Investigadores observaron desde un jet privado la reentrada de Tango y Samba, dos satélites de la ESA, para medir los compuestos liberados durante su desintegración y evaluar posibles efectos sobre la atmósfera.
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- Las naves Tango y Samba reingresaron sobre el Pacífico con un día de diferencia, tras 25 años de servicio en la misión Cluster.
- Un equipo internacional utilizó 30 instrumentos, incluidos cámaras y espectrómetros, para estudiar fragmentos y compuestos como aluminio, titanio, sodio y potasio.
- Los científicos buscan determinar si el óxido de aluminio generado durante la combustión podría contribuir al deterioro del ozono.
Una reentrada observada desde el aire
Dos satélites de la Agencia Espacial Europea, Tango y Samba, se desintegraron sobre el océano Pacífico mientras un equipo internacional de investigadores los seguía desde un jet privado. Las reentradas ocurrieron con un día de diferencia, el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 2026, cerca de varios cientos de millas del archipiélago polinesio de Tonga, según la información publicada por Space.com.
Las dos naves formaban parte de Cluster, una constelación de cuatro satélites que estudió durante 25 años la interacción entre el campo magnético terrestre y el viento solar. Rumba y Salsa, las otras integrantes de la misión, ya habían sido desorbitadas, por lo que la destrucción controlada de Tango y Samba ofreció una oportunidad excepcional para observar el final del programa científico.
El equipo no persiguió las naves por motivos visuales, aunque sus integrantes describieron la reentrada como un espectáculo de bolas de fuego que permanecieron visibles durante decenas de segundos. Los investigadores querían registrar qué ocurre cuando un satélite se fragmenta, se derrite y libera compuestos químicos mientras atraviesa las capas superiores de la atmósfera.
La observación fue posible porque los controladores de la ESA mantuvieron el contacto con Tango y Samba hasta los últimos momentos, además de calcular con precisión sus trayectorias. Esa información permitió que la aeronave llegara a las inmediaciones del punto previsto para la ruptura y que los instrumentos captaran el fenómeno desde una distancia cercana a 120 kilómetros.
Instrumentos para estudiar la combustión
El pequeño jet comercial llevaba 30 instrumentos, entre cámaras y espectrómetros equipados con filtros especiales, mientras ocho científicos trabajaban dentro de una cabina oscurecida. El equipo logró observar las dos reentradas con 29 de esos 30 instrumentos. El grupo operó los equipos a través de las seis ventanas del avión, con el objetivo de registrar tanto la fragmentación física como las firmas espectrales de los elementos liberados durante la combustión.
Jiří Šilha, CEO de la empresa eslovaca Astros Solutions y uno de los investigadores a bordo, explicó a Space.com que el satélite apareció inicialmente como una fuente compacta de luz mientras el material se ablacionaba. Después se produjo una explosión repentina, seguida por la separación de numerosos fragmentos que continuaron calentándose y consumiéndose durante el descenso.
A diferencia de un meteoro o un bólido, que suele cruzar el cielo en pocos segundos, un satélite reingresa con menor velocidad relativa y desde un ángulo más superficial. Esa trayectoria prolonga el fenómeno porque la atmósfera frena progresivamente la estructura, que había alcanzado unos 36.000 kilómetros por hora al golpear las capas superiores.
Los científicos comenzaron a observar las naves cerca de los 90 kilómetros de altitud y dejaron de verlas entre los 65 y 70 kilómetros, de acuerdo con Šilha. Durante aproximadamente 30 o 40 segundos después de la explosión, las cámaras siguieron una estructura cambiante formada por fragmentos que se ablacionaban, se quemaban o finalmente perdían velocidad.
La incógnita del aluminio y el ozono
La campaña buscó identificar siete compuestos químicos, entre ellos titanio, sodio y potasio, que pueden liberarse cuando los materiales de un satélite se calientan hasta desintegrarse. El aluminio recibió una atención especial porque constituye una parte importante de las estructuras espaciales y no aparece de manera natural en la atmósfera terrestre en las mismas condiciones.
El interés científico se concentra en la posibilidad de que el aluminio forme óxido de aluminio durante la incineración. Los investigadores todavía no saben con exactitud cómo se produce esa reacción, en qué cantidades ocurre ni a qué altitudes podría concentrarse, pero consideran relevante estudiar sus eventuales efectos sobre el ozono de la estratosfera.
Šilha señaló que el equipo intentó medir el aluminio a distintas alturas mediante filtros especializados, con la intención de identificar el momento en que el elemento interactúa con la atmósfera. Esas mediciones podrían mostrar si la formación de óxido de aluminio ocurre durante fases concretas de la ruptura o si se extiende a lo largo de todo el descenso.
La preocupación adquiere mayor importancia a medida que aumenta el número de satélites en órbita y se multiplican las reentradas previstas. Grandes empresas tecnológicas y aeroespaciales preparan despliegues de constelaciones para la próxima década, un escenario que vuelve urgente mejorar los modelos sobre contaminación atmosférica.
Más satélites, más preguntas sobre la basura espacial
Aunque muchas reentradas se diseñan para que los satélites se destruyan sobre zonas oceánicas, todavía existen dudas sobre qué vehículos se queman por completo y cuántos fragmentos pueden sobrevivir hasta alcanzar el suelo. Esa incertidumbre plantea riesgos potenciales para personas y propiedades, además de dificultar la evaluación ambiental de las futuras constelaciones.
El avión proporcionó ventajas que no habría ofrecido una observación convencional desde tierra. Al volar por encima de nubes y evitar una parte más densa de la atmósfera, la plataforma redujo obstáculos visuales y distorsiones que podrían afectar las mediciones espectrales de los materiales incandescentes.
Las cámaras captaron decenas de fragmentos con un nivel de detalle que el equipo considera inédito para este tipo de evento. La combinación de imágenes y espectros permitirá reconstruir qué reacciones químicas ocurren durante cada segundo de la ruptura, así como comparar la secuencia real con las simulaciones utilizadas para predecir el destino de los satélites.
Los investigadores analizarán ahora los datos para determinar si los modelos físicos y químicos coinciden con lo ocurrido en Tango y Samba. Sus resultados podrían ayudar a especialistas en física y química atmosférica a estimar con mayor precisión el posible impacto climático y ambiental de una industria espacial que planea poner en órbita cantidades cada vez mayores de hardware.
Una campaña que empezó con Salsa
La misión de observación no comenzó con Tango y Samba. El equipo ya había seguido la reentrada de Salsa, el primero de los cuatro satélites Cluster en abandonar la órbita, el 8 de septiembre de 2024, y utilizó las lecciones de aquella experiencia para perfeccionar la operación posterior.
La campaña anterior permitió ajustar la planificación, acercar la aeronave a las trayectorias calculadas y mejorar la precisión de las observaciones. En las reentradas de 2026, los investigadores pudieron situarse a unos 120 kilómetros de las naves y trabajar con una combinación más completa de cámaras, espectrómetros y filtros.
La experiencia también mostró el valor de coordinar a los operadores de una misión espacial con equipos científicos independientes. Mientras los controladores de la ESA seguían la telemetría y calculaban el punto final de las naves, el grupo aéreo preparaba los instrumentos para capturar una fase que normalmente ocurre demasiado rápido, lejos y en condiciones difíciles de observar.
El resultado será una base de datos sobre cómo se destruyen realmente los satélites, no solo sobre cómo deberían comportarse en simulaciones. Para los investigadores, esa diferencia puede ser decisiva al evaluar los efectos de futuras constelaciones y al determinar si la expansión de los servicios espaciales también está trasladando contaminantes hacia la atmósfera terrestre.
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