Los nuevos reportes de sostenibilidad de Google y Amazon exponen una tensión cada vez más visible en la era de la inteligencia artificial: cuanto más crece la capacidad de cómputo, más difícil se vuelve cumplir las promesas climáticas. El alza en emisiones, impulsada sobre todo por centros de datos, chips y expansión de infraestructura, sugiere que el verdadero costo de la IA va mucho más allá del software.
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- Google reportó un aumento de 25% en sus emisiones totales de carbono frente al año previo, mientras Amazon registró un alza de 16%.
- La mayor presión climática no proviene solo del consumo eléctrico, sino de emisiones de Alcance 3 asociadas a centros de datos, construcción y fabricación de chips.
- Pese a años de compras de energía renovable, ambas tecnológicas podrían necesitar cambios costosos para sostener sus metas de carbono cero.
🌍🔥 Google y Amazon aumentan sus emisiones de carbono por la IA.
🚀 Google reporta un aumento del 25% y Amazon del 16% en sus emisiones.
🔧 La expansión de centros de datos, chips y la infraestructura digital están detrás de este crecimiento.
🌱 A pesar de sus metas de… pic.twitter.com/EiU4VPAVdk
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) July 2, 2026
La expansión de la inteligencia artificial está comenzando a revelar una factura ambiental mucho más pesada de lo que muchas empresas tecnológicas quisieran admitir. Los más recientes informes de sostenibilidad de Google y Amazon muestran que sus emisiones de carbono siguen subiendo, incluso cuando ambas mantienen compromisos públicos de alcanzar emisiones netas cero en los próximos años.
El dato resulta relevante porque estas dos compañías figuran entre los mayores operadores de infraestructura digital del planeta. Sus plataformas de nube, redes logísticas, dispositivos y centros de datos son piezas centrales del auge actual de la IA, una tecnología que exige enormes cantidades de electricidad, agua, materiales industriales y semiconductores avanzados.
La publicación estadounidense TechCrunch destacó que las emisiones totales de carbono de Google aumentaron 25% desde el año pasado. En el caso de Amazon, el incremento fue de 16%.
Ninguna de las dos empresas atribuye de forma directa ese aumento a la inteligencia artificial. Sin embargo, la lectura detallada de los reportes sugiere que el crecimiento acelerado de la IA está detrás de una parte importante del deterioro climático observado en ambas organizaciones.
La señal de fondo es clara. Si Google y Amazon quieren cumplir sus metas climáticas, no bastará con repetir la estrategia que les funcionó en la etapa previa del cómputo en la nube, basada sobre todo en la compra de energía renovable.
La IA aparece en el centro del problema
En sus respectivos informes, tanto Google como Amazon reconocen que su uso de energía aumentó de forma importante durante el último año. Ese incremento coincide con una fase de fuerte expansión de herramientas, modelos y servicios vinculados a IA.
Ambas compañías también ponen atención en la intensidad de carbono. Ese indicador mide cuánta contaminación genera una empresa por cada dólar de ingresos que obtiene.
La métrica no es menor porque puede suavizar la lectura del problema cuando una empresa crece con rapidez. Una firma puede mejorar su intensidad de carbono y al mismo tiempo elevar sus emisiones absolutas, que es precisamente el dato más sensible desde una perspectiva climática.
Los informes también dedican espacio a resaltar posibles beneficios ambientales de la IA. Entre ellos figuran mejoras en eficiencia operativa, análisis energético y optimización de sistemas.
Pero el mensaje general deja una contradicción difícil de ignorar. Mientras las empresas promueven la IA como herramienta útil para el ambiente, el despliegue de la propia IA está elevando el consumo de recursos y complicando sus objetivos de descarbonización.
Ese contraste importa más allá del sector tecnológico. Para inversionistas, reguladores y mercados, la sustentabilidad corporativa ya no depende solo de promesas, sino de cifras comparables, infraestructura instalada y resultados medibles.
El peso creciente de las emisiones de Alcance 3
La parte más reveladora de los informes aparece cuando se examina la composición de las emisiones. Según el análisis citado, la mayor parte del aumento no proviene de la electricidad comprada directamente por estas empresas.
En cambio, el salto principal se observa en las llamadas emisiones de Alcance 3. Esta categoría incluye la contaminación derivada de bienes y servicios adquiridos, así como del uso de productos vendidos, entre otros factores que la compañía no controla de manera directa.
En empresas como Google y Amazon, Alcance 3 puede incluir la compra de GPUs, servidores, componentes electrónicos, equipamiento de centros de datos y procesos industriales intensivos en carbono. También puede incorporar parte del impacto asociado a productos de consumo.
Google agrupa dos categorías dentro de ese rubro: bienes de capital y uso de productos vendidos. No obstante, la propia empresa admite que la segunda categoría es lo suficientemente pequeña como para no ser material.
Eso deja a los centros de datos como el sospechoso principal dentro del aumento reportado. El año pasado, las emisiones de Alcance 3 de Google crecieron en 2,1 millones de toneladas métricas.
Con ese incremento, la cifra ya equivale al doble de la registrada en 2019, que es el año base que la compañía utiliza para evaluar su desempeño. El dato muestra hasta qué punto la expansión física de la infraestructura digital está pesando sobre la huella climática total.
En Amazon, el aumento de las emisiones de Alcance 3 provino sobre todo de bienes de capital y de combustible y energía. La primera categoría puede incluir centros de datos y almacenes, un punto que ayuda a explicar por qué el salto de Amazon fue incluso más pronunciado que el de Google.
Centros de datos, chips y expansión industrial
Amazon ofreció una pista directa sobre la escala del despliegue. En su informe, la empresa indicó que en 2025 añadió más capacidad de datos a nivel mundial que cualquier otra compañía.
Ese crecimiento incluyó más de 1,2 gigavatios solo en el cuarto trimestre. La cifra ilustra la magnitud de la carrera por ampliar infraestructura para responder a la demanda de clientes en la era de la IA.
Durante años, el mayor componente de las huellas de carbono de estas empresas estaba ligado al consumo eléctrico de oficinas y centros de datos de menor escala. Ese frente podía compensarse con relativa facilidad mediante contratos de energía renovable.
La IA alteró ese equilibrio. La necesidad de construir instalaciones más grandes, equiparlas con más potencia de cómputo y mantenerlas operando de forma continua hace que la descarbonización sea más compleja y más cara.
Aunque las tecnológicas todavía podrían abastecer parte importante de su demanda con renovables combinadas con baterías, el problema es que varias ya están recurriendo a combustibles fósiles. El análisis señala que empresas del sector, incluida Google, han comenzado a invertir con fuerza en plantas de gas natural para cubrir las necesidades energéticas de la IA.
Esa tendencia plantea una tensión evidente entre crecimiento y sostenibilidad. Si la nueva capacidad digital depende en mayor medida de gas natural, los compromisos de emisiones netas cero se vuelven más difíciles de cumplir dentro de los plazos anunciados.
La construcción de infraestructura también contamina
El consumo eléctrico no es el único problema. Una parte muy dañina de la huella climática proviene de la construcción y el equipamiento de los propios centros de datos.
La producción de acero y cemento figura entre las actividades industriales con mayores emisiones del mundo. Cada nuevo campus de servidores exige grandes volúmenes de estos materiales, por lo que el crecimiento acelerado de la IA multiplica la presión sobre cadenas de suministro ya intensivas en carbono.
Existen startups y desarrolladores trabajando en variantes de acero y cemento de bajo o nulo carbono. Sin embargo, según el análisis, esas soluciones todavía no están listas para operar a la escala que requieren las grandes tecnológicas.
Eso significa que, incluso si una empresa logra abastecer parte de sus operaciones con renovables, la etapa de construcción sigue generando una carga significativa. En otras palabras, el problema no se limita a encender servidores, sino también a fabricar el mundo físico que los hace posibles.
La situación es relevante para el ecosistema financiero y tecnológico en general. La IA suele discutirse en términos de productividad, automatización y crecimiento, pero su base material depende de industrias pesadas que avanzan más lento en descarbonización.
Por eso, la brecha entre discurso y realidad puede ampliarse si la demanda por capacidad computacional continúa aumentando. Los balances de carbono de las tecnológicas empezarán a reflejar no solo software e ingresos, sino también concreto, metal y cadenas globales de manufactura.
Las GPUs y los semiconductores agravan la huella climática
Otro frente clave es la fabricación de chips. Las GPUs y las memorias avanzadas que alimentan el auge de la IA requieren procesos industriales altamente demandantes en energía.
La manufactura de semiconductores de vanguardia está concentrada en buena medida en Asia. En muchas de esas regiones, las redes eléctricas todavía dependen fuertemente de combustibles fósiles.
Ese detalle vuelve más pesada la carga de carbono asociada a cada procesador. A mayor volumen de compra de chips para expandir centros de datos, mayor es también el impacto climático indirecto que termina registrado en las emisiones de Alcance 3.
El problema no se queda en la electricidad usada dentro de las fábricas. Muchos de los químicos empleados en la producción de semiconductores son gases de efecto invernadero extremadamente potentes.
Según el análisis, algunos de esos compuestos pueden calentar la atmósfera miles de veces más que una cantidad equivalente de CO2. Esa característica eleva de forma importante el costo ambiental de la carrera global por abastecer de hardware al boom de la IA.
La conclusión es que el consumo masivo de chips probablemente infló la huella de carbono tanto de Amazon como de Google. Aunque las empresas no lo señalen de forma explícita, la relación entre expansión de infraestructura y aumento de emisiones luce difícil de separar.
Qué tendrían que hacer Google y Amazon
El panorama no implica que las metas climáticas sean imposibles. Pero sí sugiere que alcanzarlas exigirá medidas más profundas, costosas y complejas que en años anteriores.
Entre las acciones necesarias aparece un aumento en las compras de energía renovable. Esa vía sigue siendo importante, aunque por sí sola ya no parece suficiente para neutralizar la huella total de la nueva ola de infraestructura.
También harían falta inversiones fuertes en manufactura avanzada de acero y cemento con menores emisiones. Sin avances en esos sectores, la expansión física de centros de datos seguirá arrastrando una carga climática considerable.
Otra pieza sería la compra de millones de toneladas de créditos de eliminación de carbono. Esa opción podría servir para compensar parte de las emisiones que hoy resultan difíciles de evitar dentro de la cadena de suministro.
El reto es que todas esas soluciones implican tiempo, capital y disponibilidad industrial. Y la demanda por IA no parece estar desacelerándose, lo que reduce el margen de maniobra para que las compañías transformen su modelo sin afectar crecimiento o rentabilidad.
La advertencia, en suma, es que el verdadero costo de la IA no solo debe medirse en inversión, valuaciones o capacidad de cómputo. También debe medirse en energía, materiales, emisiones y en la dificultad creciente de cumplir promesas climáticas mientras la carrera tecnológica se acelera.
Para el mercado, ese choque entre ambición digital y límites físicos podría convertirse en un tema estructural. Cuanto más crezca la IA, más presión habrá sobre la infraestructura eléctrica, la industria de chips y los compromisos ambientales de las mayores tecnológicas del mundo.
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