Algunos empleadores de adolescentes restringen el uso del teléfono durante la jornada para reducir distracciones y riesgos. Las experiencias descritas por trabajadores de parques acuáticos y campamentos apuntan a posibles beneficios en la concentración y las relaciones, aunque no demuestran por sí solas una mejora de la salud mental.
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- Parques acuáticos y campamentos restringen el teléfono a sus empleados jóvenes por razones de seguridad, atención y rendimiento.
- Los datos citados sobre el tiempo de pantalla adolescente deben presentarse con cautela: la evidencia disponible aquí no confirma la cifra de cuatro horas para la mitad de los jóvenes de 12 a 17 años.
- Trabajadores entrevistados describen mayor concentración, conexión interpersonal y capacidad para afrontar sus emociones tras desconectarse.
🚫📱 El trabajo sin teléfono gana popularidad entre adolescentes.
Empresas en EE. UU. limitan el uso de celulares en parques acuáticos y campamentos.
La medida busca mejorar la concentración y la seguridad laboral.
Los jóvenes reportan mayor conexión interpersonal y manejo… pic.twitter.com/DWtsxMwnPs
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) August 22, 2026
Para muchos adolescentes, dejar el teléfono durante seis o siete horas puede sentirse como una pérdida de contacto con el mundo. Sin embargo, algunos empleadores juveniles en Estados Unidos están imponiendo jornadas sin celular, especialmente en parques acuáticos y campamentos de verano, donde la atención constante resulta esencial. La medida pretende reducir accidentes y mejorar el desempeño, aunque sus efectos sobre el desarrollo juvenil —como la autorregulación, la concentración y las relaciones cara a cara— no deben presentarse como beneficios comprobados de manera general.
Ronin Segrest, de 17 años, comenzó a trabajar como socorrista en Ocean Oasis Water Park and Beach Club, en Wildwood, Nueva Jersey, durante el verano de 2025. El joven llevaba tiempo esperando obtener ese puesto, pero no imaginaba que le costaría tanto separarse de su teléfono durante los turnos. “Fue un ajuste”, relató, porque se descubría pensando en quién podía estar escribiéndole o en todo lo que quizá se estaba perdiendo mientras vigilaba las piscinas y los toboganes, reseña CNBC.
Una respuesta a la distracción y al riesgo
Morey’s Piers, empresa propietaria y operadora de Ocean Oasis junto con otras atracciones del malecón de Wildwood, mantiene una política estricta contra el uso de teléfonos durante la jornada laboral. Sus empleados deben guardar los dispositivos en casilleros asignados mientras cumplen sus turnos, una regla que la compañía aplica a trabajadores de distintas edades, incluidos adolescentes contratados cada verano. El objetivo central es que ninguna notificación compita con las responsabilidades de seguridad.
Denise Beckson, vicepresidenta y directora administrativa de Morey’s Piers, explicó que la precaución resulta especialmente importante cuando un adolescente de 16 años trabaja con equipos cuyo valor alcanza varios millones de dólares. En el parque, los trabajadores deben supervisar atracciones en las que los visitantes se desplazan a cerca de 60 millas por hora, incluso boca abajo, mientras los socorristas vigilan a las personas en toboganes y piscinas. Una distracción breve podría impedir que detecten una situación peligrosa a tiempo.
La compañía contrata aproximadamente a 500 jóvenes de entre 14 y 19 años cada verano, desde el Día de los Caídos hasta el Día del Trabajo. Beckson, quien comenzó en la empresa a los 14 años cortando pulseras cuando los visitantes abandonaban el parque acuático, considera que la prohibición también protege la calidad del aprendizaje. A su juicio, los empleados deben observar el entorno y anticipar qué tarea útil pueden realizar cuando disminuye el flujo de trabajo.
En un puesto de venta de pizza, por ejemplo, el tiempo libre puede convertirse en una oportunidad para reponer condimentos, limpiar la barra o saludar a los visitantes que pasan por el malecón. Beckson sostiene que, si el teléfono está disponible, muchos jóvenes lo consultan automáticamente en cuanto aparece un momento de inactividad y dejan de aprender esos pasos intermedios. Esa iniciativa adicional puede convertirlos en trabajadores más valiosos, porque amplía su comprensión de cómo funciona el lugar y no solo de la tarea asignada.
Campamentos como espacios de desconexión
La misma lógica se extiende a los campamentos de verano, una industria que, según el borrador original, emplea a más de 1 millón de personas cada año entre adolescentes y adultos jóvenes. La evidencia disponible aquí no permite verificar de forma independiente esa cifra. Muchos establecimientos impiden que el personal use o incluso lleve teléfonos mientras supervisa a los campistas. En esos entornos, los consejeros deben estar atentos a las necesidades de los niños, organizar actividades y responder a conflictos que no admiten una atención dividida.
Red Arrow Camp, un campamento infantil ubicado en Woodruff, Wisconsin, mantuvo durante años una política de teléfonos para sus campistas y extendió la restricción al personal en 2021, según la información de la fuente original. El campamento exige que sus consejeros tengan al menos 18 años y señala que generalmente tienen 19 años o más. La afirmación de que contó este año con 25 consejeros residenciales no queda confirmada por la evidencia disponible.
El propósito de esa filosofía es que los campistas permanezcan presentes, aprendan actividades nuevas y desarrollen capacidades como el trabajo en equipo. La regla también busca que los consejeros modelen el comportamiento que el campamento espera de los niños, en vez de pedirles que abandonen sus teléfonos mientras los adultos responsables continúan revisando los suyos. Para los trabajadores jóvenes, la medida puede funcionar como una forma de permanecer presentes y conectados con la labor que realizan.
La ausencia del teléfono puede facilitar una concentración más intensa porque elimina un objeto que suena, vibra y reclama atención desde el bolsillo. Esa condición puede ser exigente al comienzo, sobre todo para jóvenes acostumbrados a alternar continuamente entre conversaciones, videos y notificaciones. También crea un contexto laboral en el que la presencia no depende únicamente de la fuerza de voluntad individual, sino de una regla compartida por todo el equipo.
El efecto en el bienestar y las relaciones
Los datos de salud pública ayudan a explicar por qué estas experiencias pueden tener relevancia más allá del trabajo, pero deben citarse con precisión. La evidencia disponible de los CDC indica que, entre 2021 y 2023, el 58 % de los adolescentes de 12 a 17 años informó recibir siempre apoyo social y emocional; no confirma la afirmación de que la mitad pasa cuatro horas o más frente a una pantalla cada día ni permite atribuir causalidad entre tiempo de pantalla y depresión o ansiedad.
El psicoterapeuta Andrew Tepper, radicado en Nueva York y responsable de retiros para adolescentes, sostiene que los jóvenes necesitan dos modelos distintos para establecer límites con sus dispositivos. Por un lado, requieren espacios donde el teléfono no esté permitido; por otro, necesitan lugares en los que puedan usarlo y deban aprender a regularse por sí mismos. Tepper considera que ambas experiencias son importantes para combinar límites externos con la práctica gradual de la autonomía.
Segrest tardó alrededor de un mes en acostumbrarse a trabajar sin su teléfono, pero después comenzó a identificar cambios concretos. Dijo que la desconexión le permite sentarse con sus propios pensamientos y que incluso resuelve problemas que todavía no han ocurrido, una tendencia que atribuye a tener más espacio mental durante el turno. También observó que le resulta más fácil conversar con clientes y compañeros, en lugar de refugiarse en una pantalla durante cada pausa.
El joven concluyó que pasar todo el día con el teléfono no le proporciona una satisfacción comparable con hablar directamente con otras personas. Su experiencia no elimina el atractivo de los mensajes o de deslizar el dedo por una aplicación, pero sí le permitió comparar esas recompensas inmediatas con la felicidad que obtiene de los encuentros presenciales. En ese contraste aparece uno de los posibles beneficios de las restricciones laborales: obligar a los adolescentes a experimentar alternativas que, de otro modo, podrían ignorar.
Aprender a convivir con las emociones
Dawson Sennes, de 20 años, conoció la política de desconexión de Red Arrow primero como campista, entre 2018 y 2022, y después como consejero de cabaña desde los 19 años. La falta de contacto con el exterior le produjo un impacto inicial, pero con el tiempo se acostumbró a pasar los veranos sin teléfono. Al trabajar, descubrió que esa separación no solo modificaba su rutina digital, sino también la forma en que experimentaba las emociones dentro del campamento.
Según Sennes, los veranos en Red Arrow reúnen un espectro muy amplio de emociones, con numerosos momentos altos y bajos. Los consejeros deben gestionar constantemente los sentimientos de los niños bajo su responsabilidad, una tarea que exige reconocer el propio estado emocional para responder de manera adecuada. La pantalla puede ofrecer una salida rápida, pero la prohibición reduce la posibilidad de ignorar lo que ocurre internamente cada vez que aparece incomodidad, tristeza o tensión.
En casa y en la escuela, explicó Sennes, resulta más sencillo distraerse con una pantalla y evitar enfrentarse a lo que uno siente. En el campamento, en cambio, los jóvenes deben sentarse con sus emociones y procesarlas mientras continúan participando en la vida colectiva. El consejero describió esa experiencia con una frase contundente: allí se siente definitivamente más vivo, porque la atención permanece anclada en las personas y las actividades del momento.
Las políticas de teléfonos no garantizan por sí mismas una mejor salud mental ni sustituyen la orientación de familias, escuelas o profesionales. Tampoco todos los empleos juveniles presentan los mismos riesgos, responsabilidades o necesidades de comunicación, por lo que una regla uniforme puede requerir excepciones y canales claros para emergencias. Aun así, los casos de Morey’s Piers y Red Arrow Camp muestran cómo un límite diseñado para seguridad y productividad puede convertirse también en una práctica de formación personal.
El debate no se reduce a elegir entre tecnología y desconexión, sino a decidir en qué espacios conviene que los adolescentes practiquen cada comportamiento. Un entorno sin teléfono puede enseñarles a sostener la atención, colaborar y afrontar pausas sin buscar una recompensa digital inmediata, mientras que un entorno con acceso debe permitirles desarrollar autorregulación. Para los jóvenes entrevistados, el resultado más valioso no fue simplemente dejar el dispositivo en un casillero, sino descubrir qué podían hacer con la atención que recuperaban.
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