Por Canuto  

Un estudio de la Universidad de Texas en Austin modeló cómo el agua salobre desalinizada y las aguas residuales de la industria petrolera podrían abastecer la refrigeración de centros de datos de IA. La propuesta llega mientras el estado examina con mayor atención el consumo hídrico de estas instalaciones, aunque aún depende de modelos y debe resolver el manejo de la salmuera.
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  • El equipo de UT Austin evaluó la ósmosis inversa para tratar agua salobre y agua producida, subproducto de los pozos de petróleo y gas.
  • El estudio calcula que la energía y el costo del tratamiento representarían una pequeña fracción de la demanda total de un centro de datos.
  • La propuesta no es una instalación operativa y deja pendiente, entre otros asuntos, el destino de la salmuera concentrada.


Texas explora aguas residuales para enfriar centros de datos de IA

La expansión de la inteligencia artificial también abre una pregunta menos visible que la capacidad de cómputo: de dónde saldrá el agua para mantener fríos los servidores. Un estudio de investigadores de la Universidad de Texas en Austin plantea una alternativa para el estado: tratar agua subterránea salobre y aguas residuales de campos petroleros, en vez de depender exclusivamente de agua dulce.

El trabajo, dirigido por el profesor de ingeniería mecánica Vaibhav Bahadur, apareció en línea en la revista Water Research en septiembre de 2026, y la universidad divulgó sus hallazgos el 8 de octubre. Los investigadores modelaron métodos de tratamiento ya establecidos, principalmente la ósmosis inversa, y concluyeron que las fuentes consideradas podrían ser viables con un costo moderado para el presupuesto energético de las instalaciones.

Una alternativa al agua dulce bajo evaluación

Los centros de datos necesitan controlar la temperatura de sus equipos, y la refrigeración puede convertirse en una demanda importante de agua. En Texas, el tema ha ganado visibilidad a medida que crece la atención sobre el impacto de las nuevas instalaciones. El estudio no afirma que el problema esté resuelto, pero examina si fuentes que hoy no suelen destinarse a ese uso podrían cubrir parte de esa necesidad.

Una de las opciones analizadas es el agua subterránea salobre, que contiene más sales que el agua dulce y requiere tratamiento antes de utilizarse en sistemas de refrigeración. El equipo evaluó procesos de desalinización, con énfasis en la ósmosis inversa, para estimar si podían convertir esa fuente en agua utilizable por los centros de datos. Así, el planteamiento combina una fuente no potable con una tecnología conocida, en lugar de asumir que el agua puede emplearse sin preparación.

La otra fuente es el agua producida, el líquido salobre que asciende desde los pozos junto con el petróleo y el gas. Para la industria, se trata de un subproducto que debe manejar de una u otra manera; el estudio considera si su tratamiento podría darle un uso adicional en instalaciones informáticas. La propuesta no elimina la necesidad de gestionar ese flujo, sino que explora una posible aplicación para una parte del agua que acompaña la extracción.

El equipo estimó que la energía y el costo necesarios para tratar estas fuentes representarían solo una pequeña fracción de la demanda energética total de un centro de datos. Esa conclusión es relevante para evaluar la viabilidad, aunque no equivale a demostrar que cualquier instalación podría adoptar la solución sin otras condiciones. El resultado depende de la fuente disponible, del tratamiento requerido y de los aspectos prácticos que el modelo considera para cada escenario.

Qué indican los modelos y la nueva métrica

Además de comparar fuentes y tratamientos, los investigadores desarrollaron una métrica llamada Intensidad de Utilización de Agua Salina, conocida por sus siglas en inglés como SWUI. Su propósito es medir el estrés hídrico local bajo diferentes escenarios de tratamiento, en lugar de limitar la evaluación a la cantidad de agua que consumiría una instalación. Esa perspectiva permite comparar cómo cambiaría la presión sobre el entorno según el agua seleccionada y el proceso aplicado.

El equipo probó varios casos mediante esa métrica y encontró que un proyecto propuesto de centro de datos en Longview obtuvo el mejor resultado. En esa configuración, el agua salobre se emparejó con un sistema de ósmosis inversa de dos etapas. El hallazgo señala cuál combinación destacó en los escenarios evaluados, pero no significa que el proyecto ya opere con ese sistema ni que la misma opción sea la más conveniente en cualquier otra localidad.

La escala de los recursos involucrados ayuda a entender por qué la posibilidad resulta atractiva para los investigadores. La Cuenca Pérmica produce aproximadamente 8.000 millones de galones de agua producida al día, un volumen que el estudio compara con unas 1.200 piscinas olímpicas. A la vez, un centro de datos grande puede necesitar hasta 5 millones de galones diarios para refrigeración, una cifra que muestra el peso potencial de la demanda de una sola instalación.

Esas cantidades no prueban por sí solas que el agua producida pueda cubrir las necesidades de los centros de datos, porque disponibilidad, calidad, tratamiento y ubicación condicionan cada caso. La métrica SWUI intenta incorporar el contexto local del estrés hídrico, mientras que los escenarios permiten poner a prueba combinaciones concretas. Por eso, el resultado de Longview sirve como referencia dentro del análisis, no como garantía de que todos los proyectos obtendrían beneficios comparables.

Presión regulatoria y límites pendientes

El momento de la investigación coincide con un mayor escrutinio sobre el uso de agua por parte de los centros de datos en Texas. Según la información divulgada sobre el caso, en septiembre de 2026 el gobernador Greg Abbott pausó todos los nuevos permisos para estas instalaciones. En paralelo, la oficina del fiscal general del estado intensificó las investigaciones sobre la manera en que las instalaciones existentes utilizan el agua.

En ese contexto, un proyecto que pueda demostrar que se abastecería de agua salobre o de agua producida, y no de agua dulce, podría presentar un argumento distinto ante los reguladores. Esa posibilidad no implica que el uso de agua no potable garantice la aprobación de permisos, ni que resuelva por sí mismo las preocupaciones sobre el consumo de las instalaciones. El estudio ofrece una opción técnica que podría entrar en el debate, pero las decisiones regulatorias y los requisitos de cada proyecto siguen siendo asuntos separados.

La principal cautela es que se trata de un estudio de modelado, no de una instalación en funcionamiento que haya demostrado el desempeño del sistema en condiciones reales. Los cálculos permiten valorar costos y energía bajo los escenarios examinados, pero todavía no acreditan cómo se comportaría una implementación a gran escala. Esa diferencia importa para no confundir una posibilidad evaluada por investigadores con una solución ya desplegada por operadores de centros de datos.

También queda por resolver el destino de la salmuera, el residuo concentrado en sales que produce la desalinización. Cualquier despliegue amplio necesitaría un plan práctico para manejar ese material, además de comprobar que la fuente de agua y el tratamiento se ajustan a las condiciones del sitio. Por ahora, el estudio de UT Austin aporta un marco para examinar el uso de aguas no dulces, pero su utilidad concreta dependerá de cómo se resuelvan esos desafíos y de lo que indiquen futuras aplicaciones.


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