Australia vive una carrera para ampliar su infraestructura de inteligencia artificial, con cientos de proyectos y miles de millones de dólares en inversión, pero el auge enfrenta una creciente oposición vecinal por el consumo de agua, energía, ruido y territorio.
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- Australia ya tiene 162 centros de datos y proyecta otros 90, con AUD $155.000 millones en inversiones potenciales.
- La demanda eléctrica del sector podría triplicarse para 2030 y elevar 26% los precios en Nueva Gales del Sur para 2035, según las proyecciones citadas.
- Comunidades de Sydney cuestionan el uso de agua potable, la pérdida de empleos locales y la escasa consulta sobre los nuevos proyectos.
Australia se ha convertido rápidamente en uno de los destinos más atractivos para construir centros de datos, una infraestructura clave para almacenar información y ejecutar servicios digitales, incluida la inteligencia artificial. El crecimiento promete inversión extranjera, nuevas capacidades tecnológicas y empleos, pero también está acercando enormes edificios llenos de servidores a viviendas, escuelas y zonas industriales que ya enfrentan límites de energía y agua.
La discusión dejó de ser únicamente tecnológica después del lanzamiento de ChatGPT en 2022, cuando la demanda de cómputo para aplicaciones de IA comenzó a expandirse con rapidez. Según BBC News, Australia cuenta con 162 centros de datos, tiene otros 90 en proyecto y acumula más de AUD $155.000 millones en inversiones potenciales, mientras comunidades de Sydney preguntan si los beneficios justifican el costo ambiental y social, detalla BBC.
Una apuesta estratégica por la inteligencia artificial
El atractivo australiano combina disponibilidad de terrenos, estabilidad política, una red eléctrica relativamente estable, reservas de gas natural y un amplio potencial de generación renovable. Belinda Dennett, directora ejecutiva de Data Centres Australia, también destaca la fuerza laboral calificada y la pertenencia del país a la alianza de seguridad de los Cinco Ojos, factores que pueden facilitar la llegada de operadores internacionales y proyectos vinculados con datos sensibles.
Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, afirmó que Australia podría convertirse en la capital mundial de los centros de datos si decide avanzar en esa dirección. El país ya muestra señales de querer aceptar esa invitación: un proyecto de hasta 1 gigavatio en el oeste de Sydney podría convertirse en uno de los mayores consumidores individuales de energía de Australia, aunque su escala y estado de aprobación deben distinguirse de los proyectos concretos que ya han recibido autorización.
La infraestructura también importa por la latencia, es decir, el tiempo que tardan los datos en viajar entre su origen y destino. Dennett sostiene que una respuesta rápida resulta esencial para actividades como el control del tráfico aéreo, la cirugía robótica y los servicios de entretenimiento, porque los usuarios y las empresas no aceptarían los retrasos que eran tolerables en las primeras etapas de internet.
Australia tiene aproximadamente 13,6 millones de usuarios mensuales de herramientas de IA, cifra que la coloca como el sexto mercado nacional más activo para esa tecnología. Dennett argumenta que alojar los centros de datos dentro del país puede reducir las barreras para crear empresas locales de IA; de lo contrario, Australia importaría las herramientas de otros mercados y conservaría únicamente el papel de usuario final.
El costo para la electricidad y el clima
La expansión, sin embargo, llega cuando especialistas en energía y ambiente advierten que Australia todavía no tiene suficiente capacidad para atender simultáneamente las demandas de electricidad de la población, la industria y los servidores. El Operador del Mercado de Energía Australiano estima que el consumo de los centros de datos podría triplicarse en todo el país para 2030, una presión que exigiría más generación, almacenamiento y capacidad de transmisión.
El Climate Council calcula que, sin un crecimiento significativo de las energías renovables y de los sistemas de almacenamiento, los centros de datos podrían contribuir a elevar 26% los precios mayoristas de la electricidad en Nueva Gales del Sur para 2035. El riesgo no se limita a las facturas: la necesidad de suministro ininterrumpido puede llevar a operadores y autoridades a priorizar plantas de gas o extender la dependencia de combustibles fósiles cuando la generación eólica y solar no cubra la demanda instantánea.
La preocupación ya tiene ejemplos concretos. Cloud Carrier, un grupo australiano de servicios de datos, planea construir tres centrales eléctricas de gas a unos 90 minutos en automóvil del distrito financiero de Sydney para abastecer un centro existente y otros dos proyectos futuros, mientras instalaciones como la de Lane Cove mantienen generadores diésel de respaldo para enfrentar cortes o tensiones en la red.
Un informe reciente de Greenpeace Australia Pacific concluyó que ninguno de los operadores analizados demostró adecuadamente que impulsaría el crecimiento de las energías renovables del país. La organización también señaló que, en Estados Unidos, algunos operadores han considerado más barato levantar nuevas centrales de gas que esperar por proyectos renovables adicionales, una experiencia que alimenta el debate australiano sobre quién pagará la transición energética.
Agua, ruido y conflicto vecinal
El problema no termina en la electricidad. Algunos centros de datos pueden consumir hasta 40 millones de litros de agua al día para enfriar sus servidores, un volumen equivalente al uso de 80.000 hogares y especialmente sensible en un país expuesto a sequías.
Sydney ya necesita ampliar su suministro de agua potable durante los próximos cinco a diez años para atender el crecimiento de su población, de acuerdo con la Asociación de Servicios de Agua de Australia. Sydney Water, la principal empresa del sector, calcula que los centros de datos podrían representar hasta 25% del agua potable de la ciudad para 2035; si el recurso se desvía a esas instalaciones, los hogares podrían terminar pagando alternativas más costosas, como la desalinización.
En julio, el primer ministro Anthony Albanese anunció que el Gobierno presentará en 2027 una obligación legal para que los centros de datos de gran escala aseguren sus suministros energéticos, limiten el uso de agua y paguen cualquier infraestructura hídrica adicional que necesiten. Albanese aclaró que las medidas solo cubrirán nuevas propuestas y no los proyectos que ya estén construidos o en proceso de construcción.
Ese alcance dejó insatisfechos a grupos ambientales y comunitarios, que piden una pausa general en el desarrollo del sector. Rochelle Flood, teniente de alcaldesa de Lane Cove, cuestiona que el gobierno ofrezca una recepción favorable a los centros de datos mientras persisten dudas sobre las emisiones netas cero, las reservas de agua y la capacidad de la ciudad para sostener una expansión de esta escala.
El caso de Lane Cove y la promesa de empleos
En Lane Cove, un suburbio acomodado de la costa norte baja de Sydney, Lucy, nombre cambiado para proteger su identidad, escucha un zumbido constante cuando acuesta a su hijo. El sonido proviene de un centro de datos ubicado a unos 350 metros de su vivienda, y otros cuatro proyectos podrían instalarse en el parque industrial local, lo que ha convertido el ruido y el tamaño de los edificios en preocupaciones cotidianas.
Uno de los centros propuestos estaría a 16 metros de la casa más cercana y a 160 metros de una escuela primaria. Flood advierte que, si se aprueban los cuatro proyectos del parque industrial, cerca de 50% de los negocios actuales tendría que mudarse, con el riesgo de perder empleos y alterar una zona donde muchas empresas dependen de trabajadores locales.
Felipe Tanaka, gerente de una empresa del parque industrial, afirma que la compañía recibió la indicación de reubicarse para dar paso a un centro de datos, aunque los residentes y negocios no esperaban una transformación de ese tipo. Tanaka calcula que miles de empleos podrían desaparecer del área durante los próximos años y teme que trasladar la operación provoque la salida de aproximadamente la mitad de sus 300 a 400 trabajadores locales.
La construcción de un gran centro puede emplear a más de 1.000 personas, pero los estudios citados en la cobertura indican que esa cifra desciende a unos 100 puestos cuando la instalación comienza a operar. Daniel Mookhey, tesorero de Nueva Gales del Sur, sostiene que la mayor creación de empleo no necesariamente provendrá de quienes trabajen dentro de los centros, sino de las empresas que utilicen esa infraestructura, como Microsoft y Amazon, aunque todavía no está claro cuántos puestos calificados surgirán ni qué usos concretos tendrán los sistemas.
Una decisión entre crecimiento y sostenibilidad
Los defensores del sector presentan la inversión como una oportunidad para evitar una desaceleración económica y construir una base industrial para las próximas décadas. Jon Whittle, exdirector del centro de investigación digital de CSIRO y actualmente una voz destacada en negocios e IA, afirma que Australia probablemente habría entrado en recesión sin el auge reciente de los centros de datos y considera que el gobierno debe respaldar la expansión pese a sus riesgos.
Mookhey comparte la idea de que ambos procesos, el crecimiento de los centros de datos y la expansión renovable, pueden reforzarse mutuamente. A su juicio, la inversión privada en nuevas fuentes limpias permitiría reemplazar centrales de carbón antiguas y aliviar parte de la factura que, en otro escenario, terminarían pagando los hogares, además de crear industrias capaces de emplear a futuras generaciones.
Los críticos responden que esa promesa todavía carece de garantías verificables sobre energía, agua y beneficios locales. Flood resume la frustración de los vecinos al preguntar para qué se necesita instalar esta infraestructura junto a sus hogares, especialmente cuando algunas aplicaciones generativas, como la creación de GIF de gatos, consumen una cantidad de energía comparable con hacer funcionar un microondas durante una hora.
El debate australiano refleja un dilema que enfrentan otros países que buscan atraer infraestructura para IA: la carrera por capacidad de cómputo puede ofrecer inversión y soberanía tecnológica, pero también trasladar costos a comunidades que no controlan las decisiones. La exigencia de transparencia sobre consumo, empleos, fuentes de energía y destino de los datos será determinante para saber si la apuesta convierte a Australia en un polo tecnológico sostenible o en un país que subsidia con recursos públicos una expansión privada.
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