Un nuevo estudio sobre el sistema eléctrico de Estados Unidos desafía una de las críticas más repetidas contra la expansión de la inteligencia artificial. Sus autores concluyen que, entre 2015 y 2024, los centros de datos no elevaron en promedio las tarifas minoristas de electricidad y, de hecho, habrían contribuido a reducirlas modestamente para los hogares.
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- El estudio estima que por cada aumento de 10% en capacidad de centros de datos, la tarifa residencial promedio cayó cerca de 0,4%.
- Entre 2019 y 2024, el crecimiento medio de capacidad de centros de datos habría causado una reducción cercana a 6% en tarifas residenciales.
- Los autores advierten que futuras restricciones de oferta, cuellos de botella y sobreinversión sí podrían revertir ese efecto.
Un resultado que contradice la percepción dominante
La idea de que los centros de datos disparan la factura eléctrica se ha vuelto común en Estados Unidos, sobre todo por el auge de la inteligencia artificial y otros servicios intensivos en cómputo. Sin embargo, un nuevo trabajo académico llega a una conclusión distinta y bastante incómoda para esa narrativa.
El estudio Have Data Centers Raised Your Electric Bill? Causal Evidence from the United States, de Asa Watten, John Bistline y Geoffrey Blanford, estima que los centros de datos causaron una modesta caída en las tarifas minoristas promedio de electricidad entre 2015 y 2024 en Estados Unidos.
El hallazgo importa porque en 2024 los centros de datos consumieron cerca de 4,5% de la electricidad del país. Esa proporción más que duplicó el nivel de cinco años antes y podría subir a un rango de 9% a 17% hacia 2030.
Ese crecimiento ha desatado resistencia política y social en varias zonas. Legislaturas estatales han propuesto prohibiciones a nuevos proyectos, mientras varias ciudades y localidades han adoptado moratorias o han rechazado nuevas instalaciones.
Las objeciones no se limitan al costo de la luz. También incluyen contaminación del aire, ruido, uso de agua y presión sobre la red, aunque la preocupación por las tarifas se volvió central al debate público.
Los autores recuerdan que en marzo de 2026 la Casa Blanca impulsó una “Ratepayer Protection Pledge Proclamation” firmada por siete grandes empresas tecnológicas. El trasfondo era claro: la opinión pública asocia cada vez más la expansión digital con facturas más altas.
Según el texto, alrededor de 70% de los estadounidenses dice oponerse a que los centros de datos se ubiquen cerca de sus comunidades. Ese rechazo ayuda a entender por qué un resultado estadístico contraintuitivo puede tener tanto peso político.
Qué encontró exactamente el análisis
La estimación central del estudio indica que por cada aumento de 10% en la capacidad de centros de datos, las tarifas residenciales promedio cayeron aproximadamente 0,4%. No se trata de un desplome, pero sí de un efecto opuesto al que suele asumirse en el debate público.
Los autores traducen ese resultado a un ejemplo concreto. Entre 2019 y 2024, el cliente residencial promedio vivió en un estado donde la capacidad de centros de datos creció 160%, y eso habría reducido sus tarifas cerca de 6%.
El trabajo también reporta resultados para usuarios comerciales e industriales, aunque con magnitudes menores. En otras palabras, el beneficio estimado habría recaído sobre todo en el segmento residencial.
Para llegar a esa conclusión, el equipo no se limitó a comparar estados con más o menos centros de datos. Usó un enfoque de variables instrumentales para aislar una fuente de variación que consideran plausiblemente exógena respecto al precio de la electricidad.
El instrumento elegido fue la longitud total, dentro de cada estado, del plan original de autopistas interestatales de 1947 asociado a Dwight D. Eisenhower. La lógica es que esos corredores ayudaron históricamente al despliegue de infraestructura de fibra óptica, factor relevante para decidir dónde ubicar centros de datos.
Los autores sostienen que, una vez controlados el PIB y la población estatal, ese instrumento no debería afectar los precios eléctricos actuales por otras vías principales. Así buscan evitar sesgos derivados de que los desarrolladores elijan estados donde ya esperan energía relativamente barata.
En su especificación preferida, el test de Anderson-Rubin fue significativo al nivel de 0,1%, lo que según el estudio permite rechazar con claridad un efecto positivo sobre los precios residenciales. También señalan que la estimación OLS simple era negativa, pero mucho más pequeña, lo que reforzó la necesidad del enfoque causal.
Por qué más demanda podría bajar el precio promedio
A primera vista, la conclusión parece chocar con la ley de oferta y demanda. Si un sector consume más electricidad, lo intuitivo sería pensar que el precio sube para todos.
La clave está en que la electricidad minorista no funciona como un mercado de bienes simples. Las tarifas finales recuperan no solo costos variables de generación, sino también una gran masa de costos fijos en generación, transmisión y distribución.
Cuando entra una demanda nueva, grande y relativamente duradera, esos costos fijos pueden repartirse entre más kilovatios-hora. Si la red todavía tiene holgura y no tropieza de inmediato con límites severos de capacidad, el costo promedio puede bajar.
El artículo desarrolla además un argumento de largo plazo. Si la nueva demanda justifica inversión adicional en equipos y generación, y esas tecnologías nuevas son más eficientes o más baratas que parte del parque existente, el costo promedio amortizado también puede descender.
Ese punto resulta crucial para entender el caso de los centros de datos y también el de otras cargas emergentes, como vehículos eléctricos o bombas de calor. No es lo mismo una subida de demanda por una tarde de calor extremo que una expansión estructural y persistente del consumo.
En el corto plazo, una ola de calor activa generadores más caros y tiende a elevar precios mayoristas. Pero en el largo plazo, una nueva carga estable puede mejorar la utilización de redes y activos ya construidos, al tiempo que incentiva expansión eficiente de la infraestructura.
Los autores resumen esa lógica así: si el costo incremental de atender la nueva demanda es menor que la mezcla actual de costos promedio y marginales que pagan los clientes, la entrada de consumo adicional reduce mecánicamente el costo medio. Su análisis teórico y empírico sugiere que eso habría sido cierto en gran parte de Estados Unidos durante el período estudiado.
La evidencia sobre economías de escala en la red eléctrica
Además del ejercicio causal, el trabajo presenta evidencia descriptiva de economías de escala en distintas capas del sistema eléctrico. Los autores analizan costos de transmisión, distribución y generación usando datos de 366 grandes utilities propiedad de inversionistas.
Esos datos provienen del formulario FERC Form 1 y cubren 69% de las ventas minoristas de electricidad. La muestra excluye utilities con años faltantes o sin clientes residenciales, industriales o comerciales, y también deja fuera a algunas firmas puramente de red.
La conclusión general es que los cuatro grandes subconjuntos de costos disminuyen por unidad entregada a medida que crece la demanda. Eso incluye gastos operativos y gastos de capital tanto en transmisión y distribución como en generación.
Los autores también examinan la relación entre demanda y precios por clase de cliente usando datos estatales de EIA Form 861. Buscaban comprobar una sospecha habitual: que los centros de datos pudieran abaratar costos generales mientras trasladaban la cuenta a los hogares.
El resultado no respaldó esa hipótesis de subsidio cruzado generalizado. De hecho, el estudio encontró señales de economías de escala tanto dentro de una misma clase de cliente como entre clases, lo que apunta a que el aumento de consumo comercial e industrial no habría elevado sistemáticamente el costo residencial.
Entre estados, la relación entre mayor demanda propia y mayor ingreso por clase parecía sugerir precios más altos. Pero al mirar cambios dentro de cada estado a lo largo del tiempo, la relación se volvía cóncava, consistente con menores precios promedio cuando crece la demanda.
Esa diferencia entre comparaciones estáticas y dinámicas es importante. Una foto entre estados puede mezclar condiciones estructurales muy distintas, mientras que seguir la evolución interna de cada territorio ayuda a captar mejor el efecto económico que realmente interesa.
Datos, metodología y señales observadas en estados clave
Para medir la expansión de centros de datos, los autores usaron información de S&P Global Market Intelligence. La base recoge el año en que cada instalación entró en operación o fue ampliada, junto con su capacidad nominal de tecnología de información.
El trabajo excluye centros dedicados a minería o hosting de criptomonedas. Los autores explican que esos casos pueden tener patrones de carga muy distintos, por lo que preferían no mezclarlos con la expansión del segmento tradicional e hiperescalar.
La muestra principal se concentra en adiciones entre 2015 y 2024. En ese lapso, los datos muestran incorporaciones anuales de entre 1,1 gigavatios y 6,2 gigavatios, para un total acumulado de 21,3 gigavatios en el territorio continental de Estados Unidos.
En las comparaciones visuales a nivel estatal, el estudio destaca dos casos que suelen dominar la conversación pública. California registró uno de los mayores aumentos de precios residenciales, pero tuvo un crecimiento relativamente bajo en centros de datos frente a su demanda sectorial.
Virginia, en cambio, es el líder estadounidense en centros de datos y allí estas instalaciones consumen más de 20% de la electricidad. Aun así, sus aumentos de tarifas fueron parecidos al promedio nacional en el período observado.
Los autores subrayan que estas correlaciones, por sí solas, no prueban causalidad. Justamente por eso construyen el enfoque instrumental, para separar la expansión de centros de datos de otros factores que también empujan los precios eléctricos.
Entre esos factores aparecen, por ejemplo, la rapidez de interconexión a la red, los costos de reforzar infraestructura y eventos excepcionales. El texto recuerda que California vio subir sus precios promedio casi 40% entre 2021 y 2024, en gran parte por costos asociados a incendios forestales.
Advertencias y límites del resultado
El estudio no sostiene que el efecto favorable esté garantizado hacia adelante. De hecho, sus autores insisten en que varias restricciones actuales del sistema eléctrico estadounidense podrían cambiar el signo del impacto.
Entre esos problemas mencionan la escasez y el encarecimiento de turbinas a gas natural, cuellos de botella en transformadores y otros equipos eléctricos, así como el mayor costo de la energía solar por aranceles a paneles provenientes de China. También citan retrasos regulatorios sobre proyectos eólicos y solares.
Si esas restricciones vuelven más cara la expansión de capacidad nueva, el beneficio promedio podría desaparecer o incluso invertirse. En ese escenario, conectar grandes cargas sin suficiente oferta adicional sí podría elevar costos para otros usuarios.
Otro riesgo es la durabilidad de la demanda. Si las utilities construyen pensando en un consumo futuro de centros de datos que luego no se materializa, el sistema puede quedar sobreinvertido y sus costos fijos terminarían repartidos entre menos kilovatios-hora.
Incluso si la demanda sí llega, una expansión adelantada de la capacidad puede elevar temporalmente los costos medios antes de que el nuevo consumo alcance escala suficiente. Para enfrentar ese riesgo, estados como Kansas, Michigan y Delaware han impulsado compromisos financieros, facturas mínimas o contratos de largo plazo para nuevas grandes cargas.
El estudio también aclara que no estima efectos nacionales indirectos, como un posible impacto de la mayor demanda eléctrica sobre el precio del gas natural. Aun así, los autores creen que ese efecto habría sido pequeño en el período observado.
Su cálculo rápido indica que el consumo indirecto de gas natural vinculado a centros de datos habría llegado a cerca de 2% del consumo total de gas en Estados Unidos durante 2024. Medido contra el consumo global, equivaldría a cerca de 0,04%, o 0,06% si se excluyen Rusia, China e Irán.
Lo que este debate significa para IA, electrificación y mercados digitales
Más allá de la discusión técnica sobre tarifas eléctricas, el trabajo toca un punto sensible para la economía digital. La inteligencia artificial depende de infraestructura física, y esa infraestructura compite por energía, suelo, agua y capacidad de red con otros usos productivos y residenciales.
Para lectores del ecosistema cripto y tecnológico, hay un detalle adicional relevante. Los autores excluyeron explícitamente la minería y el hosting de criptomonedas, de modo que sus conclusiones no deben extrapolarse automáticamente al consumo eléctrico de Bitcoin u otros activos digitales.
Aun así, el estudio ofrece una lección amplia. No toda nueva demanda eléctrica debe interpretarse como una amenaza inmediata para la factura promedio, sobre todo cuando existen grandes costos fijos, capacidad ociosa parcial y oportunidades de inversión con tecnologías más eficientes.
Los autores ven implicaciones potencialmente optimistas para la electrificación de transporte y calefacción. Si parte de esta lógica también aplica a vehículos eléctricos y bombas de calor, un aumento sostenido de la demanda no necesariamente tendría que encarecer la electricidad y hasta podría abaratarla.
Sin embargo, dejan abierta una gran pregunta: si la red podrá expandirse con la rapidez necesaria para absorber a la vez centros de datos, electrificación de usos finales y otras presiones estructurales. Esa duda importa porque la forma horaria de la demanda, su concentración geográfica y los límites de construcción pueden cambiar mucho el resultado final.
En síntesis, el mensaje no es que los centros de datos sean inocuos ni que toda oposición local carezca de base. El mensaje es más preciso y más incómodo: al menos en promedio y durante 2015 a 2024, la evidencia causal reunida por Watten, Bistline y Blanford sugiere que no elevaron la factura eléctrica residencial en Estados Unidos, y que incluso pudieron reducirla modestamente.
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