La presión de la inteligencia artificial sobre la red eléctrica y el consumo de agua está empujando a nuevas startups a probar una alternativa inusual: llevar pequeños centros de datos a casas y negocios. La propuesta promete menor costo, menos ruido y mejor uso de la infraestructura existente, pero también reabre el debate sobre si hacer más eficiente esta industria realmente reduce su impacto ambiental total.
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- Span, en alianza con Nvidia, instala nodos de cómputo silenciosos en hogares y pequeños negocios de California.
- Heata reutiliza el calor de servidores domésticos para calentar agua en viviendas del Reino Unido y reporta ahorros energéticos.
- Expertos advierten que una mayor eficiencia podría terminar impulsando todavía más la expansión de los centros de datos.
El rápido crecimiento de la inteligencia artificial está elevando la presión sobre la infraestructura energética de Estados Unidos y otros mercados desarrollados. En ese contexto, varias startups comenzaron a explorar un modelo distinto al de los grandes complejos industriales: instalar minicentros de datos en viviendas y pequeños negocios para distribuir la carga de cómputo y, en teoría, reducir parte del estrés sobre la red eléctrica.
La propuesta gana atención en un momento de creciente rechazo vecinal a los centros de datos tradicionales. Estas instalaciones, que pueden ocupar extensiones comparables a decenas de campos de fútbol, han sido señaladas por su consumo de energía, agua y por el impacto local que generan en comunidades cercanas.
De acuerdo con Fortune, una de las compañías que impulsa esta idea es Span, startup con sede en California que, junto con Nvidia, ya desplegó prototipos de “nodos” de centros de datos en el norte de California. Las unidades, llamadas XFRA, tienen el tamaño de un armario y se instalan en el exterior de viviendas y pequeños comercios.
La compañía afirma que su tecnología no requiere ventiladores, lo que reduce el ruido asociado a este tipo de infraestructura. Ese detalle no es menor, dado que la contaminación acústica se ha convertido en una de las quejas más visibles entre residentes que viven cerca de complejos de datos convencionales.
Una nube distribuida instalada en casas
Para quienes no siguen de cerca la infraestructura de IA, el concepto puede parecer extraño. En la práctica, Span plantea una red distribuida que aprovecha capacidad eléctrica infrautilizada en inmuebles residenciales o comerciales para crear una especie de nube de cómputo que luego puede ponerse a disposición de proveedores de servicios.
Ryan Harris, director de ingresos de Span, dijo que la empresa estima que XFRA podrá generar más adelante este año entre 1 y 2 megavatios de capacidad de cómputo. La meta posterior es escalar por todo el país hasta alcanzar una capacidad anual superior a 1 gigavatio a partir del próximo año.
Harris sostuvo además que existe una ruta para aportar, cada año, cientos de megavatios, e incluso gigavatios, de capacidad de cómputo a escala. Según su planteamiento, eso podría hacerse de forma deflacionaria respecto al precio de la energía, un punto que busca responder a una de las mayores críticas contra el auge de la IA.
PulteGroup, uno de los mayores constructores de viviendas de Estados Unidos, ya está probando el sistema. Nvidia, por su parte, aporta las GPU RTX PRO 6000 Blackwell Server Edition refrigeradas por líquido, que servirán como base de procesamiento para estos nodos residenciales.
Span asegura que puede instalar estos nodos a una velocidad seis veces mayor que la de un centro de datos centralizado de 100 megavatios. También afirma que el costo de construcción ronda una quinta parte del requerido por una instalación tradicional de ese tamaño.
El modelo comercial contempla una tarifa mensual fija cercana a USD $150. A cambio, la empresa cubre esencialmente las facturas de electricidad e internet del anfitrión. Luego, la capacidad de cómputo producida por esos nodos se distribuye a clientes como hiperescaladores y empresas de inteligencia artificial.
La propia startup aclara que XFRA no pretende sustituir a los centros de datos comerciales. Su objetivo, más bien, es aliviar parte de la presión que hoy recae sobre la red, en un momento en que cada nueva ola de demanda computacional exige más energía, más suelo y más inversión de capital.
Heata apuesta por reutilizar el calor
Otra empresa que avanza en una línea similar es Heata, startup con sede en Reino Unido. Su propuesta también instala servidores en hogares como parte de un “centro de datos virtual”, capaz de procesar cargas de trabajo de computación en la nube.
La diferencia es que Heata busca capturar el calor generado por los procesadores informáticos y llevarlo, mediante conductores térmicos, a cilindros llenos de agua para cubrir necesidades domésticas de calefacción. Es decir, no solo distribuye cómputo, sino que convierte parte de ese calor residual en un servicio útil dentro del hogar.
La startup ha instalado unidades en cerca de 100 viviendas. Según sus cifras, ya habría ahorrado alrededor de 1 gigavatio-hora de energía. Aproximadamente el 70% de ese ahorro provendría de una menor necesidad de usar calefacción doméstica a gas o eléctrica, mientras que el 30% restante respondería a una menor necesidad de refrigerar procesadores en centros de datos convencionales.
Un portavoz de Heata indicó que la empresa ha generado 8 millones de litros de agua caliente. También afirmó que ese desempeño ha permitido a los hogares ahorrar unos USD $55.000 en facturas energéticas, un argumento atractivo en un entorno de costos de servicios públicos persistentemente elevados.
El trasfondo: tensión social, consumo de agua y red saturada
El atractivo de estos modelos no se entiende sin observar el contexto mayor. A medida que los hiperescaladores y las firmas de IA expanden su infraestructura, también aumentan las tensiones con residentes y autoridades locales preocupados por el impacto ambiental y el encarecimiento de la energía.
McKinsey proyectó que la infraestructura de IA alcanzará USD $7 billones en gasto de capital hacia 2030. Esa escala ayuda a explicar por qué cada vez más comunidades ven llegar complejos industriales masivos, con alta demanda eléctrica y consumo intensivo de agua para sistemas de enfriamiento.
Una investigación de Goldman Sachs estimó que la presión de los centros de datos sobre el sistema eléctrico estadounidense podría elevar las facturas de electricidad un 6% durante el próximo año. En paralelo, varias controversias recientes han reforzado la preocupación por el uso del agua.
Dos desarrollos de centros de datos, uno en Arizona y otro en Georgia, tomaron agua pública sin autorización. Además, un estudio reciente del Houston Advanced Research Center proyectó que estos centros consumirán hasta 399.000 millones de galones de agua solo en Texas para 2030.
Ese clima ha impulsado protestas en distintos puntos del país. Fortune recogió recientemente la preocupación de Kathryn Haushalter, exmarine estadounidense de 42 años, quien vive en Saline Township, Michigan, frente al futuro emplazamiento de un centro de datos y expresó nerviosismo por el impacto ambiental que prevé en la zona.
Las dudas sobre el verdadero beneficio ambiental
Pese al entusiasmo de las startups, no todos creen que la descentralización de servidores en casas vaya a resolver el problema de fondo. Robert Davies, profesor de física de la Universidad Estatal de Utah, advirtió que reducir modestamente algunos daños ecológicos podría incluso terminar agravando el problema general.
En un análisis preliminar, Davies calculó que solo entre el 30% y el 40% de las viviendas serían adecuadas para albergar minicentros de datos o servidores. Entre las limitaciones mencionó la integración física, la necesidad de internet estable y la disposición de los participantes a permitir este tipo de instalación en sus propiedades.
Por separado, estimó que solo entre el 2% y el 3% de las viviendas podrían calentarse de forma realista mediante tecnologías alternativas de aprovechamiento energético. El problema es que la cantidad de energía térmica residual recuperable es limitada, y además la necesidad de calefacción depende de la estación y de la geografía.
Davies reconoció que estas tecnologías pueden ser realmente útiles y beneficiar a millones de hogares. Sin embargo, sostuvo que presentar la expansión de los centros de datos como algo más eficiente puede convertirse en una pendiente resbaladiza cuando se analiza el impacto ambiental total de la infraestructura de IA.
Su preocupación se apoya en la llamada paradoja de Jevons, formulada hace más de 160 años. Según esa teoría, cuando un recurso se vuelve más eficiente de usar, su consumo total puede aumentar en lugar de disminuir, porque se abarata y se extiende su utilización.
Davies ilustró el punto con una comparación histórica. Señaló que hoy se necesita cerca de un 45% menos de energía para hacer lo mismo que hace 35 años, pero eso no llevó a una reducción del consumo total. Por el contrario, indicó que hoy se usa alrededor de un 70% más de energía que hace 30 años.
Desde Heata respondieron que su modelo no se basa únicamente en una mejora de eficiencia, sino en sustitución. Argumentan que las viviendas necesitan calefacción con o sin sus servidores presentes, y que, si la demanda de cómputo sigue creciendo, construir un sistema energético integrado será cada vez más importante.
Aun así, Davies teme que la demanda computacional crezca mucho más rápido que la capacidad de reutilizar calor residual. Si eso ocurre, la consecuencia podría ser una expansión aún mayor de centros de datos, con una carga adicional sobre el ambiente en lugar de un alivio real.
En otras palabras, la idea de llevar cómputo a los hogares puede ofrecer beneficios puntuales y abrir una vía novedosa para gestionar capacidad de IA. Pero el debate de fondo sigue abierto: si la industria usa estas mejoras para acelerar todavía más su expansión, el ahorro marginal podría quedar eclipsado por un consumo total mucho mayor.
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