Ben Black, director ejecutivo de la International Development Finance Corporation, describió una visión ambiciosa para convertir a la DFC en el brazo de inversión estratégica de Estados Unidos, con un mandato de USD $25.000 millones para financiar energía, minerales críticos y tecnología en países aliados, mientras busca generar retorno para los contribuyentes y disputar influencia a China.
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- Ben Black aseguró que la DFC opera como el “equipo internacional de acuerdos” del gobierno de Estados Unidos.
- La agencia cuenta con una autorización de USD $25.000 millones y prioriza energía, minerales críticos y tecnología.
- El objetivo declarado es apoyar aliados, movilizar capital privado y ofrecer retorno al contribuyente estadounidense.
Ben Black, director ejecutivo de la International Development Finance Corporation, presentó una hoja de ruta que busca cambiar la lógica de la ayuda exterior estadounidense. En conversación con Joe Lonsdale para Running DC Like Wall Street: CEO of America’s Investment Fund, el funcionario sostuvo que la DFC debe actuar como el “equipo internacional de acuerdos” del gobierno, con un enfoque centrado en inversión, métricas y retornos.
La tesis central de Black es que Estados Unidos debe tratar a sus socios como aliados de negocios y no como receptores pasivos de fondos. Bajo esa visión, la agencia no solo persigue intereses estratégicos en el exterior, sino que además intenta movilizar capital privado, impulsar el desarrollo de países socios y devolver ganancias al contribuyente estadounidense.
La DFC fue creada durante el primer mandato de Donald Trump como sucesora del antiguo Overseas Private Investment Corporation, conocido como OPIC. Black explicó que la entidad recibió una reautorización en el otoño pasado por USD $25.000 millones, capital con el que pretende invertir en sectores que considera decisivos para la seguridad económica y geopolítica del país.
El directivo resumió esas prioridades en tres grandes ejes: energía, minerales críticos y tecnología. Según dijo, esos sectores son claves para desbloquear crecimiento en economías aliadas, reducir dependencias estratégicas y frenar cuellos de botella asociados a la influencia china en cadenas globales de suministro.
Una política exterior basada en inversión y retorno
Black defendió que la mejor forma de fortalecer alianzas no es “sacar dinero por la puerta” sin exigencias, sino estructurar inversiones con expectativas de rendimiento. En su planteamiento, los proyectos deben estar diseñados para mover la aguja económica en los países socios y al mismo tiempo crear valor tangible para Estados Unidos.
Ese argumento se apoya en una idea recurrente durante la entrevista: la disciplina de mercado. Para Black, la ayuda exterior perdió efectividad cuando dejó de operar con métricas claras, seguimiento y responsabilidad sobre resultados. En su opinión, el problema no fue solo el volumen del gasto, sino la proliferación de programas pequeños y dispersos que resultan difíciles de monitorear.
Joe Lonsdale llevó ese punto a una crítica más amplia sobre la asistencia internacional tradicional. Black coincidió en que el deterioro del enfoque obedeció, en parte, a una pérdida de disciplina después del fin de la Guerra Fría. A su juicio, Washington asumió que la expansión del modelo liberal ocurriría casi de forma automática, mientras China ganaba terreno económico en regiones estratégicas.
El jefe de la DFC sostuvo que el contraste con el Plan Marshall es ilustrativo. Afirmó que alrededor de 70% de los fondos enviados entonces a Europa se utilizó para comprar bienes y servicios estadounidenses. Eso, dijo, ayudó a estimular la economía local, asegurar acceso a materiales estratégicos y consolidar mercados para empresas y trabajadores de Estados Unidos.
Desde esa óptica, Black propone recuperar una tradición de “statecraft” económico basada en intereses, industrialización y comercio. Para él, el desarrollo funciona mejor cuando los países socios co-invierten y tienen “skin in the game”, es decir, exposición real al éxito o fracaso del proyecto. Esa participación, añadió, reduce la dependencia y favorece relaciones más simétricas.
Energía, minerales críticos y tecnología como ejes de la estrategia
Black explicó que la DFC concibe la energía como un continuo capaz de destrabar ecosistemas productivos completos. Puso como ejemplo un país donde se construye un puerto para exportar gas natural licuado estadounidense, una planta de regasificación para distribuirlo internamente y, a partir de allí, infraestructura capaz de alimentar minería, pequeñas empresas, aldeas y consumidores.
Ese tipo de diseño, dijo, permite conectar la seguridad energética con la explotación de minerales estratégicos como litio o cobalto. La minería, recordó, es intensiva en energía, por lo que los proyectos deben pensarse de forma integrada. En lugar de financiar piezas aisladas, la DFC busca estructurar plataformas que habiliten economías enteras y atraigan inversión adicional.
También defendió la necesidad de diversificar cadenas de suministro fuera de China. Mencionó que parte del procesamiento de minerales puede ubicarse cerca de las minas en países aliados, especialmente cuando el costo logístico de mover material en bruto es muy alto. Como ejemplo, indicó que en ciertas tierras raras el paso de mineral a óxido puede reducir el peso a apenas 5% del volumen original.
En esa línea, citó el caso del ácido sulfúrico, insumo importante para procesar tierras raras y fabricar fertilizantes. Black afirmó que China prohibió exportaciones de ese producto equivalentes a 25% del mercado a partir del 1 de mayo. Ese tipo de decisión, sostuvo, ilustra por qué Estados Unidos necesita alianzas industriales y redundancia en segmentos críticos.
El funcionario también relató una inversión reciente en una mina de tierras raras que, según dijo, fue anunciada para adquisición y generó un retorno “fantástico” para la DFC en apenas tres meses. No ofreció más detalles, pero lo presentó como una muestra de que la estrategia puede combinar objetivos geopolíticos y beneficios financieros.
Capital privado como ventaja frente a China
Uno de los mensajes más repetidos por Black fue que la DFC no puede imitar el modelo estatal chino. Afirmó que Pekín ha destinado más de USD $1 billón a su iniciativa Belt and Road, una cifra muy superior al tamaño de la agencia estadounidense. Sin embargo, argumentó que Washington tiene una ventaja estructural: la profundidad y dinamismo de su sector privado.
Por eso, insistió en que el objetivo no es reemplazar al mercado, sino catalizarlo. Black dijo que busca mover la DFC a la velocidad del sector privado y atraer socios financieros, industriales y gubernamentales para escalar proyectos. En su lectura, si Estados Unidos dependiera solo de dólares públicos, terminaría operando con la misma lógica centralizada que critica en China.
El directivo contó además una anécdota de un viaje a Ruanda durante su luna de miel. Recordó que un conductor local le comentó que una carretera había sido construida por los chinos, pero que aun así la población los rechazaba porque no contrataban trabajadores ruandeses ni se integraban a la economía local. Black utilizó el episodio para ilustrar lo que considera un enfoque extractivo de Pekín.
Frente a eso, defendió una estrategia estadounidense de “stack completo”, donde el capital no solo financia activos físicos sino que integra cadenas productivas, emplea personal local y crea mercados de largo plazo. En su visión, cuando un país se vuelve más próspero gracias a un esquema de mercado, también aumenta su propensión a comerciar e invertir con Estados Unidos.
Black enmarcó esta visión en principios como propiedad privada, estado de derecho y libertad económica. Dijo que esos elementos han sido fundamentales para la acumulación de riqueza en Occidente y que exportarlos, adaptados a cada realidad cultural, es esencial para construir socios confiables y entornos de negocios sostenibles.
Seguros de riesgo político y zonas de conflicto
Otro apartado importante de la entrevista fue el papel del seguro de riesgo político, una herramienta histórica heredada de OPIC. Black explicó que la institución ha realizado más de 3.000 transacciones de seguro a lo largo de su historia y que este instrumento es clave para destrabar inversiones en territorios con guerra o inestabilidad.
En ese punto mencionó el fondo de reconstrucción de Ucrania, donde la DFC utiliza seguros de guerra y de riesgo bélico para incentivar la participación empresarial. Según explicó, para una firma privada sería mucho más costoso ofrecer ese tipo de cobertura, mientras que el gobierno de Estados Unidos puede actuar como fijador de precios y absorber parte del riesgo estratégico.
Black aseguró que el desempeño histórico del producto ha sido sólido y habló de recuperaciones cercanas a 100% en términos de cobro final. Además, comentó que la DFC trabaja con Chubb como asegurador líder, junto con Great American Insurance Company y otras compañías estadounidenses, en un esquema que combina hasta USD $20 millones de cobertura inicial con reaseguro de hasta USD $20.000 millones.
En relación con el estrecho de Ormuz, relató que Donald Trump identificó con rapidez una oportunidad: si aseguradoras privadas cancelan coberturas marítimas por el riesgo en la zona, eso implica que buena parte de la arquitectura global de seguros descansa, en última instancia, sobre el respaldo militar estadounidense. Su respuesta, dijo Black, fue preguntar por qué otros debían cobrar por ese riesgo y no Estados Unidos.
El tablero geopolítico y la nueva ventana para Washington
Black considera que el mundo atraviesa una reorganización profunda del orden internacional. En su lectura, no se trata solo de una disputa táctica, sino de un cambio que definirá las próximas cinco décadas. Por eso afirmó que este momento es singular y que la administración Trump está aprovechándolo para rediseñar la posición de Estados Unidos.
El funcionario destacó especialmente al hemisferio occidental. Aseguró que América Latina vive un giro inédito en la memoria reciente, con gobiernos más promercado, favorables a los negocios y, en varios casos, más alineados con Washington. Mencionó a Argentina, Chile, Bolivia y Honduras entre los espacios donde observa oportunidades para profundizar cooperación económica.
También apuntó a Europa, aunque con matices. Señaló que existe una diferencia entre ciertas figuras políticas europeas y muchas empresas del continente que siguen siendo socios valiosos. Añadió que ve posibilidades en Europa Central y Oriental, Asia Central, África, el Indo-Pacífico y, de forma especial, en el Golfo y Oriente Medio, donde dijo que varios aliados han fortalecido sus inversiones en Estados Unidos.
En paralelo, Black evitó hacer una descalificación frontal de la administración anterior. Reconoció que la comparación es difícil porque la reautorización reciente transformó la naturaleza de la DFC. Aun así, insistió en que el desafío central está en acumular mejores datos, dar seguimiento riguroso a las inversiones y crear una cultura institucional donde se admita con rapidez cuando un proyecto no funciona.
Para el jefe de la DFC, el objetivo final es que Estados Unidos exporte su “tech stack” y haga que el sistema operativo del siglo XXI, e incluso del XXII, repose sobre inversiones vinculadas a su esfera de alianzas. Si esa tesis se concreta, argumentó, el resultado será un mundo más “invertible”, más capital para la economía estadounidense y una expansión de oportunidades económicas para un mayor número de personas.
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