GRB 220706A, detectado en 2022, produjo una llamarada de rayos X alrededor de 27 días después. Las observaciones también registraron episodios repetidos de actividad durante unos 51 días, lo que plantea interrogantes sobre la estrella que originó el estallido y el mecanismo que lo alimentó.
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- GRB 220706A fue detectado el 6 de julio de 2022 y produjo una llamarada de rayos X alrededor de 27 días después.
- Las observaciones registraron episodios repetidos de actividad de rayos X durante unos 51 días; el estudio también señala una posible supernova luminosa.
- Un magnetar, una estrella progenitora excepcionalmente grande o la interacción con material expulsado son hipótesis posibles, no explicaciones confirmadas.
🚨 Un estallido cósmico siguió activo semanas después
GRB 220706A produjo una llamarada de rayos X unos 27 días tras su detección.
Se registraron episodios de actividad durante cerca de 51 días.
Un magnetar, una estrella gigante o material expulsado son hipótesis aún no… pic.twitter.com/nZheRFKEfM
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Un estallido de rayos gamma detectado en 2022 dejó señales de rayos X mucho después de la explosión inicial. Designado GRB 220706A, produjo una llamarada alrededor de 27 días después. Además, las observaciones registraron episodios repetidos de actividad durante unos 51 días desde la detección del estallido, un comportamiento que plantea preguntas sobre el objeto que alimentó el fenómeno.
Una señal que llegó semanas después
GRB 220706A fue detectado el 6 de julio de 2022. Según los investigadores, una de sus llamaradas de rayos X apareció alrededor de 27 días después del estallido inicial. El equipo también registró episodios de actividad que continuaron durante unos 51 días, de acuerdo con el reporte de Phys.org sobre las observaciones del evento.
Las llamaradas de rayos X posteriores a un estallido de rayos gamma no son inusuales por sí mismas, pero suelen aparecer durante los primeros días. La persistencia de episodios de actividad en GRB 220706A apunta a que el sistema siguió produciendo señales durante un periodo prolongado. Los datos, sin embargo, no demuestran que el motor central permaneciera activo de forma continua durante todo ese tiempo.
El récord anterior para una llamarada retrasada rondaba los seis días después del estallido, de acuerdo con Benjamin Gompertz, investigador de la Universidad de Birmingham y miembro del equipo. La señal detectada alrededor de 27 días después supera ese intervalo, aunque no basta por sí sola para identificar qué mecanismo sostuvo la actividad posterior.
Los estallidos de rayos gamma, conocidos como GRB, figuran entre las explosiones más energéticas del cosmos. Los de larga duración se han vinculado con el colapso de estrellas masivas, un proceso que también puede desencadenar una supernova y formar un agujero negro, mientras que los de corta duración suelen asociarse con la colisión de dos estrellas de neutrones.
Las pistas apuntan a más de una explicación
GRB 220706A es un evento poco frecuente por la duración de su actividad posterior. Un estudio de Gompertz y sus colaboradores describe episodios de llamaradas de rayos X y plantea que el estallido pudo estar acompañado por una supernova luminosa. El equipo no considera que esa posible supernova baste para explicar la señal tardía ni el comportamiento del sistema.
Una comparación importante para los investigadores es GRB 111209A, detectado en 2011 y relacionado con la supernova inusualmente brillante SN 2011kl. Un análisis de aquel evento propuso que lo impulsaba un magnetar, una estrella de neutrones con un campo magnético extraordinariamente intenso y una rotación cercana a 1.000 veces por segundo.
Gompertz señaló que la posible supernova vinculada a GRB 220706A se parece a la de ese caso anterior, por lo que un magnetar podría estar presente. Esa semejanza ofrece una hipótesis de trabajo, no una confirmación: el equipo aún no sabe si el motor central de este estallido es distinto del que impulsa los GRB más habituales.
Otra posibilidad es que el chorro del estallido y la supernova chocaran con capas densas de material expulsadas por la estrella progenitora cuando se volvió inestable, hacia el final de su vida. La interacción con ese material también se observa en supernovas superluminosas y podría contribuir al fenómeno, pero la información disponible no permite establecer que sea la explicación de este caso.
Una estrella enorme y un desafío para los modelos
La duración también podría relacionarse con el tamaño de la estrella que colapsó: una progenitora más grande tardaría más en derrumbarse y podría suministrar energía durante más tiempo al chorro. El equipo calcula que, para alimentar GRB 220706A bajo esa interpretación, haría falta una estrella de alrededor de 1.000 veces el radio del Sol, lo que apuntaría a una supergigante azul.
Entre las estrellas masivas que suelen considerarse como posibles progenitoras de GRB están las Wolf-Rayet, descritas por Gompertz como cuerpos de unas 10 veces el ancho del Sol y con alrededor de 10 veces su masa. Sin embargo, el tamaño estimado para explicar este evento excedería esa referencia y obligaría a considerar una estrella mucho mayor, sin que esa posibilidad haya quedado demostrada.
Los investigadores también plantean que la diferencia podría estar en el objeto que queda tras el colapso, y no solo en la estrella original. Si en este caso se formó un magnetar, algunos GRB considerados normales podrían terminar en agujeros negros, una distinción que ayudaría a explicar por qué ciertos eventos mantienen su actividad durante más tiempo.
La pregunta de fondo es si los estallidos ultralargos forman parte de la población habitual de GRB o si constituyen una clase de fenómeno distinta. La posible relación de GRB 220706A y GRB 111209A con supernovas inusualmente brillantes puede respaldar la posibilidad de que intervengan estrellas diferentes, pero el equipo aún no considera resuelto ese debate.
La duración extrema pone a prueba los modelos que describen cómo se alimentan los chorros de estos estallidos, porque deben explicar señales de actividad que se prolongan durante semanas. Gompertz indicó que el trabajo teórico tendrá que incorporar esa escala temporal; por ahora, las hipótesis sobre una estrella mayor, un magnetar o la interacción con material denso siguen abiertas.
Encontrar otros ejemplos puede resultar complicado porque muchos satélites dedicados a detectar GRB se encuentran en órbita terrestre baja y pierden de vista un objetivo de forma periódica, aproximadamente cada 90 minutos. Esa limitación importa menos para estallidos típicos de entre 10 y 100 segundos, pero dificulta el seguimiento de sucesos prolongados, que además parecen ser más activos en rayos X que en rayos gamma.
Gompertz mencionó la misión Einstein Probe como un instrumento con sensibilidad en rayos X que podría facilitar la detección de más eventos ultralargos. Observar nuevos casos permitiría comparar sus señales y evaluar las hipótesis sobre sus fuentes, aunque el motor de GRB 220706A permanece sin identificar.
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