Por Canuto  

Mientras buena parte del mercado persigue la próxima gran historia de inteligencia artificial, algunos grandes patrimonios están haciendo lo contrario: comprar negocios tradicionales, intensivos en activos y con flujos de caja previsibles. La tesis no busca glamour, sino resistencia frente a la obsolescencia tecnológica, ventajas fiscales y paciencia para esperar retornos a largo plazo.

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  • La llamada operación HALO, centrada en activos pesados y baja obsolescencia, gana terreno entre inversionistas de Wall Street y family offices.
  • Equity Group Investments, de la familia del fallecido Sam Zell, apuesta por concesionarios, pesquerías e infraestructura ante la incertidumbre sobre el software a 10 o 12 años.
  • La depreciación acelerada, la inflación y los aranceles están creando oportunidades para comprar negocios tradicionales con descuento.

 


La fiebre por la inteligencia artificial ha dominado gran parte de la conversación financiera reciente. Sin embargo, en paralelo está tomando forma una estrategia opuesta: grandes patrimonios y family offices están volviendo la mirada hacia negocios tradicionales, intensivos en activos y menos expuestos a la obsolescencia tecnológica.

Esa tesis parte de una idea simple. Si el horizonte de inversión no se mide en trimestres, sino en décadas, la prioridad deja de ser la narrativa más llamativa del mercado y pasa a ser la durabilidad del negocio, su capacidad de generar caja y su resistencia frente a cambios bruscos.

Ese enfoque fue descrito en detalle por CNBC al abordar el caso de Equity Group Investments, la firma respaldada por la familia del fallecido multimillonario Sam Zell. Su cartera incluye un concesionario John Deere, una pesquería de atún rojo y un puente peatonal que conecta San Diego con el Aeropuerto Internacional de Tijuana.

A primera vista, estos activos parecen no tener relación entre sí. Pero, según Mark Sotir, presidente de EGI, todos comparten un mismo rasgo: pertenecen a sectores de la vieja economía que, en su opinión, son menos vulnerables a la disrupción de la inteligencia artificial y otras tecnologías.

La tesis anti-IA se abre paso en los mercados privados

Sotir explicó que la firma suele mantener su capital invertido por más tiempo que la mayoría de los fondos de capital privado. Ese horizonte, de 10 a 12 años, obliga a pensar primero en qué industrias seguirán existiendo y mantendrán demanda estructural en el futuro.

En ese contexto, dijo que EGI evita parte del universo tecnológico y algunas startups. No por rechazo ideológico a la innovación, sino porque le resulta muy difícil anticipar con certeza hacia dónde irá el software dentro de una década.

Esa visión coincide con una operación que ganó tracción en Wall Street a comienzos de este año. El movimiento fue bautizado como HALO, sigla de “heavy assets, low obsolescence”, o activos pesados con baja obsolescencia.

La lógica detrás de HALO es que ciertos negocios físicos, aunque menos glamorosos que una startup de IA, ofrecen barreras de entrada, flujos de caja más previsibles y una exposición menor al riesgo de ser desplazados rápidamente por una nueva plataforma o avance tecnológico.

Según Sotir, los family offices ya venían aplicando una filosofía similar en mercados privados. Como suelen invertir pensando en generaciones y no solo en una ventana de salida de tres a siete años, valoran más la estabilidad operativa y el rendimiento sostenido después de impuestos.

Además, señaló que los negocios intensivos en activos suelen atraer menos interés del capital privado tradicional. Eso puede abrir espacio para que los family offices compren con descuento, precisamente porque otros inversionistas prefieren compañías más ligeras en activos y con rotación más rápida.

Sotir resumió esa contracorriente con una frase clara. A su juicio, si el mercado paga una prima por negocios asset-light, entonces no siempre es evidente dónde está la ventaja para el comprador disciplinado de largo plazo.

Ventajas fiscales y flujo de caja cambian la ecuación

El atractivo de estos negocios no depende solo de la resistencia frente a la IA. También influyen factores macroeconómicos y tributarios que pueden mejorar de manera importante el retorno final para familias con alto patrimonio.

Uno de esos factores es la renovación de la depreciación acelerada dentro de la ley conocida como “one big beautiful bill”. Esa disposición permite a las empresas deducir el costo total de activos elegibles, como maquinaria o vehículos, en el primer año en que se utilizan.

Brian Hans, quien lidera a los estrategas de eficiencia fiscal del grupo de planificación avanzada de UBS, afirmó que se trata de un cambio muy relevante. En sus palabras, puede marcar una gran diferencia en términos del beneficio fiscal para quienes estructuran inversiones con una mirada más proactiva sobre el rendimiento neto de impuestos.

Hans añadió que, si el negocio se considera una inversión activa, la depreciación puede usarse para deducir ingresos provenientes de otras inversiones activas, incluidas acciones. Según explicó, ese beneficio puede ser especialmente valioso para familias con posiciones bursátiles muy apreciadas.

La consecuencia es que la evaluación de una inversión deja de centrarse solo en el crecimiento bruto esperado. Para muchos family offices, la pregunta decisiva es cuánto retorno real quedará después de tributos, costos operativos y tiempo de espera.

Joe Mowery, responsable de banca de inversión para concesionarios en Stephens, dijo que los concesionarios de automóviles y de equipos están bien posicionados para aprovechar esa depreciación acelerada. A eso se suma otra cualidad clave para las familias adineradas: una fuente de ingresos estable y con beneficios fiscales claros.

Mowery subrayó que, aun cuando la inflación y otras tendencias económicas pueden reducir la capacidad de los consumidores para comprar vehículos o maquinaria, el negocio de piezas y servicio tiende a ser resiliente y a ofrecer altos márgenes.

Su razonamiento apunta a un componente básico de demanda. No se trata de bienes meramente deseables, sino de activos necesarios para trabajar, movilizarse y sostener actividades productivas en el día a día.

Concesionarios, pesca y geografía como barreras defensivas

Los negocios de la vieja economía no son inmunes a la disrupción. Sin embargo, Sotir sostuvo que varios de ellos sí cuentan con fosos defensivos concretos, especialmente de tipo geográfico o regulatorio, que limitan la competencia y estabilizan su posición de mercado.

Un ejemplo es la participación de EGI en concesionarios John Deere y Kenworth. Gracias a las condiciones de franquicia, explicó, la firma no enfrenta el riesgo de que otro concesionario de la misma marca abra de forma inmediata en la misma zona y erosione su territorio comercial.

Otro caso es su negocio de pesca y cría de atún rojo en Baja California. Allí, indicó, las cuotas de pesca actúan como barreras de entrada sustanciales, lo que restringe la llegada de nuevos competidores y protege la rentabilidad potencial del activo.

Este tipo de restricciones no convierte a la inversión en infalible. Pero sí ayuda a entender por qué algunos patrimonios privados prefieren sectores donde la competencia no puede multiplicarse al ritmo que sí se observa en software, aplicaciones o modelos de IA que se replican con rapidez.

En otras palabras, el valor de estos activos no reside solo en lo que producen hoy. También importa cuánto les cuesta a otros replicarlos, cuánto tiempo requiere entrar al mercado y qué permisos o estructuras de distribución se necesitan para competir.

Para inversionistas acostumbrados a pensar en permanencia generacional, esas barreras pueden ser más valiosas que una historia de crecimiento explosivo con alta incertidumbre sobre su vigencia futura.

La incertidumbre económica abre oportunidades de compra

Otra ventaja competitiva para EGI, de acuerdo con Sotir, es que no está presionada para desplegar capital con rapidez. A diferencia de muchos fondos tradicionales de private equity, la firma está respaldada por una familia, por lo que no depende de calendarios tan rígidos para invertir o salir de sus posiciones.

Esa flexibilidad le permite hacer solo una o dos operaciones al año. También le da margen para esperar momentos de estrés sectorial, cuando los propietarios buscan liquidez o una salida ante escenarios más complejos.

Sotir afirmó que la firma está recibiendo más consultas entrantes de dueños de negocios afectados por aranceles, inflación y otros factores. De forma paradójica, dijo, el aumento de la incertidumbre se ha convertido en un beneficio para su estrategia, porque mejora el universo de oportunidades.

La agricultura es uno de los sectores que observan con especial atención. Según el ejecutivo, las granjas están bajo una enorme presión, con desafíos reales asociados al aumento de los costos de fertilizantes y combustible.

Aun así, EGI considera que puede permitirse esperar. Si el valor de una compra no se materializa en los primeros dos o tres años, eso no representa un problema, siempre que exista convicción sobre la recuperación y el potencial de largo plazo.

Ese punto ilustra una diferencia estructural entre capital paciente y capital apurado. Cuando el horizonte no exige una salida rápida, las caídas sectoriales dejan de verse solo como amenaza y empiezan a verse como ventanas de entrada.

Para un público acostumbrado a seguir narrativas de IA, blockchain o mercados de alto crecimiento, este giro también deja una lectura útil. No todo el capital sofisticado persigue la siguiente ola tecnológica; una parte relevante está buscando negocios menos vistosos, pero más comprensibles, defendibles y fiscalmente eficientes.

En ese mapa, concesionarios, infraestructura, pesca y agricultura no compiten por atención mediática con los grandes nombres de la inteligencia artificial. Pero justamente ahí, en su aparente falta de glamour, algunos family offices creen estar encontrando valor.


Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.

Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA.

 


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