Por Canuto  

El aire que respiramos no solo transporta polvo, polen o esporas. También lleva fragmentos de ADN y ARN de animales, plantas, hongos, microbios e incluso humanos. Un creciente grupo de científicos ya usa ese material genético para monitorear ecosistemas, detectar especies invasoras y reconstruir cambios ambientales a lo largo del tiempo, aunque la técnica todavía enfrenta retos científicos y dilemas de privacidad.
***

  • Investigadores han demostrado que el ADN aerotransportado permite detectar desde tigres en zoológicos hasta comunidades enteras de hongos, plantas e invertebrados.
  • Redes de monitoreo atmosférico en Reino Unido y Suecia ya se exploran como archivos genéticos capaces de revelar cambios ecológicos durante décadas.
  • La técnica promete transformar la conservación, pero aún existen dudas sobre la degradación del ADN en el aire, su alcance y el uso accidental de datos humanos.


El ADN ambiental, conocido como eDNA, lleva años utilizándose en agua, nieve y suelo para estudiar biodiversidad, contaminantes y presencia de virus. Ahora, una nueva frontera científica apunta al aire como fuente masiva de información biológica, con aplicaciones que van desde la conservación hasta la detección de especies invasoras e incluso posibles amenazas biológicas.

La idea parte de una observación simple, pero poderosa. Al rascarse la cabeza, exhalar o perder células de la piel, una persona libera material genético al ambiente. Lo mismo hacen animales, plantas, hongos y microorganismos. Ese material puede permanecer suspendido, a menudo adherido al polvo, durante días y viajar desde unos pocos metros hasta miles de kilómetros.

Según explica la revista Nature, investigadores de varios países han comenzado en la última década a medir cuánto ADN flota en el aire, cómo cambia y qué tan útil puede resultar para reconstruir la vida de un ecosistema completo. La promesa es enorme: obtener una lectura amplia, rápida y periódica de la biodiversidad terrestre con un solo muestreo.

Ryan Kelly, investigador de la Universidad de Washington en Seattle, resumió ese asombro con una frase directa: estamos absolutamente rodeados de información en forma de ADN y ARN, todo el tiempo. Para muchos ecólogos, esa nube invisible podría convertirse en una herramienta central para entender mejor cómo funcionan los sistemas naturales.

De una sospecha a una nueva herramienta científica

Aunque polen y esporas se han monitoreado durante mucho tiempo, el análisis sistemático del ADN en el aire fuera de esas partículas especializadas es relativamente reciente. A comienzos de la década de 2010, varios investigadores empezaron a preguntarse si el aire contenía rastros genéticos útiles más allá de los organismos diseñados para viajar con el viento.

En 2013, Matt Clark, del Museo de Historia Natural de Londres, y Richard Leggett, del Earlham Institute en Norwich, tomaron muestras dentro y fuera de un invernadero. El objetivo inicial era casi exploratorio. Querían saber si aparecería algo. Lo que encontraron fueron decenas y luego cientos de señales biológicas.

En paralelo, Matthew Barnes, ecólogo de la Universidad Tecnológica de Texas en Lubbock, analizó muestras de aire con técnicas diseñadas para eDNA en agua. Detectó ADN de hojas, flores y tipos de polen que no estaban pensados para ser transportados por el viento. A partir de eso, vio una posibilidad mayor: reconstruir comunidades vegetales completas usando el aire como fuente de datos.

El hallazgo que terminó de llamar la atención de la comunidad fue otro. Elizabeth Clare, de la Universidad de York en Toronto, y Joanne Littlefair, del University College London, quisieron comprobar si podían identificar ADN animal en el aire. Para ello tomaron muestras en un pequeño zoológico de Cambridgeshire, Reino Unido, donde el origen potencial del material genético era más controlable.

En el laboratorio, extrajeron, amplificaron y secuenciaron el ADN obtenido. El resultado fue impactante. Detectaron ADN de tigre a 200 metros de su recinto, además de muchos otros animales del zoológico, alimento de esos animales, incluidos pollo, caballo y cerdo, y fauna silvestre cercana como erizos, murciélagos y ardillas.

En total, aquellas muestras contenían ADN de 25 especies de mamíferos y aves, de las cuales 17 estaban mantenidas dentro del zoológico. Un estudio paralelo, realizado cerca del zoológico de Copenhague y publicado al mismo tiempo, obtuvo conclusiones similares. Para Simon Creer, de la Universidad de Bangor, el ADN animal en el aire siempre estuvo allí. Lo que faltaba era buscarlo.

Del zoológico a un mapa nacional de biodiversidad

El siguiente paso fue escalar el método. James Allerton, físico del National Physical Laboratory de Londres, sugirió aprovechar una infraestructura ya existente: la red británica de monitoreo de metales pesados. Esa red cuenta con 25 bombas de aire ubicadas en ciudades, áreas rurales y zonas industriales.

El equipo analizó muestras de 15 de esos puntos y publicó en 2025 lo que describen como el primer estudio nacional de biodiversidad terrestre basado en eDNA aerotransportado. Los investigadores identificaron animales comunes del Reino Unido, pero también mascotas exóticas como loros y una especie invasora de pez, la carpa plateada, o Hypophthalmichthys molitrix, que no había sido reportada antes en esa región.

La amplitud del muestreo fue notable. Desde vertebrados hasta protistas unicelulares, el estudio detectó 1.100 taxones. Para evaluar la confiabilidad del método, el equipo comparó los hallazgos con registros de grandes bases de datos de ciencia ciudadana, como iNaturalist.

La comparación mostró fortalezas y límites en ambos enfoques. iNaturalist no había detectado la mitad de lo que encontró el equipo con ADN ambiental. A la vez, el eDNA no reflejaba el 43% de las observaciones registradas por los usuarios de esa plataforma. La ciencia ciudadana tendía a encontrar aves y especies visibles cerca de zonas habitadas, mientras que el ADN en el aire detectaba mejor organismos pequeños, invisibles o nocturnos, como hongos, líquenes, invertebrados y plantas distintas de los árboles.

Joanne Littlefair subrayó que esos organismos menos vistosos son, en muchos casos, los verdaderos motores del funcionamiento del ecosistema. Bajo esa lógica, el método no solo complementa otras formas de observación, sino que podría ofrecer una imagen más integral de la dinámica biológica en tierra firme.

Filtros antiguos, décadas de historia ecológica

Una de las posibilidades más atractivas del ADN en el aire no está solo en el monitoreo en tiempo real, sino en los archivos del pasado. En 2015, Per Stenberg, biólogo molecular de la Universidad de Umeå en Suecia, escuchó sobre una colección excepcional: décadas de filtros de aire almacenados por la Agencia Sueca de Investigación en Defensa.

Esos filtros provienen de la red sueca de detección de radionúclidos, construida a finales de los años cincuenta para identificar pruebas de armas nucleares. Las 25 estaciones aspiran cientos de metros cúbicos de aire por hora y luego almacenan el material capturado en filtros de fibra de vidrio. Para Stenberg, aquello representaba una posible historia de 70 años de biodiversidad atrapada en fragmentos de ADN.

A diferencia del equipo de Littlefair, que utilizó metabarcoding para buscar regiones marcadoras cortas de ADN capaces de identificar especies, Stenberg optó por secuenciación shotgun. Ese método fragmenta el ADN, lo secuencia masivamente y luego compara los resultados con genomas de referencia mediante análisis computacional.

El proceso fue más exigente y tomó cuatro años antes de arrojar resultados sólidos. Sin embargo, la recompensa fue grande. El equipo encontró señales de virus, bacterias, hongos, plantas, animales, aves, peces e incluso parásitos intestinales de alces. En palabras de Stenberg, prácticamente cualquier organismo presente en el ecosistema y con una referencia disponible podía aparecer en el análisis, salvo los extremadamente raros.

Los datos ya han permitido documentar fluctuaciones semanales, estacionales y cíclicas en la abundancia de numerosas especies y conectarlas con variaciones del clima. También han revelado cambios comunitarios a largo plazo, como aumentos y caídas en la abundancia de pinos vinculados a modificaciones en la gestión forestal, junto con descensos de otros árboles, musgos, líquenes y hongos.

Además, los investigadores han seguido covariaciones conocidas entre especies, como ciertas relaciones entre moscas y bacterias, y también han identificado asociaciones nuevas. En Europa, la existencia de múltiples estaciones de radionúclidos abre la puerta a reconstruir historias ecológicas de gran escala y a detectar cambios ambientales aún en curso.

Aplicaciones prometedoras y preguntas abiertas

No todos los científicos trabajan con redes fijas y de gran tamaño. Erin Hahn, especialista en genética de la conservación en la Colección Nacional Australiana de Fauna Silvestre en Canberra, está probando muestreadores pasivos impresos en 3D que no requieren energía. Su equipo los ha distribuido entre propietarios de tierras en Nueva Gales del Sur.

El objetivo es construir una red más flexible y rápida, capaz de advertir cambios de forma temprana. Eso incluye la aparición de especies invasoras o el colapso de poblaciones que necesiten intervención. Pero Hahn advierte que el campo apenas empieza a resolver variables críticas, como flujo de aire, exposición a la luz y cercanía a senderos de animales.

Para gobiernos, empresas, científicos y conservacionistas, la gran promesa del ADN aerotransportado es ofrecer una lectura cuantitativa de la salud de los ecosistemas antes, durante y después de proyectos de mitigación o restauración. David Duffy, investigador de genómica de enfermedades de fauna silvestre en la Universidad de Florida en St Augustine, evalúa su potencial para seguir procesos de restauración forestal.

Las lecturas genéticas no solo podrían indicar qué especies están presentes. También servirían para rastrear carga de patógenos y diversidad genética dentro de especies individuales, dos señales valiosas para estimar la vitalidad de un ecosistema. El grupo de Stenberg, por ejemplo, desarrolla modelos para entender cadenas de causa y efecto ecológico a gran escala, incluyendo interacciones entre bacterias, nematodos, insectos, plantas y animales.

Sin embargo, la interpretación de esos datos sigue siendo difícil. Los científicos aún necesitan definir con mayor precisión cuánto tarda en degradarse el ADN en el aire, hasta qué distancia viaja y cómo traducir una señal genética en presencia real y abundancia local. Sin esas respuestas, la herramienta puede ser poderosa, pero también ambigua.

A eso se suma una preocupación ética importante. Parte del ADN capturado en el aire proviene de seres humanos. Varios científicos temen que, en investigaciones de conservación, la técnica pueda revelar sin querer etnicidad, trastornos genéticos o incluso permitir identificar individuos. Ese riesgo de privacidad podría convertirse en uno de los debates centrales a medida que el campo avance.

La historia del ADN ambiental en el aire muestra cómo una infraestructura creada para otras funciones, desde monitorear metales pesados hasta detectar radionúclidos, puede transformarse en una ventana inesperada a la biodiversidad. El potencial es enorme, pero su consolidación dependerá tanto de mejoras técnicas como de reglas claras sobre el uso de la información genética que respiramos y liberamos cada día.


ADVERTENCIA: DiarioBitcoin ofrece contenido informativo y educativo sobre diversos temas, incluyendo criptomonedas, IA, tecnología y regulaciones. No brindamos asesoramiento financiero. Las inversiones en criptoactivos son de alto riesgo y pueden no ser adecuadas para todos. Investigue, consulte a un experto y verifique la legislación aplicable antes de invertir. Podría perder todo su capital.

Suscríbete a nuestro boletín