Por Canuto  

Millones de libros impresos estarían siendo adquiridos, escaneados y destruidos para entrenar modelos de inteligencia artificial, una práctica que libreros y asociaciones del sector consideran una amenaza para la memoria cultural y que enfrenta serios problemas de transparencia.
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  • Documentos judiciales revelaron que Anthropic compró millones de libros, los escaneó y luego desechó los originales.
  • Libreros y coleccionistas advierten que la destrucción elimina objetos culturales, aunque muchos ejemplares no sean raros.
  • Un aumento inusual de pedidos y acuerdos confidenciales dificultan saber quién compra los libros y cuál será su destino.


La expansión de los modelos de inteligencia artificial generativa abrió una nueva carrera por reunir grandes volúmenes de información, pero también expuso una práctica que alarma a quienes preservan el patrimonio impreso. Millones de libros físicos estarían siendo comprados para retirarles las encuadernaciones, escanear cada página y convertir su contenido en conjuntos de datos, antes de destruir los ejemplares originales.

El caso más visible involucra a Anthropic y su llamado Project Panama, una iniciativa descrita en documentos judiciales como parte de una ampliación de la biblioteca central de la empresa. La revelación provocó indignación entre libreros y coleccionistas, no solo por la pérdida material de los libros, sino porque el proceso ocurre en un mercado donde los vendedores con frecuencia desconocen quién compra grandes cantidades y con qué propósito.

Una práctica que llegó a los tribunales

Charlie Becker, cuya familia opera desde 1993 una librería de libros usados y raros en Houston, creció escuchando la historia de cómo su padre rescató una colección que otra empresa pretendía enviar a un vertedero. Cuando tenía 12 años, Becker acompañó a su padre hasta el almacén de aquel negocio, en sus últimos días, para recoger los ejemplares que de otro modo habrían terminado como basura.

Durante las décadas siguientes, Becker observó cómo internet, la catalogación digital y el crecimiento de grandes vendedores como Amazon transformaron la compra y venta de libros. Para los libreros, sin embargo, la aparición de la inteligencia artificial plantea una diferencia fundamental: ya no se trata únicamente de comercializar o digitalizar obras, sino de adquirir ejemplares físicos para destruirlos después de extraer su contenido.

La práctica, bautizada informalmente como “trituración de libros”, quedó expuesta mediante documentos judiciales de 2025 relacionados con la demanda Bartz v. Anthropic. Según esos materiales, Anthropic compró millones de libros impresos, eliminó sus encuadernaciones y escaneó página por página los ejemplares para incorporarlos a conjuntos de datos digitales; posteriormente, trituró y desechó los originales.

Los documentos describieron el proyecto como un esfuerzo para reunir “todos los libros del mundo” y conservarlos “para siempre” dentro de la biblioteca central de Anthropic. También indicaron que Tom Turvey, quien anteriormente dirigió las alianzas del proyecto de escaneo de libros de Google, fue contratado para adquirir materiales, mientras su equipo contactaba a distribuidores y minoristas con ofertas de compra al por mayor destinadas a una supuesta biblioteca de investigación.

El debate entre datos y patrimonio

Documentos judiciales revelados en enero identificaron a Better World Books y World of Books entre los minoristas que suministraron miles de ejemplares a Anthropic. La empresa no respondió a una solicitud de comentarios citada por The Epoch Times, aunque un portavoz declaró a Tom’s Guide que obtener libros es una práctica ampliamente utilizada por la industria para entrenar grandes modelos de lenguaje.

El portavoz agregó que ninguno de los programas de adquisición de datos de Anthropic compra y destruye libros raros o antiguos. Esa precisión no disipó las preocupaciones del sector, porque los libreros sostienen que un ejemplar no necesita ser único, costoso o antiguo para tener valor como objeto físico y como registro de una época.

El juez federal William Alsup determinó que el escaneo destructivo de libros adquiridos legalmente podía considerarse un uso justo transformador, es decir, una alteración de la obra original para darle un propósito nuevo. La decisión aborda la dimensión jurídica de la copia y el entrenamiento de modelos, pero no resuelve por sí sola el conflicto cultural que provoca convertir bibliotecas físicas en materia prima desechable.

Susan Benne, directora ejecutiva de la Antiquarian Booksellers’ Association of America, afirmó que las señales recibidas son alarmantes y que la sociedad tiene razones para levantar una bandera roja. La asociación, que funciona como referencia para la compraventa de libros raros e impresos desde 1949, comparó la destrucción de materiales con una inundación, un incendio en un museo u otro desastre capaz de eliminar un repositorio del conocimiento humano.

El argumento sentimental también ocupa un lugar importante en la discusión. Benne señaló que muchas personas conservan un vínculo con el libro que leyeron durante su infancia o en la universidad, mientras Becker advirtió que la cultura pierde algo cuando ciertos ejemplares se consideran simples mercancías o artículos desechables.

Libros comunes, preocupación real

Becker matizó que la controversia no significa que todos los libros escaneados fueran piezas raras o agotadas, una percepción que, según dijo, alimenta parte del enojo público. Entre los ejemplares adquiridos podrían encontrarse materiales cotidianos, como un antiguo manual de un refrigerador GE, que difícilmente tendría un alto valor en el mercado de coleccionistas.

Benne coincidió en que un libro agotado no necesariamente es raro y que, por lo que la asociación ha escuchado, muchos ejemplares eran artículos comunes. Aun así, sostuvo que esa condición no elimina las razones para preocuparse, porque la acumulación de objetos ordinarios también documenta los hábitos, conocimientos y experiencias de una sociedad.

El caso plantea una tensión característica de la economía de la inteligencia artificial: los modelos necesitan cantidades enormes de datos, mientras que las empresas buscan obtenerlos de forma eficiente y jurídicamente defendible. Para un algoritmo, el valor principal puede estar en el texto digitalizado; para un librero, el mismo volumen conserva además una materialidad, una procedencia y una posibilidad de consulta que desaparecen con la trituradora.

La diferencia también afecta la capacidad de las comunidades para decidir qué merece preservarse. Cuando una empresa compra miles de ejemplares y los retira del circuito sin explicar su destino, los especialistas pierden la oportunidad de identificar materiales relevantes, conservar copias o registrar patrones de adquisición que podrían ser importantes para futuras investigaciones.

Pedidos masivos y falta de transparencia

Uno de los principales obstáculos para frenar la práctica es que los vendedores no siempre pueden conocer la identidad real del comprador final. Benne explicó que podrían intervenir acuerdos de confidencialidad y que, en la actualidad, no es habitual que un vendedor pregunte a cada cliente para qué utilizará el libro que está adquiriendo.

La controversia aumentó después de que un informe de 404 Media señalara a ISBNdb por promocionar servicios para adquirir libros impresos destinados a conjuntos de datos de grandes modelos de lenguaje. Tras la publicación del informe, la empresa retiró las páginas relacionadas con ese servicio y negó haber comprado, escaneado o vendido libros para entrenar inteligencia artificial.

Un representante de ISBNdb declaró que la compañía nunca compró, escaneó ni destruyó libros para entrenar inteligencia artificial ni para otro propósito. También aseguró que nunca compró ni vendió libros impresos con ese fin, por lo que no hubo pedidos, compras ni ejemplares involucrados, según la declaración citada por The Epoch Times.

Para Becker, la falta de información sobre qué libros se escanean y luego se destruyen constituye el núcleo del problema. El librero considera que alguien preocupado por el patrimonio literario debería formar parte de ese flujo de decisiones, pero observa que actualmente el proceso ocurre sin una supervisión cultural visible.

La experiencia de su propia tienda reforzó sus sospechas. A comienzos de abril, Becker detectó que las ventas semanales se habían duplicado o triplicado frente a su nivel habitual, y al revisar los pedidos descubrió que 95 de los últimos 100 habían sido realizados por el mismo comprador, un patrón que calificó de extraño después de observar conversaciones en internet sobre adquisiciones similares.

El almacén familiar conserva aproximadamente 300.000 títulos, una escala que permite identificar cuándo cambia de forma repentina el comportamiento de los clientes. Sin embargo, incluso con ese volumen, Becker no pudo determinar con certeza quién estaba detrás de la ola de compras ni si los libros serían revendidos, almacenados, digitalizados o destruidos.

Una discusión que apenas comienza

El caso de Anthropic no demuestra que todos los gigantes tecnológicos estén aplicando exactamente el mismo método, pero sí muestra cómo la búsqueda de datos puede modificar mercados tradicionales. La adquisición de libros físicos para escanearlos introduce una demanda nueva en negocios que durante décadas funcionaron con criterios de lectura, colección, reutilización y conservación.

También obliga a separar tres preguntas que suelen aparecer mezcladas en el debate. Una es si la digitalización con fines de entrenamiento puede cumplir las condiciones del uso justo; otra es si los vendedores y compradores actuaron conforme a los acuerdos comerciales; y una tercera, distinta, es qué obligaciones deberían existir cuando la operación elimina objetos que forman parte de la memoria cultural.

Los libreros no sostienen que cada manual, novela o ejemplar agotado deba conservarse indefinidamente, ni que todo proceso de digitalización sea perjudicial. Su preocupación se concentra en la escala, el secretismo y la ausencia de mecanismos que permitan saber qué se destruye, quién lo decide y si existen copias físicas suficientes para preservar los materiales fuera del circuito comercial.

Mientras las empresas de IA compiten por ampliar sus bibliotecas y conjuntos de datos, el mercado editorial enfrenta el desafío de crear mayor trazabilidad sin bloquear las transacciones legítimas. La controversia deja una advertencia clara: cuando el conocimiento impreso se transforma rápidamente en datos para máquinas, la eficiencia tecnológica puede avanzar más rápido que la capacidad humana de proteger los objetos que le dieron origen.


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