El estrecho de Ormuz, paso crítico para cerca del 20% del petróleo y el gas natural licuado del mundo antes de la guerra con Irán, podría no recuperar sus niveles normales de tráfico incluso si Washington y Teherán logran un acuerdo. Analistas advierten que el riesgo geopolítico, las sanciones y la posible consolidación del control iraní sobre la vía marítima pueden cambiar de forma duradera el comercio energético global.
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- El tráfico de petroleros por Ormuz podría volver solo al 60% o 70% de los niveles previos a la guerra si Irán conserva control operativo sobre el estrecho.
- La crisis del mar Rojo sirve como advertencia: más de dos años después de los ataques hutíes, el tráfico marítimo aún no recupera su normalidad anterior.
- Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos usan oleoductos para aliviar la interrupción, pero los analistas dicen que no existe una alternativa equivalente a Ormuz.
El mercado petrolero global enfrenta una pregunta que va más allá del fin formal de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Aunque Washington y Teherán logren un acuerdo, el tráfico de petroleros por el estrecho de Ormuz podría no regresar a los niveles que antes se consideraban normales.
La inquietud central es que los propietarios de buques ya no evalúan Ormuz como una ruta puramente comercial. Ahora deben ponderar el riesgo de que los combates se reanuden de forma abrupta en el golfo Pérsico, además de las consecuencias legales de coordinar operaciones con autoridades iraníes bajo sanciones estadounidenses.
CNBC informó que el bloqueo iraní de Ormuz, ocurrido tras la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero, desató la mayor interrupción de suministro de petróleo de la historia. Esa presión crece cada día sobre la economía mundial y sobre las negociaciones diplomáticas.
Para inversionistas en mercados tradicionales y criptoactivos, el tema importa por una razón directa. Un shock energético sostenido puede alimentar inflación, modificar expectativas de tasas y golpear el apetito por riesgo en activos como acciones tecnológicas, divisas emergentes y criptomonedas.
Ormuz deja de verse como una ruta garantizada
Antes de la guerra, la libertad de navegación por Ormuz rara vez se cuestionaba de forma seria. Ese supuesto cambió cuando Irán prácticamente cerró la vía marítima en respuesta al conflicto, convirtiendo el estrecho en una herramienta de presión estratégica.
Teherán parece decidido a usar esa ventaja en cualquier acuerdo que ponga fin a la guerra. La posibilidad que preocupa a los analistas es que Irán consolide control operativo sobre el estrecho, incluso si el texto de un pacto no lo expresa de forma explícita.
Amos Hochstein, quien fue asesor principal de energía y seguridad nacional del expresidente Joe Biden, dijo a Squawk Box que los líderes de Medio Oriente ya asumen un nuevo equilibrio de poder. Según Hochstein: “No importa lo que suceda, los iraníes controlarán el estrecho de Ormuz en el futuro previsible”.
El exfuncionario añadió que “ni siquiera importa lo que diga el acuerdo”, porque en la región todos creen que Irán conservará influencia sobre la ruta. Esa percepción puede pesar tanto como cualquier cláusula diplomática, ya que las navieras toman decisiones basadas en riesgo operativo y no solo en declaraciones políticas.
Helima Croft, jefa de estrategia global de materias primas en RBC Capital Markets, sostuvo en una nota a clientes que los flujos por Ormuz serían “apreciablemente más bajos” si el final del conflicto deja a Irán con control operativo e influencia sobre el estrecho. En ese escenario, el tráfico previo a la guerra habría marcado un techo difícil de recuperar.
Un estrecho dividido por alineación política
Richard Meade, editor en jefe de Lloyd’s List, planteó un escenario de tráfico parcialmente recuperado, pero estructuralmente menor. Según su evaluación del 21 de mayo, Ormuz podría volver apenas al 60% o 70% de los volúmenes previos a la guerra.
En ese esquema, los buques afiliados a China podrían moverse con más libertad. En cambio, el paso de embarcaciones occidentales requeriría acuerdos bilaterales con Irán, lo que generaría fricciones comerciales y legales para empresas sujetas a sanciones de Estados Unidos.
Meade advirtió que este escenario no necesariamente provoca una recesión como las hipótesis más extremas. Sin embargo, tampoco permite un rebote completo a las condiciones previas al conflicto.
Su descripción apunta a una consecuencia más lenta y persistente. Sería un “estrecho permanentemente bifurcado”, donde el acceso depende de la alineación política y no de la libertad de navegación.
Ese cambio tendría implicaciones profundas para los mercados energéticos. Las primas de riesgo podrían permanecer elevadas, los contratos de transporte marítimo podrían encarecerse y las empresas tendrían que incorporar en sus costos la posibilidad de demoras, bloqueos o retenciones de activos.
La crisis del mar Rojo ofrece una advertencia
La experiencia reciente del mar Rojo muestra que una perturbación geopolítica puede durar mucho más de lo previsto. Los militantes hutíes en Yemen, aliados con Irán, comenzaron a atacar buques comerciales en noviembre de 2023 como respuesta a la guerra de Israel en Gaza.
Los ataques comenzaron el 19 de noviembre con el secuestro de un buque de carga. Luego continuaron durante dos años con misiles y drones contra embarcaciones comerciales.
El efecto fue drástico. El tráfico diario por el estrecho de Bab el-Mandeb, que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén, cayó de 75 buques el 19 de noviembre de 2023 a 31 embarcaciones el 30 de enero de 2024.
Más de dos años después, el tráfico por esa ruta todavía no recupera los niveles que se consideraban normales antes de la crisis. Ese precedente inquieta a quienes esperan una normalización rápida de Ormuz tras un eventual alto el fuego.
Tomer Raanan, analista de riesgo marítimo en Lloyd’s List, resumió una de las principales lecciones del episodio: “no se necesita una armada masiva para crear una gran perturbación en un punto de estrangulamiento marítimo”. La frase resulta especialmente relevante para rutas donde un incidente aislado puede alterar seguros, fletes y cadenas de suministro.
Jack Kennedy, jefe de riesgo país de Medio Oriente en S&P Global Market Intelligence, señaló que los hutíes no han atacado una embarcación en el mar Rojo desde finales del año pasado. Aun así, esa ausencia de ataques no bastó para restaurar los flujos de 2023.
Seguridad, minas y riesgo de una nueva guerra
No está claro si la interrupción en Ormuz durará tanto como la del mar Rojo. Los propietarios de buques deberán decidir si un acuerdo entre Estados Unidos e Irán, en caso de concretarse, ofrece garantías suficientes para volver a operar con normalidad.
Kennedy afirmó que el alto el fuego actual probablemente se mantendrá por ahora. Según su lectura, la administración Trump parece priorizar un mayor acceso de buques comerciales a través del estrecho.
Incluso si Irán acepta abrir Ormuz sin condiciones para el tránsito, la recuperación podría tomar mucho tiempo. Una de las preocupaciones sería la posible presencia de minas colocadas en la vía marítima durante el conflicto.
Además, existe un riesgo grave de que la guerra se reanude durante el próximo año si no aparece una resolución permanente sobre los programas nuclear y de misiles balísticos de Irán. Kennedy recordó que esos temas fueron centrales desde la perspectiva de seguridad nacional israelí y estuvieron entre los factores que llevaron a la guerra.
Los operadores marítimos deberán calcular si están dispuestos a arriesgar que sus buques y activos queden atrapados durante meses en un lado de Ormuz. Ese riesgo financiero puede bastar para mantener parte del tráfico fuera de la ruta, incluso sin nuevos disparos.
Pocas alternativas reales para el petróleo y el GNL
Ormuz difiere del mar Rojo en un punto esencial. Los buques pueden evitar el mar Rojo navegando alrededor del cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica, aunque eso eleve tiempos y costos.
Ormuz no ofrece una alternativa equivalente. Antes de la guerra, cerca del 20% del suministro mundial de petróleo y gas natural licuado pasaba por ese estrecho, lo que lo convierte en uno de los puntos de estrangulamiento más importantes del sistema energético global.
Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos ya usan oleoductos para desviar millones de barriles de petróleo por día desde el golfo Pérsico hacia terminales en el mar Rojo y el golfo de Omán. Esas rutas alivian la interrupción, pero no sustituyen por completo a Ormuz.
Raanan explicó que algunos volúmenes pueden salir por oleoductos, pero no todos. También advirtió que el problema no se limita al petróleo que necesita abandonar la zona.
El gas natural licuado ilustra esa limitación. Su lógica comercial consiste en cargarlo en buques y moverlo por el mundo, por lo que una ruta marítima restringida afecta la flexibilidad misma del producto.
Ormuz también resulta crucial para fertilizantes y otras materias primas. Esa dependencia amplía el impacto potencial sobre alimentos, comercio industrial y precios de insumos básicos.
Ante la falta de alternativas completas, los transportistas podrían verse obligados a aceptar las nuevas condiciones en Ormuz. A diferencia del mar Rojo, evitar por completo la ruta puede no ser viable para todos los actores.
Los países del Golfo buscan reducir la dependencia
Los exportadores de Medio Oriente aceleran planes para reducir su exposición al estrecho. Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo, impulsa la construcción de un segundo oleoducto que evita Ormuz.
Ese proyecto tiene previsto entrar en operación en 2027. Si se concreta, agregaría capacidad para sacar energía sin depender totalmente de la vía marítima controlada de facto por Irán.
El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, cree que la importancia de Ormuz para el mercado energético global disminuirá después de la guerra. Su argumento es que las naciones del Golfo construirán más infraestructura para sortear el estrecho.
Wright describió el bloqueo iraní como una carta que solo puede jugarse una vez. Según dijo, “habrá otras rutas para que la energía salga del golfo Pérsico”.
También sostuvo que habrá una importancia decreciente del estrecho de Ormuz, pero no de la producción energética ni del suministro de esas naciones. La distinción es clave: el petróleo y el gas seguirán siendo necesarios, aunque sus rutas de exportación podrían cambiar.
Para los mercados, el desenlace aún depende de variables inciertas. Un acuerdo puede reabrir la navegación, pero la confianza de aseguradoras, navieras y compradores tarda más en reconstruirse que una declaración diplomática.
El resultado probable, según los analistas citados, no es necesariamente una parálisis total. Es una normalidad incompleta, con costos más altos, decisiones más políticas y un comercio energético menos predecible.
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