Por Canuto  

La reunión del G7 en París arranca bajo la sombra de una nueva sacudida energética y financiera. El posible cierre prolongado del estrecho de Ormuz, junto al encarecimiento del petróleo y el alza en los rendimientos de la deuda soberana, eleva la presión sobre las principales economías desarrolladas y reaviva el temor a un nuevo brote inflacionario global.
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  • Kyriakos Pierrakakis afirmó que reabrir el estrecho de Ormuz y poner fin al conflicto son objetivos de suma importancia para la economía.
  • Los costos de endeudamiento de largo plazo han subido en varias economías del G7 por temores inflacionarios ligados a la energía.
  • El Brent cerró en USD $109,26 por barril el viernes y acumula un alza de 74% en lo que va de año.


Los ministros de Finanzas y banqueros centrales del Grupo de los Siete se reunirán en París el lunes y martes en un momento especialmente delicado para la economía global. La agenda llega marcada por el deterioro de la situación en Oriente Medio, el encarecimiento del crudo y una nueva presión sobre los mercados de deuda de las principales economías desarrolladas.

Antes del encuentro, el presidente del Eurogrupo, Kyriakos Pierrakakis, advirtió que la coyuntura ha vuelto a mostrar lo vulnerable que sigue siendo la economía mundial ante shocks externos. En ese contexto, sostuvo que abrir el estrecho de Ormuz y poner fin al conflicto de manera duradera son objetivos de suma importancia para contener el impacto económico.

Pierrakakis, que también se desempeña como ministro de Finanzas de Grecia, representará al Eurogrupo en la reunión. Ese organismo agrupa a los ministros de la zona euro. Por su parte, el núcleo del G7 está compuesto por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Francia, Alemania, Italia y Japón.

El funcionario europeo señaló además que la economía del continente ha mostrado resiliencia frente a esta crisis energética. Aun así, advirtió que la presión sobre la economía mundial persistirá incluso si el conflicto se resuelve rápidamente, una observación que resume la preocupación de los responsables de política económica ante un posible nuevo episodio de inflación importada.

El estrecho de Ormuz vuelve al centro del riesgo global

El estrecho de Ormuz es uno de los pasos marítimos más sensibles para el comercio energético mundial. Por esa vía transita una parte crucial del suministro de petróleo y gas, por lo que cualquier alteración en su operación suele transmitirse con rapidez a precios, expectativas de inflación y costos de financiamiento en distintas regiones.

La guerra con Irán ha estrangulado los suministros de petróleo y gas que pasan por ese corredor estratégico. Esa disrupción ha alimentado la inquietud de los inversionistas, que ahora exigen mayores rendimientos para mantener posiciones en deuda soberana de largo plazo, ante la posibilidad de que un shock energético complique el trabajo de los bancos centrales.

Para lectores menos familiarizados con este mecanismo, el vínculo es directo. Si la energía sube, tienden a encarecerse el transporte, la producción industrial y buena parte de la cadena de suministros. Eso puede traducirse en inflación más persistente y, por tanto, en tasas de interés elevadas por más tiempo.

Ese temor ya se está reflejando en los mercados. En varias economías del G7, los costos de endeudamiento a largo plazo han aumentado en las últimas semanas. Detrás del movimiento está la percepción de que un suministro energético más ajustado puede reactivar presiones sobre los precios al consumidor y deteriorar las condiciones financieras.

Suben los rendimientos de la deuda en Estados Unidos, Reino Unido y Japón

En Estados Unidos, los rendimientos de los bonos del Tesoro se dispararon el viernes tras una semana marcada por datos de inflación desordenados. A eso se sumó la incertidumbre de los operadores al intentar valorar la futura política de tasas de interés bajo el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh.

El rendimiento del bono del Tesoro a 30 años avanzó casi 11 puntos básicos y se ubicó en 5,121%. Ese nivel representó el valor más alto desde el 22 de mayo de 2025, además de acercarse al máximo observado por última vez en octubre de 2023.

En Reino Unido, el rendimiento de los bonos gubernamentales a 30 años, conocidos como gilts, también se encuentra bajo fuerte presión. De acuerdo con la cobertura original de CNBC, ese rendimiento cotiza en su nivel más alto desde finales de la década de 1990, en medio de una combinación de inestabilidad política y temores por un repunte inflacionario.

Japón tampoco ha quedado al margen. La economía japonesa es particularmente sensible al encarecimiento energético por su condición de gran importador de energía. En los últimos días, los rendimientos de sus bonos también han aumentado con fuerza, en línea con la preocupación de que la guerra con Irán termine elevando aún más los costos para empresas, hogares y gobierno.

En los mercados de renta fija, los rendimientos y los precios de los bonos se mueven en direcciones opuestas. Cuando los inversionistas perciben más riesgo o menor confianza en el emisor, suelen vender esos títulos, haciendo caer su precio y elevar su rendimiento. Por eso, el alza reciente de los retornos soberanos se interpreta como una señal de tensión financiera creciente.

El petróleo sigue elevado y refuerza el temor inflacionario

Mientras los bonos reflejan nerviosismo, el mercado petrolero continúa mostrando una escalada relevante. Los futuros del crudo Brent para julio subieron más de 3% el viernes y cerraron en USD $109,26 por barril. Los futuros del West Texas Intermediate de Estados Unidos para junio avanzaron más de 4% y terminaron la jornada en USD $105,42 por barril.

El movimiento no es menor. El Brent acumula una subida de 74% en lo que va de año, aunque todavía se mantiene por debajo del máximo de USD $118 por barril alcanzado a finales de abril. Aun así, estos niveles bastan para encender alertas entre autoridades monetarias, gobiernos y empresas intensivas en consumo energético.

El problema no se limita al precio diario del barril. También preocupa la velocidad a la que están disminuyendo las reservas mundiales de petróleo. Esos inventarios están cayendo a un ritmo récord para compensar la gran interrupción del suministro en Oriente Medio, una situación que podría agravarse si el estrecho de Ormuz no reabre.

La Agencia Internacional de la Energía advirtió la semana pasada, en su actualización mensual, que las existencias globales se acercarán a niveles críticos si la vía marítima permanece cerrada. Como consecuencia, podrían registrarse precios más altos del petróleo y los combustibles justo antes del pico de demanda del verano boreal.

La misma entidad resumió el riesgo con una frase clara: los colchones que se reducen rápidamente en medio de interrupciones continuas pueden anunciar futuros picos de precios. Esa advertencia refuerza la idea de que el mercado no solo enfrenta un shock presente, sino también una amenaza de deterioro adicional en los próximos meses.

Qué observar en la reunión del G7

La reunión de París será seguida de cerca por inversionistas, responsables de política pública y analistas macroeconómicos. Aunque el G7 no controla por sí mismo la evolución militar del conflicto, sí puede coordinar mensajes, evaluar respuestas fiscales y monetarias, y enviar señales sobre estabilidad financiera en un momento de creciente volatilidad.

También será una prueba para medir hasta qué punto las economías avanzadas pueden absorber otro shock energético sin entrar en una fase más profunda de estanflación. Ese escenario combina bajo crecimiento con inflación persistente, y suele ser especialmente complejo para bancos centrales, mercados y consumidores.

Para sectores vinculados a activos de riesgo, incluidas criptomonedas y acciones especulativas, el deterioro del panorama macro puede traducirse en más volatilidad. Cuando el petróleo sube, los rendimientos soberanos repuntan y la expectativa de tasas altas se fortalece, parte del capital tiende a buscar refugio o a reducir exposición a mercados más sensibles al apetito por riesgo.

Por ahora, el mensaje central de las autoridades europeas es que la reapertura del estrecho de Ormuz y una resolución duradera del conflicto son condiciones clave para reducir el daño. El problema es que, incluso en un escenario de solución rápida, la economía mundial ya enfrenta el impacto de una nueva perturbación energética con alcance global.


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