tracción dentro del ala republicana más favorable a reducir la dependencia de esquemas públicos tradicionales. Aun así, una cosa es elogiar el modelo y otra muy distinta convertirlo en ley federal.
Los obstáculos técnicos, fiscales y empresariales
Varios expertos en jubilación advierten que trasladar el sistema australiano a Estados Unidos no sería una tarea simple. Incluso si el gobierno quisiera reemplazar el Seguro Social, tendría que resolver primero cómo cumplir con los beneficios ya prometidos.
Hoy esos compromisos se financian predominantemente mediante impuestos sobre nómina. Cambiar la estructura sin desordenar ese flujo implicaría una transición costosa y políticamente delicada.
Algunos funcionarios han mencionado la creación de un “fondo soberano” para cubrir cualquier déficit del Seguro Social. Gopi Shah Goda, directora del Proyecto de Seguridad de Jubilación en Brookings Institution, dijo que esa opción traería “importantes implicaciones para la economía”.
También existe el frente empresarial. Cualquier contribución obligatoria por parte de los empleadores probablemente provocaría una reacción fuerte de las compañías, que podrían verla como un nuevo costo laboral permanente.
En Australia, las corporaciones han argumentado que esos aportes desvían dinero que de otro modo habría ido a aumentos salariales. Los investigadores y economistas siguen divididos sobre ese punto, lo que demuestra que el modelo también tiene tensiones internas.
¿Reforma estructural o ajuste del sistema actual?
No todos los especialistas creen que Estados Unidos deba mirar afuera para encontrar una salida. Alicia Munnell, asesora senior del Center for Retirement Research en Boston College, defendió que el diseño estadounidense está mejor concebido en su base.
Munnell destacó la combinación entre planes de inversión privados tipo 401(k) y la garantía de pagos del Seguro Social ajustados a la inflación. A su juicio, esa mezcla ofrece un equilibrio más robusto entre mercado y protección pública.
La experta reconoció, no obstante, que los australianos enfrentan un problema parecido al estadounidense. También tienen dificultades para convertir sus inversiones acumuladas en flujos de ingresos que duren tanto como ellos vivan.
Su conclusión fue directa. “Sabemos qué hacer”, dijo, antes de resumir la receta en dos medidas concretas: arreglar el Seguro Social y elevar el porcentaje de trabajadores inscritos en planes de jubilación patrocinados por el empleador.
Esa visión sugiere que la respuesta quizá no pase por copiar un modelo extranjero de manera literal. Podría consistir, más bien, en cerrar brechas de cobertura, fortalecer el sistema existente y evitar un choque fiscal en la próxima década.
Para los mercados, el debate importa porque cualquier rediseño del retiro estadounidense puede alterar flujos masivos de capital hacia gestores privados, bonos, acciones y productos de largo plazo. Por eso, aunque la discusión parte de la política social, sus implicaciones alcanzan a Wall Street y al conjunto de la economía.
En este punto, el mensaje de Trump parece más una señal de dirección que un plan cerrado. Sin embargo, en un país donde el reloj del Seguro Social avanza hacia 2032, incluso una idea en fase de estudio puede convertirse rápidamente en una batalla legislativa de primer orden.
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