Por Canuto  

JPMorgan advierte que los precios mundiales de los alimentos podrían aumentar 5% durante la primera mitad de 2026 si la escasez de fertilizantes coincide con un fuerte episodio de El Niño. Brasil, India, Sudamérica, Estados Unidos y Asia aparecen entre las regiones expuestas a una combinación de interrupciones logísticas, mayores costos agrícolas y fenómenos climáticos extremos.
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  • JPMorgan proyecta un aumento de 5% en los costos mundiales de los alimentos durante la primera mitad de 2026.
  • El conflicto en Irán y las interrupciones en el estrecho de Ormuz amenazan el suministro de urea, un fertilizante clave para maíz, trigo y arroz.
  • Un posible El Niño podría alterar las lluvias y temperaturas, con Brasil e India entre los países más vulnerables.


Los precios mundiales de los alimentos podrían aumentar 5% durante la primera mitad de 2026 si una escasez de fertilizantes coincide con un episodio fuerte de El Niño, según un análisis de JPMorgan. La advertencia apunta a una combinación de problemas logísticos, tensiones geopolíticas y alteraciones climáticas que reduciría la oferta agrícola justo cuando los productores necesitan asegurar sus próximas siembras. Aunque Estados Unidos podría evitar los efectos más severos de forma directa, sus consumidores todavía enfrentarían comestibles más caros por el encarecimiento de cultivos, fertilizantes y otras materias primas importadas.

El primer foco de presión se encuentra en el Golfo Pérsico, una región que suministra más de 36% de la urea importada a nivel mundial. Este fertilizante nitrogenado depende del gas natural para su fabricación, por lo que la volatilidad energética y las interrupciones de transporte pueden trasladarse rápidamente a los costos agrícolas. Sarah Kapnick, directora global de asesoría climática de JPMorgan, señaló que el conflicto en Irán ha ralentizado la producción y que las dificultades de navegación en el estrecho de Ormuz han restringido las exportaciones.

La urea enfrenta una ventana crítica

El nitrógeno es el fertilizante que más se consume por volumen y resulta esencial para tres cultivos que sostienen buena parte de la alimentación mundial: maíz, trigo y arroz. Más de la mitad de la demanda global de fertilizantes nitrogenados corresponde a esos productos, mientras que el insumo representa históricamente 21% de los costos de producción del maíz y 19% de los del trigo, de acuerdo con las cifras citadas en el análisis. Por eso, una interrupción prolongada no solo encarece la producción, sino que también puede modificar las decisiones de siembra.

La urea suele aplicarse alrededor del momento en que se plantan las semillas, lo que deja a los agricultores con un margen estrecho para reemplazar los envíos retrasados. Si el producto llega meses después, una aplicación tardía sobre la superficie puede transformarse en gas amoníaco y dañar las plantas en lugar de nutrirlas. Esa limitación convierte cada demora logística en un riesgo productivo que no siempre puede compensarse con una compra posterior.

A diferencia del petróleo, el fertilizante nitrogenado no cuenta con reservas estratégicas extendidas, debido a su inestabilidad y al riesgo de que se convierta en amoníaco tóxico. Cuando una carga no llega, los agricultores deben pagar precios más altos para proteger el rendimiento, utilizar menos fertilizante y aceptar una cosecha menor, o cambiar de cultivo. Cada alternativa puede elevar los costos finales o reducir la cantidad de alimentos disponible para los mercados internacionales.

La capacidad de respuesta industrial también tiene límites importantes. JPMorgan estimó que la producción de fertilizantes podría tardar en recuperarse tras una interrupción de mediano plazo, porque construir plantas de reemplazo exige ingeniería especializada y revisiones ambientales relacionadas con posibles fugas de amoníaco. Además, esas instalaciones dependen de una infraestructura estable de gas natural, lo que impide reanudar rápidamente la fabricación si persisten los problemas energéticos.

Sudamérica sería la primera gran prueba

La primera prueba relevante podría llegar a Sudamérica, donde el maíz se planta entre las lluvias de septiembre y enero. Brasil, uno de los mayores productores y exportadores agrícolas del mundo, también es un importante importador de fertilizantes nitrogenados procedentes del Golfo Pérsico. Una interrupción durante esa ventana podría obligar a los productores a elegir entre asumir mayores costos, reducir el uso del insumo o aceptar menores rendimientos.

El riesgo no se limita a Brasil. Según el análisis, algunas áreas agrícolas de China, India y otras regiones productoras también combinan una alta dependencia de los fertilizantes del Golfo Pérsico con una vulnerabilidad histórica a los efectos de El Niño. Esa superposición aumenta la posibilidad de que una misma disrupción afecte simultáneamente la disponibilidad del insumo y el desempeño de los cultivos.

La recuperación de la oferta tampoco resolvería necesariamente el problema de inmediato. Aunque nuevos suministros de fertilizante podrían aliviar la presión, el calendario agrícola no permite trasladar indefinidamente una aplicación perdida, y las plantas dañadas por falta de nutrientes no recuperan todo su potencial al final de la temporada. En ese escenario, una crisis logística breve puede producir efectos sobre la cosecha durante varios meses.

Los mercados de alimentos todavía podrían amortiguar parte del impacto mediante cosechas favorables en otros países, sustitución entre cultivos y la aparición de nuevos proveedores. Sin embargo, esos mecanismos no garantizan que las pérdidas regionales se compensen a tiempo, especialmente si varias zonas productoras sufren condiciones adversas en la misma temporada. La advertencia de JPMorgan se centra precisamente en esa coincidencia de riesgos, no en una certeza de desabastecimiento generalizado.

El Niño suma una amenaza climática

El posible El Niño añadiría una segunda capa de presión sobre los mismos países que enfrentan dificultades para obtener fertilizantes. El fenómeno surge cuando aguas inusualmente cálidas se desplazan por el Pacífico ecuatorial y liberan calor hacia la atmósfera, alterando patrones meteorológicos a miles de kilómetros de distancia. Sus efectos pueden incluir cambios en las lluvias, sequías más intensas, inundaciones, temperaturas extremas e incendios forestales.

Los episodios anteriores de El Niño se han asociado con una caída promedio de 3,5% en la producción agrícola de las regiones tropicales, mientras que las zonas templadas registraron un aumento de 2,4% en el informe citado. No obstante, Kapnick advirtió que las granjas ubicadas fuera de los trópicos tampoco están protegidas automáticamente, sobre todo porque el aumento de las temperaturas globales puede intensificar los daños derivados del calor excesivo.

Las proyecciones incluidas en el análisis apuntan a que El Niño está tomando forma, aunque la intensidad final todavía determinará el impacto económico. Los escenarios más extremos contemplan un llamado súper El Niño, con temperaturas oceánicas hasta 3,6 grados Fahrenheit por encima de la línea de referencia normal. La cifra representa una posibilidad de alto impacto, no una predicción confirmada de que ese escenario vaya a ocurrir.

El resultado dependerá de la fuerza del fenómeno, de las condiciones meteorológicas locales y de la capacidad de los agricultores para adaptarse con una variedad más amplia de cultivos. La experiencia de 2023 y 2024 ofrece un antecedente relevante, porque los precios de los fertilizantes permanecieron elevados en distintos mercados mientras la oferta mundial de trigo se mantuvo relativamente estable. En esa ocasión, cosechas importantes de Estados Unidos e India compensaron pérdidas registradas en otras regiones, aunque algunos productos tropicales, como el café y el cacao, enfrentaron descensos.

El impacto para los consumidores

Para los compradores estadounidenses, la advertencia no implica que los estantes de los supermercados vayan a quedar vacíos. Una producción favorable en determinadas regiones, el reemplazo de proveedores y una mejora en las rutas comerciales podrían suavizar el golpe, siempre que no se acumulen nuevas interrupciones. El principal riesgo señalado es una combinación de costos mayores y menor oferta, capaz de presionar los precios incluso cuando los productos continúen disponibles.

La transmisión hacia el consumidor ocurriría a través de varias etapas. Un agricultor que paga más por la urea enfrenta un costo superior por hectárea, mientras que una cosecha menor reduce el volumen disponible para procesadores, comerciantes y exportadores. Si además suben el gas natural, el transporte y otros insumos, el aumento puede avanzar por toda la cadena antes de reflejarse en el precio final.

Los gobiernos también podrían reaccionar para proteger sus mercados internos, especialmente si la oferta se vuelve más incierta. Durante episodios anteriores, India impuso restricciones a las exportaciones para preservar el abastecimiento doméstico, una medida que puede reducir la disponibilidad para compradores externos y amplificar la tensión internacional. La respuesta de cada país dependerá de sus reservas, de su producción local y de la exposición a importaciones agrícolas o energéticas.

JPMorgan describió la coincidencia de estas amenazas como un ejemplo del clima funcionando como un multiplicador de riesgos. La firma vinculó las vulnerabilidades actuales con desafíos de continuidad empresarial, volatilidad del gas natural, interrupciones causadas por el conflicto en Irán, un El Niño incipiente y condiciones de sequía existentes. Si la interrupción de fertilizantes se prolonga y las pérdidas climáticas se concentran en las mismas regiones, una crisis energética y naviera podría transformarse en un shock alimentario de mayor duración.


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Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA y revisado por un editor humano para garantizar calidad y precisión.


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