Una nueva encuesta muestra una contradicción llamativa en Estados Unidos: más personas usan chatbots de IA como ChatGPT, pero una porción creciente de la población cree que esta tecnología tendrá efectos negativos sobre la sociedad y sobre su propia vida.
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- Solo el 16% de los encuestados dijo que cree que la IA tendrá un impacto positivo en la sociedad.
- El 49% de los adultos afirma usar chatbots de IA, frente al 33% reportado en 2024.
- La Generación Z aparece como el grupo que más usa IA, pero también como el más cauteloso sobre su impacto social.
La inteligencia artificial atraviesa una etapa extraña en Estados Unidos. Su adopción avanza con rapidez, pero su legitimidad social parece debilitarse al mismo tiempo.
Esa tensión quedó expuesta en una nueva encuesta de Pew Research, citada por Futurism, que encontró una brecha cada vez más visible entre el uso cotidiano de chatbots y la percepción negativa sobre sus efectos.
El dato más duro del sondeo indica que solo el 16% de los encuestados considera que la IA tendrá un impacto positivo en la sociedad. En contraste, el 40% cree que su efecto será negativo.
La diferencia no es menor, porque sugiere que el crecimiento de estas herramientas no está traduciéndose en mayor confianza pública. Más bien, la expansión del uso parece convivir con una incomodidad creciente.
Para los mercados tecnológicos y para las compañías que han apostado miles de millones por esta industria, la señal es relevante. Una tecnología puede expandirse rápido, pero eso no garantiza aceptación social duradera.
Más uso, menos entusiasmo
La encuesta muestra que el 49% de los adultos en Estados Unidos dice usar chatbots de IA como ChatGPT. La cifra representa un salto importante frente al 33% que reportó ese uso en 2024.
Además, una cuarta parte de quienes utilizan estas herramientas asegura hacerlo a diario. Eso confirma que la IA conversacional ya no es una curiosidad marginal, sino un recurso habitual para millones de personas.
ChatGPT sigue siendo, por amplio margen, el chatbot más popular entre los usuarios consultados. Ese liderazgo ayuda a explicar por qué gran parte del debate público sobre IA termina concentrándose en modelos de conversación y asistencia automatizada.
Sin embargo, el incremento en la adopción no vino acompañado de una mejora en la imagen de la tecnología. Ese es el rasgo más llamativo del estudio y también el que más preguntas abre para la industria.
En términos simples, más estadounidenses están utilizando IA, pero eso no implica que la valoren más. La experiencia directa con la tecnología no parece estar disipando las dudas sobre sus efectos sociales.
En parte, esto puede leerse como una señal de madurez del mercado. Cuando una herramienta deja de ser una promesa abstracta y entra en la rutina diaria, sus fallas, límites y costos se vuelven más visibles.
Percepción negativa sobre la sociedad y sobre la vida personal
Más allá de la opinión sobre el país en general, la encuesta también midió expectativas personales. Allí, el 31% de los adultos dijo que espera que la IA le afecte de manera negativa.
Ese número es menor al 40% que prevé un efecto social negativo, pero sigue siendo alto. Sugiere que una parte importante de la población ya no ve la IA solo como un debate lejano, sino como algo con posibles consecuencias directas.
El estudio no ofrece una causa única para esta distancia entre uso y percepción. Aun así, la brecha resulta significativa porque apunta a una relación instrumental con la tecnología, más que a una relación de confianza.
Muchas personas pueden usar estas herramientas para resolver tareas puntuales y, al mismo tiempo, desconfiar de sus implicaciones laborales, éticas o culturales. Esa combinación no es contradictoria si la adopción responde más a necesidad que a entusiasmo.
La discusión también conecta con temores frecuentes sobre automatización, calidad de la información, sesgos, privacidad y poder corporativo. Aunque el artículo de origen no desarrolla cada una de esas áreas, sí deja claro que el malestar público es amplio.
Desde una perspectiva más amplia, esto importa porque las plataformas de IA siguen dependiendo de inversión intensiva y de expectativas de crecimiento futuro. Si la percepción negativa se consolida, la expansión comercial podría encontrar límites más duros.
La Generación Z lidera el uso, pero también la cautela
Uno de los hallazgos más curiosos del sondeo aparece al revisar las diferencias por edad. Los adultos de 18 a 29 años, correspondientes a la Generación Z, fueron los más cautelosos respecto a la IA.
Dentro de ese grupo, el 48% dijo creer que la tecnología será negativa para la sociedad. Al mismo tiempo, también fue el segmento que más reportó usar IA, con un 66%.
Esa combinación rompe con la idea de que los usuarios más jóvenes son necesariamente los más optimistas frente a las nuevas tecnologías. En este caso, familiaridad no equivale a aprobación.
Puede tratarse de una generación que conoce mejor las ventajas prácticas de la IA, pero que también percibe con mayor claridad sus defectos. El uso intensivo puede exponer más rápidamente los errores, las respuestas dudosas y la sensación de dependencia.
También es posible que los jóvenes estén más expuestos a entornos académicos y laborales donde la IA ya se volvió parte de la rutina. Esa cercanía puede impulsar el uso sin generar, por ello, confianza sobre su impacto estructural.
Para las empresas del sector, el dato es incómodo. Si el grupo con mayor adopción no se convierte en su base de apoyo más sólida, la narrativa del crecimiento orgánico pierde fuerza.
Los grupos de mayor edad muestran patrones distintos
Entre los adultos de 30 a 49 años, el 39% considera que la IA tendrá un efecto negativo en la sociedad. En el caso de las personas de 50 años en adelante, la proporción fue del 37%.
Esos porcentajes son menores al 48% observado en la Generación Z, pero siguen mostrando una visión predominantemente cautelosa. La diferencia es que el nivel de uso cae a medida que aumenta la edad.
En el grupo de 30 a 49 años, el 61% dijo usar chatbots de IA. Entre los adultos de 50 a 64 años, la cifra bajó al 42%.
Para los mayores de 65 años, el uso fue inferior a una cuarta parte. Esa caída revela que la adopción no es uniforme y que todavía existe una brecha generacional importante en la relación con estas herramientas.
Aun así, el patrón general persiste en casi todos los grupos: las reservas sobre la IA no desaparecen con el contacto. La tecnología se usa, pero no termina de inspirar una expectativa mayoritariamente positiva.
Esto obliga a distinguir entre penetración de mercado y legitimidad pública. Una plataforma puede ampliar su base de usuarios mientras acumula objeciones sociales que más adelante pesen sobre su regulación o su demanda.
Una industria impulsada por expectativa y capital
El artículo original plantea que no está claro qué impulsa exactamente la distancia entre percepción y uso. Una posibilidad es que muchas personas se sientan obligadas a emplear estas herramientas, incluso si reconocen sus carencias.
Ese punto es especialmente relevante en el ámbito laboral. Según el texto, numerosos trabajadores se ven empujados a usar IA en su empleo, mientras que sus jefes suelen mostrarse más entusiastas con la tecnología.
Si ese patrón se amplía, la adopción de la IA podría explicarse menos por deseo del usuario y más por presión organizacional. En ese escenario, las métricas de crecimiento no reflejarían necesariamente una aprobación genuina.
La industria, mientras tanto, continúa respaldada por una fuerte ola de inversión y por una narrativa de transformación inevitable. Pero el artículo subraya que las ganancias siguen siendo esquivas.
Esa combinación entre hype, capital abundante y rentabilidad incierta no es nueva en tecnología. Lo novedoso aquí es que el desgaste reputacional parece avanzar al mismo tiempo que el despliegue comercial.
Para cualquier sector emergente, la pregunta decisiva no es solo cuántos usuarios suma hoy, sino cuántos estarán dispuestos a sostener su uso dentro de años o décadas. Si la ciudadanía no desarrolla afinidad con la herramienta, el negocio de largo plazo se vuelve más frágil.
Lo que esta paradoja dice sobre el futuro de la IA
La encuesta no prueba que la IA vaya a perder terreno en el corto plazo. Lo que sí sugiere es que su consolidación social podría ser más conflictiva de lo que muchos ejecutivos y promotores imaginan.
Cuando una tecnología avanza más rápido que la confianza pública, suelen aparecer fricciones regulatorias, culturales y económicas. Ese proceso puede tardar, pero rara vez pasa inadvertido.
Para audiencias interesadas en innovación, mercados y activos digitales, el caso resulta familiar. En criptomonedas también se ha visto cómo adopción, narrativa e imagen pública pueden moverse en direcciones distintas durante largos períodos.
En el caso de la IA, la diferencia es que su inserción en la vida cotidiana parece más inmediata. Eso amplifica tanto su utilidad práctica como el escrutinio sobre sus costos reales.
Por ahora, el principal mensaje del sondeo es claro. En Estados Unidos, la IA se usa más que antes, pero una parte importante de la sociedad no está convencida de que eso implique un futuro mejor.
Si esa percepción persiste, la industria tendrá que demostrar no solo potencia tecnológica, sino también valor social concreto. De lo contrario, el crecimiento actual podría terminar apoyado más en la inercia y en el financiamiento que en la confianza del público.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.
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