El nuevo agente personal de IA de Meta, Muse, quedó bajo polémica después de que el columnista tecnológico Jason Aten descubriera que el sistema había sincronizado más de 187.000 registros de la base de datos de Messages de su Mac, pese a que asegura haber rechazado expresamente darle acceso. Muse agravó la situación al ofrecer posteriormente una explicación incorrecta sobre cómo había obtenido la información.
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- Jason Aten asegura que rechazó conectar Messages durante la configuración de Muse, pero posteriormente descubrió que la integración aparecía habilitada.
- Muse había sincronizado hasta la fila 187.462 de la base de datos local de Messages del Mac del periodista.
- Cuando Aten preguntó cómo conocía sus conversaciones, Muse afirmó incorrectamente que solo recibía vistas previas de notificaciones.
- Meta sostiene que el acceso a Messages es opcional y requiere permisos concedidos por el usuario; la compañía reconoció que Muse explicó incorrectamente su propio funcionamiento.
- El episodio resulta especialmente sensible porque Meta promociona Muse bajo la premisa de que cada usuario controla exactamente qué servicios y datos puede utilizar.
🚨 Meta bajo escrutinio: Muse sincronizó 187.000 registros de Messages en el Mac de un periodista.
Aten afirmó haber rechazado el acceso. Muse dijo que solo veía notificaciones, pero Meta reconoció el error.
Meta sostiene que requiere permiso. El consentimiento sigue en… pic.twitter.com/X6yjxswGbU
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) September 23, 2026
El nuevo agente personal de inteligencia artificial de Meta promete conocer suficientemente bien a su propietario como para anticipar necesidades y actuar por su cuenta. Esa capacidad acaba de provocar una incómoda pregunta sobre dónde termina la proactividad y comienza el acceso a información que el usuario no recuerda haber autorizado.
Jason Aten, columnista tecnológico de Inc., instaló Muse en su iPhone y Mac después de que Meta lanzara el agente el 8 de septiembre. Según su relato, durante la configuración rechazó expresamente conectar Messages, calendario y otras fuentes de información personal. Días después, sin embargo, Muse comenzó a sugerirle acciones basadas aparentemente en conversaciones privadas: le propuso escribir sobre una discusión reciente con su copresentador de podcast acerca de los nuevos iPhone e incluso hizo referencia a un mensaje de su editor relacionado con una fecha límite.
Cuando Aten preguntó cómo había obtenido esa información, Muse respondió que la aplicación instalada en su Mac únicamente transmitía las vistas previas de las notificaciones entrantes y que no tenía acceso al historial de sus mensajes. Esa explicación era incorrecta. Al investigar el funcionamiento del sistema, Aten encontró que Muse había sincronizado información directamente desde la base de datos local de Messages y había alcanzado la fila 187.462, detalla un reporte publicado por Decrypt.
El problema no es solamente qué leyó Muse, sino qué permiso tenía
En macOS, acceder a determinados archivos privados fuera del espacio normal de una aplicación puede requerir Full Disk Access, un permiso del sistema que concede capacidades considerablemente más amplias que simplemente observar las notificaciones que aparecen en pantalla.
David Singleton, responsable de Meta Superintelligence Labs, respondió públicamente al caso explicando que la integración es una función voluntaria que necesita ser habilitada por el usuario. También reconoció que Muse había dado una explicación equivocada sobre cómo accedía a la información y dijo que Meta estaba trabajando para que el agente describiera con mayor precisión sus propios mecanismos.
Aten, sin embargo, cuestiona el punto central de esa explicación. Asegura que nunca habilitó voluntariamente Messages y que, cuando posteriormente revisó la configuración de Muse, descubrió que el acceso aparecía activado pese a haberlo rechazado durante la instalación. En una publicación posterior sostuvo además que Meta todavía no había aclarado satisfactoriamente cómo terminó habilitada esa opción.
Por ahora, la evidencia pública no permite determinar independientemente qué secuencia de permisos produjo esa situación. Por ello, existe una diferencia importante entre dos hechos: está documentado que Muse sincronizó los mensajes y que explicó incorrectamente cómo los obtenía; la afirmación de que esa sincronización ocurrió sin consentimiento procede del relato de Aten y es precisamente el punto que continúa en disputa.
Un problema especialmente delicado para un agente que necesita conocerlo todo
El incidente toca directamente la propuesta de valor de Muse. Meta presentó el sistema como un agente capaz no solo de conversar, sino de ejecutar tareas, enviar correos, organizar viajes y trabajar con aplicaciones utilizadas diariamente. La compañía asegura que Muse funciona dentro de una máquina virtual dedicada y que cada persona decide qué servicios conecta y cuánto acceso concede.
Meta afirma además que el agente debe solicitar autorización antes de acciones sensibles, mantiene un registro de sus actividades y almacena credenciales de manera que Muse pueda utilizarlas sin ver directamente contraseñas o métodos de pago. “Cada persona mantiene el control de su Muse y decide cuánto acceso le da”, aseguró la compañía durante el lanzamiento.
Ese modelo depende enormemente de que consentimiento técnico y expectativas del usuario coincidan. Un asistente convencional normalmente responde cuando alguien le hace una pregunta. Un agente personal como Muse intenta ser proactivo: necesita observar información, recordarla, relacionarla y decidir cuándo resulta relevante para una tarea futura. Cuanto mayor sea su acceso a correos, mensajes, calendarios, documentos, cuentas y servicios financieros, más útil puede convertirse, pero también mayores son las consecuencias cuando los límites de ese acceso no quedan claros.
Otros periodistas han señalado preocupaciones similares sobre el alcance que Muse busca obtener. El agente ha solicitado a usuarios conectar diferentes fuentes de información personal, mientras Amazon decidió recientemente bloquear a Muse de su plataforma de compras, alegando entre otras cuestiones que el agente no se identificaba adecuadamente como un sistema automatizado. Meta ha disputado algunas de las preocupaciones de Amazon sobre credenciales y sostiene que Muse está diseñado para proteger información sensible.
Muse también dio una respuesta falsa sobre su propio funcionamiento
Hay además una segunda cuestión diferente de la privacidad: Muse aparentemente no sabía explicar correctamente qué estaba haciendo.
Cuando Aten le preguntó directamente de dónde provenían sus conocimientos sobre las conversaciones, el agente no reconoció incertidumbre ni indicó que debía consultar una configuración externa. En cambio, proporcionó una explicación específica —que solo recibía notificaciones y no accedía a los textos— que posteriormente resultó falsa.
Esto no implica necesariamente que el sistema estuviera intentando engañar deliberadamente al usuario. Los modelos de lenguaje pueden generar explicaciones plausibles sobre procesos internos a los que no tienen visibilidad completa. Pero en un agente con acceso potencial a mensajes, correos, cuentas financieras y otras fuentes privadas, esa limitación adquiere una importancia mucho mayor.
Un usuario que pregunta “¿cómo sabes esto?” está realizando, en la práctica, una auditoría de privacidad. Si el propio agente inventa una explicación convincente sobre sus permisos, deja de ser una fuente fiable para determinar qué información está utilizando.
El caso de Aten expone así uno de los problemas fundamentales que acompañará a la nueva generación de agentes personales: no basta con que existan controles de privacidad en una pantalla de configuración. Los sistemas también tendrán que conseguir que el usuario pueda saber con precisión qué información tienen, por qué la tienen, cuándo la utilizaron y cómo revocar ese acceso de manera verificable.
Para Muse, esa exigencia resulta particularmente importante porque Meta construyó explícitamente su lanzamiento alrededor de una promesa: el usuario decide cuánto acceso concede.
El episodio no demuestra por sí mismo que Muse ignore sistemáticamente los permisos de sus usuarios. Pero sí muestra qué ocurre cuando un agente diseñado para conocer profundamente la vida digital de una persona accede a información inesperada y después no puede explicar correctamente cómo llegó hasta ella.
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