Un informe preliminar dentro del Departamento del Tesoro de EE. UU. advierte que el auge de la inteligencia artificial podría convertirse en una burbuja con efectos de amplio alcance sobre mercados, crédito privado, chips, nube, utilities y centros de datos, en un marcado contraste con el discurso público optimista de la administración Trump.
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- Analistas del Tesoro comparan varios rasgos del boom de IA con la burbuja puntocom, aunque creen que el golpe inicial sería menos abrupto.
- El reporte sostiene que la IA está mucho más integrada a la economía y al sistema financiero que las firmas de internet de finales de los noventa.
- Mientras Scott Bessent celebra la inversión de USD $750.000 millones en IA este año, el Tesoro minimiza oficialmente el contenido del informe.
Un informe preliminar elaborado dentro del Departamento del Tesoro de Estados Unidos advierte sobre los riesgos de una posible burbuja en el mercado de inteligencia artificial. El documento compara elementos clave del auge actual con la burbuja puntocom que estalló a comienzos de la década de 2000.
La revelación resulta llamativa porque contrasta con el tono público de la administración Trump, que ha defendido una expansión acelerada de la IA como motor de crecimiento. En privado, sin embargo, algunos analistas del propio Tesoro ven vulnerabilidades capaces de generar un shock económico amplio si el sector tropieza.
De acuerdo con la información obtenida por NOTUS, el informe concluye que una eventual explosión de la burbuja de IA no provocaría una caída tan inmediata como la vivida con las puntocom. Aun así, sí podría traducirse en menor gasto empresarial, pérdida de confianza inversora y un crecimiento económico más lento.
Para lectores menos familiarizados con el tema, la preocupación no gira solo en torno a las valoraciones bursátiles de las empresas de IA. El punto central es que la industria se ha vuelto un nodo crítico para crédito, infraestructura digital, energía, manufactura de chips y expectativas de productividad futura.
Ese nivel de interconexión hace que cualquier corrección severa no se limite a unas pocas acciones tecnológicas. Según el análisis, una desaceleración fuerte de la IA podría irradiarse por buena parte del ecosistema financiero y corporativo de Estados Unidos.
Un informe interno que enfría el entusiasmo oficial
El informe fue preparado por analistas del Tesoro para el secretario Scott Bessent, el presidente de la Junta de la Reserva Federal, Kevin Warsh, y varios reguladores financieros federales. El texto lleva semanas terminado y aún espera la aprobación formal antes de llegar a su audiencia prevista.
Se espera que esa audiencia incluya finalmente al público. Por ahora, el documento ofrece una mirada poco habitual sobre cómo sectores de la administración Trump evalúan los riesgos financieros ligados a la inteligencia artificial.
El contenido representa un cambio de tono importante frente a la postura pública de la Casa Blanca. Hasta ahora, el discurso oficial se ha concentrado en estimular inversión constante para desbloquear un crecimiento exponencial de la productividad y del negocio tecnológico.
Bessent reforzó ese enfoque en un discurso del 25 de junio en Nueva York. Allí elogió a las mayores firmas tecnológicas por invertir USD $750.000 millones en expansión de IA durante este año.
También comparó el momento actual con la era puntocom, aunque en un sentido favorable. “¿Podríamos hacer al menos eso?”, preguntó Bessent al hablar de metas de productividad, antes de añadir: “¿Podemos hacer tal vez más?”.
A nivel oficial, el Departamento del Tesoro restó valor al informe. Un portavoz dijo que los hallazgos no estaban verificados y que no representaban las políticas ni los puntos de vista de la agencia.
Ese mismo portavoz afirmó que la posición del secretario y del Tesoro de EE. UU. es que la inteligencia artificial será un motor clave de la “nueva Edad de Oro” de Estados Unidos. Añadió que la IA puede ofrecer ganancias de productividad sin precedentes, expandir oportunidades económicas y empoderar a trabajadores y empresas.
Por qué la IA preocupa más que las puntocom
Los analistas del Tesoro sostienen que las compañías de IA están más profundamente arraigadas en la economía estadounidense que sus predecesoras de internet de finales de los noventa. Esa mayor integración es precisamente lo que eleva el riesgo sistémico si cambian las condiciones financieras o si fallan las promesas de productividad.
El informe subraya que muchas de las principales empresas de IA son más maduras, más rentables y cuentan con balances más saludables que las firmas emblemáticas de la burbuja puntocom. Esa diferencia podría amortiguar los daños si la burbuja estalla, o incluso si nunca llega a estallar como tal.
Pero el mismo documento advierte que los inversionistas están asumiendo riesgos muy significativos. Gran parte del sistema financiero depende ahora de que la IA cumpla con expectativas ambiciosas de monetización, rentabilidad y mejoras de productividad.
En otras palabras, el problema no sería solo una corrección de precios en bolsa. El riesgo aparece porque demasiados actores financieros, industriales y corporativos han estructurado sus apuestas futuras alrededor de que la IA siga creciendo a gran velocidad.
El reporte señala además que hoy hay menos inversionistas minoristas expuestos que en la burbuja puntocom. Eso implica que una caída prolongada golpearía más a inversionistas institucionales, que son más relevantes para la estabilidad económica general.
Esa observación es importante porque cambia la naturaleza del peligro. En vez de un fenómeno centrado en pequeños especuladores, la vulnerabilidad estaría más concentrada en fondos, acreedores privados, grandes bancos y empresas con peso sistémico.
Los canales de contagio que detecta el Tesoro
Según el informe, un desplome del mercado de IA enviaría ondas de choque a través de todo el ecosistema económico. Entre los sectores expuestos figuran los mercados bursátiles, los mercados de crédito privado, las firmas que financian la construcción de centros de datos, los proveedores de nube, los fabricantes de chips y las utilities.
La lógica del contagio es sencilla. Si el financiamiento se seca o la demanda no acompaña las expectativas, muchas inversiones en infraestructura quedarían bajo presión y podrían deteriorar balances, flujos de caja y condiciones de crédito.
El documento identifica como vulnerabilidad central la dependencia del sector respecto a la financiación para centros de datos y otros proyectos de infraestructura. Esa fragilidad recuerda a ciertos elementos del colapso puntocom, aunque el contexto empresarial actual sea distinto.
Los analistas explican que la industria de IA está cada vez más concentrada en un pequeño número de empresas. También depende en gran medida del financiamiento del mercado privado y de enormes inversiones físicas para sostener su crecimiento futuro.
Ese componente físico distingue al boom actual de otras modas tecnológicas. La expansión de la IA exige centros de datos, chips avanzados, acceso continuo a la nube, redes eléctricas robustas y disponibilidad de energía a gran escala.
Por eso, la cadena de riesgo no termina en Wall Street. Un revés severo podría afectar desde constructoras y proveedores industriales hasta compañías energéticas y actores financieros que apostaron por ese crecimiento.
Cuellos de botella, geopolítica y monetización
El informe enumera varios factores que podrían frenar el impulso de la IA. Entre ellos figuran problemas en la cadena de suministro, tensiones geopolíticas, cuellos de botella en el suministro eléctrico, deficiencias en las utilities y otros obstáculos de infraestructura.
En un sector que depende tanto de escala, cómputo y energía, esos factores pueden ser determinantes. No hace falta un colapso de demanda para generar tensión, porque también bastaría con una desaceleración operativa o un retraso en la capacidad instalada.
Los analistas reconocen que las valoraciones actuales son menos especulativas y están más respaldadas por ingresos que en la era puntocom. Sin embargo, advierten que el sector sigue en riesgo si no crece tan rápido como promete o si las empresas no logran monetizar sus productos.
Ese punto toca el corazón del debate sobre la IA generativa y su expansión corporativa. El mercado ha premiado promesas de eficiencia y nuevos modelos de negocio, pero una cosa es captar usuarios y otra muy distinta convertir esa adopción en retornos sostenibles.
Si las compañías de IA no alcanzan sus metas, los efectos se sentirían en el sistema financiero en sentido amplio. El informe menciona impactos potenciales sobre grandes bancos, inversiones y acreedores privados.
Además, las mayores empresas de IA están muy interconectadas entre sí y a través de distintos mercados. Esa red de dependencias eleva la probabilidad de impactos generalizados si la inversión se seca o si la demanda cae por debajo de lo esperado.
La política de Trump, el debate regulatorio y la presión del Congreso
La administración Trump ha mostrado públicamente un respaldo sin matices hacia la industria de IA. Bessent ha insistido en que el mayor riesgo no es un exceso financiero, sino que Estados Unidos pierda terreno frente a naciones competidoras.
En un discurso reciente, incluso dijo que en una reunión del G7 discrepó con líderes que veían los principales riesgos de la IA en la seguridad o la pérdida de empleos. “Creo que estaban un poco atónitos cuando dije que el mayor riesgo para la IA es que China nos supere”, afirmó.
Trump también ha sugerido adquirir participaciones del gobierno estadounidense en empresas de IA para que el público pueda beneficiarse de su crecimiento. Además, la Casa Blanca comenzó recientemente a intervenir en los productos que firmas de IA como Anthropic pueden lanzar.
Al mismo tiempo, la administración ha buscado deshacer en gran medida esfuerzos regulatorios que pudieran frenar al sector. Esa orientación encaja con la idea de mantener a Estados Unidos en la delantera tecnológica, aunque choque con las advertencias internas sobre riesgos financieros.
Las preocupaciones sobre una burbuja de IA no se limitan al Tesoro. Durante el último año crecieron en Capitol Hill, entre observadores de Wall Street, ejecutivos, grupos de análisis e incluso dentro de los círculos de principales responsables del sector.
Economistas e instituciones prominentes, incluido el Banco de Inglaterra y el director del Fondo Monetario Internacional, también han expresado inquietud por la sobrevaloración de empresas de IA y por sus riesgos para el sistema económico más amplio. Aun así, los funcionarios de la administración Trump no habían expresado una preocupación comparable en público.
La senadora Elizabeth Warren, demócrata por Massachusetts y miembro de mayor rango del Comité Bancario del Senado, junto con otros senadores demócratas, pidió este año al Tesoro exigir datos no públicos para elaborar un informe sobre los riesgos de una burbuja de deuda en IA. El mes pasado presentó un proyecto de ley con ese objetivo.
La propuesta obligaría a firmas financieras a revelar esa información al Tesoro y requeriría a la agencia informar las distintas formas en que el mundo financiero está expuesto a las expansiones de las empresas de IA. El reporte también detallaría cómo un desplome en IA podría perjudicar a la economía estadounidense y sugeriría acciones regulatorias para mitigar daños.
Warren sostuvo que las empresas de IA y tecnología dependen cada vez más de “formas oscuras de deuda y magia en los balances” para financiar expansiones de varios billones de dólares. Según la senadora, su proyecto daría a reguladores y al Congreso la información necesaria para detectar riesgos a tiempo y evitar otra crisis financiera prevenible.
Por su parte, el portavoz del Tesoro dijo que la agencia seguirá trabajando con reguladores y con el sector privado para asegurar que el marco regulatorio acompañe la innovación. También afirmó que ese esfuerzo buscará apoyar la adopción responsable de la IA de maneras que fortalezcan el sistema financiero de Estados Unidos.
En el trasfondo de esta discusión aparece una tensión conocida para mercados y tecnología. El mismo impulso que atrae capital, multiplica valoraciones y promete una nueva ola de productividad puede, si se exagera, convertirse en el punto de partida de un ajuste con costos económicos mucho más amplios.
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