La disrupción en el suministro mundial de fertilizantes nitrogenados está obligando a agricultores y empresas a mirar más allá de la urea tradicional. En medio del alza de precios y la incertidumbre por el estrecho de Ormuz, resurgen alternativas como el estiércol, la orina humana tratada y los biofertilizantes, aunque persisten dudas sobre su escala y consistencia.
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- El cierre casi total del estrecho de Ormuz disparó los precios de la urea a máximos de varios años y presiona la próxima temporada de siembra.
- Empresas de biofertilizantes y soluciones basadas en residuos reportan un fuerte aumento de la demanda, desde Francia y Tailandia hasta Estados Unidos.
- Pese al interés por alternativas como estiércol, orina humana y microbios, agricultores y empresas admiten que todavía no reemplazan por completo a los fertilizantes sintéticos.
La presión sobre los agricultores está creciendo a escala global. El encarecimiento de los fertilizantes nitrogenados, impulsado por la interrupción de suministros desde la región del Golfo, está forzando a muchos productores a buscar sustitutos poco convencionales para sostener sus cultivos de cara a la próxima temporada de siembra.
En ese nuevo mapa de urgencias aparecen opciones que hace pocos años habrían parecido marginales. Estiércol de pollo, orina humana procesada, residuos orgánicos, productos microbianos y bioestimulantes comienzan a ganar atención entre productores que intentan reducir su dependencia de la urea comercial.
Según reportó Bloomberg, alrededor de un tercio de la urea comercializada a nivel mundial proviene de la región del Golfo. Con el estrecho de Ormuz prácticamente cerrado por los bloqueos rivales de Estados Unidos e Irán, los precios se dispararon a máximos de varios años y encendieron alarmas sobre rendimientos agrícolas, márgenes de ganancia y abastecimiento alimentario.
El problema no es menor. Los fertilizantes sintéticos basados en nitrógeno han sostenido durante décadas la producción mundial de alimentos. Por eso, cualquier shock en su cadena de suministro tiene efectos que van mucho más allá del campo y termina trasladándose a precios, planificación agrícola e incluso seguridad alimentaria.
Del estiércol a la orina humana
James Mills, un agricultor inglés que cultiva trigo, cebada y avena en Yorkshire, dijo que ha pasado mucho tiempo pensando en el estiércol de pollo. Tras la interrupción de los suministros convencionales de fertilizantes nitrogenados por la guerra con Irán, comenzó a recorrer el campo en busca de reemplazos que le permitan mantener el crecimiento de sus cultivos.
Esa búsqueda lo llevó al gallinero de un conocido de su familia. Allí encontró una fuente de estiércol de pollo que ahora es tan demandada que ya tiene una larga lista de compradores. Mills resumió la situación con una frase directa: todos están haciendo lo mismo y buscando alternativas.
La presión también está beneficiando a startups que llevaban años intentando ganar espacio frente a los fertilizantes tradicionales. François Gérard, de la empresa francesa Toopi Organics, dijo que la situación de guerra es, tristemente, algo bueno para ellos, porque su compañía transforma orina humana recolectada en escuelas y festivales en un alimento bacteriano que ayuda al crecimiento de las plantas.
Desde finales de febrero, las ventas de Toopi han aumentado alrededor de una cuarta parte, explicó Gérard, mientras los precios se han mantenido estables gracias a la abundancia de materia prima. Su comentario fue tan gráfico como revelador: tienen orina por todas partes.
La lógica económica detrás de estas propuestas es sencilla. Si la urea sube con fuerza por restricciones geopolíticas y costos energéticos, cualquier alternativa con insumos abundantes y locales gana atractivo. Sin embargo, eso no significa que el mercado haya encontrado ya un reemplazo pleno para los fertilizantes convencionales.
Una crisis que amenaza cosechas y precios de alimentos
Si la disrupción en Ormuz continúa, el impacto podría sentirse durante varios ciclos agrícolas. Las Naciones Unidas advirtieron que 45 millones de personas adicionales podrían enfrentar inseguridad alimentaria aguda. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, por su parte, alertó que como los agricultores planifican con meses de antelación, los efectos podrían repercutir en los rendimientos incluso hasta 2027.
El Banco Mundial espera que los precios de los fertilizantes aumenten casi un tercio este año. Eso llevaría la asequibilidad a su peor nivel desde 2022, cuando Rusia invadió Ucrania. En otras palabras, el sistema agrícola global vuelve a enfrentar un shock similar al de uno de los momentos más tensos de los últimos años.
Los datos de precios ilustran la magnitud del problema. La urea en Nueva Orleans llegó el mes pasado a USD $710 por tonelada, el nivel más alto desde la primavera de 2022, antes de retroceder. La urea egipcia, en tanto, ha subido más de 90% desde que comenzó la guerra y alcanzó USD $940 por tonelada, según cifras de Bloomberg Green Markets.
Para el consumidor final, el riesgo es claro. Menores rendimientos agrícolas implican una oferta más ajustada y mayores presiones sobre los precios en supermercados. En ese contexto, el debate sobre fertilizantes ya no es solo técnico o rural. También toca inflación, comercio internacional y estabilidad social.
Startups, biológicos y residuos ganan tracción
El nuevo entorno está dando visibilidad a productos que durante años tuvieron problemas para lograr adopción masiva. Muchos agricultores los consideraban menos fiables que los insumos sintéticos, sobre todo por su variabilidad y por la dificultad de medir resultados de manera uniforme en distintos tipos de suelo y clima.
En Malasia, la productora láctea Farm Fresh Bhd. utiliza residuos ganaderos para alimentar lombrices, que enriquecen la hierba destinada a sus vacas. La empresa lleva años usando ese método, pero ahora está recurriendo a él con más intensidad debido al aumento del costo de la urea. Su director financiero, Mohd Khairul Mat Hassan, lo definió como el mejor fertilizante de la naturaleza, complementado además con estiércol de pollo.
La demanda de biofertilizantes y bioestimulantes también está creciendo en otras regiones. Syngenta, que lleva décadas produciendo productos biológicos, dijo que está viendo un interés creciente. En Tailandia, la startup Living Roots ha contratado personal para poder responder a la demanda. En Estados Unidos, Holganix asegura que su negocio se ha más que duplicado este año.
Bryan Hansel, director de ingresos de Holganix, afirmó que realmente sienten que este otoño va a ser una explosión. Esa percepción ayuda a explicar por qué varias empresas están intentando convertir un shock de suministro que podría ser temporal en ganancias más duraderas de participación de mercado.
La Unión Europea también dio una señal política en esa dirección al presentar esta semana una estrategia de fertilizantes que promueve una transición hacia insumos de base biológica y alienta el uso de digestatos, un tipo de residuo derivado del biogás. Ese respaldo institucional podría acelerar pruebas, inversión y adopción en el mediano plazo.
El precio importa, pero la escala sigue siendo el gran obstáculo
Algunas alternativas ya muestran ventajas concretas en costos. Living Roots afirma que su producto PhotoBoost cuesta alrededor de THB $400 por rai, frente a aproximadamente THB $1.200 por una bolsa de urea. La empresa sostiene que sus soluciones pueden reducir el uso de fertilizantes químicos hasta en 50%, con un recorte de costos cercano a 20%.
Pivot Bio, una firma respaldada por una de las empresas de Bill Gates y financiada con cerca de USD $700.000.000, redujo sus precios alrededor de 15% al inicio del conflicto. Su director ejecutivo, Chris Abbott, dijo que esa decisión amplió la ventaja de costos frente a los fertilizantes convencionales y ayudó a introducir sus productos a más agricultores estadounidenses.
Cientos de agricultores se han inscrito en un programa de Pivot Bio que les permite fijar precios durante tres años. A medida que subieron los precios de los fertilizantes convencionales, los productos de la empresa, que ya eran más baratos, alcanzaron una ventaja de costos de hasta 65%, según Abbott.
Incluso el estiércol de pollo puede resultar llamativamente barato en origen. Mills señaló que cuesta cerca de GBP £10 por tonelada, equivalentes a unos USD $13, aunque aclaró que el transporte eleva la factura final. Ese detalle importa porque muchos sustitutos orgánicos son económicos en el punto de producción, pero difíciles de mover y escalar de manera eficiente.
La otra gran limitación es técnica. Muchas de estas alternativas no son sustitutos directos de la urea y su contenido de nutrientes puede ser menos predecible. Algunas soluciones microbianas, por ejemplo, enfrentan problemas de consistencia porque los microbios pueden ser arrastrados lejos de las raíces de las plantas.
Además, la historia reciente ofrece advertencias. El intento de Sri Lanka en 2021 de pasar por completo a fertilizantes orgánicos provocó fuertes caídas en la producción de té y arroz. Ese antecedente explica por qué muchos productores siguen viendo estas alternativas como complementos útiles, pero no como reemplazos totales.
Las empresas emergentes tampoco están libres de cuellos de botella. Toopi necesita aumentar su recolección de orina el próximo año. Nitricity, con sede en California y dedicada a producir fertilizantes a partir de cáscaras de almendra molidas, está construyendo nueva capacidad productiva y ya tiene toda su producción vendida hasta 2028.
Mills sintetizó el dilema con cautela. No se trata, dijo, de que todos simplemente vayan a cambiarse al estiércol, porque la vida no es tan simple. También remarcó que no ha visto evidencia de que los fertilizantes sintéticos puedan eliminarse por completo y mantener los rendimientos actuales.
Por ahora, la gran incógnita es si esta nueva demanda durará una vez que se normalicen los mercados. Crisis anteriores, incluida la invasión rusa de Ucrania, expusieron la dependencia global de estos insumos, pero hicieron poco por debilitarla. Eso sugiere que la actual ola de innovación podría abrir oportunidades relevantes, aunque todavía está lejos de reescribir por completo la base material de la agricultura moderna.
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