Por Canuto  

Sainsbury’s, el segundo mayor supermercado del Reino Unido, planea expandir su sistema de reconocimiento facial hasta 200 tiendas antes de terminar 2026. La decisión, defendida como una herramienta contra el robo, vuelve a poner bajo escrutinio el uso de IA de vigilancia en espacios cotidianos y el riesgo de errores que ya han derivado en expulsiones injustificadas.
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  • Sainsbury’s ya opera reconocimiento facial en más de 55 tiendas y quiere llevarlo a hasta 200 antes de finalizar 2026.
  • La cadena afirma que el 90% de las personas identificadas por el sistema no regresaron a la tienda.
  • Grupos de privacidad denuncian una expansión masiva de vigilancia y alertan sobre errores de identificación y afectaciones a derechos civiles.


El gigante británico de supermercados Sainsbury’s está triplicando el número de tiendas que usan reconocimiento facial para intentar reducir los robos en tienda. La medida ha provocado una nueva ola de críticas de defensores de la privacidad, que la describen como una expansión preocupante de la vigilancia apoyada en inteligencia artificial.

La cadena, considerada la segunda más grande del Reino Unido, ya utiliza esta tecnología en más de 55 supermercados. Ahora prevé extenderla a hasta 200 establecimientos antes de que cierre 2026.

El sistema es provisto por Facewatch, una empresa que también trabaja con Budgens, Costcutter, Southern Co-op, Spar, B&M y Sports Direct. La apuesta de Sainsbury’s sitúa a los supermercados como uno de los espacios comerciales donde más rápidamente se expande el reconocimiento facial en el país.

Para lectores menos familiarizados con el tema, se trata de sistemas que comparan rostros captados en tiempo real con listas de vigilancia internas. En la práctica, esto permite emitir alertas cuando una persona que entra al local coincide con imágenes previamente registradas.

El debate no gira solo en torno a la seguridad minorista. También toca cuestiones sensibles sobre privacidad, sesgos algorítmicos, falsos positivos y el uso cada vez más normalizado de herramientas de IA para monitorear a personas en actividades cotidianas.

Cómo avanzó el despliegue en Sainsbury’s

Sainsbury’s probó por primera vez la tecnología en sus instalaciones de Sydenham y Bath Oldfield Park desde septiembre del año pasado. Más tarde la llevó a tiendas de Londres a comienzos de 2026.

Esa expansión inicial sirvió como base para la siguiente etapa del plan. Según la compañía, el objetivo ahora es multiplicar el despliegue hasta alcanzar 200 tiendas para finales de 2026.

La empresa sostiene que el sistema ha tenido efectos concretos sobre la reincidencia. En particular, afirmó que el 90% de las personas identificadas mediante la herramienta no regresaron a la tienda.

Esa cifra es una de las principales justificaciones públicas de la cadena para ampliar el programa. Sin embargo, la empresa no detalló en la información disponible cuántas alertas generó el sistema ni cómo se calculó exactamente ese porcentaje.

La noticia fue reportada por The Register, que señaló que esta decisión implica triplicar el número de locales con esa capacidad de vigilancia. La medida coloca a Sainsbury’s en el centro de una de las mayores expansiones de reconocimiento facial en el comercio minorista británico.

Las críticas por privacidad y vigilancia masiva

La organización Big Brother Watch reaccionó con dureza al despliegue. El grupo afirmó que representa una de las mayores expansiones de vigilancia por reconocimiento facial en el Reino Unido.

Según esa organización, las consecuencias para los derechos de privacidad pueden ser muy graves. También instó a los compradores a llevar su negocio a otros comercios en señal de rechazo.

Su directora, Silkie Carlo, dijo que cada vez más compradores se están comunicando con el grupo para intentar limpiar su nombre. La razón, afirmó, es que han sido objeto de errores serios de reconocimiento facial.

Carlo también cuestionó el carácter cotidiano del uso de esta tecnología en supermercados. En su planteamiento, compradores inocentes no deberían someterse a controles de identidad de tinte orwelliano solo para comprar un pan o recoger pañales.

La activista sostuvo además que ni Sainsbury’s ni la policía tienen derecho a tomar escaneos faciales de millones de clientes ordinarios. Por eso pidió que la empresa detenga de inmediato la implementación del reconocimiento facial en vivo y escuche las preocupaciones del público.

El caso de Warren Rajah y el problema de las falsas identificaciones

Las advertencias sobre errores no se quedan en el plano teórico. A comienzos de este año, Warren Rajah fue expulsado por error de una sucursal de Sainsbury’s en Elephant and Castle, en Londres.

Rajah trabaja como empleado de ventas en el revendedor tecnológico CDW. El incidente ocurrió cuando el personal de la tienda aparentemente respondió a una alerta sobre una persona distinta incluida en la lista de vigilancia del sistema.

Tras el episodio, Rajah habló de la humillación pública que sufrió. También planteó una pregunta que resume el malestar de muchos críticos: si ahora una persona debe caminar con miedo a ser malidentificada como un criminal.

Sainsbury’s dijo en ese momento que había pedido disculpas por el error. Además, prometió ofrecer más capacitación a su personal sobre el uso de la tecnología.

La compañía sostuvo que no se trató de un fallo de la herramienta de reconocimiento facial. Según su versión, el problema ocurrió porque en la tienda se abordó a la persona equivocada.

Una tendencia más amplia en Reino Unido

El debate sobre Sainsbury’s no ocurre en aislamiento. El uso del reconocimiento facial también se está ampliando entre cuerpos policiales de distintas partes de Gran Bretaña.

Ese avance se produce pese a preocupaciones de larga data sobre sesgos y falsos positivos. Para críticos del sistema, el riesgo no es solo técnico, sino institucional, porque decisiones basadas en alertas pueden traducirse en exclusiones, registros o acusaciones injustas.

En paralelo, el entorno británico ya mostraba otras señales de expansión de herramientas biométricas. Entre ellas figuran escaneos vinculados con bases de datos de pasaportes e inmigración, además de pruebas policiales con plataformas tecnológicas enfocadas en combatir robos en tiendas de Londres.

También han surgido críticas hacia otras aplicaciones de IA usadas por autoridades británicas. Entre los ejemplos mencionados en el debate aparece una herramienta del Ministerio del Interior para estimar la edad de solicitantes de asilo, cuestionada por supuestos sesgos e inexactitudes.

Todo ello ayuda a explicar por qué la discusión excede a un supermercado concreto. Lo que está en juego es hasta qué punto la promesa de seguridad justifica convertir espacios cotidianos en puntos permanentes de escaneo e identificación automatizada.

Lo que deja esta expansión para el debate sobre IA y comercio

Desde una perspectiva tecnológica, el caso muestra cómo la IA ya no se limita a laboratorios o plataformas digitales. Hoy también entra en supermercados, cámaras de seguridad y procesos operativos donde una coincidencia automatizada puede alterar la experiencia de un cliente en segundos.

Para el comercio minorista, el atractivo es claro: reducir pérdidas, disuadir reincidencias y reforzar controles sin multiplicar personal. Pero esa promesa convive con un costo reputacional y jurídico cuando una persona inocente queda atrapada por una alerta o por una mala interpretación humana.

En este punto, la discusión se parece a la que rodea otras tecnologías de vigilancia basadas en IA. La precisión estadística que una empresa exhibe como éxito no siempre resuelve el daño puntual que puede causar un solo error visible ante otros clientes.

Hasta ahora, Sainsbury’s defiende el despliegue como una herramienta válida contra el robo en tiendas. Del otro lado, grupos de derechos civiles sostienen que el modelo trata a millones de compradores respetuosos de la ley como si fueran sospechosos.

Con la expansión prevista hasta 200 locales, el caso probablemente seguirá alimentando el debate británico sobre privacidad, vigilancia e inteligencia artificial. También servirá como referencia para otros minoristas que evalúan si el costo social de estas herramientas compensa sus beneficios operativos.


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