SpaceX y otras empresas han propuesto lanzar más de un millón de centros de datos de IA a la órbita terrestre. Expertos advierten que los lanzamientos y reentradas de estos satélites podrían saturar la atmósfera superior con contaminantes y desencadenar un desastre climático impredecible.
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- Los planes de constelaciones orbitales incluyen más de un millón de satélites, la mayoría de SpaceX.
- Los lanzamientos y reentradas liberarían metales y CO2 que se acumulan en la alta atmósfera.
- Científicos piden investigar antes de desplegar estos sistemas para evitar daños irreversibles.
El crecimiento acelerado de la inteligencia artificial ha disparado el consumo energético de los centros de datos en la Tierra. Según el Electric Power Research Institute, para 2030 los centros de datos de IA podrían consumir hasta el 17% de la electricidad en Estados Unidos.
Para satisfacer esa demanda, se construyen nuevas centrales eléctricas de combustibles fósiles y se mantienen operativas plantas obsoletas a pesar de los planes de descarbonización. Además, el enfriamiento de los servidores exige grandes volúmenes de agua de embalses ya tensionados.
SpaceX, Amazon y Blue Origin han propuesto trasladar la infraestructura de procesamiento de datos al espacio. En órbita, la energía solar es abundante y el calor puede irradiarse hacia el vacío frío.
Las tres empresas han presentado solicitudes ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC) para lanzar más de un millón de centros de datos orbitales en los próximos diez años. SpaceX, liderada por Elon Musk, planea operar una constelación de un millón de satélites de IA por sí sola.
El diagnóstico de los expertos
Los científicos atmosféricos consideran que estos proyectos representan una amenaza grave para el equilibrio climático. Aaron Boley, profesor de astronomía e investigador de sostenibilidad espacial en la Universidad de Columbia Británica, explicó que los lanzamientos y las reentradas son las únicas actividades humanas que depositan material directamente en la atmósfera superior.
Boley añadió que la forma en que se mezclan las sustancias en esa capa hace que las emisiones sean mucho más impactantes. Los contaminantes liberados a gran altitud permanecen allí durante años, a diferencia de los que se emiten cerca del suelo.
Eloise Marais, profesora de química atmosférica en el University College de Londres, señaló que cerca del suelo la lluvia y el viento limpian la atmósfera en semanas. Pero en las capas superiores, los procesos naturales de remoción son extremadamente lentos.
El carbono negro de los cohetes, por ejemplo, puede permanecer en la atmósfera durante tres años. Esto significa que su concentración podría aumentar peligrosamente si se multiplican los despegues.
Riesgos para la atmósfera superior
El Starship de SpaceX, el megacohete que se usaría para desplegar estos satélites, quema metano y oxígeno líquido, una combinación más limpia que el queroseno. Sin embargo, su tamaño gigantesco y la frecuencia de lanzamientos necesaria compensarían esa ventaja.
Marais advirtió que, en términos de cada lanzamiento, el Starship produce cantidades similares de carbono negro que el Falcon 9. La diferencia radica en que se necesitarían miles de despegues al año.
Andrew Wilson, investigador de sostenibilidad espacial en la Universidad de Glasgow Caledonia, calculó que cada lanzamiento de Starship genera alrededor de 76.000 toneladas métricas de equivalente de CO2. Eso equivale a las emisiones anuales de aproximadamente 17.727 automóviles de pasajeros.
Según estimaciones de Ars Technica, para desplegar la constelación completa de un millón de centros de datos de SpaceX se requerirían hasta 77.000 lanzamientos, unos 15.300 por año. En comparación, en 2025 hubo solo 324 despegues orbitales en todo el mundo, según Space News.
La acumulación de material particulado en la estratosfera podría alterar los patrones de radiación solar y afectar el clima global. Los expertos aún no comprenden los puntos de inflexión que separan un impacto menor de uno catastrófico.
La lluvia de satélites y la reentrada
Los satélites actuales pesan mucho menos que los futuros centros de datos. Un Starlink V2 Mini tiene una masa de aproximadamente 1.760 libras (800 kg), pero los centros de datos orbitales planificados podrían llegar a 7,5 toneladas métricas.
Con paneles solares de 246 pies (75 metros) de ancho, estos satélites serán mucho más grandes y pesados. Las empresas planean reemplazarlos cada cinco años con tecnología más nueva, como ocurre con los satélites de comunicaciones actuales.
Eso implica que decenas o incluso cientos de toneladas de metal podrían reentrar en la atmósfera anualmente. Los materiales de los que están hechos los satélites no existen de forma natural en la atmósfera, por lo que sus efectos químicos son impredecibles.
Wilson señaló que hace diez años las reentradas no eran una preocupación porque los meteoritos naturales superaban en número a los objetos fabricados. Pero con cientos de miles o millones de satélites, se creará una lluvia de residuos electrónicos y metales.
El óxido de aluminio, producto de la quema de los cuerpos de los satélites, tiene el potencial de agotar la capa de ozono. Ese proceso fue controlado con éxito gracias al Protocolo de Montreal de 1987, pero ahora podría reactivarse a gran escala.
La urgencia de investigar antes de actuar
Los científicos coinciden en que se necesitan más estudios antes de implementar semejante infraestructura. Marais enfatizó que se requieren muchas más observaciones y más tiempo para investigar los efectos de estos contaminantes en la alta atmósfera.
Boley insistió en que debemos entender el impacto antes de lanzar un millón de satélites. No podemos lanzarlos y esperar a ver qué pasa.
La falta de financiación para investigar estas incógnitas es otro obstáculo. Wilson lamentó que, a pesar de ser la mayor cantidad de objetos que hemos puesto en el espacio, hay muy poca consideración por el medio ambiente.
Los astrónomos también han alzado la voz por la contaminación lumínica. Un estudio del Observatorio Europeo Austral concluyó que, si se construyen todos los proyectos de constelaciones actuales, la investigación astronómica desde la superficie terrestre sería imposible.
Las decisiones que se tomen en la próxima década definirán si la atmósfera superior se convierte en un vertedero industrial o si se evita una catástrofe. Por ahora, la comunidad científica exige pausa y evidencia.
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