La muerte de Alan Greenspan a los 100 años reabre el debate sobre una de las figuras más influyentes y controvertidas de la política monetaria moderna. Su paso por la Reserva Federal coincidió con booms bursátiles, rescates históricos, recortes agresivos de tasas y decisiones que todavía pesan sobre la economía global.
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- Alan Greenspan murió a los 100 años tras haber presidido la Reserva Federal entre 1987 y 2006.
- Su gestión abarcó episodios como el Lunes Negro, la burbuja puntocom, el rescate de LTCM y el 11 de septiembre.
- Su legado sigue dividido entre quienes elogian su estabilidad y quienes lo culpan por sentar las bases del dinero barato.
📉🚨 Fallece Alan Greenspan, exjefe de la Reserva Federal, a los 100 años.
Su gestión (1987-2006) marcó eras de expansión y crisis financieras globales.
Desde el Lunes Negro hasta la burbuja puntocom, su influencia persiste en la economía actual.
Críticas y elogios se… pic.twitter.com/6CcrWlyI50
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Alan Greenspan, el economista que presidió la Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos entre 1987 y 2006, murió este lunes a los 100 años. Su nombre quedó ligado a una de las etapas más decisivas de la política monetaria moderna.
Durante casi dos décadas, Greenspan condujo al banco central estadounidense entre fases de expansión, turbulencia financiera y crisis geopolíticas. Su figura fue celebrada por muchos como símbolo de estabilidad, aunque con el tiempo también se volvió blanco de fuertes críticas.
Para los mercados globales, su legado no solo pertenece a la historia de la Fed. También ayuda a entender cómo las decisiones sobre tasas de interés, liquidez y rescates pueden influir durante años en acciones, bonos, vivienda y apetito por riesgo.
La noticia fue reportada por Yahoo Finance, que repasó su trayectoria desde Wall Street hasta la cima del banco central. La muerte de Greenspan llega en un momento en el que la política monetaria sigue ocupando un lugar central en la economía mundial.
Apodado “El Maestro”, Greenspan fue conocido por su estilo reservado y por declaraciones públicas deliberadamente oscuras. Esa forma de comunicar alimentó el llamado “Fedspeak”, una jerga casi críptica que los inversionistas trataban de descifrar al detalle.
Una figura central en la historia reciente de la Fed
Greenspan asumió la presidencia de la Reserva Federal en 1987, después de Paul Volcker. Su llegada marcó el inicio de una era extensa, ya que fue ratificado por cuatro presidentes distintos.
Ese dato lo convirtió en el segundo presidente más longevo en la historia del banco central estadounidense. Su permanencia consolidó una influencia poco común sobre la política monetaria del país.
Su bautismo de fuego llegó con el desplome bursátil conocido como Lunes Negro. En esa jornada, el Promedio Industrial Dow Jones cayó un 22,6 % en un solo día, un récord porcentual que aún se mantiene.
A partir de ese episodio, Greenspan comenzó a forjar una reputación de gestor hábil en medio del caos. Con el tiempo, esa imagen le ganó reconocimiento bipartidista y una autoridad singular sobre los mercados.
Su mandato atravesó eventos de enorme impacto económico y político. Entre ellos estuvieron el auge de los años noventa, el estallido de la burbuja puntocom en 2000, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la invasión de Irak.
También debió enfrentar el rescate de Long Term Capital Management, conocido como LTCM, en 1998. Ese episodio se volvió una referencia duradera sobre riesgo sistémico y fragilidad financiera.
De la exuberancia irracional al dinero barato
Greenspan pasó a la historia financiera por acuñar en diciembre de 1996 el término “exuberancia irracional”. Con esa frase describió el comportamiento de inversionistas que compraban activos caros con un entusiasmo imprudente.
La expresión quedó asociada de forma casi inseparable a las acciones tecnológicas de finales de los noventa. Menos de cuatro años después, ese mercado terminó colapsando.
Tras el estallido de la burbuja puntocom, Greenspan lideró una agresiva campaña de recortes de tasas. En dos años, la tasa de referencia cayó de 6,5 % a 1 %.
Ese alivio monetario ayudó a amortiguar los riesgos globales sobre la economía estadounidense. Sin embargo, los críticos sostuvieron después que esa política sentó las bases del dinero barato que alimentó la burbuja inmobiliaria.
Esa crítica ganó fuerza tras la crisis financiera de 2008. Para muchos analistas, la etapa de tasas muy bajas bajo Greenspan no solo reanimó a la economía, sino que también incentivó un exceso prolongado de riesgo.
De allí surgió una expresión que marcó su legado: el “Greenspan Put”. El término describía la percepción de que la Fed acudiría al rescate del mercado cada vez que los precios de los activos cayeran con fuerza.
Según esa lectura, los inversionistas se sintieron más libres para inflar valoraciones. Cuando la crisis estalló, los señalamientos contra Greenspan aumentaron por no haber evitado, o al menos detectado con claridad, el problema que se formaba.
El rescate de LTCM y el peso del riesgo sistémico
Uno de los momentos más controvertidos de su mandato fue el casi colapso de LTCM. El fondo, especializado en bonos y divisas, gestionaba cerca de USD $125.000 millones.
En un lapso de seis semanas durante el verano de 1998, perdió más de USD $4.000 millones. El deterioro amenazó con arrastrar a bancos y fondos de pensiones expuestos a su cartera.
LTCM había sido fundado por John Meriwether, exalumno de Salomon Brothers. Entre sus figuras destacaban los premios Nobel Myron Scholes y Robert Merton, junto con otros expertos en derivados.
La tesis del fondo era que sus coberturas sofisticadas podían superar al mercado. Pero una cadena de apuestas fallidas en mercados emergentes desencadenó un colapso severo en una estructura altamente apalancada.
Greenspan describió el episodio en su autobiografía, “La Era de la Turbulencia”, como una espiral de muerte con potencial para sacudir a la economía global. Incluso escribió que Hollywood no podría haber ideado un descarrilamiento financiero más dramático.
Bill McDonough, entonces presidente de la Fed de Nueva York, alertó sobre el impacto que tendría una liquidación forzosa de los activos de LTCM. Ante ello, se organizó una intervención coordinada con grandes instituciones de Wall Street.
El resultado fue un rescate de USD $3.500 millones que permitió desarmar el fondo de forma ordenada. En su defensa ante el Congreso en 1998, Greenspan argumentó que un congelamiento de mercados habría causado daños sustanciales a participantes no involucrados directamente.
Una voz enigmática y un estilo de poder poco convencional
Pese a la imagen de autoridad que proyectaba, Greenspan se definía como un tomador de decisiones reacio. En su autobiografía admitió que nunca se sintió del todo cómodo siendo visto como la persona que decidía.
Escribió que prefería verse como un experto detrás de escena, más implementador que líder. Según su propio relato, solo la crisis bursátil de 1987 le permitió ganar cierta comodidad al tomar decisiones cruciales.
También confesó que seguía sintiéndose incómodo bajo los reflectores. “Extrovertido, no soy”, resumió al hablar de sí mismo.
Sin embargo, su papel al frente de la Fed lo convirtió en una de las voces más observadas del planeta. Los mercados llegaban a moverse por sus frases, incluso cuando estas parecían diseñadas para no decir demasiado.
Greenspan explicó más tarde que trabajó deliberadamente un vocabulario que nadie pudiera entender con facilidad. En una entrevista con David Rubenstein en Bloomberg TV, recordó que en su época la Fed no anticipaba de forma explícita sus movimientos.
Incluso comentó que solía escribir discursos en la bañera debido a problemas de espalda. Allí concebía muchos de los mensajes que luego moldeaban sus comparecencias ante el Congreso.
Su prestigio llegó a tal punto que el fallecido senador republicano John McCain bromeó una vez con que lo mantendría en el banco central “al estilo de Weekend at Bernie’s” si moría. Esa anécdota reflejó hasta qué punto Greenspan había adquirido estatus casi mítico en Washington y Wall Street.
De Nueva York, Juilliard y Ayn Rand a la Casa Blanca
Alan Greenspan nació en 1926 en la ciudad de Nueva York, durante los años de la Gran Depresión. Fue hijo de Herbert y Rose Greenspan y creció en Washington Heights, un barrio entonces poblado en gran medida por inmigrantes judíos que habían huido de Europa.
Su padre era corredor de bolsa, pero en su juventud Greenspan no apuntaba de forma directa a la economía. Estudió clarinete en Juilliard y en algún momento aspiró a convertirse en músico profesional.
Más tarde se graduó summa cum laude en economía en la Universidad de Nueva York en 1948. Luego obtuvo una maestría en 1950 y, finalmente, un doctorado en 1977 en la misma institución.
Antes de consolidarse en la política económica, trabajó en Brown Brothers Harriman y en la antigua Conferencia Nacional de Industrias, hoy conocida como Conference Board. Después abrió su propia firma de consultoría económica.
Greenspan también se convirtió en uno de los discípulos más visibles de Ayn Rand. Años después contó que la autora influyó profundamente en sus convicciones tras desarmar sus argumentos pieza por pieza en una discusión.
Su primer gran cargo público llegó de la mano del presidente Richard Nixon, quien lo eligió para encabezar el Consejo de Asesores Económicos. Era una etapa convulsa, marcada por el embargo petrolero árabe de 1973, la inflación, el desempleo y el escándalo Watergate.
Greenspan escribió que probablemente no habría aceptado ese cargo si Nixon no hubiera estado en problemas. De hecho, su audiencia de confirmación ocurrió el 8 de agosto de 1974, el mismo día en que Nixon anunció su renuncia.
Luego sirvió bajo Gerald Ford hasta 1977 y regresó a Wall Street. En 1987, Ronald Reagan lo eligió para dirigir la Reserva Federal.
Las críticas posteriores y su visión sobre deuda y crisis
Después de dejar la Fed en 2007 y ser sustituido por Ben Bernanke, Greenspan mantuvo un perfil relativamente bajo. Aun así, intervino de forma esporádica en debates sobre tasas negativas, recortes preventivos y el crecimiento de la deuda federal.
Uno de sus temas más recurrentes fue precisamente la deuda pública de Estados Unidos. En noviembre de 2018 dijo a David Rubenstein que veía mucho hablar, pero ningún movimiento real por parte de los grandes partidos.
En esa conversación advirtió que el país estaba creando un déficit de USD $1 billón al año. También alertó que la deuda como porcentaje del PIB aumentaba con rapidez y configuraba una bomba de tiempo demográfica.
Según Greenspan, la próxima recesión estaría impulsada por ese crecimiento dramático de la deuda. Añadió que las reducciones derivadas de esa presión podrían retroalimentar el deterioro económico.
Aunque habló favorablemente de los recortes de impuestos en general y de la reforma tributaria del primer mandato de Donald Trump, aclaró que un recorte solo es útil si está financiado. Su argumento fue que no puede haber menos impuestos sin encontrar ingresos en otro lugar, o surgirán problemas.
También expresó dudas sobre la posibilidad de sostener un crecimiento de 3 % o más sin enfrentar el lado del gasto. Esa postura reveló que, incluso fuera del cargo, seguía preocupado por los desequilibrios estructurales de la economía estadounidense.
Sobre la crisis de 2008, Greenspan sostuvo que esperaba una caída del mercado inmobiliario, aunque no sabía exactamente cuándo. Sin embargo, defendió que nadie previó realmente una crisis de esa naturaleza, ni la Fed ni el Fondo Monetario Internacional.
Incluso afirmó que no habría hecho nada diferente. Esa frase encapsula una parte esencial de su legado: la convicción de haber actuado dentro de los límites del conocimiento disponible, aunque el resultado posterior siga siendo muy discutido.
Un legado que sigue pesando sobre la política monetaria
La huella de Greenspan no terminó con su salida del banco central. Sus agresivos recortes de tasas se convirtieron en un modelo de referencia para su sucesor, Ben Bernanke.
Con Bernanke, ese enfoque derivó en tasas cercanas a cero y en compras masivas de bonos, mejor conocidas como flexibilización cuantitativa. En ese sentido, Greenspan quedó conectado a una era más amplia de estímulos monetarios frente a crisis sucesivas.
Su influencia fue reconocida incluso recientemente por Kevin Warsh, nuevo presidente de la Fed, durante su toma de posesión el mes pasado. Warsh dijo que Greenspan fue el primero en mostrarle lo que exigía realmente ese cargo.
La frase subraya que Greenspan no solo fue un tecnócrata de largo recorrido. También fue una referencia interna para quienes heredaron el desafío de manejar al banco central más influyente del mundo.
En 2020, ya con 94 años, dijo a CNN que controlar el coronavirus debía ser la principal prioridad del entonces presidente Joe Biden. Afirmó que nunca había visto algo parecido en toda su experiencia profesional.
Greenspan murió dejando tras de sí una biografía marcada por el poder, la prudencia, la ambigüedad y la controversia. Le sobrevive su esposa, Andrea Mitchell, veterana periodista de NBC News.
Su historia seguirá siendo materia de debate entre economistas, inversionistas y responsables de política pública. Para unos fue el estabilizador por excelencia; para otros, el hombre que ayudó a incubar desequilibrios cuyo costo todavía se discute.
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