Un análisis de Andrei Jikh sostiene que la guerra, el cierre del estrecho de Ormuz y la presión sobre la deuda estadounidense podrían acelerar una transición hacia un sistema monetario más digitalizado, con stablecoins respaldadas por bonos del Tesoro y mayores capacidades de control financiero. La tesis mezcla geopolítica, inflación, deuda, IA y el futuro del dólar.
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- El cierre del estrecho de Ormuz y la venta de activos en dólares por parte de gobiernos extranjeros figuran como un riesgo para los bonos del Tesoro de EE. UU.
- La hipótesis plantea que Washington podría responder con más liquidez, aun con petróleo caro, elevando el riesgo de inflación y estanflación.
- El crecimiento de stablecoins respaldadas con Treasuries aparece como posible vía para absorber deuda y expandir un sistema financiero digital más centralizado.
El inversionista y creador de contenido Andrei Jikh presentó una tesis que vincula el conflicto en torno a Irán, el cierre del estrecho de Ormuz, la fragilidad fiscal de Estados Unidos y el crecimiento de las stablecoins como piezas de una misma transición monetaria. Su argumento parte de un hecho inmediato: tras un discurso del presidente Donald Trump, los futuros bursátiles cayeron, el petróleo subió y Bitcoin retrocedió.
Según expone Jikh en They’re Using This War To ‘Replace The Dollar’, el detonante es el cierre del estrecho de Ormuz, un paso clave para el mercado energético mundial. En su explicación, por esa vía transitan cerca de 20 millones de barriles diarios, por lo que una interrupción prolongada puede tensionar no solo a los países importadores de crudo, sino también a los mercados de bonos, divisas y activos de riesgo.
Su lectura no se limita al frente militar. También propone que las grandes crisis suelen abrir la puerta a cambios estructurales en el sistema financiero y político. Sin afirmar la existencia de una conspiración coordinada, sostiene que los actores más cercanos al poder suelen aprovechar estos episodios para impulsar una mayor centralización.
Ese patrón, según argumenta, ya se habría visto en 2008 con la flexibilización cuantitativa de la Reserva Federal y en 2020 con las políticas extraordinarias aplicadas tras la pandemia. En ambos casos, la crisis habría servido para rediseñar mecanismos de intervención y coordinación económica a gran escala.
Ormuz, activos en dólares y presión sobre la deuda estadounidense
Una parte central de la tesis gira en torno a la posición financiera internacional de Estados Unidos. Jikh cita la métrica conocida como net international investment position, que compara lo que poseen extranjeros en activos estadounidenses frente a lo que poseen estadounidenses en activos del exterior. De acuerdo con su exposición, ese saldo se sitúa hoy en negativo 87% del PIB.
El contraste histórico es uno de los puntos que más enfatiza. Después de la primera Guerra del Golfo, esa cifra estaba en negativo 7%. Tras la segunda Guerra del Golfo, en negativo 12%. Luego de la crisis financiera de 2008, todavía se ubicaba en negativo 15%.
Para el analista, el problema es que durante años Estados Unidos vendió acciones, bienes raíces y bonos del Tesoro a países y regiones con superávit comercial frente a Washington, entre ellos China, Europa y Japón. Como resultado, extranjeros poseerían cerca de USD $70 billones en activos denominados en dólares, incluyendo USD $9,4 billones en Treasuries.
En ese contexto, el cierre de Ormuz se vuelve crítico. Muchas de esas economías dependen del petróleo que circula por esa ruta y, como el crudo se cotiza en dólares, necesitan acceder rápidamente a esa moneda. La forma más directa de obtener liquidez, explica, es vendiendo activos en dólares, incluidos bonos del Tesoro.
Jikh asegura que ese proceso ya habría comenzado. Señala que las tenencias de Treasuries custodiadas por bancos centrales extranjeros en la Reserva Federal de Nueva York cayeron a su nivel más bajo desde 2012, con decenas de miles de millones de dólares saliendo en apenas cuatro semanas.
Si esa dinámica continúa, el impacto sobre los rendimientos sería relevante. Cuando suben los yields de los bonos, también aumenta el costo de financiar la deuda federal, que ronda casi USD $40 billones. A partir de ese punto, la discusión deja de ser geopolítica y entra en terreno fiscal y macroeconómico.
Los tres escenarios que, según la tesis, enfrenta Washington
Jikh plantea tres caminos posibles para Estados Unidos. El primero consistiría en dejar que el mercado eleve los rendimientos libremente. En esa ruta, los bonos del Tesoro a 10 años podrían pasar a niveles de 5% o 6%, lo que haría más atractiva la renta fija frente a las acciones y presionaría a la baja a los mercados bursátiles.
En su exposición, el rango de peligro estaría entre 4,6% y 4,8% para el Treasury a 10 años. Superar esa franja podría activar una “espiral de muerte” de deuda: tasas más altas elevan el déficit, lo que exige más endeudamiento, que a su vez empuja todavía más las tasas. En una economía tan apalancada, el deterioro podría acelerarse.
El segundo escenario sería una nueva ronda de emisión monetaria. Bajo esta opción, la Reserva Federal volvería a comprar bonos para contener los rendimientos, aun cuando el alza del petróleo ya estuviese presionando los precios. Esa combinación, advierte, sería especialmente inflacionaria.
Jikh distingue aquí entre dos tipos de flexibilización cuantitativa. La primera, asociada a 2008, habría servido sobre todo para limpiar balances bancarios sin inyectar dinero de forma directa al conjunto de la economía. La segunda, similar a la desplegada en 2020, implicaría compras a actores no bancarios, generando nuevos depósitos y mayor poder de compra en el sistema.
Sobre esa base, recuerda que la expansión monetaria de 2020 fue seguida por una inflación que alcanzó 9% entre 12 y 18 meses después. Su conclusión es que repetir una medida de ese tipo durante un shock petrolero podría producir una inflación incluso más severa y derivar en estanflación, es decir, bajo crecimiento con precios en alza.
El tercer escenario sería la retirada. Para el analista, si Washington opta por abandonar la confrontación sin reabrir la ruta marítima, enviaría una señal de debilitamiento geopolítico. En esa hipótesis, otros países podrían acelerar la búsqueda de mecanismos para comerciar petróleo en monedas distintas al dólar.
Esa pérdida de confianza en el papel de Estados Unidos como garante del orden financiero y comercial también sería inflacionaria, según su tesis, porque erosionaría la demanda estructural por dólares. En cualquiera de los tres desenlaces, concluye, el saldo probable sería una moneda más débil y mayores presiones sobre los precios.
Stablecoins, Treasuries y el posible nuevo canal del dólar
La parte más ambiciosa de la exposición aparece cuando Jikh conecta deuda pública, corporaciones, pagos digitales e inteligencia artificial. Su idea es que el siguiente paso del sistema monetario no sería simplemente la emisión de una moneda digital estatal, sino la privatización y distribución global de deuda estadounidense a través de wallets y stablecoins emitidas por empresas.
En su ejemplo, una firma como Tesla podría lanzar una billetera digital. Los usuarios depositarían dólares, la empresa compraría bonos del Tesoro con ese dinero y luego repartiría una parte del rendimiento como descuentos, recompensas o beneficios. La compañía ganaría margen, el usuario obtendría utilidad y el gobierno aseguraría nueva demanda para su deuda.
La lógica, dice, podría replicarse a gran escala con Apple, Amazon, aerolíneas, retailers y plataformas tecnológicas. Cada app funcionaría como canal de distribución de activos digitales respaldados por Treasuries, convirtiendo a millones de usuarios globales en acreedores indirectos del gobierno de Estados Unidos.
Jikh vincula esta posibilidad con el proyecto legislativo conocido como Genius Act. Según explica, la propuesta exigiría que toda empresa que emita una stablecoin respaldada en dólares mantenga bonos del Tesoro u otros activos seguros equivalentes como reserva, dólar por dólar.
Como antecedente menciona a Tether, emisora de la mayor stablecoin del mercado. De acuerdo con su exposición, la firma posee más de USD $120.000 millones en bonos del Tesoro de Estados Unidos, lo que la convertiría en uno de los mayores tenedores de deuda soberana estadounidense, incluso por encima de algunos países.
Para el analista, ese modelo permitiría resolver dos problemas a la vez. Por un lado, ayudaría a absorber deuda pública mediante nuevos canales privados de distribución. Por otro, serviría de infraestructura para entregar ingresos básicos o pagos dirigidos en un mundo donde la IA y la automatización desplacen empleos.
Control financiero, autocustodia y el rol de Bitcoin
Jikh también advierte sobre el costo político de esa arquitectura. Sostiene que un ecosistema de wallets corporativas, stablecoins reguladas y reservas en Treasuries ofrecería un nivel de trazabilidad y control muy superior al del sistema financiero tradicional. En su lectura, la capacidad de congelar fondos, bloquear direcciones o restringir usos específicos del dinero ya existe y podría ampliarse.
Para ilustrarlo, cita el caso de Tether, que en distintas ocasiones ha congelado billeteras y sancionado direcciones. A su juicio, esa clase de herramientas, multiplicadas por grandes marcas globales y sujetas a regulación estadounidense, podrían crear una red de control financiero más potente que la de Swift.
El planteamiento se extiende incluso al choque con otras jurisdicciones. Si ese sistema se impusiera mediante aplicaciones y marcas globales, algunos países podrían responder con restricciones digitales más amplias, como limitar tiendas de apps o acceso a internet, aunque eso forma parte de su especulación y no de un anuncio oficial.
Frente a ese panorama, el creador de contenido menciona tres líneas de defensa que atribuye a Catherine Austin Fitts: asegurar activos reales, usar efectivo y fortalecer redes locales y habilidades. En su caso particular, suma una preferencia por la autocustodia de Bitcoin y por la tenencia física de metales como oro y plata, en vez de vehículos financieros intermediados.
Su argumento final no es una predicción cerrada, sino una advertencia sobre la dirección del sistema. Incluso si los detalles no se materializan tal como los describe, cree que entender la interacción entre deuda, energía, geopolítica, stablecoins e IA es clave para navegar una etapa de mayor complejidad monetaria y financiera.
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