Por Canuto  

La carrera de ciertos millonarios e influencers tecnológicos por extender la vida con fármacos, transfusiones y suplementos fuera de indicación está ganando atención pública, pero también fuertes advertencias científicas. El problema no es solo el riesgo individual, sino cómo estos experimentos personales terminan convertidos en modelos aspiracionales sin evidencia clínica robusta.
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  • Bryan Johnson dejó de usar rapamicina tras reportar infecciones cutáneas, glucosa elevada, alteraciones lipídicas y mayor frecuencia cardíaca en reposo.
  • Investigadores afirman que varias intervenciones de longevidad tienen base biológica, pero carecen de pruebas concluyentes en humanos sanos.
  • Expertos temen que los protocolos virales de Silicon Valley funcionen como ensayos clínicos en la sombra que luego se trasladan al público general.


Una moda costosa que avanza más rápido que la evidencia

En Silicon Valley crece una cultura de longevidad extrema en la que empresarios, inversionistas e influencers prueban sobre sus propios cuerpos medicamentos, suplementos e intervenciones médicas con la esperanza de vivir más años.

La promesa resulta seductora para una audiencia acostumbrada a escuchar sobre optimización, métricas y mejoras exponenciales. Sin embargo, investigadores del envejecimiento advierten que gran parte de estas prácticas sigue lejos de demostrar beneficios clínicos claros en humanos.

Uno de los casos más visibles es el de Bryan Johnson, empresario de 48 años que en 2019 comenzó a administrarse inyecciones diarias de rapamicina. Ese inmunosupresor se usa de forma habitual para prevenir el rechazo de órganos tras un trasplante.

Johnson no buscaba un tratamiento convencional, sino extender su vida. A lo largo del tiempo probó distintos protocolos, con esquemas semanales y quincenales, además de dosis de 5 miligramos, 6 mg y 10 mg.

En septiembre de 2024 decidió poner fin a ese experimento personal. Según explicó en una publicación citada por la fuente original, los beneficios no compensaban los efectos adversos que había observado.

Entre esos problemas mencionó infecciones cutáneas intermitentes, niveles altos de glucosa, anomalías en los lípidos sanguíneos y una frecuencia cardíaca en reposo elevada. Johnson escribió que, sin identificar otras causas subyacentes, él y su equipo sospecharon que la rapamicina era la responsable.

También señaló que los ajustes de dosis no resolvieron el cuadro. Por esa razón, afirmó, decidió suspenderla por completo.

Johnson, quien vendió Braintree a PayPal en 2013 por USD $800 millones, se ha convertido en uno de los rostros más conocidos de esta corriente. Su rutina incluye cambios frecuentes en medicamentos, péptidos en suplementos e inyecciones, además de otras intervenciones médicas.

Del experimento personal al fenómeno de masas

El caso no se limita a una sola figura. Según relata Scientific American, cada vez más emprendedores tecnológicos comparten sus rutinas de longevidad de forma intensa en redes sociales, pódcast y otros canales digitales.

Esa exposición convierte decisiones personales de alto riesgo en narrativas aspiracionales para el público. Lo que empieza como una prueba individual puede terminar presentado como una hoja de ruta para cualquiera que quiera “hackear” su biología.

Johnson incluso difundió su protocolo Blueprint, una guía autopublicada que documenta sus cambios de estilo de vida y sus elecciones médicas. Con el tiempo, ese esquema ha sido adaptado y reformulado.

Él y su equipo dijeron a Nature que el nuevo enfoque busca abordar condiciones crónicas que la medicina actual considera manejables, pero no tratables. Su tesis consiste en volverlas tratables mediante diagnósticos avanzados y terapias personalizadas de próxima generación.

El patrón, sin embargo, suele repetirse. Varias figuras del biohacking abandonan de manera abrupta productos que antes defendían como herramientas para ganar años de vida.

Durante años, por ejemplo, los suplementos de cetonas exógenas se popularizaron en círculos de Silicon Valley. Se promocionaban como compuestos capaces de elevar cetonas en sangre, reducir glucosa y mejorar la cognición.

En marzo, el emprendedor Tim Ferriss y el inversionista Kevin Rose advirtieron a su audiencia sobre suplementos que contienen 1,3-butanodiol. Ferriss dijo que datos emergentes en modelos animales sugieren que el compuesto podría provocar en ratones una condición parecida a la enfermedad del hígado graso.

Su recomendación fue tratar esa sustancia como etanol. En sus palabras, debía asumirse como si se estuviera bebiendo licor de maíz, algo que no querría hacerse a diario.

Esos hallazgos en animales todavía no han sido confirmados en estudios con humanos. Además, algunos fabricantes cuestionan esa caracterización, lo que ilustra la fuerte distancia entre marketing, evidencia preliminar y certeza médica.

Plasma joven, hormona de crecimiento y otras promesas dudosas

La lista de intervenciones promovidas en estos círculos es extensa. En 2019 y otra vez en 2024, la FDA advirtió contra las infusiones de “plasma joven”, en las que una persona recibe transfusiones de sangre de individuos jóvenes como supuesta terapia antienvejecimiento.

Johnson incorpora este procedimiento con regularidad dentro de su régimen de bienestar. En su caso, la sangre proviene de su hijo, un detalle que ayudó a viralizar aún más el procedimiento.

Otra figura recurrente es Peter Thiel. En 2014, el emprendedor tecnológico y multimillonario dijo a Bloomberg News que tomaba hormona de crecimiento humano con la esperanza de vivir 120 años.

La Clínica Mayo ya advertía sobre riesgos sustanciales y subrayaba que existe poca evidencia de que ese fármaco ayude a adultos sanos a recuperar juventud o energía. Thiel no respondió a preguntas de Nature sobre si todavía usa esa hormona ni sobre su postura frente a esas advertencias.

Algunas figuras de Silicon Valley también han promocionado el azul de metileno para mejorar la cognición. Se trata de un compuesto conocido durante mucho tiempo como colorante textil, aunque cuenta con aprobación médica limitada para usos específicos, sobre todo en un trastorno sanguíneo raro.

En paralelo, los pouch de nicotina se han presentado como herramientas para optimizar enfoque y energía. Ese discurso convive con preocupaciones ampliamente documentadas sobre adicción.

La dinámica preocupa porque muchos de estos promotores se presentan como traductores de ciencia temprana para el público general. Transforman hallazgos preliminares, anecdóticos o incompletos en “stacks” que combinan suplementos, compuestos, protocolos y terapias antes de cualquier aprobación formal.

Margje Camps, investigadora de la Universidad de Utrecht que estudia influencers de salud, dijo que existe un efecto de goteo asociado a las plataformas que usan para difundir su contenido. En otras palabras, la visibilidad digital amplifica la adopción social de prácticas aún inciertas.

La objeción central de los científicos

El principal problema para los investigadores no es que toda idea sea absurda desde el punto de vista biológico. La objeción es otra: casi ninguna intervención médica ha demostrado extender la vida humana al atacar el envejecimiento en sí mismo.

Andrew Steele, investigador independiente de longevidad con sede en Berlín y autor de Ageless de 2022, resumió esa cautela de forma directa. Dijo que probablemente hay cosas en el radar que podrían funcionar, pero nada ha sido probado en humanos.

Nir Barzilai, presidente de la Academia de Gerosciencia e investigador de genética en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, expresó una posición intermedia. Considera que muchas de las sustancias usadas por estos biohackers sí se apoyan en cierta lógica biológica, aunque no en evidencia clínica suficiente.

Barzilai dijo que si se pregunta si Johnson toma cosas sin sentido, su respuesta sería no. Pero agregó que esas prácticas se basan en biología y no en pruebas clínicas robustas.

Ni Steele ni Barzilai se declaran cínicos frente al campo. Ambos sostienen que algunos protocolos probados por las élites tecnológicas podrían terminar teniendo efectos reales sobre la esperanza de vida y la salud durante la vejez.

La dificultad es que la evidencia aún no existe en el grado necesario. Esa brecha entre plausibilidad y demostración es justo lo que, según ellos, se pierde cuando el debate migra demasiado rápido hacia redes sociales y productos de consumo.

Matt Kaeberlein, biogerontólogo y fundador del Institute for Healthy Aging and Longevity Research de la Universidad de Washington en Seattle, describió la situación como un problema de señal y ruido. En los datos limitados disponibles, dijo, hay señal, pero también mucho ruido.

Ese exceso de ruido complica que el público distinga qué merece atención y qué sigue siendo pura especulación. Para una audiencia no especializada, el uso de jerga científica puede producir una sensación de solidez que la evidencia real todavía no respalda.

Ensayos en la sombra y conflicto comercial

Faye Mythen, emprendedora y fundadora de Reborne Longevity, una clínica de medicina preventiva y longevidad en Londres, calificó el fenómeno como una “fase dos en la sombra”. La frase alude a una etapa intermedia regulada en los ensayos clínicos de medicamentos.

Según Mythen, hay fundadores tecnológicos y celebridades con mucho dinero realizando experimentos en la sombra sobre sí mismos. Luego, esos protocolos pasan de forma casi directa a la población general.

Su crítica es que esas rutinas acaban convertidas en una especie de referencia aceptada sin merecer ese estatus. Para generar datos confiables, insistió, hacen falta ensayos en miles y miles de personas con puntos de comparación muy controlados.

La empresa de Mythen suele analizar biomarcadores, biología celular y genética de sus clientes para predecir riesgos futuros. Después ofrece tratamientos personalizados destinados a prevenir problemas potenciales.

Sin embargo, ella afirma que muchos pacientes llegan ya influenciados por figuras virales. Según su relato, algunos piden “el Blueprint” o una molécula concreta por nombre antes de haberse medido un solo biomarcador.

Otros investigadores reportan experiencias similares. Steele contó que su esposa, una médica interesada en longevidad, dio una charla en Múnich y la primera pregunta que recibió fue sobre Bryan Johnson.

El fenómeno se diferencia de la promoción tradicional de bienestar porque estos nuevos “tech bros” usan detalles científicos como parte central de su narrativa. Hablan de paneles lipídicos, volúmenes de dosis de inhibidores de mTOR y edades biológicas con una familiaridad que puede impresionar a la audiencia.

Camps advirtió que se ha vuelto normal asumir que toda persona necesita un suplemento. A su juicio, la lógica dominante es simple y peligrosa: si todos los usan, entonces yo también debería necesitarlos.

Además, algunos influencers venden suplementos bajo sus propias marcas en sitios web y plataformas sociales. Eso implica intereses comerciales directos en los productos discutidos, una relación que no siempre resulta evidente para los seguidores.

Qué dice la evidencia disponible sobre rapamicina y otros fármacos

La rapamicina es quizá el emblema más claro de esta tensión entre promesa y cautela. Diversas investigaciones han mostrado que ese inmunosupresor podría extender la vida de ratones entre 23% y 60% al inhibir la vía mTOR, una cascada química vinculada con el crecimiento celular y el envejecimiento.

Kaeberlein dijo que funciona en todos los animales en los que se ha probado. Pero demostrar extensión de vida en humanos es mucho más complejo por las escalas de tiempo requeridas y por los riesgos asociados al uso del medicamento.

Cuando Nature preguntó por evidencia en personas, varios investigadores citaron un estudio de 2014. Ese trabajo evaluó un análogo de la rapamicina llamado everolimus y encontró una mejora en las respuestas a la vacunación contra la influenza en más de 200 adultos de 65 años o más.

Un ensayo de seguimiento de fase II, publicado en 2018, concluyó que el medicamento redujo las infecciones del tracto respiratorio en personas mayores durante un año. Son señales interesantes, pero siguen sin probar que el compuesto extienda la vida en individuos sanos.

En 2023, Kaeberlein y su equipo presentaron resultados de una encuesta a 333 personas que habían tomado rapamicina fuera de indicación, principalmente con fines antienvejecimiento. El estudio encontró que los usuarios reportaron mejoras percibidas en su calidad de vida.

El propio equipo reconoció límites importantes. La investigación se basó en autoinformes, y no puede descartarse que la muestra excluyera a personas con efectos negativos que abandonaron el fármaco antes de responder.

Barzilai, por su parte, señaló cuatro medicamentos o familias de medicamentos ya aprobados por la FDA que tendrían evidencia razonable para ralentizar enfermedades vinculadas con la edad. El que más entusiasmo le genera es la metformina.

Ese fármaco para la diabetes, económico y con décadas de uso, se prueba actualmente en el ensayo TAME. El objetivo es evaluar su capacidad para retrasar el desarrollo o la progresión de enfermedades crónicas relacionadas con el envejecimiento.

También mencionó a los agonistas del receptor GLP-1, como Ozempic, que parecen influir en marcadores de envejecimiento al margen de la pérdida de peso. Completan la lista los inhibidores de SGLT2, por sus aparentes beneficios cardiovasculares y renales, y los bisfosfonatos, por su efecto en salud ósea.

La batalla pendiente: convertir entusiasmo en ciencia real

Pese a las señales prometedoras, Barzilai teme que las historias anecdóticas de unos pocos titanes tecnológicos ricos y famosos terminen causando más daño que beneficio. Su objeción la resumió en una frase simple: la ciencia no se hace con n = 1.

Johnson y el equipo científico de Blueprint respondieron a Nature que, aunque los ensayos controlados aleatorizados siguen siendo el estándar de oro para evaluar terapias individuales, consideran la medición n-de-1 como la próxima frontera. A su juicio, esas evaluaciones permiten un nivel de detalle impracticable en estudios convencionales.

Incluso afirmaron que ya han generado señales que van más allá de la literatura publicada y constituyen observaciones pioneras en humanos. Esa defensa, no obstante, no elimina la crítica central sobre generalizar experiencias individuales al conjunto de la población.

Steele calculó que un ensayo de rapamicina adecuadamente potenciado en adultos sanos costaría entre USD $50 millones y USD $100 millones. Para varias de las fortunas implicadas en esta escena, esa suma sería una fracción menor de su patrimonio.

La paradoja es llamativa. El dinero capaz de financiar estudios serios existe, pero no necesariamente se dirige hacia la ciencia más rigurosa.

Steele describió el campo de la longevidad como una mezcla entre moda de bienestar y posible gran revolución en la historia de la medicina. También admitió que aún no encuentra cómo redirigir esa emoción multimillonaria hacia investigación real.

David Gems, biogerontólogo del Institute of Healthy Ageing del University College London, añadió otra lectura del fenómeno. Para él, los rumores sobre atajos de última hora dan a la gente una sensación de control frente a un proceso tan inevitable como el envejecimiento.

Gems fue todavía más duro al definir el trasfondo cultural de este impulso. Dijo que se trata de una forma de hubris propia del techbro, la idea de que un éxito empresarial extraordinario también permitiría derrotar al envejecimiento.

En el fondo, el debate trasciende la salud y toca un tema central de la economía digital actual. Cuando figuras con capital, audiencia y ambición convierten hipótesis biomédicas en productos aspiracionales, el mercado puede avanzar mucho más rápido que la validación científica.

Para el público, la lección parece clara. La longevidad sigue siendo un campo prometedor, pero distinguir entre ciencia en desarrollo, marketing personal y experimentación riesgosa será cada vez más importante.


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