El actor Ben McKenzie volvió a cargar contra Bitcoin y la industria cripto durante una conversación con Jon Stewart, donde aseguró que el sector funciona más como un sistema especulativo que como una innovación financiera. Sus críticas apuntaron a la falta de producción económica real, la concentración de riqueza en insiders, el rol de las celebridades y la creciente participación de Wall Street mediante ETF.
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- Ben McKenzie afirmó que las criptomonedas no generan flujo económico real y dependen de que lleguen nuevos compradores.
- El actor sostuvo que el ecosistema favorece a insiders y primeros adoptantes, mientras los inversionistas minoristas asumen gran parte de las pérdidas.
- También criticó a BlackRock, los ETF de Bitcoin, las celebridades promotoras de tokens y la supuesta descentralización del sector.
El actor Ben McKenzie volvió a exponer su postura crítica frente a Bitcoin y el mercado de criptomonedas durante una aparición en The Weekly Show with Jon Stewart. En la conversación, centrada en “The Other Side of Bitcoin: Crypto Corruption”, sostuvo que el sector opera menos como una revolución tecnológica y más como un mecanismo de transferencia de riqueza impulsado por bombo, confusión y una supervisión débil.
McKenzie no es nuevo en este terreno. Además de su carrera en Hollywood, conocida por películas como Junebug de 2005, 88 Minutes de 2007, Goodbye World de 2013, Some Kind of Beautiful de 2014 y Line of Duty de 2019, el actor ha dedicado los últimos años a cuestionar públicamente a la industria cripto.
Esa línea crítica también ha tomado forma en otros proyectos. McKenzie coescribió junto al periodista Jacob Silverman el libro Easy Money: Cryptocurrency, Casino Capitalism, and the Golden Age of Fraud, publicado en 2023. Además, dirigió el documental Everyone Is Lying to You for Money de 2025, con el que buscó denunciar lo que define como una cultura de exageración, desinformación y especulación alrededor de los activos digitales.
De acuerdo con la cobertura publicada por TheStreet, reseñada por Yahoo Finance, el eje de su argumento fue que las criptomonedas no producen valor económico directo. A diferencia de acciones, bonos o bienes raíces, que pueden generar ganancias, intereses o rentas, McKenzie afirmó que Bitcoin y otros criptoactivos no ofrecen un flujo productivo comparable.
La crítica a la ausencia de valor productivo
Para entender el punto de McKenzie, conviene recordar una distinción básica entre clases de activos. En los mercados financieros tradicionales, muchos instrumentos son valorados por la capacidad de generar ingresos futuros. Una acción puede representar participación en utilidades. Un bono promete pagos periódicos. Un inmueble puede producir alquiler.
McKenzie sostuvo que las criptomonedas no encajan en esa lógica. Según su planteamiento, estos activos dependen principalmente de la apreciación de precio. Es decir, de que un nuevo comprador llegue dispuesto a pagar más que el anterior. A su juicio, esa dinámica vuelve al sistema inherentemente frágil y dependiente de entradas continuas de capital.
El actor conectó esta idea con la llamada “Greater Fool Theory”, o teoría del tonto mayor. Bajo ese marco, el precio de un activo sube no porque existan fundamentos sólidos, sino porque otro comprador aceptará adquirirlo luego a un valor más alto. McKenzie argumentó que en criptomonedas ese patrón se repite con frecuencia, impulsado por narrativas, creencias y momentum de mercado.
En ese esquema, dijo, los primeros participantes suelen capturar las ganancias. Luego, cuando el entusiasmo atrae a inversionistas minoristas menos experimentados, estos terminan absorbiendo gran parte de las pérdidas cuando el ciclo se revierte. Su cuestionamiento no fue solo económico, sino también ético, en especial por la forma en que estos activos se promocionan al público general.
Insiders, minoristas y concentración de riqueza
Una de las acusaciones más duras de McKenzie fue que el ecosistema cripto está estructurado para beneficiar a insiders y primeros adoptantes. Según su visión, no se trata de una falla ocasional, sino de una característica integrada al funcionamiento del sector. La riqueza, señaló, tiende a concentrarse arriba, mientras el riesgo se desplaza hacia quienes entran más tarde.
Ese punto ha sido recurrente en los debates sobre tokens, preventas y proyectos financiados por capital de riesgo. Aunque no todos los activos digitales operan del mismo modo, McKenzie presentó a la industria como un entorno en el que la asimetría de información favorece a participantes con acceso temprano, contactos y capacidad para salir antes de una caída.
También insistió en que muchos inversionistas minoristas terminan llegando al mercado en fases de euforia, cuando los precios ya acumulan fuertes subidas. En ese momento, sostuvo, el relato de innovación y oportunidad suele pesar más que la evaluación del riesgo. Cuando el impulso se agota, los mayores perjuicios recaen en quienes llegaron tarde.
Su diagnóstico se resume en una idea central: la industria cripto, lejos de democratizar el acceso a las finanzas, reproduciría patrones de concentración y transferencia regresiva de riqueza. Desde su perspectiva, esa contradicción desarma gran parte del discurso idealista con el que Bitcoin y otros proyectos se han presentado durante años.
Desconfianza en TradFi y cultura del bombo
McKenzie reconoció que parte del atractivo de las criptomonedas nace de una desconfianza real hacia el sistema financiero tradicional, conocido en el sector como TradFi. Escándalos bancarios, crisis económicas y malestar con gobiernos e instituciones han erosionado la credibilidad de actores históricos. Ese malestar, a su juicio, sí existe y es comprensible.
Sin embargo, sostuvo que la industria cripto explota esa frustración sin resolver los problemas de fondo. Para él, los activos digitales capitalizan el rechazo a bancos y reguladores, pero no ofrecen una alternativa más justa o más transparente. En vez de corregir las fallas del sistema, afirmó, construyen otro espacio vulnerable a abusos y opacidad.
En ese contexto, criticó la cultura de promoción que ayudó a impulsar el auge del sector. McKenzie señaló a celebridades, influencers y fondos de capital de riesgo como piezas importantes en la creación de una percepción de inevitabilidad alrededor de las criptomonedas. Según dijo, ese empuje no fue orgánico, sino amplificado por campañas de marketing agresivas.
El actor ha sido especialmente severo con la participación de figuras públicas en la venta de activos especulativos. A su juicio, su intervención ayudó a atraer a personas comunes que no siempre comprendían la naturaleza de los riesgos. Para un mercado tan volátil, señaló, ese tipo de promoción puede agravar los daños cuando los precios colapsan.
Fraude, regulación y el papel de Wall Street
Otro punto central de su intervención fue que el fraude no debe verse como una anomalía dentro de cripto, sino como un fenómeno extendido. McKenzie mencionó desde colapsos de exchanges hasta proyectos de tokens engañosos para sostener que el sector ha mostrado repetidamente una transparencia débil, baja rendición de cuentas y poca aplicación regulatoria.
En su lectura, estos problemas no son incidentales. Más bien, estarían habilitados por la propia estructura del ecosistema. Esa crítica apunta al carácter global, fragmentado y en ocasiones pseudónimo de muchas operaciones con criptoactivos, rasgos que han complicado durante años el trabajo de supervisores y autoridades en varias jurisdicciones.
McKenzie también cuestionó con dureza la participación de Wall Street en Bitcoin. Citó como ejemplo a BlackRock y su oferta de ETF vinculados al activo. Para él, la entrada de grandes firmas financieras contradice el discurso fundacional de descentralización. “El futuro democratizado y descentralizado del dinero, traído a ustedes por BlackRock. ¿No? ¿De qué estamos hablando? Esto es un disparate”, afirmó.
Además, ironizó sobre la necesidad de que el presidente de Estados Unidos promocione ese supuesto futuro descentralizado. En la misma línea, criticó la memecoin de Donald Trump y la cena realizada en Mar-a-Lago para los principales tenedores del token. Según dijo, la mayoría de la gente perdió dinero invirtiendo en esa memecoin.
De Epstein al “casino” cripto
Durante la conversación, McKenzie también mencionó al desacreditado financiero Jeffrey Epstein y sus vínculos con investigación sobre Bitcoin a través del MIT Media Lab. La referencia apareció como parte de un argumento más amplio sobre los perfiles y los intereses que, según él, han orbitado históricamente el ecosistema.
“¿Y por qué le gustaría a Jeffrey Epstein el mundo cripto? Bueno, si tus principales negocios son el chantaje y el lavado de dinero, ya sabes”, dijo McKenzie. La mención fue una de las más polémicas de su intervención, ya que conecta la crítica financiera con asociaciones criminales y reputacionales alrededor del uso de ciertos activos digitales.
En el tramo final, el actor comparó a los exchanges de criptomonedas con un “casino no regulado y sin licencia”. A su juicio, se trata de un sistema guiado por la especulación, desligado de valor subyacente y sostenido por la volatilidad. Esa metáfora resume la idea que ha repetido en libros, documentales y entrevistas.
Su conclusión fue tajante. McKenzie describió a las criptomonedas como “el mayor esquema Ponzi de la historia” y como un “esquema de marketing multinivel”. Según planteó, como ocurre con esos modelos, todo depende en última instancia de que sigan entrando nuevos participantes dispuestos a comprar. Más allá de que defensores de Bitcoin rechacen de plano esa caracterización, sus declaraciones vuelven a poner sobre la mesa uno de los debates más intensos del sector: si la promesa de innovación compensa o no los riesgos estructurales, la especulación y los incentivos que dominan el mercado.
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