Por Canuto  

Cerebras Systems celebró una salida a bolsa estelar y ya ronda una valoración de USD $60.000 millones, pero años antes estuvo al borde del colapso. La empresa quemaba USD $8 millones al mes mientras intentaba resolver un reto de ingeniería que la industria de semiconductores consideraba casi imposible.

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  • Cerebras llegó a gastar USD $8 millones mensuales y ya había consumido casi USD $200 millones hacia 2019.
  • La compañía apostó por convertir una oblea completa de silicio en un único chip gigante para acelerar cargas de IA.
  • OpenAI intentó comprar la empresa en el pasado y hoy es cliente, socio y acreedor con un préstamo de USD $1.000 millones respaldado por warrants.

 


Cerebras Systems, hoy una compañía pública enfocada en chips de IA, cerró una semana histórica tras una oferta pública inicial muy exitosa que elevó su valor aproximado a USD $60.000 millones. La empresa vende chips de IA para inferencia a clientes de gran tamaño como OpenAI y AWS, y su debut bursátil convirtió a sus dos cofundadores en multimillonarios.

Sin embargo, el recorrido estuvo lejos de ser lineal. Según relató TechCrunch, la compañía estuvo peligrosamente cerca de fracasar en 2019, cuando apenas tenía tres años de existencia y enfrentaba un ritmo de gasto que amenazaba su supervivencia financiera.

Andrew Feldman, fundador y director ejecutivo de Cerebras, explicó que en ese periodo la empresa quemaba alrededor de USD $8 millones al mes. Para entonces, ya había consumido casi USD $200 millones en su intento por resolver un problema técnico que, según él, gran parte de la industria de semiconductores consideraba inviable.

El contexto es importante. Durante más de medio siglo, la industria de microprocesadores se enfocó en hacer CPUs más rápidas y baratas aumentando la densidad de transistores en obleas de silicio y luego cortándolas en piezas cada vez más pequeñas. La tesis de Cerebras rompía con esa lógica: en vez de dividir la oblea, quería convertirla entera en un solo chip gigante.

La idea parecía sencilla sobre el papel, pero implicaba un cambio radical en diseño, fabricación y operación. La empresa buscaba responder a una necesidad muy concreta del auge de la IA: estos sistemas demandan tanta potencia de cómputo que normalmente requieren muchos chips conectados entre sí, lo que introduce cuellos de botella en la comunicación.

Una apuesta audaz por chips de IA

Los fundadores de Cerebras apostaron a que una sola oblea convertida en un megachip podría ofrecer mejor desempeño al reducir esa dependencia de enlaces entre múltiples procesadores. El problema era que nadie había logrado hacerlo con éxito antes, ni para IA ni para otros usos, pese a décadas de intentos por parte de algunos de los mejores ingenieros del sector.

Una vez que Cerebras logró superar la primera barrera de diseñar el chip y fabricarlo con TSMC, apareció el reto que casi la destruye: el empaquetado. Ese término no se refiere solo al encapsulado físico del chip, sino a todo lo que ocurre después de fabricar el silicio.

En la práctica, la empresa debía adherir esa oblea gigante a una placa base, suministrarle energía, gestionar el calor, diseñar sistemas de enfriamiento y crear conductos para enviar y recibir datos. Feldman resumió el desafío con una comparación contundente: sus chips eran 58 veces más grandes y consumían 40 veces más energía que cualquier antecedente comparable.

Ese salto dejaba a Cerebras sin infraestructura externa disponible. No existían disipadores de calor prefabricados, ni proveedores listos para esa escala, ni socios de manufactura especializados para resolver el problema. La empresa tuvo que avanzar mediante prueba y error, destruyendo una gran cantidad de chips y una gran cantidad de efectivo.

Feldman recordó que, cada pocas semanas, debía acudir a las reuniones del consejo para reportar otro fracaso y más dinero quemado. Aun así, insistió en continuar porque la alternativa era simple: sin una solución funcional para el empaquetado, el chip no servía de nada y la empresa estaba muerta de todos modos.

El momento en que todo finalmente funcionó

Tras analizar con detalle cada fallo, el equipo logró resolver suficientes problemas críticos, especialmente en refrigeración y movimiento de datos. En uno de los casos más llamativos, Cerebras tuvo que inventar su propia máquina para atornillar 40 tornillos al mismo tiempo y fijar la oblea a una placa sin romperla.

El punto de inflexión llegó en julio de 2019. Feldman contó que ese día instalaron el chip empaquetado en una computadora, la encendieron y el equipo fundador se quedó simplemente mirando el sistema en el laboratorio, sorprendido de que finalmente funcionara.

Su descripción del momento fue casi anticlimática, pero reveladora. Ver funcionar una computadora, dijo, es casi tan emocionante como ver secarse la pintura. Aun así, observar las luces parpadeando en esa máquina fue uno de los mejores momentos de su vida, porque significaba que habían resuelto algo que durante años parecía imposible.

Esa afirmación tiene peso adicional porque no se trataba de un equipo novato. El mismo grupo fundador ya había creado antes SeaMicro, una startup pionera en servidores cloud que fue vendida a AMD por USD $334 millones en 2012.

El equipo fundador de Cerebras en 2015 estuvo integrado por Andrew Feldman, Gary Lauterbach, Michael James, Sean Lie y Jean-Philippe Fricker. Su experiencia previa ayudó a sostener la apuesta, pero no eliminó el riesgo extremo de intentar construir una arquitectura sin precedentes en semiconductores.

OpenAI, la adquisición fallida y el acuerdo posterior

El día en que el chip finalmente funcionó llegó aproximadamente dos años después de que OpenAI hubiera conversado con Cerebras para adquirirla. Feldman confirmó a TechCrunch que esas conversaciones ocurrieron, en línea con correos electrónicos que se habían hecho públicos anteriormente.

Según la historia relatada, esas negociaciones se vinieron abajo en medio de disputas crecientes entre los fundadores de OpenAI. Varios de ellos, además, figuran como inversionistas ángeles en Cerebras, lo que añade una capa adicional de complejidad a la relación entre ambas organizaciones.

Hoy el vínculo es muy distinto. OpenAI se convirtió en cliente y socio de Cerebras, luego de otorgarle un préstamo de USD $1.000 millones respaldado por warrants. De acuerdo con el documento S-1 de la empresa, esos warrants conceden condicionalmente a OpenAI cerca de 33 millones de acciones de Cerebras.

Al precio de cierre del viernes citado en el reporte, de USD $279 por acción, ese paquete superaría los USD $9.000 millones. El dato ilustra tanto la magnitud del respaldo financiero como el valor estratégico que ha adquirido Cerebras dentro de la cadena de suministro de cómputo para IA.

El acuerdo también incluyó una restricción comercial llamativa. Cerebras aceptó no vender sus productos a ciertos competidores específicos de OpenAI durante un tiempo. Feldman no quiso confirmar qué empresa estaba involucrada en esa cláusula, aunque el artículo señala a Anthropic como la compañía obvia que muchos observadores inferirían.

El ejecutivo sí aclaró que esa limitación es temporal y que fue diseñada para asegurar que OpenAI pudiera obtener la capacidad necesaria. En otras palabras, la restricción no respondería solo a exclusividad estratégica, sino también a la capacidad limitada de producción y despliegue de la propia Cerebras.

Una empresa todavía en expansión, con capacidad finita

Feldman reconoció que Cerebras aún no ha crecido lo suficiente como para atender al mismo tiempo a múltiples desarrolladores de modelos de rápido crecimiento. Esa admisión refleja un punto clave del mercado actual de IA: el cuello de botella ya no solo está en la innovación del chip, sino también en la capacidad industrial para producir y desplegar esa infraestructura.

Para explicar su enfoque comercial, comparó la venta de capacidad de cómputo de IA con un bufé libre. En vez de intentar abarcar a todos los clientes potenciales desde el principio, la empresa prefiere trabajar con solo una parte de la demanda y sentirse cómoda con eso antes de expandirse al resto.

Esa estrategia puede parecer conservadora en un mercado dominado por expectativas exuberantes. Pero también sugiere disciplina operativa luego de haber sobrevivido a una etapa en la que la empresa gastaba millones sin garantías de éxito técnico. En industrias de hardware profundo, crecer demasiado rápido puede ser tan peligroso como no crecer.

El caso de Cerebras también ayuda a entender por qué el mercado de infraestructura para IA ha atraído tanto capital. No se trata solo de diseñar chips rápidos. Se trata de resolver desafíos complejos de manufactura, energía, refrigeración y conexión de datos, todos al mismo tiempo y bajo una presión financiera que puede asfixiar incluso a equipos experimentados.

Hoy, con una valoración cercana a USD $60.000 millones, Cerebras representa una de las historias más extremas del nuevo boom de hardware para IA. Pero detrás del entusiasmo bursátil quedó una etapa en la que la empresa estuvo a semanas, o meses, de convertirse en otro experimento fallido de Silicon Valley.

Su ascenso actual no borra esa fragilidad inicial. Más bien la subraya: antes de vender chips a OpenAI y AWS, y antes de conquistar Wall Street, Cerebras tuvo que demostrar que podía hacer funcionar un chip que casi nadie creía posible.


Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.

Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA.

 


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