La inteligencia artificial dejó de ser una apuesta aislada para convertirse en una exposición transversal que alcanza acciones, bonos, capital de riesgo y el crecimiento económico de Estados Unidos.
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- El economista jefe de Apollo, Torsten Slok, sostiene que el nuevo 60-40 es IA frente a no IA.
- Las diez mayores empresas del S&P 500 concentran cerca del 40% del índice y nueve están vinculadas con la inteligencia artificial.
- El principal riesgo es que la inversión en centros de datos no produzca el aumento de productividad y ganancias esperado.
Durante décadas, la regla de oro para construir una cartera consistió en asignar 60% del dinero a acciones y 40% a bonos. Las primeras ofrecían potencial de crecimiento, mientras los segundos aportaban una mayor percepción de seguridad.
Torsten Slok, economista jefe de Apollo, considera que ese marco clásico dejó de describir la realidad del mercado. En una presentación compartida con MarketWatch, escribió que “el nuevo 60-40 es IA vs. no IA”.
La inteligencia artificial ya no representa únicamente una tendencia dentro del mercado tecnológico. Su influencia se extiende a las acciones de gran capitalización, al crédito corporativo y a las inversiones de capital de riesgo.
Como resultado, un inversor que pretenda mantener una cartera diversificada entre acciones, bonos y activos alternativos podría tener una exposición a la IA mucho mayor de la que imagina. Esa concentración puede producir ganancias mientras el entusiasmo continúe, pero también aumentar la vulnerabilidad ante un cambio abrupto de expectativas.
El fenómeno alcanza incluso a quienes no poseen directamente acciones de empresas de inteligencia artificial. Una desaceleración del sector podría afectar el valor de los activos, el gasto empresarial y el consumo de los hogares estadounidenses.
El S&P 500 ofrece una muestra clara de esa concentración. Las diez empresas más grandes representan cerca del 40% del valor del índice ponderado por capitalización, según los datos presentados por Slok.
Nueve de esas diez compañías tienen negocios relacionados con la IA. Eli Lilly es la única excepción señalada, aunque su presencia entre las mayores empresas también contribuye a la concentración general del índice.
La lista está encabezada por Nvidia, con un peso de 7,50% en el S&P 500. Le siguen Apple, con 6,80%; Alphabet, con 6,40%; Microsoft, con 4,20%; y Amazon, con 3,90%.
Broadcom representa 2,80% del índice, mientras Meta Platforms alcanza 2,50% y Tesla suma 2,30%. Eli Lilly tiene un peso de 1,70% y Micron Technology completa la lista con 1,60%.
La concentración no se limita al mercado estadounidense. En los mercados extranjeros, especialmente en los emergentes, un grupo reducido de empresas de semiconductores de Taiwán y Corea del Sur también domina los principales índices.
El capital sigue el mismo patrón
La influencia de la IA también aparece en los mercados de deuda y en el financiamiento de nuevas empresas. Los inversores de crédito y de capital de riesgo están destinando cantidades históricas de dinero a compañías, infraestructura y proyectos vinculados con esta tecnología.
Durante 2026, casi toda la nueva inversión de capital de riesgo se dirigió a empresas del sector de IA. La participación correspondiente a negocios no relacionados con la tecnología quedó reducida a una fracción del flujo total.
Los datos de Apollo indican que la emisión asociada con IA representó 87% del capital de riesgo. La emisión no relacionada con la temática alcanzó 13%.
El mercado de bonos corporativos de grado de inversión muestra una concentración menor, aunque todavía significativa. La infraestructura de IA representa casi la mitad de todas las nuevas emisiones dentro de ese segmento.
En concreto, la emisión vinculada con IA llegó a 49% del total de bonos de grado de inversión, frente a 51% para las emisiones no relacionadas. Las recientes grandes ofertas de deuda de Oracle y SpaceX recibieron una respuesta tibia por parte de los inversores.
En el mercado de bonos de alto rendimiento, la participación de la IA fue inferior, pero siguió siendo relevante. Las emisiones vinculadas con la temática alcanzaron 38%, mientras las no relacionadas representaron 62%.
Esta distribución muestra que la apuesta por la IA no depende únicamente de las acciones. También se encuentra incorporada en instrumentos de renta fija y en vehículos que financian compañías privadas.
Para un inversor individual, esa realidad puede dificultar la diversificación. Un fondo de acciones puede tener posiciones en grandes empresas tecnológicas, mientras un fondo de bonos podría financiar la infraestructura necesaria para sus centros de datos.
El problema no consiste necesariamente en invertir en IA. El riesgo aparece cuando distintas partes de una cartera reaccionan al mismo conjunto de expectativas, aunque sus propietarios crean estar distribuyendo el riesgo entre varias clases de activos.
El crecimiento económico depende de la infraestructura
La competencia por la supremacía en inteligencia artificial entre Estados Unidos y China pasó de ser una tendencia popular de inversión a convertirse en un riesgo macroeconómico. La construcción de centros de datos exige grandes cantidades de capital, equipos, energía y financiamiento.
Slok estima que el dinero destinado a construir centros de datos de IA podría impulsar cerca de la mitad del crecimiento real del producto interno bruto estadounidense esperado para 2026. La previsión de crecimiento mencionada para la economía estadounidense es de 2%.
Ese cálculo otorga a la inversión en infraestructura un papel desproporcionado dentro de la expansión económica. También implica que una pausa en esos proyectos podría tener consecuencias más amplias que las de una simple corrección sectorial.
Si las empresas redujeran el ritmo de construcción, el descenso del gasto podría transmitirse a proveedores, contratistas y otros sectores vinculados. La desaceleración también podría afectar la demanda de equipos y componentes utilizados en los centros de datos.
El gran interrogante es si la tecnología producirá los resultados que el mercado ya parece descontar. Para justificar las valoraciones actuales, la IA tendría que generar un aumento considerable de la productividad laboral y de los márgenes de beneficio corporativo.
Hasta ahora, las empresas que parecen obtener beneficios más claros son las que fabrican semiconductores y otros equipos necesarios para alimentar y operar centros de datos de IA. Esa situación concentra los retornos iniciales en los proveedores de infraestructura.
Slok afirmó a MarketWatch que la tecnología debe generar “una gran cantidad de ganancias de productividad, un gran margen de beneficio, un gran crecimiento de ganancias”, especialmente entre las 493 empresas del S&P 500 que no pertenecen a los llamados Magníficos Siete.
Los Magníficos Siete han registrado un desempeño destacado y acumulan una valoración conjunta de varios billones de dólares. Sin embargo, la pregunta central para el mercado es si sus avances terminarán beneficiando al resto de las compañías.
“No hay duda de que los Mag Seven lo han hecho bien, pero al final del día, ¿esto se derramará?”, preguntó Slok. La respuesta determinará si la IA impulsa una mejora amplia de la economía o solo una concentración adicional de riqueza bursátil.
El efecto riqueza eleva el riesgo
Una caída repentina de los activos relacionados con la IA podría extenderse rápidamente a la economía real. El canal de transmisión no dependería únicamente de las empresas tecnológicas, sino también del comportamiento de los hogares y de las condiciones financieras.
Desde la pandemia de COVID-19, el efecto riqueza ha adquirido un papel cada vez más importante en el consumo de Estados Unidos. Cuando los precios de las acciones suben, algunos hogares se sienten más seguros y mantienen un mayor nivel de gasto.
El proceso puede funcionar en sentido contrario. Una caída significativa de las valoraciones podría reducir la confianza, retrasar decisiones de consumo y modificar la disposición de las empresas a invertir.
A pesar de los obstáculos que el comercio impulsado por la IA encontró en julio, el apetito de los inversores por los activos relacionados con la tecnología se mantuvo sólido. Rob Haworth, estratega sénior de U.S. Bank Wealth Management, describió la demanda como resistente.
El S&P 500 no registró un retroceso mayor porque, por ahora, los inversores parecen trasladar dinero hacia otras áreas del mercado en lugar de retirar capital de las acciones en general. Mark Hackett, estratega jefe de mercado de Nationwide, explicó esa lectura.
El índice terminó el miércoles aproximadamente medio punto porcentual por debajo de su cierre récord más reciente, registrado a comienzos de junio. Esa distancia relativamente limitada sugiere que el mercado todavía no muestra una reacción de pánico.
Haworth señaló que el sentimiento del mercado indica que la demanda sigue presente. También afirmó que los diferenciales de crédito no se están ampliando, una señal de que los inversores no parecen alarmados por el volumen de nueva deuda.
Para el estratega, “la historia sigue siendo fuerte”. Esa fortaleza, sin embargo, no elimina el riesgo de que las expectativas superen la capacidad de las compañías para convertir la inversión en beneficios sostenibles.
La cuestión alcanza a los inversores de largo plazo, incluso si no buscan participar directamente en la carrera de la inteligencia artificial. La composición de los índices, los fondos y los mercados de deuda puede llevar la temática hasta sus carteras por distintas vías.
El desafío consiste en distinguir entre una transformación tecnológica con efectos económicos duraderos y una concentración especulativa alrededor de unas pocas empresas. Mientras esa respuesta no esté clara, la IA seguirá siendo difícil de evitar y cada vez más importante para medir el riesgo financiero.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.
Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA.
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