Un nuevo episodio de El Niño ya fue declarado oficialmente y varios modelos apuntan a que podría escalar a la categoría de super El Niño. En un planeta más caliente que nunca, científicos advierten que el fenómeno podría intensificar sequías, inundaciones, olas de calor, crisis agrícolas y disrupciones económicas en múltiples regiones del mundo.
***
- NOAA declaró oficialmente el estado de El Niño el 11 de junio de 2026 tras un rápido aumento de la temperatura en la región Niño 3.4.
- Modelos citados por especialistas asignan un 63% de probabilidad a que el evento supere los 2 °C de anomalía, umbral asociado a un super El Niño.
- El fenómeno amenaza con alterar lluvias, cosechas, pesca, salud pública y cadenas globales de suministro en un contexto de calor oceánico récord.
🌎🔥 ¡Alerta! Un super El Niño se aproxima y científicos advierten sobre sus consecuencias.
El fenómeno ya fue declarado oficialmente.
Modelos predicen un calentamiento de más de 2 °C.
Potenciales impactos: sequías, inundaciones y crisis alimentaria.
Las comunidades de 51… pic.twitter.com/NGzwi8r3fE
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) June 30, 2026
El Pacífico ecuatorial atraviesa un cambio de fase que inquieta a la comunidad científica. La preocupación no gira en torno a un episodio estacional más, sino a la posibilidad de que el evento actual evolucione hacia un super El Niño en un planeta ya recalentado.
En It’s Happening – A Super El Niño Is Coming, Dr Ben Miles expone que varios modelos están convergiendo hacia una misma conclusión. Según su revisión, lo que viene podría convertirse en el episodio de El Niño más potente y destructivo de la historia registrada.
La alarma se apoya en observaciones satelitales, boyas oceánicas y registros térmicos del Pacífico. Durante tres meses, satélites de NASA siguieron una enorme masa de agua del tamaño de un continente y hasta 7,5 °C más caliente que el resto del océano.
Esa masa avanzó desde Filipinas hasta Perú en un trayecto de unos 9.000 millas. Los oceanógrafos la identifican como una onda Kelvin, una de las primeras señales clásicas de que El Niño puede estar desplegándose.
La inquietud aumenta porque este patrón natural llega sobre una base climática distinta a la de décadas anteriores. La Tierra, según se plantea en el análisis, ya se encuentra en su estado más cálido desde que existen registros modernos comparables.
Cómo funciona El Niño y por qué altera el clima global
Para entender el riesgo, primero hay que observar la mecánica del Pacífico tropical. Ese océano cubre cerca de un tercio de la superficie del planeta y sobre su franja ecuatorial soplan de forma casi permanente los vientos alisios.
Esos vientos fluyen de este a oeste debido al fuerte calentamiento solar en el ecuador y al efecto de rotación de la Tierra. Al desplazarse, empujan la capa superficial de agua cálida hacia Asia y Oceanía.
Ese empuje mantiene una diferencia térmica muy marcada entre ambos extremos del Pacífico. En condiciones normales, el oeste puede ser hasta 8 °C más cálido que el este y el nivel del mar puede quedar hasta 0,5 metros más alto.
Frente a Sudamérica ocurre el proceso complementario. La retirada de agua superficial favorece el afloramiento de agua fría y rica en nutrientes, una surgencia que sostiene parte de las zonas pesqueras más productivas del planeta.
Ese mismo enfriamiento costero ayuda a estabilizar patrones regionales de viento y lluvia. También modera temperaturas en Sudamérica y suprime parte de la lluvia tropical y de los monzones asociados al equilibrio habitual del sistema.
En el extremo occidental del Pacífico sucede lo opuesto. La acumulación constante de agua cálida incrementa la evaporación, eleva la humedad atmosférica y alimenta lluvias esenciales para países como Indonesia, donde más de 270 millones de personas dependen de ese ciclo.
La circulación resultante no queda confinada al océano. Según la explicación revisada por Dr Ben Miles, esos intercambios energéticos influyen sobre 51 países y sobre un 38% de la población mundial.
El problema surge cuando los vientos alisios se debilitan o colapsan. En ese momento, la montaña de agua cálida acumulada cerca de Asia deja de estar contenida y comienza a desplazarse de regreso hacia el este.
Ese desplazamiento libera una onda Kelvin de hundimiento que avanza a lo largo del ecuador. Cuando llega a Sudamérica, empuja la termoclina hacia abajo y bloquea el ascenso del agua fría que alimenta la pesca y enfría la costa.
La termoclina que normalmente puede hallarse a 30 o 40 metros de profundidad frente a Perú puede hundirse hasta 150 o incluso 200 metros. Con ello, el agua fría rica en nutrientes ya no logra romper la capa cálida superior.
Las consecuencias se extienden rápido. Desaparece el fitoplancton, caen las poblaciones de peces y las economías pesqueras locales sufren un golpe severo, al tiempo que fauna y comunidades humanas pierden una fuente vital de alimento.
Las señales de 2025 y 2026 que encendieron la alerta
El episodio actual comenzó a gestarse entre 2024 y 2025. Durante ese período, vientos alisios más intensos de lo normal empujaron agua cálida hacia el oeste y profundizaron una reserva térmica frente a Filipinas.
Según el relato, ese reservorio fue más profundo y más caliente que cualquier otro medido hasta ahora. Esa anomalía ya representaba una señal de advertencia para los especialistas que vigilan el Pacífico ecuatorial.
La vigilancia se apoyó en unas 70 amarras oceánicas profundas distribuidas a lo largo del Pacífico ecuatorial. Esos sistemas registran de forma continua temperatura y corrientes desde la década de 1990.
Hacia noviembre de 2025, ese entramado instrumental comenzó a detectar un aumento paulatino de la temperatura en el Pacífico central. Pequeños pulsos de calor empezaban a escapar del gran reservorio térmico occidental.
El calentamiento seguía siendo gradual, no explosivo. Para la primavera de 2026, la anomalía superficial rondaba cerca de 1 °C por encima de lo normal, aunque aún no bastaba para confirmar que El Niño ya estuviera en marcha.
El punto de inflexión, según la cronología presentada, ocurrió entre el 4 y el 8 de abril. En esos días se formaron casi al mismo tiempo tres ciclones tropicales a ambos lados del ecuador.
En el hemisferio sur, Uru y Vanu avanzaron sobre el mar de Salomón y el Pacífico sur. En el hemisferio norte, cerca de Micronesia, Sinlaku pasó de tormenta tropical a supertifón equivalente a categoría 5.
Sinlaku registró vientos sostenidos de alrededor de 280 kilómetros por hora antes de impactar las Islas Marianas. La disposición simultánea de las tres tormentas a lo largo de una longitud similar fue el detalle que captó la atención de los investigadores.
Por la forma en que la rotación terrestre condiciona el giro de los ciclones, el lado de cada tormenta orientado hacia el ecuador empujó el aire hacia el oeste en contra del flujo normal. Eso ayudó a revertir los alisios durante la mayor parte de una semana.
Esa breve inversión fue suficiente para liberar la gran masa de agua cálida retenida en el Pacífico occidental. Durante abril y mayo, los científicos observaron cómo una lámina de agua hasta 8 °C más caliente que su entorno se deslizaba hacia el este.
La masa cálida se movía a entre 2 y 3 metros por segundo y se encontraba entre 50 y 200 metros de profundidad. A su paso, la superficie del mar se elevó cerca de 15 centímetros.
Esa variación puede sonar modesta para un observador común. Sin embargo, bastó para que el satélite Sentinel-6 de NASA, en órbita a más de 1.300 kilómetros de altura, siguiera el cambio casi centímetro a centímetro a través del Pacífico.
La declaración oficial de NOAA y el riesgo de un super El Niño
Para confirmar si el calentamiento ya estaba reorganizando la atmósfera global, NOAA centró la atención en la región Niño 3.4. Ese sector del Pacífico es clave porque sus variaciones térmicas se asocian con los efectos planetarios del fenómeno.
El deterioro fue rápido. A fines de abril, la anomalía térmica en esa región había subido de 0,1 °C a 0,48 °C, casi cinco veces por encima del nivel anterior señalado en el seguimiento.
En mayo, mientras la onda Kelvin impulsada por los ciclones seguía cruzando el Pacífico, el indicador continuó aumentando. Para el cierre de ese mes, la lectura ya alcanzaba +0,94 °C.
Luego llegó el hito institucional. El 11 de junio de 2026, NOAA emitió la alerta oficial que reconoció que el planeta había entrado en un estado de El Niño.
Lejos de frenarse, el sistema siguió intensificándose en los días siguientes. La lectura del 17 de junio de 2026 ya marcaba +1,7 °C y, de acuerdo con la evaluación presentada, todavía tenía margen para seguir subiendo durante el verano.
Solo tres eventos habían alcanzado niveles comparables desde que existen registros modernos. Los episodios de 1982, 1998 y 2016 tocaron máximos cercanos a entre +2,4 °C y +2,5 °C.
El pronóstico citado de NOAA asigna un 63% de probabilidad a que el fenómeno actual supere los 2 °C de calentamiento. Ese umbral es el que suele asociarse a la categoría de super El Niño.
La propia revisión aclara que algunos científicos consideran conservadora esa proyección. En otras palabras, existe la percepción de que el riesgo podría estar subestimado si el sistema mantiene su impulso actual.
La preocupación no responde solo al número final de la anomalía. También influye el contexto físico en el que se desarrolla, con océanos ya cargados de calor extra y con olas de calor en tierra golpeando a múltiples regiones.
En ese marco, un El Niño intenso puede llevar el clima global a territorios inéditos. La razón es que expone a la atmósfera parte del calor que antes estaba almacenado en capas más profundas del océano.
Precedentes históricos y posibles impactos sobre salud, alimentos y economía
La historia climática ofrece antecedentes que ayudan a dimensionar el riesgo. El evento de 1998, por ejemplo, llevó agua cálida hasta la costa oriental de África y provocó lluvias hasta 100 veces más intensas de lo normal.
Las inundaciones no llegaron solas. Después se produjeron brotes de malaria y el mayor brote registrado de fiebre del Valle del Rift, además de decenas de miles de casos de cólera en el Cuerno de África.
Ese mismo año 1998 se convirtió en el más cálido del registro instrumental de ese momento. El calor liberado por El Niño fue una de las piezas centrales detrás de ese salto térmico global.
En Estados Unidos, la alteración de los patrones de viento se vinculó con la llamada noche de los tornados en el centro de Florida. Entre el 22 y el 23 de febrero tocaron tierra 15 tornados.
Ese episodio dejó 42 muertos y 259 heridos. Sigue siendo el evento de tornados más letal de la historia de Florida, según los datos citados en la exposición.
Sudamérica también padeció efectos severos. La pérdida del afloramiento frío favoreció sequías en el nordeste de Brasil, destruyó cultivos de subsistencia y afectó a 10 millones de personas.
Ese año también registró la peor temporada de incendios amazónicos conocida hasta entonces. El dato importa más allá de lo ambiental, porque Brasil es una potencia agrícola y el tercer mayor exportador de productos agrícolas del mundo.
Según la explicación revisada, la producción brasileña ayuda a alimentar a cerca del 11% de la población global. Una disrupción prolongada en ese sistema tiene implicaciones que van mucho más allá de las fronteras nacionales.
El antecedente más severo mencionado es el de 1876, descrito como el El Niño más fuerte del registro instrumental. La energía liberada entonces coincidió con el fracaso de los monzones en India, China, Brasil y el Cuerno de África durante tres años.
La ausencia de lluvias derivó en la Gran Hambruna. Se estima que entre 30 millones y 60 millones de personas murieron en ese desastre, uno de los más devastadores vinculados a variaciones climáticas a gran escala.
Hoy, el paralelismo inquieta porque la distribución del calor oceánico recuerda de forma visual a la de aquella etapa histórica. La diferencia es que el sistema climático actual parte de una línea base más caliente.
El análisis también vincula ese riesgo con señales recientes en tierra firme. Entre ellas menciona el récord de 45 °C en Francia, el día de 100 °F más temprano en Arizona, con 102 °F en marzo, y una intensa ola de calor en Reino Unido.
Lo que podría venir y por qué el monitoreo temprano sigue siendo crucial
Si el evento se fortalece como anticipan varios modelos, las perturbaciones podrían golpear la producción agrícola en India, China, Brasil, Australia y África. Eso pondría en riesgo el suministro de alimentos de más de 1.300 millones de personas.
La amenaza no se limita al clima local de cada país. Una alteración simultánea en varias regiones exportadoras puede golpear precios, disponibilidad, comercio internacional y estabilidad social.
A esa posibilidad se suma un problema logístico descrito como especialmente inoportuno. Aproximadamente un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes necesarios para la producción agrícola habría quedado interrumpido y atascado en el estrecho de Ormuz.
La combinación de calor extremo, lluvias desordenadas, cosechas dañadas y fertilizantes demorados dibuja un escenario delicado. El propio análisis plantea el riesgo de una crisis económica, calórica y humanitaria de escala global.
Frente a ese panorama, el principal recurso disponible es la anticipación. A diferencia del devastador episodio de 1982, que llegó con escaso aviso, hoy existen redes de observación mucho más robustas sobre el Pacífico.
Tras el shock de 1982, el gobierno de Estados Unidos financió mejoras para el monitoreo oceánico. De ahí surgió el fortalecimiento del sistema de boyas TAO/TRITON, que permite seguir la evolución térmica y dinámica del océano ecuatorial.
Esas redes no pueden detener un tifón ni salvar por sí mismas una cosecha. Sin embargo, sí permiten ganar tiempo para preparar respuestas en agricultura, salud pública, gestión de agua e infraestructura.
La preocupación reciente es que parte de esa arquitectura científica estuvo en riesgo presupuestario. En mayo, la National Science Foundation avanzó hacia el cierre de la Ocean Observatories Initiative por objetivos de ajuste aplicados por la administración.
Esa iniciativa reúne más de 900 sensores frente a las costas del Pacífico y el Atlántico. Aunque no todos están dedicados a El Niño, sus datos ayudan a vigilar olas de calor marinas, acidificación oceánica y corrientes profundas del Atlántico.
Por ahora, la infraestructura seguirá operando. Según se indicó, el Senado intervino la semana pasada y dejó en suspenso ese recorte, preservando temporalmente un sistema considerado importante para entender cómo cambia el planeta.
La conclusión de fondo no es que el desastre sea inevitable. El mensaje central es que la humanidad posee mejores herramientas para ver el problema acercarse, pero aún necesita traducir esa ventaja informativa en planes concretos y coordinados.
Si el actual El Niño termina siendo menos severo de lo temido, la alerta habrá servido como recordatorio útil. Si se acerca a los peores escenarios, la diferencia entre monitorear y actuar a tiempo podría ser decisiva para millones de personas.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.
Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA y revisado por un editor humano para garantizar calidad y precisión.
ADVERTENCIA: DiarioBitcoin ofrece contenido informativo y educativo sobre diversos temas, incluyendo criptomonedas, IA, tecnología y regulaciones. No brindamos asesoramiento financiero. Las inversiones en criptoactivos son de alto riesgo y pueden no ser adecuadas para todos. Investigue, consulte a un experto y verifique la legislación aplicable antes de invertir. Podría perder todo su capital.
Suscríbete a nuestro boletín
Artículos Relacionados
Hardware
Nvidia convirtió la RTX 3080 en una anomalía y pasó años corrigiendo ese error
Hardware
Valve retira su promesa de 4K a 60 FPS para Steam Machine tras críticas al equipo de USD $1.049
Hardware
Linux 7.2 avanza con programación consciente de caché y mejoras clave para AMD e Intel
Empresas