Por Canuto  

Un nuevo informe anual de la Universidad de Stanford revela una brecha cada vez más profunda entre cómo los expertos en inteligencia artificial evalúan la tecnología y cómo la percibe el público. Mientras los especialistas anticipan beneficios en salud, empleo y economía, buena parte de los estadounidenses expresa ansiedad por los salarios, las facturas eléctricas, la pérdida de puestos de trabajo y la capacidad del gobierno para regular el sector.
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  • El informe señala que solo el 10% de los estadounidenses se siente más entusiasmado que preocupado por el mayor uso de la IA en la vida diaria.
  • Entre los expertos en IA, el 84% prevé efectos mayormente positivos en salud, pero apenas el 44% del público comparte esa visión.
  • Estados Unidos registró solo 31% de confianza en su gobierno para regular la IA de forma responsable, frente al 81% de Singapur.


La conversación sobre inteligencia artificial se está separando en dos mundos. Por un lado, ejecutivos, investigadores y especialistas del sector siguen destacando su potencial para transformar la economía y ampliar capacidades humanas. Por el otro, una parte relevante del público observa la expansión de esta tecnología con ansiedad, desconfianza y preocupación por sus efectos más inmediatos.

Esa es una de las principales conclusiones del informe anual sobre la industria de la IA publicado por la Universidad de Stanford. El documento, reseñado por TechCrunch, indica que la opinión de los expertos y la del público en Estados Unidos divergen cada vez más, especialmente cuando se trata de empleo, atención médica, economía y regulación.

La distancia no parece responder, al menos de forma principal, a miedos abstractos sobre una superinteligencia fuera de control. Según el reporte, muchas de las preocupaciones ciudadanas son más concretas y cotidianas. Entre ellas figuran el salario, la estabilidad laboral y el posible impacto de los centros de datos sobre el costo de la electricidad.

El hallazgo también se produce en medio de un deterioro más amplio del sentimiento hacia la IA. Un sondeo reciente de Gallup, citado en la cobertura, encontró que la Generación Z lidera esa tendencia. El estudio señaló que los jóvenes se muestran menos esperanzados y más molestos con la tecnología, pese a que alrededor de la mitad de ese grupo demográfico ya utiliza herramientas de IA a diario o de forma semanal.

Para parte de la industria tecnológica, esta reacción negativa ha resultado sorprendente. Muchos líderes del sector han concentrado su atención en la posible llegada de la Inteligencia Artificial General, o AGI, entendida como una forma teórica de superinteligencia capaz de realizar cualquier tarea humana y pensar por sí misma.

Sin embargo, el problema de percepción parece estar en otro lugar. Comentarios recogidos en redes sociales, incluidos los de David Zhou y Caroline Orr Bueno, Ph.D, sugieren que varios líderes de IA estarían desconectados de las preocupaciones de la gente común. En esa lectura, el rechazo público no estaría impulsado sobre todo por temores tipo skynet, sino por asuntos materiales como el ingreso, el empleo y el costo de los servicios públicos.

Una brecha visible en empleo, salud y economía

El informe de Stanford compiló datos de varias fuentes para medir cómo se percibe la IA. Uno de los resultados más contundentes provino de un informe de Pew Research publicado el mes pasado. Según esos datos, apenas el 10% de los estadounidenses dijo sentirse más entusiasmado que preocupado por el mayor uso de la IA en la vida diaria.

En contraste, el 56% de los expertos en IA afirmó creer que esta tecnología tendrá un impacto positivo en Estados Unidos durante los próximos 20 años. La diferencia no fue solo general. También apareció de forma marcada en áreas concretas donde la IA ya promete transformar procesos, servicios y mercados.

En atención médica, por ejemplo, el 84% de los expertos consultados consideró que la IA tendrá un impacto mayormente positivo durante las próximas dos décadas. Entre el público general de Estados Unidos, esa proporción fue de solo 44%, una brecha que muestra hasta qué punto la confianza técnica no siempre se traduce en legitimidad social.

Algo parecido ocurrió en el entorno laboral. El 73% de los expertos se mostró positivo sobre la forma en que la IA influirá en cómo las personas hacen su trabajo. Entre el público, apenas el 23% compartió esa visión. La diferencia es difícil de separar del contexto de despidos atribuidos a la automatización y de cambios profundos en la organización del trabajo.

La economía fue otro punto de fuerte divergencia. El 69% de los expertos dijo creer que la IA tendrá un impacto positivo en la economía, mientras que solo el 21% del público sostuvo la misma opinión. En otras palabras, la promesa de productividad y crecimiento todavía no logra disipar el temor a la disrupción y a la pérdida de ingresos.

Los datos de Pew Research citados por el informe añadieron otro matiz importante. Los especialistas en IA fueron menos pesimistas que el público sobre el mercado laboral, mientras que casi dos tercios de los estadounidenses, equivalentes al 64%, dijeron creer que la IA provocará menos empleos durante los próximos 20 años.

Ansiedad pública y reacciones cada vez más duras

La tensión no se limita a encuestas y gráficos. La cobertura también señala que esta brecha se ha vuelto visible en la reacción digital ante hechos recientes, como los ataques contra la vivienda del CEO de OpenAI, Sam Altman. Dentro del sector de IA, algunas personas expresaron sorpresa ante comentarios en Instagram que parecían elogiar ese ataque.

El tono de esas publicaciones recordó otras reacciones vistas en internet tras episodios violentos vinculados al malestar económico y corporativo. Entre los ejemplos mencionados aparecen el tiroteo del CEO de United Healthcare en 2024 y el incendio de un almacén de Kimberly-Clark atribuido a un trabajador molesto por no recibir un “salario digno”.

En algunos casos, incluso surgieron comentarios que insinuaban la necesidad de más acciones de ese tipo, con un lenguaje cercano a la idea de revolución. Aunque esos mensajes no representan a toda la sociedad, sí ilustran el grado de resentimiento que puede acumularse cuando una tecnología se percibe como parte de una estructura de poder ajena a las necesidades cotidianas.

Ese punto es importante para entender la evolución del debate. La IA ya no se discute solo como una frontera tecnológica, sino también como un factor que puede alterar la relación entre empresas, trabajadores, gobiernos y consumidores. Cuando esa transformación ocurre sin una narrativa pública convincente, aumenta el riesgo de rechazo social.

Para lectores cercanos a industrias como blockchain, criptomonedas o mercados financieros, este patrón no resulta del todo extraño. La aceptación de una tecnología emergente no depende solo de su capacidad técnica. También depende de la confianza, de la percepción de utilidad y de si sus beneficios parecen distribuidos de forma justa.

La regulación aparece como otro foco de desconfianza

El informe también exploró cómo se percibe la capacidad del Estado para manejar esta transición. En ese punto, Estados Unidos registró la menor confianza en su gobierno para regular la IA de manera responsable frente a otras naciones analizadas. El porcentaje fue de 31%.

Singapur ocupó el nivel más alto de confianza con 81%, de acuerdo con datos de Ipsos incluidos en el reporte. La diferencia sugiere que la percepción de gobernanza puede ser un factor clave para moderar o intensificar la ansiedad pública frente al avance acelerado de la inteligencia artificial.

Otra fuente revisada por el informe examinó las opiniones sobre regulación a nivel estatal y concluyó que, a escala nacional, el 41% de los encuestados cree que una regulación federal de la IA no llegará lo suficientemente lejos. En cambio, solo el 27% piensa que la regulación avanzaría “demasiado lejos”.

Ese balance es revelador. En vez de temer principalmente un exceso regulatorio, una porción mayor del público parece preocupada por un control insuficiente. La idea de que el desarrollo de la IA avanza más rápido que las normas para supervisarlo refuerza la sensación de vulnerabilidad entre trabajadores, usuarios y ciudadanos.

La combinación de baja confianza institucional y expectativas inciertas sobre empleo, servicios públicos y economía puede explicar parte del malestar. Cuando una tecnología modifica industrias enteras, el debate sobre regulación deja de ser técnico y pasa a ser una disputa sobre protección social, distribución de riesgos y legitimidad política.

Más beneficios percibidos, pero también más nerviosismo

A pesar del panorama de temor y tensión, el informe no describe un rechazo absoluto a la IA. A nivel global, la proporción de personas que considera que los productos y servicios basados en inteligencia artificial ofrecen más beneficios que desventajas subió de 55% en 2024 a 59% en 2025.

Ese dato sugiere que la utilidad práctica de la IA sí está siendo reconocida en muchos contextos. Herramientas de asistencia, automatización, análisis de datos y apoyo en tareas cotidianas han ampliado su presencia, y eso parece reflejarse en una mejor valoración general de sus ventajas.

Pero ese avance no eliminó la incomodidad. Durante el mismo período, el porcentaje de encuestados que dijo que la IA los pone “nerviosos” aumentó de 50% a 52%, según los datos citados por los autores del informe. Es decir, pueden crecer al mismo tiempo la adopción y el malestar.

Ese fenómeno ayuda a explicar la aparente contradicción actual. Una sociedad puede usar cada vez más la IA y, aun así, sentirse menos segura respecto a sus consecuencias. De hecho, esa convivencia entre adopción y temor ya se ha visto antes en otras tecnologías disruptivas, sobre todo cuando los cambios llegan antes que los consensos sociales.

En ese sentido, el informe de Stanford describe algo más profundo que una simple diferencia de opinión. Lo que retrata es una fractura entre quienes diseñan y promueven la IA y quienes deberán convivir con sus costos, riesgos y promesas en la vida diaria. Reducir esa brecha será tan importante como mejorar los modelos mismos.


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