Una teoría divulgada por Andrei Jikh sostiene que la visita de Donald Trump a China junto a 18 directivos de grandes empresas pudo estar vinculada a una negociación mucho más amplia que los aranceles: un posible rediseño del orden monetario global, con el oro como pieza central, nuevas inversiones chinas en Estados Unidos y un telón de fondo marcado por tensiones energéticas, deuda e inflación.
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- La hipótesis compara el momento actual con el Plaza Accord de 1985, pero plantea que esta vez China evitaría una revaluación directa del yuan.
- El posible acuerdo incluiría hasta USD $1 billón en inversión china en manufactura estadounidense, junto con alivios regulatorios y comerciales.
- La tesis también vincula el cierre del estrecho de Ormuz, el alza del oro y la debilidad del dólar con una transición monetaria en marcha.
La visita de Donald Trump a China junto a 18 directivos de grandes corporaciones estadounidenses abrió espacio a una lectura más ambiciosa que la de un simple encuentro comercial. Según plantea Andrei Jikh en el video Why Trump Flew to China with 18 CEOs, el viaje pudo haber servido para discutir las bases de un nuevo acuerdo monetario internacional.
La hipótesis parte de una imagen poco usual: una delegación empresarial con figuras como Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang y Larry Fink. Para el autor, no se trató solo de un gesto diplomático ni de una ronda enfocada en aranceles, sino de una cita con implicaciones mayores para el dólar, el oro, la manufactura y la arquitectura financiera global.
El planteamiento no se presenta como un hecho confirmado. El propio análisis insiste en que se trata de una teoría construida a partir de señales de mercado, antecedentes históricos, declaraciones públicas y reportes periodísticos mencionados por la fuente. Aun así, la tesis ha llamado la atención por conectar comercio, energía, deuda, inflación y activos escasos como el oro y Bitcoin.
El antecedente del Plaza Accord y por qué vuelve al debate
Para entender la comparación, el análisis retrocede a 1985, cuando Estados Unidos enfrentaba un fuerte déficit comercial, un dólar demasiado fuerte y dificultades para competir en manufactura. En ese contexto, la administración de Ronald Reagan convocó una reunión con Francia, Alemania Occidental, Japón y Reino Unido en el Plaza Hotel de Nueva York.
De ese encuentro surgió el llamado Plaza Accord. El acuerdo buscó debilitar al dólar frente a otras monedas, en especial frente al yen japonés. Según la tesis explicada por Jikh, el resultado fue un encarecimiento de las exportaciones de Japón y una mejora relativa de la competitividad estadounidense.
A cambio, Japón ganó espacio para invertir en Estados Unidos. Empresas como Toyota, Honda y Nissan expandieron su presencia industrial en suelo estadounidense, mientras capital japonés entraba en bienes raíces, bonos del Tesoro y compañías locales. Durante un tiempo, el arreglo pareció beneficioso para ambas partes.
Sin embargo, el análisis recuerda que la rápida apreciación del yen habría golpeado el modelo exportador japonés. Luego, el intento de compensar ese daño con dinero barato desembocó en una gran burbuja de activos. Acciones y propiedades subieron con fuerza, y Japón pasó las siguientes tres décadas lidiando con las secuelas de ese ciclo, en lo que la historia económica recuerda como las décadas perdidas.
La relevancia de ese episodio, según la teoría, es que China conoce bien ese precedente y buscaría evitarlo a toda costa. Por eso, si hubiera una negociación de gran escala con Washington, no aceptaría una revaluación abrupta del yuan contra el dólar.
La tesis de un acuerdo con China basado en otro activo
El centro de la hipótesis es que un posible “Plaza Accord 2.0” no se haría vía tipo de cambio directo entre dólar y yuan. En cambio, la válvula de escape sería otro activo. Para Jikh, ese activo sería probablemente el oro.
La lógica detrás de esa idea es doble. Primero, una revalorización fuerte del yuan podría afectar el motor exportador chino. Segundo, una repricing del oro permitiría debilitar al dólar de forma indirecta, sin obligar a Pekín a mover de forma agresiva su moneda.
En ese escenario, Estados Unidos podría revalorar sus reservas de oro a precios de mercado, en vez de mantenerlas contabilizadas al precio oficial de USD $42 por onza fijado en 1973. La fuente sostiene que el precio de mercado del metal supera los USD $4.500 por onza, lo que implicaría un balance mucho más robusto si se reconociera ese valor.
China, por su parte, también se beneficiaría si el oro se apreciara. El análisis afirma que Pekín ha acumulado reservas de oro durante años y que una repricing del metal elevaría el valor de esos activos sin tocar el yuan. Así, ambos países podrían ganar margen político y financiero en una transición del sistema monetario.
El papel del viaje de Trump y las inversiones chinas en EE. UU.
La parte pública de la supuesta negociación, según reportes citados por la fuente de Bloomberg y The New York Times, sería un acuerdo para que China invierta USD $1 billón en Estados Unidos. La mayor parte de ese capital se destinaría a fábricas, cadenas de suministro e infraestructura industrial.
En términos políticos, eso permitiría a Trump presentar el resultado como un regreso del empleo manufacturero y una revitalización de la base industrial estadounidense. La comparación con el caso japonés aparece de nuevo, aunque esta vez la escala sería mucho mayor y el origen del capital sería chino.
Pero, según el análisis, la propuesta no sería altruista. China habría planteado primero una oferta de este tipo en octubre de 2025, durante negociaciones en Madrid con el secretario Scott Bessent. A cambio del flujo de inversión, Washington debería reducir restricciones de seguridad nacional sobre operaciones chinas y eliminar aranceles para fábricas de propiedad china construidas en Estados Unidos.
Además, la tesis sugiere que en el trasfondo estarían otros temas sensibles, como Taiwán y las tierras raras. El argumento es que China no solo compraría acceso al mayor mercado consumidor del mundo, sino también legitimidad monetaria y un asiento en la mesa donde se redefina el próximo orden económico global.
En ese marco, Taiwán aparece como una pieza crítica. La isla produce más del 90% de los semiconductores avanzados del mundo, esenciales para inteligencia artificial y defensa. Por eso, cualquier entendimiento amplio entre Washington y Pekín tendría que leerse también a la luz de la competencia tecnológica y geopolítica.
Energía, Ormuz y la presión sobre Occidente
La teoría incorpora otro elemento clave: la energía. Jikh afirma que el cierre del estrecho de Ormuz desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán a principios de año habría alterado el flujo energético global y elevado la urgencia de un acuerdo mayor.
El análisis subraya que por ese paso transita cerca del 20% de la energía mundial. También indica que, mientras los mercados habrían descontado una pronta normalización, los inventarios de petróleo mostrarían una realidad más tensa. Según la fuente, Bloomberg reportó que las reservas globales de crudo entrarían en niveles de estrés operativo hacia junio y tocarían pisos mínimos hacia septiembre.
Asimismo, se citan advertencias de Jeff Currie, exjefe de materias primas en Goldman Sachs, sobre faltantes ya visibles en partes de Europa y Asia. A eso se suma la preocupación expresada, según el video, por directivos de Chevron, ConocoPhillips y Saudi Aramco sobre el endurecimiento de la oferta.
La tesis añade que Morgan Stanley estimó que no habría destrucción significativa de demanda hasta que el petróleo alcanzara USD $140 por barril. Sin embargo, el precio seguiría por debajo de USD $100, lo que alimenta la sospecha de que habría intentos por estabilizar expectativas mediante narrativa mediática y mercados de papel.
Incluso se menciona una investigación del Departamento de Justicia por operaciones sospechosas ejecutadas minutos antes de anuncios relevantes para el mercado petrolero, con ganancias de alrededor de USD $2.600 millones apostando a una caída del crudo.
Dentro de ese mismo marco, la fuente sostiene que China y Rusia no necesitarían escalar hacia un conflicto nuclear para presionar a Occidente. En cambio, un Ormuz cerrado serviría como arma económica suficiente, con Irán funcionando como intermediario de una presión geopolítica destinada a obtener mejores términos en una renegociación del sistema monetario.
Mercados, oro, dólar y activos escasos
Uno de los puntos más llamativos del análisis es que los mercados ya podrían estar anticipando parte de ese escenario. Desde finales de marzo, afirma Jikh, el dólar habría caído frente al yuan, algo que sería contrario a lo esperado en una confrontación diseñada supuestamente para dañar a China.
También señala que los rendimientos de la deuda china se habrían mantenido estables o a la baja, mientras que los costos de financiamiento de otros países, incluido Estados Unidos, subían. Para la tesis, esa divergencia sugiere que Pekín no estaría siendo el principal perjudicado por el actual entorno.
El oro, mientras tanto, aparece como el termómetro principal. La fuente describe un fuerte ascenso del metal y sostiene que, en los últimos meses, el mayor producto de exportación de Estados Unidos habría sido el llamado “oro no monetario”, por encima del petróleo, los fármacos y los motores de aviación. Ese flujo iría primero a Suiza y luego a China.
La interpretación histórica es clara: el país que exporta oro suele estar perdiendo influencia, mientras el que lo absorbe tiende a reforzar su posición. El ejemplo citado es el paso del liderazgo financiero de Londres a Nueva York durante el declive británico del siglo XX.
Si esa lectura fuera correcta, el resultado sería una devaluación del dólar frente a activos escasos, un alivio real sobre la carga de deuda y una nueva ola inflacionaria. Para el ciudadano común, sostiene la teoría, eso significaría mayor presión en renta, alimentos y energía.
El efecto no sería uniforme. Quienes poseen activos como acciones, inmuebles, oro o Bitcoin podrían protegerse mejor ante la inflación, mientras los hogares con ahorro en efectivo quedarían más expuestos. En esa parte del argumento, la tesis conecta la transición monetaria con una economía en forma de K, donde una mitad se beneficia y la otra se rezaga.
También se incorpora el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo. Según la fuente, la mayor productividad de la parte alta de la economía conviviría con la desaparición de trabajos en atención al cliente, entrada de datos, transporte, manufactura y logística, ampliando la fractura social.
Hacia el cierre, Jikh insiste en que todo debe leerse como una hipótesis y no como una conclusión definitiva. El estrecho de Ormuz podría reabrirse, el acuerdo podría no firmarse y el oro podría no ser el mecanismo final de ajuste. Pero su conclusión provisional es que varios caminos posibles convergen en un mismo punto: un dólar más débil y una mayor relevancia para activos que los gobiernos no pueden emitir a voluntad, entre ellos el oro y Bitcoin.
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