El general Dan Caine afirmó que la competencia militar moderna se extiende desde el lecho marino hasta el espacio cislunar, mientras la Fuerza Espacial reconoce que sus guardianes ya operan armas en órbita terrestre.
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- El general Dan Caine describió el espacio cislunar como parte del campo de batalla moderno y pidió preparar a las fuerzas estadounidenses para operar en entornos disputados.
- Estados Unidos y China planean establecer bases cerca del polo sur lunar, una zona valorada por sus posibles reservas de hielo de agua.
- El general Douglas Schiess confirmó que la Fuerza Espacial opera armas orbitales capaces de defender a la fuerza conjunta frente a ataques habilitados desde el espacio.
🚨 El Pentágono amplía el campo de batalla hasta la Luna
Dan Caine incluyó el espacio cislunar en la competencia militar.
🇺🇸 La Fuerza Espacial confirmó armas orbitales operativas.
EE. UU. y China planean bases cerca del polo sur lunar. pic.twitter.com/z1emr4msOn
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La frontera militar llega a la Luna
El campo de competencia militar de Estados Unidos ya no se limita a la superficie terrestre, la atmósfera o la órbita cercana del planeta. El general Dan Caine, presidente del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, afirmó el 16 de septiembre, durante una conferencia de la Air & Space Forces Association en National Harbor, Maryland, que el campo de batalla moderno se extiende desde el lecho marino hasta el espacio cislunar, una región que comprende el trayecto entre la Tierra y la Luna, además de la superficie lunar.
La declaración coloca a la Luna dentro de una discusión estratégica que durante años se había presentado principalmente como una carrera científica y tecnológica. Según Caine, las fuerzas estadounidenses deben prepararse para enfrentar adversarios en escenarios donde el acceso, el control territorial y las cadenas de suministro ya no puedan darse por garantizados, una advertencia que incluye tanto las redes espaciales como las futuras operaciones en torno al satélite natural.
El general sostuvo que los conflictos venideros exigirán actuar sin suponer que Estados Unidos tendrá acceso no disputado a todos los dominios, que podrá asegurar áreas críticas con facilidad o que mantendrá un sostenimiento logístico permanente. Su mensaje fue que la fuerza conjunta debe adaptarse desde ahora para combatir, resistir y ganar en entornos globales disputados, con un alcance que va desde el fondo del océano hasta el espacio cislunar.
La referencia adquiere relevancia porque el espacio entre la Tierra y la Luna podría volverse mucho más concurrido durante la próxima década. A medida que aumenten las misiones robóticas, los proyectos de infraestructura y los planes de exploración lunar, también crecerá la importancia de proteger comunicaciones, navegación, sensores y vehículos que operen en una región todavía con reglas militares y operativas menos desarrolladas que las existentes alrededor de la Tierra.
La carrera por el polo sur lunar
Estados Unidos y China han expresado planes para construir bases cerca del polo sur de la Luna, un área que concentra el interés de científicos y estrategas por la posible presencia de grandes cantidades de hielo de agua. Ese recurso podría servir para producir agua potable, oxígeno y eventualmente combustible, lo que convertiría a la región en un punto de apoyo relevante para misiones de larga duración y operaciones más alejadas de la Tierra.
Funcionarios estadounidenses han descrito como fundamental ganar esta nueva carrera lunar porque el primer país capaz de establecer una presencia sostenida podría influir en las normas de comportamiento alrededor del satélite. La ventaja no dependería únicamente de colocar una bandera, sino de controlar capacidades de comunicación, transporte, energía, observación y mantenimiento que permitan sostener activos durante periodos prolongados.
China ya ha demostrado capacidades relevantes en la exploración lunar. En 2019, la misión robótica Chang’e 4 realizó el primer alunizaje suave de la historia en la cara oculta de la Luna, una zona difícil de operar directamente desde la Tierra porque el propio satélite bloquea las comunicaciones convencionales con los equipos ubicados en su superficie.
En 2024, la misión Chang’e 6 regresó a la Tierra con muestras de la cara oculta lunar, otro hito que amplió la experiencia china en navegación, aterrizaje, recolección y retorno de materiales desde una región poco explorada. Caine no mencionó esas misiones ni pronunció el nombre de China durante su intervención, pero el contexto de la competencia lunar hace que sus advertencias sobre el espacio cislunar sean observadas bajo ese marco estratégico.
Qué tipo de conflicto se anticipa
Caine no explicó cómo podría desarrollarse un conflicto en el espacio cislunar, y tampoco presentó una lista de armas, objetivos o procedimientos militares concretos. La evaluación descrita en la información disponible apunta, sin embargo, a un escenario principalmente robótico, en el que satélites y vehículos espaciales intentarían interferir, cegar o neutralizar los sistemas de un adversario sin necesidad de desplegar tropas en la superficie lunar.
En ese escenario, el control de los datos sería tan importante como la capacidad física de maniobrar cerca de otros vehículos. Un satélite que pierda sus enlaces de comunicación, sus sensores o su capacidad de navegación podría quedar inutilizado aunque su estructura permanezca intacta, lo que convierte las interferencias electromagnéticas y las operaciones contra redes en herramientas potencialmente decisivas.
La advertencia del presidente del Estado Mayor Conjunto también cuestiona la idea de que Estados Unidos pueda conservar indefinidamente una superioridad automática en todos los dominios militares. Caine afirmó que el país debe seguir garantizando la posibilidad de atacar en cualquier punto del planeta, en el momento y lugar elegidos, y mantener esa fuerza mediante redes, información y capacidades espaciales resistentes a la presión enemiga.
En su intervención, el general atribuyó a la Fuerza Espacial una responsabilidad central: proporcionar una superioridad espacial sin rival y mantener las redes asociadas, la conciencia del dominio y la ventaja de datos que necesita la fuerza conjunta. El planteamiento vincula la seguridad espacial con la capacidad de tomar decisiones rápidas, coordinar operaciones y sostener fuerzas en escenarios donde una interrupción tecnológica podría tener consecuencias inmediatas.
La admisión sobre las armas orbitales
La conferencia también dejó una declaración inusual por su nivel de franqueza. El general Douglas Schiess, jefe de operaciones espaciales de la Fuerza Espacial estadounidense, afirmó el 15 de septiembre que los guardianes, nombre oficial de los integrantes de esa rama militar, operan actualmente armas en órbita capaces de defender a la fuerza conjunta frente a ataques habilitados desde el espacio.
Schiess ofreció pocos detalles sobre esas capacidades. Sus declaraciones fueron interpretadas como una referencia a herramientas que podrían tener una naturaleza más electromagnética que cinética, aunque no se divulgaron públicamente sus características específicas. Esa posibilidad apuntaría a sistemas diseñados para interrumpir o inutilizar sistemas críticos de satélites adversarios, en lugar de destruir físicamente las naves y generar una nube de escombros peligrosa para otros activos orbitales.
La existencia de tecnologías antisatélite estadounidenses no resulta inesperada para los observadores del sector espacial. Lo llamativo fue que un funcionario de alto rango reconociera públicamente el despliegue operativo de armas orbitales, aunque sin revelar su número, ubicación, alcance, reglas de empleo o capacidad específica frente a distintos tipos de amenazas.
La Fuerza Espacial se creó para concentrar responsabilidades relacionadas con operaciones, redes, vigilancia y protección de activos espaciales estadounidenses. La declaración de Schiess muestra que esa misión no se limita a defender satélites mediante vigilancia o maniobras, sino que incluye la posibilidad de actuar directamente contra sistemas que permitan ataques desde el espacio.
China y Rusia también desarrollan capacidades antisatélite
Estados Unidos no es el único país con tecnologías capaces de amenazar activos orbitales. China y Rusia, considerados por Washington como los principales rivales militares en el espacio, han desarrollado capacidades antisatélite y han demostrado interés en operaciones que podrían alterar, inspeccionar o inutilizar naves en órbita.
Ambos países han destruido satélites fuera de servicio mediante misiles, una práctica que evidencia la capacidad de alcanzar objetivos orbitales desde la superficie terrestre. Esas pruebas también generan preocupación por los fragmentos resultantes, porque los escombros pueden permanecer en órbita y poner en riesgo satélites y vehículos espaciales que no participaron en la operación inicial.
Además de los ataques directos, China y Rusia han realizado aproximaciones cercanas con vehículos espaciales descritos como inspectores. Este tipo de maniobra puede tener usos civiles, como examinar o reparar satélites, pero también puede generar incertidumbre militar cuando una nave se acerca a otra sin que el objetivo conozca con claridad sus intenciones o sus capacidades.
La combinación de armas electromagnéticas, misiles antisatélite, vehículos de inspección y operaciones de interferencia hace que el conflicto espacial no dependa necesariamente de explosiones visibles. Una confrontación podría comenzar con la pérdida de comunicaciones, una alteración de los datos de navegación o la incapacidad de un satélite para cumplir su misión, mientras las partes intentan atribuir el incidente y evitar una escalada mayor.
Una competencia que se extiende más allá de la órbita terrestre
La principal consecuencia del mensaje de Caine es que la planificación militar estadounidense empieza a considerar la región lunar como una prolongación de la competencia espacial actual. Hasta ahora, buena parte de las operaciones militares se ha concentrado en la órbita terrestre, pero las futuras bases, rutas de transporte y sistemas de comunicación podrían ampliar los puntos vulnerables hacia el espacio cislunar.
El desarrollo de esa región dependerá de tecnologías que todavía enfrentan desafíos técnicos, financieros y logísticos. Las misiones deberán coordinar comunicaciones a mayores distancias, operar con retrasos y restricciones diferentes, proteger equipos frente a condiciones extremas y mantener una presencia constante en un entorno donde rescatar o reemplazar un activo sería mucho más difícil que hacerlo en la órbita terrestre.
La carrera lunar también tendrá implicaciones para las empresas y organizaciones civiles que participen en lanzamientos, comunicaciones, navegación y construcción de infraestructura. Aunque las declaraciones citadas se enfocan en la seguridad nacional, la dependencia militar de redes comerciales y proveedores privados podría convertir a estos actores en parte indirecta de futuras disputas, especialmente si sus servicios sostienen operaciones críticas.
Por ahora, los funcionarios estadounidenses no han presentado públicamente un mapa detallado de cómo se defenderían las bases lunares, qué reglas regirían el uso de armas en ese entorno o qué acciones activarían una respuesta militar. Lo que sí queda claro, a partir de las intervenciones de Caine y Schiess, es que Washington ya considera el espacio cislunar y la órbita terrestre como dominios disputados, no como zonas con acceso garantizado.
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