El crítico tecnológico Cory Doctorow considera que la “IA soberana” desvía la atención del problema digital más urgente: controlar las aplicaciones, los datos y la infraestructura que sostienen la economía cotidiana.
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- Cory Doctorow calificó de “sin sentido” la idea de que los países deban concentrarse principalmente en desarrollar una IA soberana.
- El debate surgió tras las advertencias sobre la dependencia mundial de la tecnología estadounidense en medio del desmantelamiento del orden liderado por EE. UU.
- Doctorow propuso priorizar aplicaciones administrativas, telecomunicaciones, comercio electrónico, centros de datos y control nacional de los datos.
La discusión sobre la soberanía tecnológica entró en una nueva fase después de que Cory Doctorow calificara de “sin sentido” la idea de que los países deban concentrarse principalmente en controlar su propia inteligencia artificial. El escritor sostiene que el debate está enfocándose en una tecnología cuya utilidad económica todavía considera limitada.
Doctorow es un crítico de la tecnología y creó el término “enshittification”, utilizado para describir el deterioro progresivo de plataformas digitales. También ha expresado escepticismo sobre la inteligencia artificial en sus escritos, incluido su libro reciente The Reverse Centaur’s Guide to Life After AI.
El título del libro alude a una imagen en la que el cuerpo humano, representado por los usuarios, termina guiado por la cabeza de un caballo sin mente. Para Doctorow, esa metáfora resume una relación peligrosa entre las personas y sistemas de IA que reciben más confianza de la que merecen.
Una advertencia sobre la dependencia tecnológica
Según The Register, el debate comenzó con una publicación del escritor australiano John Quiggin. El autor argumentó que Donald Trump está desmantelando de manera sistemática las fuentes de poder acumuladas por Estados Unidos durante el último siglo.
Quiggin incluyó entre esas fuentes la fuerza diplomática, militar, financiera y tecnológica. Su preocupación central es que la dominación estadounidense de la IA representa un riesgo para países que no desean depender de un Estado considerado caótico e impredecible.
La inquietud no se limita al funcionamiento de los modelos de lenguaje. También abarca la capacidad de Washington y de las empresas estadounidenses para influir sobre las plataformas, los centros de datos y los servicios digitales utilizados por gobiernos, compañías y hogares.
Quiggin, sin embargo, mostró dudas sobre la posibilidad de que los laboratorios de frontera conviertan su estrategia de gasto masivo en una ventaja permanente. La carrera tecnológica podría terminar favoreciendo a modelos más eficientes, en lugar de a los sistemas que requieren enormes cantidades de energía e infraestructura.
Su visión optimista sostiene que la carrera podría ser ganada por “tortugas de baja energía” y no por “liebres hiperactivas”. En ese escenario, los participantes que llegan después podrían reproducir capacidades similares a una fracción del costo.
DeepSeek y Mistral frente a los laboratorios de frontera
Quiggin mencionó a DeepSeek y, más recientemente, a la empresa francesa Mistral como ejemplos de actores que podrían encontrarse aproximadamente un año detrás de los líderes estadounidenses. Su ventaja potencial consistiría en alcanzar capacidades comparables sin depender de centros de datos masivos.
El argumento plantea una alternativa a la carrera dominada por inversiones extraordinarias. En lugar de ampliar indefinidamente la escala de los modelos, algunos países podrían enfocarse en sistemas más pequeños, económicos y fáciles de desplegar dentro de sus propias fronteras.
Esta posibilidad también ha sido examinada por Tobias Mann, editor de sistemas de The Register. El planteamiento sugiere que la eficiencia podría convertirse en un factor decisivo si los modelos más grandes no cumplen las expectativas comerciales que han generado.
Doctorow considera que ese análisis solo resulta relevante para quienes creen que la IA tendrá un papel central en la economía. Su propia posición parte de una premisa distinta: la inteligencia artificial podría ser menos importante que las aplicaciones digitales que ya sostienen las operaciones diarias.
La discusión, por tanto, no enfrenta únicamente a Estados Unidos con Europa u otras regiones. También contrapone dos prioridades: perseguir una posición en la frontera de la IA o construir sistemas digitales confiables para administrar servicios esenciales.
El riesgo real estaría en el software cotidiano
Doctorow planteó un escenario para ilustrar su argumento. Si Trump ordenara apagar todos los chatbots de IA utilizados en otros países, probablemente no provocaría un daño significativo en sus negocios, debido a que muchas empresas todavía pueden operar sin esas herramientas.
El resultado sería diferente si el presidente estadounidense ordenara a Microsoft deshabilitar Office 365. Millones de organizaciones dependen de sus herramientas para comunicarse, almacenar documentos, coordinar tareas y mantener procesos administrativos.
El ejemplo de John Deere muestra otra dimensión del problema. La desactivación de sus tractores tendría un impacto económico inmediato y cuantificable sobre actividades productivas que no dependen de la conversación con un chatbot.
Para el escritor, esas amenazas son reales, inmediatas y graves, mientras que buena parte de las promesas asociadas con la IA siguen siendo especulativas. Su crítica apunta especialmente a una industria que, en su opinión, ha rendido de manera constante por debajo de las expectativas de sus defensores.
Doctorow describió la IA como “la tecnología menos lucrativa en la historia humana”. Desde su perspectiva, convertirla en el centro de la estrategia de soberanía digital equivale a ignorar los puntos donde una interrupción tecnológica podría paralizar la economía.
Centros de datos, aplicaciones y control de los datos
La alternativa propuesta por Doctorow consiste en desarrollar aplicaciones y centros de datos capaces de ejecutar el software administrativo, las telecomunicaciones y el comercio electrónico de uso cotidiano. Esa infraestructura permitiría reducir la dependencia de plataformas controladas desde el exterior.
La estrategia también exigiría trasladar los datos nacionales a nuevas plataformas bajo control local. El conjunto incluiría información de ministerios, empresas y hogares, con una arquitectura diseñada para mantener la continuidad de servicios esenciales.
Este enfoque no elimina la inteligencia artificial, pero la coloca en un segundo plano. Las herramientas de IA podrían incorporarse cuando aporten valor concreto, sin convertir su desarrollo en el único criterio para medir la soberanía tecnológica de un país.
La propuesta tiene especial relevancia para Europa, donde las autoridades y empresas buscan alternativas frente a la concentración de capacidad informática en Estados Unidos. La inversión regional podría orientarse tanto a modelos de IA como a redes, almacenamiento, servicios empresariales y plataformas de datos.
La resiliencia tecnológica depende de más elementos que la potencia de un modelo. También requiere infraestructura operativa, proveedores diversos, control sobre los datos y capacidad para mantener funcionando los sistemas cuando cambian las decisiones políticas.
Europa ante un escenario geopolítico incierto
La fuente señaló que las empresas tecnológicas estadounidenses han dejado claro que no hablarán ni actuarán contra el presidente o el Gobierno de Estados Unidos hasta que las condiciones políticas cambien. Esa conducta refuerza las dudas sobre la confiabilidad de una dependencia tecnológica externa.
Las compañías pueden intentar proteger sus intereses comerciales, pero sus decisiones siguen expuestas al entorno político de su país de origen. Para los usuarios extranjeros, esto crea una vulnerabilidad que no siempre aparece reflejada en los análisis sobre rendimiento o costos.
La preocupación se extiende más allá de la IA generativa. Servicios de productividad, maquinaria conectada, almacenamiento remoto y sistemas empresariales pueden convertirse en puntos de presión si un proveedor decide restringir el acceso.
La postura de Doctorow también conecta con un debate más amplio sobre la concentración tecnológica. Cuando pocos actores controlan la infraestructura, los países consumidores tienen menos margen para responder ante cambios regulatorios, conflictos diplomáticos o decisiones corporativas.
El artículo original concluye que Europa sería prudente al invertir en alternativas siempre que sea posible. La recomendación no depende de asumir que la IA desaparecerá, sino de reconocer que la autonomía digital necesita bases más amplias que la carrera por producir el modelo más avanzado.
La inteligencia artificial puede convertirse en una parte importante del futuro, aunque todavía existe un debate intenso sobre su rentabilidad y utilidad. Mientras tanto, controlar los datos y los sistemas que sostienen la vida económica cotidiana podría ofrecer una protección más inmediata.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.
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