El avance de los centros de datos para inteligencia artificial promete inversión y empleos, pero en Filadelfia y otras ciudades estadounidenses despierta recuerdos de contaminación industrial, temor por el uso de agua y electricidad, y demandas de moratorias.
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- Filadelfia identificó dos posibles zonas para centros de datos, una en el noreste y otra en el suroeste, donde se encuentra Grays Ferry, un barrio marcado por el cierre de una refinería tras una explosión en 2019.
- Activistas advierten que la demanda energética de la IA aumentará el consumo de gas natural y la contaminación asociada a la generación eléctrica para los centros de datos.
- Nueva York y varias ciudades de Estados Unidos han impuesto pausas o moratorias para estudiar los impactos ambientales, energéticos y urbanos de estas instalaciones.
⚠️ Centros de datos de IA enfrentan resistencia en EE. UU.
Filadelfia evalúa dos zonas. Activistas alertan por contaminación, ruido, agua y consumo eléctrico.
Nueva York y otras ciudades pausaron proyectos para estudiar sus impactos. pic.twitter.com/umLIo0vDsy
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) September 15, 2026
Una promesa económica que no convence
La expansión de los centros de datos destinados a la inteligencia artificial está abriendo un nuevo frente de conflicto entre empresas tecnológicas, autoridades y comunidades locales en Estados Unidos. Las compañías prometen empleos, inversión y crecimiento económico, pero una mayoría de los estadounidenses se opone a que estas instalaciones se construyan cerca de sus viviendas, principalmente por sus posibles efectos ambientales y su demanda de energía.
El debate adquiere una dimensión especialmente sensible en ciudades que todavía cargan con las consecuencias de décadas de industrialización pesada. En esos lugares, la promesa de una nueva infraestructura tecnológica no se recibe como una oportunidad aislada, sino como la posibilidad de repetir un modelo en el que las ganancias privadas conviven con contaminación, ruido y problemas de salud para los residentes.
Filadelfia se convirtió en uno de los escenarios más visibles de esa resistencia, aunque no existe una propuesta específica de centro de datos dentro de la ciudad. Funcionarios locales identificaron dos posibles zonas, una en el noreste y otra en el suroeste de Filadelfia. Esta última incluye Grays Ferry, un vecindario donde la huella de la industria petrolera sigue presente.
Más de 100 personas participaron en una manifestación de lanzamiento de la campaña No Data Centers in Philly frente al Ayuntamiento, donde corearon consignas para llamar la atención del Concejo Municipal. La protesta refleja una preocupación que se repite en otras zonas del país: que las comunidades con menos recursos terminen asumiendo los costos ambientales de una carrera tecnológica cuyos beneficios no se distribuyen de manera equitativa.
La memoria de Grays Ferry
Shawmar Pitts, residente de toda la vida de Grays Ferry y codirector ejecutivo de Philly Thrive, conoce esa historia desde su infancia. Creció cerca de la que entonces era la refinería de petróleo más grande de la Costa Este, una instalación que cerró después de una explosión ocurrida en 2019 y que procesaba hasta 335.000 barriles de crudo al día.
Pitts explicó que durante años observó cómo amigos y familiares sufrían enfermedades crónicas sin relacionarlas directamente con el entorno industrial. En 2018, una mesa informativa de Philly Thrive sobre una propuesta para ampliar la refinería lo llevó a vincular los padecimientos de su comunidad con la exposición ambiental que enfrentaban sus vecinos.
“Leí la información que tenían en la mesa sobre cómo afecta vivir cerca de la refinería, y estaba mirando todas las enfermedades en ese papel, y pensé: ‘Mi madre tiene esto, mi hermana tiene aquello, mi vecino de al lado sufre de esto'”, relató Pitts. Según su testimonio, la experiencia lo llevó a involucrarse de lleno en la organización y, posteriormente, a encabezar la oposición a los centros de datos.
Sonya Sanders, presidenta de la junta de Philly Thrive, expresó una postura similar durante la manifestación del lunes en el Ayuntamiento. “No queremos centros de datos. No queremos la contaminación, no queremos el ruido, y sabemos que no nos traerán más empleos”, afirmó, mientras vinculaba la oposición actual con la experiencia acumulada por los residentes frente a la industria petrolera.
El costo energético de la inteligencia artificial
Un centro de datos no tendría necesariamente el mismo impacto ambiental que la antigua refinería Philadelphia Energy Solutions, pero su operación puede exigir grandes cantidades de electricidad, agua y sistemas de respaldo. La carrera internacional por dominar la inteligencia artificial ha incrementado las previsiones sobre el consumo energético de estas instalaciones y ha colocado a las ciudades frente a decisiones que todavía carecen de suficiente información pública.
BloombergNEF proyecta que para 2035 los centros de datos estadounidenses consumirán más gas natural que Alemania y Japón combinados. Según las estimaciones citadas por Bloomberg, el consumo de gas para producir electricidad destinada a los centros de datos podría aumentar en 15.000 millones de pies cúbicos diarios durante la década que termina en 2035, hasta alcanzar alrededor de 18.000 millones de pies cúbicos al día. Aunque el gas natural quema de forma más limpia que combustibles como el petróleo, la combustión sigue liberando dióxido de carbono y otros contaminantes asociados a la generación de energía.
De acuerdo con las cifras citadas por TechCrunch, quemar un pie cúbico de gas natural libera el equivalente a 60 gramos de dióxido de carbono. La publicación también señaló que la demanda adicional de los centros de datos podría generar un millón de toneladas métricas extra de contaminación por gases de efecto invernadero cada día, equivalente aproximadamente al 12% de las emisiones actuales de gases de efecto invernadero de Estados Unidos.
La abogada Annie Fox, del Clean Air Council, advirtió que un centro de datos típico planeado en Pensilvania puede incluir cientos de motores diésel para respaldo. Aunque esos equipos supuestamente se reservarían para emergencias, Fox sostuvo que las autoridades ya han indicado que podrían utilizarse en lugar de recurrir a una red eléctrica sobrecargada durante algunas olas de calor, lo que aumentaría la contaminación precisamente cuando las temperaturas sean más extremas.
Moratorias y presión de los residentes
La preocupación por la calidad del aire tiene además un componente sanitario que las comunidades industriales consideran imposible de ignorar. Investigadores de la Universidad de Harvard concluyeron en 2021 que la contaminación atmosférica procedente de combustibles fósiles estaba relacionada con una de cada cinco muertes en el mundo, una referencia que los activistas utilizan para cuestionar la idea de que la expansión de la IA pueda evaluarse únicamente por sus beneficios económicos.
La oposición también incorpora inquietudes sobre recursos básicos y privacidad. Donna Greenberg, una residente de Filadelfia que acudió a la manifestación, dijo que le preocupa que los centros de datos utilicen agua y electricidad que necesitan los vecindarios, además de la vigilancia y el acceso a información que, según su opinión, las empresas no deberían conocer.
En Nueva York, la gobernadora Kathy Hochul firmó una orden ejecutiva que establece una pausa temporal para los nuevos proyectos de centros de datos de gran escala, incluidos los que superen determinados umbrales de consumo eléctrico. Durante una conferencia de prensa, Hochul sostuvo que el progreso no debería traducirse en facturas de servicios más altas, reducción del suministro de agua o contaminación acústica, y afirmó que estas instalaciones solo deberían construirse en lugares que las quieran.
Varias ciudades también han aprobado moratorias, entre ellas Denver, Indianápolis, Asheville, Charlotte y Reno. En muchos casos, esas pausas buscan dar tiempo a los funcionarios para recopilar información sobre los posibles impactos de los centros de datos, mientras los residentes intentan influir en las reglas que definirán el acceso a la energía, el agua y el suelo urbano.
Una disputa que apenas comienza
El caso de Filadelfia muestra por qué la oposición no se limita a una discusión técnica sobre servidores, electricidad o inteligencia artificial. Para los residentes de Grays Ferry, cualquier nuevo proyecto industrial se analiza a través de una memoria colectiva formada por enfermedades, emisiones y la sensación de que las ganancias se obtuvieron a costa de la salud del barrio.
El esposo de Sanders, también residente de Grays Ferry, murió de un raro cáncer de hueso en 2020. Ella afirmó que él no fumaba ni bebía y que, en su opinión, las emisiones de la refinería provocaron su enfermedad; su declaración corresponde a una creencia personal y no constituye por sí misma una conclusión médica o judicial.
“En mis ojos, ellos lo mataron. La contaminación lo mató. Creo que él estaría aquí hoy si no hubiera sido asesinado silenciosamente, porque fue la búsqueda de ganancias lo que lo mató”, dijo Sanders en la manifestación. Sus palabras muestran el nivel de desconfianza que deberán enfrentar las empresas si intentan presentar los centros de datos como una nueva etapa de prosperidad para barrios que ya han soportado contaminación industrial.
Pitts describió la organización comunitaria como un esfuerzo que requiere tiempo y la participación de muchas personas, pero consideró significativo que los vecinos se estén movilizando. Mientras la demanda mundial de capacidad computacional continúa creciendo, las ciudades tendrán que decidir si autorizan la infraestructura de la IA, bajo qué condiciones y quién asumirá sus costos ambientales, energéticos y sociales.
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