Polsia, la startup de Ben Baroa, promete construir y operar negocios con agentes de IA casi sin intervención humana. La empresa ya cerró una ronda semilla de USD $30 millones, reporta un run rate de USD $7 millones y defiende una tesis radical: en la era de la inteligencia artificial, un fundador con la infraestructura correcta podría levantar compañías de gran escala sin empleados tradicionales.
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- Ben Baroa afirma que Polsia (AI Slop al reverso) busca permitir que cualquier persona describa una idea y deje que la IA construya y ejecute el negocio.
- La startup cerró una ronda semilla de USD $30 millones y, según el relato compartido, alcanzó un run rate de USD $7 millones en poco más de un mes con el producto activo.
- El proyecto depende de socios de infraestructura para navegación web automatizada, sandboxes seguros, APIs y acceso a GPUs, un recurso que Baroa describe como un mercado extremadamente competido.
La promesa de que la inteligencia artificial no solo ayude a trabajar mejor, sino que construya empresas completas, empieza a tomar forma en algunos rincones de Silicon Valley. Ese es el caso de Polsia, una startup fundada por Ben Baroa que quiere convertir una instrucción en lenguaje natural en un negocio operativo, con agentes capaces de ejecutar tareas durante horas y coordinar funciones que normalmente exigirían un equipo humano.
En 24h Inside a $30M Silicon Valley AI Startup with No Employees, Will Phillips siguió de cerca a Baroa durante una jornada en San Francisco. Allí expuso una visión que combina software autónomo, servicios empresariales, automatización web e infraestructura de cómputo intensiva para acercarse a una meta ambiciosa: crear la primera empresa de USD $1.000 millones operada por una sola persona.
El planteamiento no surge en el vacío. Durante los últimos dos años, los agentes de IA pasaron de ser una idea experimental a una categoría seguida por fondos de capital de riesgo, desarrolladores de modelos y proveedores de infraestructura. La diferencia en el caso de Polsia es el alcance de su propuesta: no se limita a redactar correos o automatizar soporte, sino a ejecutar cadenas completas de negocio.
Según Baroa, la misión de Polsia es ofrecer una herramienta capaz de construir “cualquier negocio” o “cualquier idea” de forma autónoma. En su descripción, eso incluye abrir una cuenta bancaria, interactuar con un contador, gestionar impuestos, coordinar con una fábrica para producir algo específico, integrarse con distintas herramientas y, cuando sea necesario, incluso contratar a un humano.
Una visión extrema de automatización empresarial
Baroa relató que la idea tomó fuerza tras frustrarse trabajando de madrugada con modelos de IA incapaces de resolver un error de software. En ese momento, dijo haberse preguntado qué estaba haciendo con su vida y concluyó que quería construir una IA que construyera compañías. A partir de allí, la ambición escaló: no una sola empresa asistida por IA, sino miles de compañías levantadas a partir de sus ideas.
La tesis central de Polsia es que el usuario no debería “cuidar” al sistema. En palabras del fundador, lo ideal sería poder decirle a la plataforma cuál es el negocio deseado y dejar que la IA trabaje por su cuenta durante 24 horas seguidas. Esa aspiración explica el desarrollo de nuevas funciones orientadas a extender la autonomía del sistema sin intervención constante.
Entre ellas aparece una herramienta interna con nombre en clave “boost”. Baroa explicó que la función busca permitir que Polsia opere de forma autónoma durante mucho más tiempo. El trasfondo es económico: el costo de inteligencia sigue siendo elevado, especialmente cuando se depende de APIs de modelos avanzados, por lo que la empresa intenta optimizar cuánto y cómo ejecuta tareas prolongadas.
En una primera etapa, el producto se limitaba a una tarea por noche y luego permitía solicitar acciones adicionales de manera secuencial. Con la nueva aproximación, el objetivo es “comisionar” a Polsia para que corra de forma continua durante horas. Dentro de su conversación de estrategia, incluso surgió la idea de rebautizar la función con nombres más agresivos, como “god mode” o “yolo mode”, para reforzar su atractivo comercial.
Capital, crecimiento y narrativa para inversionistas
Uno de los datos más llamativos del recorrido es el financiamiento. Baroa cerró una ronda semilla de USD $30 millones y, según se afirma en el reportaje, logró que fondos de venture capital presentaran su propuesta ante un agente de IA en lugar de hacerlo únicamente frente a él. Ese detalle resume bien la identidad que intenta proyectar la compañía: una startup que vende automatización mientras la usa como parte de su propio relato.
Otro dato que aparece en la jornada es el ritmo de ingresos. Phillips señala que, en poco más de un mes desde que el producto salió al mercado, Polsia habría alcanzado un ingreso recurrente anualizado de USD $7 millones. Aunque no se desglosan clientes, tickets ni márgenes, la cifra fue presentada como una muestra de la velocidad con la que algunos productos de IA pueden escalar si encuentran una propuesta de valor convincente.
La construcción de esa narrativa no parece improvisada. En reuniones observadas durante el día, Baroa y colaboradores discutieron canales de difusión, podcasts, relaciones públicas y momentos clave para empujar la historia de la compañía. El cierre de financiamiento, el viaje del fundador en solitario y los lanzamientos de funciones fueron planteados como hitos que podrían transformarse en piezas de distribución y viralidad.
Ese enfoque deja ver otro componente esencial del entorno de Silicon Valley: la cercanía entre fundadores, inversores y operadores. Durante una parada casual por café, Baroa se encontró con una inversionista de Google Ventures a la que ya conocía. Más allá de la anécdota, utilizó ese episodio para resaltar el valor de vivir en San Francisco, donde ese tipo de encuentros fortuitos puede facilitar acceso, conversaciones y oportunidades de financiamiento.
Sin empleados, pero no sin aliados
Aunque Polsia se presenta como una startup sin empleados, Baroa deja claro que eso no significa construir en aislamiento total. La empresa se apoya en una red de socios técnicos que cubren distintas capas de la pila necesaria para que los agentes funcionen a escala. Él mismo lo resume como una forma de trabajar con otras personas sin contratar una nómina tradicional.
Una parte crítica de esa infraestructura es la automatización del navegador. Pulsia atiende a usuarios no técnicos que quieren materializar una idea empresarial, y para eso sus agentes deben interactuar con sitios web, formularios y sistemas diseñados para humanos. En ese frente aparece Ankor Browser, descrito como una solución de automatización web que permite a los agentes ejecutar acciones sin tropezar constantemente con fricciones como las verificaciones anti-bot.
También figura Sapium, una pieza de infraestructura que ayuda con escalabilidad, seguridad y despliegue. Baroa explicó que al principio imaginó y programó el sistema, pero al crecer la base de usuarios surgieron preguntas más profundas: cómo asegurar a los agentes dentro de entornos controlados, cómo escalar de 1.000 a 10.000 o 100.000 clientes, y cómo acceder a APIs y recursos al mejor costo posible.
El problema de seguridad merece una mención aparte. Si un agente va a navegar, ejecutar instrucciones y encadenar acciones complejas, necesita operar dentro de un “sandbox” que limite comportamientos peligrosos o erráticos. Según la explicación compartida, una de las metas de esta infraestructura es contener a esos agentes en entornos seguros mientras se reduce el costo operativo para que el servicio final resulte más accesible al cliente.
El cuello de botella de las GPUs y la economía de los agentes
Más allá de la interfaz amigable para el usuario, el corazón del modelo depende de cómputo. Y allí aparece uno de los grandes cuellos de botella del auge de la IA: las GPUs. Baroa describió el mercado como una especie de mercado negro, con asignaciones escasas, competencia global y la necesidad de activar contactos e inversionistas para conseguir prioridad en el acceso a capacidad de procesamiento.
Su descripción ayuda a entender cómo opera este tramo de la industria. No siempre se compran e instalan GPUs de forma directa en un centro de datos propio. En muchos casos, empresas especializadas adquieren o reservan esos chips y luego revenden acceso junto con la capacidad para correr modelos determinados. El cliente puede contratar racks por uno, dos o tres años y dirigir allí su tráfico, con el incentivo de optimizar costos frente al uso de APIs comerciales tradicionales.
Para una plataforma como Polsia, esa eficiencia importa porque su hoja de ruta contempla escenarios donde un usuario pueda lanzar hasta 10 negocios en paralelo para probar cuál funciona mejor. Si cada experimento exigiera estructuras de costo fijas pensadas para compañías humanas, el modelo dejaría de ser atractivo. Por eso la startup insiste en una nueva infraestructura orientada a cargas efímeras, on demand y nativamente diseñadas para agentes.
En esa visión, la economía de internet cambiaría de forma importante. Baroa sostiene que la red fue construida para humanos y para empresas que montan servidores persistentes, no para agentes que aparecen, ejecutan tareas por minutos y desaparecen. Si esa premisa es correcta, el próximo mercado no consistiría solo en mejores modelos, sino en una nueva capa de cómputo, seguridad, redes y almacenamiento adaptada a trabajo autónomo a gran escala.
La tesis del fundador solitario
El mensaje final de Baroa también funciona como consejo para otros emprendedores. Su recomendación es permanecer solo o en microequipos hasta encontrar product market fit. En lugar de contratar rápido, plantea usar herramientas de IA durante todo el día y forzarse a entender dónde está el verdadero diferencial del negocio.
Según su argumento, contratar demasiado pronto puede hacer que el fundador dependa del conocimiento de terceros justo cuando más necesita comprender el filo tecnológico del mercado. Solo después de encontrar encaje de producto, sostiene, tendría sentido intentar reemplazar empleados con IA allí donde el software realmente pueda absorber funciones de manera eficiente.
Es una posición provocadora y no exenta de debate. En la práctica, muchas empresas seguirán necesitando especialistas humanos para ventas, operaciones, regulación, soporte y producto. Pero Polsia empuja la conversación hacia un extremo útil: cuánto del trabajo de una compañía puede descomponerse en tareas ejecutables por agentes, y cuánto valor económico puede capturar un equipo radicalmente pequeño si la infraestructura acompaña.
Por ahora, la empresa ya tiene una narrativa potente, capital fresco y una meta definida. Falta ver si puede sostener la autonomía prometida, navegar el costo del cómputo y convertir demostraciones llamativas en negocios duraderos. Pero su avance, al menos, deja claro que la pregunta en torno a la IA ya no es solo qué tareas automatiza, sino cuánta empresa puede llegar a reemplazar.
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