Por Canuto  

El petróleo se mantuvo por encima de USD $100 por barril mientras la guerra en Irán escala, el Estrecho de Ormuz sigue prácticamente cerrado y los mercados intentan medir el impacto de una crisis energética que ya altera expectativas sobre inflación, tasas de interés y crecimiento global.
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  • El Brent se sostuvo sobre USD $100 y el WTI superó USD $96,50 tras nuevos ataques a infraestructura clave en la región.
  • Morgan Stanley elevó su previsión para el segundo trimestre a USD $110 por barril, frente a USD $80 previos.
  • La Reserva Federal, el BCE y el Banco de Inglaterra podrían mantener tasas estables mientras evalúan el shock energético.

 


Los precios del petróleo continuaban por encima de la cota de USD $100 por barril este lunes, en medio de una escalada militar en torno a Irán que ya compromete infraestructura energética crítica y mantiene en tensión a los mercados globales. La combinación de ataques cruzados, interrupciones logísticas y un Estrecho de Ormuz prácticamente cerrado ha reavivado el temor a un shock energético de alcance mundial.

El crudo Brent, referencia internacional, se mantuvo sobre USD $100 por barril. Por su parte, el West Texas Intermediate, referencia de Estados Unidos, cotizó por encima de USD $96,50 luego de haber superado también el umbral de USD $100 el domingo por la noche. El movimiento confirma que los operadores están incorporando un escenario de restricción sostenida de suministro en una de las regiones más sensibles del mapa energético.

Para lectores menos familiarizados con este mercado, el Estrecho de Ormuz es una ruta marítima esencial para el transporte global de petróleo. Cualquier interrupción allí suele repercutir de inmediato en precios, fletes, seguros marítimos y expectativas macroeconómicas. En esta ocasión, la presión no proviene de una amenaza teórica, sino de un conflicto que ya golpea puertos, terminales y flujos reales de energía.

De acuerdo con la cobertura de Yahoo Finance, la situación ha derivado en lo que varios analistas describen como la mayor crisis energética desde, al menos, la década de 1970. Ese diagnóstico no se apoya solo en el precio del barril, sino en la amplitud del riesgo: rutas cerradas, costos logísticos disparados y bancos centrales obligados a recalibrar su lectura sobre inflación y crecimiento.

Escalada militar y bloqueo de flujos energéticos

Durante el fin de semana, los acontecimientos en la región apuntaron a una mayor escalada. El viernes por la noche, Estados Unidos atacó varios activos militares en la isla de Kharg, principal terminal de exportación de petróleo del régimen iraní. Además, se lanzaron amenazas explícitas contra la infraestructura petrolera de la isla si el conflicto continúa.

Al mismo tiempo, ataques con drones por parte de Irán el sábado y el lunes detuvieron las cargas de petróleo en el puerto de Fujairah, en Emiratos Árabes Unidos. Ese enclave es un punto clave para el comercio energético regional, por lo que la interrupción amplificó la percepción de vulnerabilidad sobre toda la industria del Golfo.

La situación en el Estrecho de Ormuz agrava aún más el panorama. La vía permanece esencialmente cerrada para casi todos los barcos, con la excepción de un pequeño grupo de tanqueros indios de gas licuado de petróleo que logró cruzar durante el fin de semana. El dato ilustra hasta qué punto la circulación marítima se ha reducido.

Durante esos mismos días, el presidente Trump pidió a otros líderes mundiales que intensificaran sus esfuerzos para reabrir el paso. Sin embargo, esos socios internacionales todavía no han ofrecido compromisos concretos ni medidas visibles. El mercado también siguió de cerca reportes que apuntan a intentos de Washington por articular una respuesta de coalición, aunque las señales iniciales sugieren que esos esfuerzos no han dado frutos.

La consecuencia inmediata ha sido un mayor retroceso en los contratos inmediatos y un aumento de las tarifas de flete y de los costos de seguro para embarcaciones que operan en la región. En los mercados de materias primas, esos factores suelen trasladarse con rapidez al precio del barril, ya que encarecen tanto el transporte como la percepción total de riesgo.

Analistas elevan previsiones y advierten sobre un shock prolongado

En una nota enviada a clientes este lunes, Martijn Rats, director de investigación de renta variable de Morgan Stanley, informó que elevó su pronóstico para el petróleo en el segundo trimestre a un promedio de USD $110 por barril. Anteriormente, su previsión era de USD $80. Para el tercer trimestre, ahora espera un promedio de USD $90, frente a los USD $70 estimados antes.

La magnitud del ajuste refleja un cambio importante en la lectura del mercado. No se trata solo de un rebote táctico por titulares bélicos, sino de una revisión sobre la duración posible del desbalance entre oferta y demanda. Cuando firmas de ese tamaño modifican de forma tan marcada sus escenarios, otros participantes suelen reevaluar posiciones en energía, renta fija y monedas.

Daniela Hathorn, analista de Capital, resumió el dilema en una frase citada este lunes: el resultado es “un estancamiento de alto riesgo que los mercados están luchando por valorar”. La especialista añadió que los flujos energéticos siguen significativamente restringidos y que, mientras eso persista, el riesgo de un shock energético global prolongado se mantendrá elevado.

Esa idea de “estancamiento de alto riesgo” es central para entender el momento actual. Los mercados no enfrentan una resolución rápida ni una disrupción total claramente definida. En su lugar, intentan fijar precios en un entorno donde la interrupción ya existe, pero la duración y la profundidad del daño siguen abiertas.

Inflación, tasas y crecimiento bajo nueva presión

Más allá de la geopolítica, el repunte del petróleo se está filtrando a las expectativas macroeconómicas. Esta semana, los inversionistas esperan decisiones de política monetaria de la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra. El consenso apunta a que las tres instituciones mantendrán las tasas sin cambios mientras evalúan el efecto del shock energético sobre inflación y actividad.

En el caso de la Reserva Federal, se espera que los responsables de política destaquen que el alza del petróleo elevó la incertidumbre sobre la trayectoria de la economía de Estados Unidos. Las nuevas proyecciones podrían mostrar una inflación algo más fuerte, un crecimiento más débil y un aumento modesto del desempleo. Aunque el mercado aún contempla recortes de tasas más adelante este año, varios economistas sostienen que el encarecimiento reciente de la energía podría retrasar ese calendario.

En Europa, el tono esperado sería parecido. El BCE probablemente subrayará la necesidad de vigilar los riesgos inflacionarios asociados al alza de la energía, manteniendo al mismo tiempo un enfoque dependiente de los datos. El Banco de Inglaterra, por su parte, también sería proclive a sostener las tasas estables, con analistas que ahora ven los recortes más desplazados hacia la segunda mitad del año.

El mensaje de fondo es delicado: los bancos centrales podrían quedar atrapados entre una inflación más pegajosa y un crecimiento más frágil. Ese tipo de escenario, conocido en ocasiones como shock de oferta, suele ser especialmente complejo porque limita el margen para relajar condiciones financieras sin correr el riesgo de avivar nuevas presiones en precios.

La reacción en los mercados ya ofrece algunas pistas. Los rendimientos de los bonos del Tesoro de Estados Unidos han subido en las últimas sesiones a medida que los inversionistas reducen la probabilidad de una flexibilización monetaria inmediata. El movimiento refleja el temor a que la fortaleza persistente del petróleo termine influyendo en las expectativas de inflación incluso si el panorama de crecimiento empeora.

Mercados aún podrían estar subestimando el daño

Antonio Gabriel, economista global de Bank of America, advirtió este lunes que los inversionistas podrían estar restando importancia al riesgo de una desaceleración más severa provocada por las consecuencias económicas de la guerra en Irán. Su observación apunta a una divergencia llamativa entre la tensión geopolítica y el comportamiento de algunos activos financieros.

Según explicó, aunque las preocupaciones inflacionarias han aumentado junto con el precio de la energía y eso probablemente influirá en la inflación general durante los próximos meses, el dólar estadounidense ha repuntado y las acciones estadounidenses siguen a menos de un 5% de sus máximos. Esa combinación sugiere que parte del mercado todavía apuesta por un shock mayormente transitorio.

Gabriel escribió que una resolución rápida del conflicto es ciertamente posible, pero consideró igualmente probable que la confrontación se extienda hasta el segundo trimestre. También señaló que no puede descartarse una guerra más prolongada. En su evaluación, los escenarios más disruptivos para el crecimiento global no están siendo ponderados adecuadamente por los precios actuales.

En otras palabras, el petróleo ya está enviando una señal de alarma más clara que otros segmentos del mercado. Si el conflicto se mantiene, las repercusiones podrían ir más allá de la energía y alcanzar consumo, inversión, crédito y actividad industrial en varias economías. Por eso, la evolución del crudo, los bonos y las divisas será clave para medir si este episodio se consolida como una disrupción temporal o como un shock más profundo para el ciclo global.


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