La principal apuesta legislativa de la industria cripto en Washington enfrenta un nuevo obstáculo político. La senadora Kirsten Gillibrand advirtió que la Clarity Act no avanzará en el Senado si no incluye una cláusula ética que prohíba a altos funcionarios, incluido el presidente, beneficiarse de negocios vinculados con criptomonedas.
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- Kirsten Gillibrand dijo que ningún senador respaldará la Clarity Act sin una disposición ética sobre vínculos cripto de altos funcionarios.
- La negociación apunta en gran medida a los intereses empresariales del presidente Donald Trump, uno de los principales focos de fricción.
- El Senado enfrenta una ventana legislativa corta, con cerca de 10 semanas de calendario antes del giro electoral de mitad de mandato.
La discusión sobre cómo regular el mercado de criptomonedas en Estados Unidos entró en una fase decisiva, pero también más tensa. La senadora demócrata Kirsten Gillibrand advirtió que la Digital Asset Market Clarity Act, una de las propuestas más esperadas por la industria, no logrará avanzar en el Senado si no incorpora una prohibición expresa que impida a altos funcionarios del gobierno mantener intereses personales en el sector cripto.
La declaración eleva la presión sobre una negociación bipartidista que lleva años en desarrollo y que ahora enfrenta uno de sus choques más delicados. Gillibrand, representante de Nueva York y una de las voces más activas en materia de legislación cripto dentro del Congreso, dijo que el tema ético ya no es accesorio, sino una condición indispensable para reunir los votos necesarios.
La legisladora hizo estas declaraciones el miércoles durante Consensus Miami 2026. Allí sostuvo que la falta de una cláusula ética haría inviable el proyecto en la cámara alta, incluso cuando la industria sigue viendo la iniciativa como su mayor objetivo político en Washington.
Según reportó CoinDesk, Gillibrand fue directa al resumir la posición de quienes negocian el texto: “No habrá nadie votando por este proyecto de ley si no tenemos una disposición ética”. Su postura refleja una exigencia demócrata que busca cerrar la puerta a potenciales conflictos de interés entre poder político y negocios de activos digitales.
Para lectores menos familiarizados con el tema, la Clarity Act busca establecer un marco regulatorio más claro para el mercado de criptomonedas en Estados Unidos. Ese objetivo incluye definir competencias entre reguladores, ordenar la estructura del mercado y ofrecer mayor certidumbre jurídica a empresas, inversores y emisores de activos digitales.
Sin embargo, en Washington la arquitectura regulatoria rara vez avanza sin disputas políticas más amplias. En este caso, el principal punto de fricción no es solo técnico ni financiero, sino ético, porque se relaciona con la posibilidad de que funcionarios con acceso privilegiado a decisiones públicas puedan enriquecerse de manera directa o indirecta con esta industria.
El punto de choque: una cláusula ética para altos funcionarios
Gillibrand señaló que la disposición en debate busca impedir que miembros del Congreso, altos funcionarios de la administración, así como el presidente y el vicepresidente, obtengan beneficios derivados de sus vínculos con empresas o negocios cripto. La senadora describió ese riesgo como una amenaza seria tanto para la integridad institucional como para la propia credibilidad del sector.
En sus palabras, “no podemos permitir que miembros del Congreso, altos funcionarios de la administración, presidentes o vicepresidentes se enriquezcan con estas industrias debido a su condición de insiders”. También afirmó que se trataría de “la peor forma de pay-for-play”, además de una violación de la Constitución y de principios básicos ligados al financiamiento de campañas.
La disputa tiene además una dimensión personal y política muy visible. El esfuerzo demócrata para introducir este límite está dirigido en gran medida a los intereses empresariales del presidente Donald Trump, cuyos vínculos con actividades relacionadas con criptomonedas han sido objeto de fuerte escrutinio dentro de las conversaciones legislativas.
Hasta ahora, funcionarios de la Casa Blanca han negado que los intereses empresariales de Trump representen un conflicto. Además, han sostenido que no tolerarán un proyecto de ley que lo señale de forma específica. Esa negativa ayuda a explicar por qué este apartado se mantiene como uno de los últimos grandes obstáculos en una negociación que se encuentra cerca de un punto de definición.
Gillibrand insistió en que ceder en este frente sería un error estratégico para todos los involucrados. A su juicio, la ausencia de límites éticos terminaría dañando a la propia industria que la ley pretende ordenar, al dejar abierta la puerta a acusaciones de corrupción, favoritismo y captura política.
“No podemos dejar que la codicia y la corrupción en Washington destruyan esta industria, y sin esa disposición, eso es exactamente lo que ocurrirá”, argumentó. La frase sintetiza el tono del debate actual, donde el impulso regulatorio convive con una profunda desconfianza sobre cómo se mezclan negocios privados y decisiones públicas.
Una negociación contrarreloj en el Senado
La Clarity Act todavía espera una audiencia clave del Comité Bancario del Senado. Ese paso es necesario para que el proyecto pueda avanzar al pleno y quedar en condiciones de ser votado por toda la cámara. Gillibrand dijo que la negociación sobre la disposición ética debe resolverse en la próxima semana si se quiere asegurar una aprobación bipartidista dentro de ese comité.
El calendario juega en contra. La ventana para actuar se está reduciendo con rapidez, porque el Senado tendría apenas unas 10 semanas restantes de actividad antes de que la atención del Congreso se desplace hacia las elecciones de mitad de mandato. En la práctica, eso limita el espacio político para debatir y aprobar legislación compleja.
La senadora estimó que una votación final podría darse en la primera semana de agosto, “si tenemos suerte”. Ese plazo marcaría la última gran oportunidad antes del receso de verano del Congreso, un punto que vuelve más urgentes las conversaciones entre demócratas, republicanos, asesores legislativos y representantes del sector.
Además del capítulo ético, los negociadores siguen trabajando en otros componentes sensibles del proyecto. Gillibrand indicó que continúan las discusiones sobre protección al consumidor y financiamiento ilícito, dos áreas que suelen aparecer entre las prioridades regulatorias cuando se discuten reglas para mercados de activos digitales.
Estos elementos no son menores. En el debate estadounidense, la regulación cripto suele moverse entre dos grandes fuerzas: por un lado, el interés en promover innovación y competitividad; por otro, la exigencia de prevenir fraude, lavado de dinero y vacíos de supervisión. La Clarity Act intenta responder a ambas presiones, pero el equilibrio político necesario sigue siendo frágil.
Por eso, aunque el proyecto conserva apoyo dentro de la industria y entre algunos sectores bipartidistas, su avance depende de resolver una ecuación política mucho más amplia que la mera redacción técnica de una ley. Hoy, la pregunta central no es solo cómo regular, sino quién puede participar en ese ecosistema sin comprometer la confianza pública.
La industria observa, pero el reloj no se detiene
En Washington, la Digital Asset Market Clarity Act ha sido vista durante meses como la principal apuesta del sector cripto para lograr reglas federales más claras. En teoría, una legislación de este tipo podría reducir incertidumbres para empresas, inversionistas y plataformas, algo especialmente valioso tras años de disputas entre agencias y vacíos normativos.
Sin embargo, el episodio actual recuerda que la regulación financiera no avanza en el vacío. La política partidista, la ética pública y la figura del presidente pesan tanto como los detalles sobre supervisión de mercados. Eso explica por qué un proyecto con respaldo relevante puede quedar frenado por una cláusula que, en apariencia, va más allá del diseño técnico del mercado.
Durante otro panel celebrado en Consensus, Summer Mersinger, directora ejecutiva de la Blockchain Association y exfuncionaria de la Commodity Futures Trading Commission, planteó una visión algo menos dramática sobre el calendario. Aunque reconoció que existe una ventana de oportunidad, sugirió que un eventual cierre no significaría el fin permanente del impulso legislativo.
Mersinger afirmó que siempre es importante actuar cuando se presenta esa ventana, pero añadió que eso no implica que jamás vuelva a abrirse. Su comentario introduce una nota de cautela frente al tono de urgencia dominante, aunque no elimina el hecho de que, en el corto plazo, la negociación atraviesa uno de sus momentos más delicados.
Por ahora, la señal enviada por Gillibrand es clara. Si no hay una prohibición explícita a los vínculos cripto de altos funcionarios, la ley corre el riesgo de quedarse sin base política suficiente en el Senado. Y si eso ocurre, la industria podría perder, al menos temporalmente, su mejor oportunidad de obtener un marco regulatorio integral en Estados Unidos.
El desenlace se definirá muy pronto. Las próximas jornadas serán determinantes para saber si el Congreso consigue cerrar una fórmula que combine supervisión del mercado, protección al consumidor, controles contra el financiamiento ilícito y una barrera ética aceptable para ambas partes. En ese equilibrio se juega el futuro inmediato de la regulación cripto federal en la mayor economía del mundo.
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