La crisis que expulsó y devolvió a Sam Altman al mando de OpenAI en apenas unos días sigue siendo una de las disputas más reveladoras de la era de la inteligencia artificial. El episodio expuso tensiones entre seguridad, dinero, gobernanza y poder personal en la empresa que hoy ocupa el centro de la carrera por la AGI.
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- Un reporte narrado por AI In Context reconstruye cómo Sam Altman fue despedido el 17 de noviembre de 2023 y volvió al cargo días después.
- La junta alegó falta de franqueza, fallas en procesos de seguridad y conflictos de gobernanza, pero perdió el control ante la presión interna y de mercado.
- El caso dejó en duda si la autorregulación corporativa puede contener a las empresas que compiten por desarrollar inteligencia artificial general.
La crisis interna de OpenAI de noviembre de 2023 se convirtió en un caso emblemático para entender quién manda realmente en la carrera por la inteligencia artificial. Lo que parecía un mecanismo de control diseñado para priorizar a la humanidad sobre el lucro terminó cediendo ante presiones políticas, corporativas y laborales.
El relato presentado por You should be worried about Sam Altman, del canal AI In Context, recompone aquellos cinco días a la luz de testimonios judiciales conocidos este año. La reconstrucción apunta a una pregunta mayor: si ni siquiera OpenAI pudo contener a su propio CEO, ¿qué tan viable es la autorregulación en sistemas que aspiran a desarrollar AGI?
Para muchos lectores nuevos en el tema, AGI significa inteligencia artificial general. Se trata de la idea de una máquina capaz de realizar trabajo cognitivo al nivel humano o por encima de él en una amplia variedad de tareas.
Ese concepto no es accesorio en esta historia. OpenAI nació con la tesis de que una tecnología de ese poder no debía quedar bajo el control irrestricto de una sola compañía ni de un solo líder.
Sin embargo, el despido y el retorno de Sam Altman mostraron que los principios escritos en la estructura legal de una organización pueden ser derrotados con rapidez. También evidenciaron el peso que hoy tienen los mercados, los inversionistas y la lealtad del talento en la gobernanza de la IA.
El despido que sacudió a la industria
El 17 de noviembre de 2023, Sam Altman estaba en un hotel de Las Vegas, donde había viajado por la carrera de Fórmula 1. Cerca del mediodía abrió su computadora para una videollamada que esperaba fuera rutinaria.
Al otro lado estaban Adam D’Angelo, Helen Toner, Tasha McCauley e Ilya Sutskever, los miembros de la junta de OpenAI. Sutskever leyó una declaración preparada que informaba que el directorio había perdido la confianza en la capacidad de Altman para liderar la compañía y que su despido sería inmediato.
Minutos después, Altman quedó fuera de sus accesos digitales. Según la reconstrucción, pasó de ser el CEO de la empresa de IA más famosa del planeta a no poder entrar ni a su propio correo.
La junta publicó de inmediato un comunicado. Allí sostuvo que la salida de Altman seguía a un proceso deliberativo y que el ejecutivo no había sido consistentemente franco en sus comunicaciones con el directorio, lo que dificultó el cumplimiento de sus responsabilidades.
En el mismo anuncio, la junta nombró a Mira Murati como CEO interina. La noticia detonó una crisis casi instantánea dentro de OpenAI y también en Microsoft, su socio e inversionista más importante.
La reacción interna fue caótica. En las oficinas de San Francisco, cientos de empleados dejaron de trabajar y se limitaron a mirar sus pantallas sin entender qué acababa de ocurrir.
Microsoft también fue tomado por sorpresa. Murati informó a la empresa apenas minutos antes de que el comunicado fuera público, y la reacción de Satya Nadella fue de abierta molestia, según el recuento.
En una reunión general, Sutskever y Murati intentaron explicar la situación. Cuando les preguntaron si existía un incidente concreto detrás del despido, Sutskever respondió que desearía poder dar detalles, pero que no podía hacerlo.
Otro factor elevó la tensión entre el personal. OpenAI estaba por cerrar una oferta que permitiría a empleados vender acciones a una valoración de USD $86.000 millones.
Para muchos, esa operación implicaba millones de dólares en riqueza potencial. Algunos ya habían dejado depósitos para comprar viviendas, por lo que la incertidumbre sobre el acuerdo agravó el malestar.
La estructura de OpenAI y el ideal de controlar la AGI
La dureza del conflicto solo se entiende al revisar cómo fue diseñada OpenAI. La organización nació en 2015 como un laboratorio de investigación sin fines de lucro, respaldado por aportes de Elon Musk, Peter Thiel, Sam Altman y otros participantes.
Su misión declarada no era maximizar ganancias. El objetivo explícito era avanzar la inteligencia digital de la forma más probable de beneficiar a la humanidad en su conjunto, sin quedar subordinada a retornos financieros.
La razón de ese diseño era ideológica y estratégica. Sus fundadores creían que en una o dos décadas podrían surgir máquinas más inteligentes que los humanos, con capacidad para investigar, planificar estrategias militares y ejecutar casi cualquier trabajo cognitivo.
Dentro de ese marco, AGI no era una marca publicitaria. Era una posibilidad tecnológica considerada tan poderosa que podía alterar la soberanía humana sobre su propio futuro.
El problema apareció cuando entrenar modelos de frontera empezó a costar miles de millones de dólares. Altman impulsó en 2019 una solución híbrida: una entidad con fines de lucro controlada por una junta del brazo sin fines de lucro.
Ese modelo tenía dos frenos formales. El primero era un límite de hasta 100 veces para las ganancias de inversionistas, tras lo cual el excedente debía volver a la misión en beneficio de la humanidad.
El segundo era aún más importante. La junta de la organización sin fines de lucro tenía autoridad para despedir al CEO de la subsidiaria comercial.
En teoría, esa facultad era el interruptor de emergencia. Permitía dejar correr la maquinaria competitiva mientras un grupo con mandato ético retenía la capacidad de detenerla si detectaba riesgos graves.
Altman defendió públicamente ese diseño durante años. De hecho, repetía que ninguna persona debía ser depositaria absoluta de la confianza y que era importante que el directorio pudiera removerlo.
La paradoja central de noviembre de 2023 fue que el sistema sí activó ese interruptor, pero no pudo sostenerlo. En la práctica, un pequeño grupo de voluntarios quedó enfrentado a una empresa valorada en USD $86.000 millones y a la presión de un ecosistema que no aceptó la decisión.
La ofensiva de Altman y el colapso del tablero
Tras el despido, Altman regresó a San Francisco y empezó a mover sus piezas. Según el relato, convirtió su casa en una especie de gobierno en el exilio, con ejecutivos, empleados y abogados operando desde allí.
El sábado 18 de noviembre, la junta abrió una línea de comunicación con él. Para entonces, altos ejecutivos de OpenAI ya preparaban un ultimátum para exigir su restitución o, en su defecto, la renuncia del directorio.
Altman pasó cerca de 12 horas diarias al teléfono, de acuerdo con sus registros. Mientras tanto, su casa se llenó de aliados y figuras clave, incluida la propia Mira Murati, quien oficialmente era la CEO interina.
Una parte crucial de la estrategia consistió en no lanzar un ataque frontal directo contra la junta. En cambio, Altman permitió que sus partidarios moldearan la narrativa pública a través de contactos con periodistas y figuras influyentes.
En menos de 24 horas, la discusión pública dejó de centrarse en por qué había sido despedido. El foco pasó a ser si la junta sabía lo que estaba haciendo y si estaba destruyendo la empresa.
Mientras tanto, la junta también buscaba alternativas. Sondeó a varios nombres para asumir como CEO interino e incluso contactó a Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, aunque él no mostró interés.
El domingo por la noche llegó un giro decisivo. La junta reemplazó a Murati y nombró a Emmett Shear, cofundador de Twitch, como nuevo CEO.
Altman interpretó ese movimiento como prueba de que el directorio había negociado de mala fe durante todo el fin de semana. Salió del edificio y se fue a casa, pero ya tenía otra jugada lista.
Satya Nadella le había preguntado el día anterior si quería unirse a Microsoft. Altman aceptó, y a las 11:53 p. m. del domingo Nadella anunció que él y Greg Brockman se incorporarían a la tecnológica junto con cualquier empleado que quisiera seguirlos.
Ese anuncio alteró por completo el equilibrio. Para trabajadores preocupados por el colapso del acuerdo de liquidez y por el valor de sus acciones, Microsoft apareció como una salida inmediata y poderosa.
Las acusaciones de la junta contra Altman
La gran debilidad del directorio fue su incapacidad para explicar con rapidez las razones del despido. Sin embargo, el reporte señala que semanas antes Ilya Sutskever había enviado un correo que se autodestruía a tres miembros de la junta con un memorando de 70 páginas y capturas recolectadas durante meses.
La primera acusación era un patrón de engaño y manipulación interna. El documento sostenía que Altman mentía de forma consistente, debilitaba a sus ejecutivos y los enfrentaba entre sí.
Buena parte de ese material habría provenido de Mira Murati. En octubre de 2023, ella explicó a la junta que Altman tenía un estilo de liderazgo tóxico y una conducta que se remontaba años atrás.
La segunda línea de acusación se relacionaba con la seguridad de los modelos. En una reunión de diciembre de 2022, Altman dijo al directorio que tres cambios controvertidos en GPT-4 habían sido aprobados por el comité conjunto de revisión de seguridad.
Cuando Helen Toner pidió la documentación, esta no existía. Según el relato, solo uno de esos tres cambios había recibido la aprobación correspondiente.
El caso no terminaba allí. La junta también descubrió por casualidad que Microsoft probaba GPT-4 en India antes de su lanzamiento y sin la aprobación de seguridad requerida.
Más adelante, Altman escribió en Slack que el abogado de la empresa había determinado que GPT-4 Turbo tampoco necesitaba pasar por revisión conjunta. Murati consultó al abogado, y este respondió que nunca había dicho eso.
La tercera acusación apuntaba al OpenAI Startup Fund, un fondo de USD $175 millones desplegado bajo el nombre de la empresa. Aunque Altman afirmaba no tener una participación financiera en OpenAI, el fondo estaba personalmente bajo su propiedad.
El reporte añade que esto parece haber obedecido más a una simplificación administrativa que a una búsqueda de ganancia personal. Aun así, la situación tardó meses en ser aclarada ante la junta.
La cuarta acusación se enfocó en el trato hacia Helen Toner. Tras un artículo académico con críticas muy moderadas a OpenAI, Altman habría dicho a Sutskever que Tasha McCauley quería sacar a Toner del directorio, algo que McCauley no había planteado.
Con esa acumulación de hechos, el problema para la junta era estructural. Si no confiaba en la palabra del CEO, tampoco podía cumplir su función de supervisión, y además veía acercarse un cambio en la composición del directorio que podía quitarle la mayoría.
La rebelión de empleados y el regreso del CEO
En la madrugada del lunes 20 de noviembre empezó a circular una carta dirigida a la junta. El texto afirmaba que el proceso para despedir a Altman y remover a Greg Brockman había puesto en peligro el trabajo de la empresa y socavado su misión.
La carta también acusaba al directorio de no tener la competencia necesaria para supervisar OpenAI. Sostenía, además, que la junta no había ofrecido evidencia escrita específica para sustentar sus alegaciones.
La primera firma fue la de Mira Murati. El dato resulta especialmente llamativo porque, según la reconstrucción, ella misma había aportado varias de las capturas y elementos que sustentaban el caso contra Altman.
En pocas horas, la carta fue firmada por la mayoría del personal. La consigna repetida por empleados era clara: OpenAI no es nada sin su gente.
Hubo varias razones posibles detrás de esa movilización. Algunos estaban genuinamente indignados por el modo abrupto del despido y por la falta de explicaciones públicas convincentes.
Otros temían por el valor de sus acciones y por una operación de liquidez que podía esfumarse. Según un empleado citado en el recuento, Altman quizá no era el mejor CEO, pero había millones y millones de dólares en juego.
También existió presión social interna. Algunas versiones indican que hubo llamados organizados para conseguir firmas y que varios trabajadores se sumaron por temor a represalias futuras o por simple efecto de arrastre.
En la madrugada del lunes, incluso Ilya Sutskever terminó firmando la carta. El científico que había liderado la ofensiva contra Altman ya entendía que el intento había fallado y que la empresa lo veía como responsable de una crisis existencial.
Para el martes por la mañana, más de 700 de los 770 empleados habían firmado. Con más del 90% del personal amenazando con marcharse, la junta perdió la capacidad real de sostener su decisión.
El acuerdo final sacó del directorio a Sutskever, Helen Toner y Tasha McCauley. Bret Taylor y Larry Summers ingresaron a una nueva junta, Adam D’Angelo permaneció, y Altman regresó como CEO esa misma noche.
Lo que dejó la crisis para OpenAI y la gobernanza de la IA
La pelea no terminó cuando se apagó el incendio político de aquel noviembre. En los años siguientes, el equilibrio interno de OpenAI siguió cambiando y se debilitó la capacidad de sus estructuras originales para frenar al liderazgo.
Según el relato, en diciembre de 2024 OpenAI intentó reestructurarse de forma que la entidad sin fines de lucro perdiera el control efectivo. Tras meses de presión, la compañía retrocedió, aunque solo parcialmente.
La nueva versión mantuvo a la organización sin fines de lucro en la cima nominal del esquema. También dejó un comité de seguridad que en teoría podría detener lanzamientos de modelos.
Sin embargo, desaparecieron los topes de rentabilidad que antes limitaban el beneficio de inversionistas. En la práctica, el poder del directorio quedó mucho más cerca del que tendría una empresa tecnológica convencional.
Eso importa porque OpenAI no fue concebida para ser una firma convencional. Fue creada por personas que decían creer que estaban construyendo una tecnología capaz de redefinir o incluso amenazar a la civilización.
La historia también dejó una consecuencia humana e institucional. En el año posterior al regreso de Altman, tanto Ilya Sutskever como Mira Murati abandonaron la empresa, al igual que otros perfiles asociados a preocupaciones de seguridad en IA.
Altman, por su parte, también cambió el tono público. Antes había firmado un texto que ponía el riesgo de extinción por IA al nivel de pandemias y guerra nuclear, pero más tarde empezó a hablar de una “singularidad suave” y de un mundo que seguiría adelante tras una breve conmoción.
El reporte subraya que OpenAI es hoy mucho más poderosa que en 2023. Incluso afirma que su valoración alcanzó USD $852.000 millones, mientras los contrapesos internos que intentaron frenarla quedaron reducidos o desplazados.
La conclusión de fondo no se limita a la figura de Altman. El episodio sirve para cuestionar si unas pocas empresas privadas, dirigidas por un número muy pequeño de ejecutivos, deberían concentrar tanto poder sobre una tecnología que puede transformar el empleo, la seguridad y la vida pública.
Desde esa perspectiva, el caso OpenAI sugiere que la autorregulación corporativa tiene límites muy severos. Si el mejor experimento visible de gobernanza interna fue derrotado en 72 horas, la discusión sobre regulación externa, supervisión pública y participación social queda más abierta que nunca.
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