La expansión de centros de datos y la promesa de la inteligencia artificial provocan rechazo comunitario en Estados Unidos, donde la falta de transparencia, los riesgos ambientales y los empleos temporales ya se discuten en clave electoral.
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- Un informe citado por TechCrunch calcula que proyectos de centros de datos por casi USD $200.000 millones quedaron retrasados, estancados o bloqueados durante la primera mitad de 2026.
- En un foro electoral de Brooklyn, asistentes y panelistas expresaron preocupación por acuerdos opacos, zonificación, salud pública y el reparto de los beneficios de la IA.
- El debate también expuso tensiones sobre empleos: algunos sindicatos respaldan las obras, mientras otros participantes cuestionan que los puestos desaparezcan al terminar la construcción.
🏗️⚡ Centros de datos de IA entran en la contienda electoral de EE. UU.
Proyectos por casi USD 200.000 millones fueron retrasados, estancados o bloqueados en el primer semestre de 2026.
En Brooklyn, vecinos señalaron falta de transparencia, riesgos ambientales y empleos… pic.twitter.com/om1T1OAYQN
— Diario฿itcoin (@DiarioBitcoin) November 1, 2026
La infraestructura de IA entra en el debate electoral
La inteligencia artificial suele discutirse como una carrera de software, modelos y empresas tecnológicas, pero su expansión también depende de instalaciones físicas que consumen suelo y recursos. En un evento electoral organizado en Brooklyn, la construcción de centros de datos ocupó conversaciones que originalmente iban a abordar otros temas políticos, reflejo de una inquietud que ya rebasa los círculos especializados. La discusión llegó apenas cinco días antes de la votación legislativa del 3 de noviembre, según el relato de TechCrunch.
Newsreel, la compañía de medios fundada por el exreportero de Forbes y Newsweek Jack Brewster, convocó a periodistas, tecnólogos y defensores de políticas públicas en un almacén de Brooklyn. La programación incluía una conversación sobre la atención con Kenneth Schlenker, cofundador de la aplicación Opal, y un pronóstico electoral de Aryan Banjan, creador del software de campañas Barza. Sin embargo, la IA, los centros de datos y la reacción contra el poder tecnológico terminaron dominando tanto las intervenciones en el escenario como los intercambios informales.
La periodista que moderó el panel sobre centros de datos describió una brecha entre la visión optimista de quienes desarrollan inteligencia artificial y la percepción de personas ajenas a ese sector. Para parte de la comunidad tecnológica, la IA promete avances y crecimiento; fuera de esa burbuja, también suscita preocupación por el futuro del empleo, el control democrático y la influencia de las grandes compañías. Esa distancia importa en año electoral porque convierte decisiones sobre infraestructura y permisos locales en asuntos que los votantes pueden evaluar junto con otros problemas cotidianos.
Antes del panel, Chi Ossé, integrante del Concejo Municipal de Nueva York, dijo que prácticamente no utiliza inteligencia artificial y evitó presentarse como partidario o adversario de la tecnología. Su énfasis estuvo en exigir mayor rendición de cuentas a los ejecutivos tecnológicos y más impuestos a multimillonarios como Elon Musk; se definió como socialista democrático y también como alguien de «ley y orden». Ossé sostuvo que, si los directores ejecutivos hablan de una tecnología capaz de agotar el 10% de la civilización humana, deberían comparecer ante el Congreso.
Permisos, costos y beneficios en disputa
La conversación pública también se concentró en cómo se aprueban los proyectos y quién participa en esas decisiones. Asistentes expresaron molestia ante la posibilidad de que grandes empresas tecnológicas alcancen acuerdos poco transparentes con funcionarios locales para construir instalaciones multimillonarias. Además, señalaron que ciertas normas de zonificación pueden dificultar que los residentes sepan qué se planea hasta que la posibilidad de protestar o intervenir ya se ha reducido.
El desafío no se limita a Brooklyn: un informe de Data Center Watch citado por TechCrunch calculó que proyectos por casi USD $200.000 millones fueron retrasados, quedaron estancados o se bloquearon durante la primera mitad de 2026 debido a la oposición política y comunitaria. En un corte anterior, su informe del primer trimestre de 2026 registró al menos 75 proyectos bloqueados o retrasados, valorados en aproximadamente USD $130.000 millones. Al mismo tiempo, Pensilvania, Georgia, Texas, Nueva York y Virginia consideran nuevas salvaguardas y mayores exigencias de transparencia para el desarrollo acelerado de centros de datos. Las cifras reflejan una resistencia que ya tiene efectos sobre la planificación de la infraestructura.
Virginia, apodada la «capital mundial de los centros de datos», prevé cientos de nuevas instalaciones, un volumen que hace especialmente visibles las tensiones entre expansión tecnológica y decisiones locales. Los residentes citados en el evento vincularon esos proyectos con riesgos ambientales y de salud, además de una sensación de pérdida de control sobre sus comunidades. También expresaron inquietud ante el costo de vida y ante las advertencias de líderes tecnológicos sobre la posibilidad de que la IA sustituya trabajadores o, en escenarios más extremos, amenace a la humanidad.
Hilary Flint, defensora del medio ambiente y la salud pública, resumió el choque entre los beneficios económicos prometidos y los posibles costos comunitarios con una pregunta: «¿Cuánto vale una vida?». Según Flint, algunas comunidades siguen protestando porque valoran su bienestar más que un cheque temporal. La intervención puso el foco en una diferencia relevante para el debate: la construcción puede generar actividad económica, pero la aceptación social depende también de quién asume los riesgos y quién conserva los beneficios cuando termina la obra.
Empleo, consentimiento y rechazo a la tecnocracia
El panel posterior, que debía tratar el futuro del Partido Demócrata, volvió a desviarse hacia los centros de datos. La presentadora de NewsNation Batya Ungar-Sargon señaló que algunos sindicatos apoyan estas instalaciones por los empleos que prometen, aunque los informes mencionados en la nota indican que muchos puestos desaparecen una vez concluida la construcción. Su argumento recordó que el respaldo puede nacer de la necesidad de empleo estable, pero también dejó abierta la pregunta de cuánto dura esa prosperidad en las comunidades donde se levantan los complejos.
Ungar-Sargon comparó la expectativa de trabajo asociada a los centros de datos con el orgullo que algunas comunidades del Rust Belt sentían por grandes edificios industriales, porque sus habitantes podían trabajar allí y asociarlos con estabilidad familiar y futuro. Astead Herndon, de Vox, señaló que Vivek Ramaswamy había recibido abucheos en Ohio por defender una idea similar y subrayó la falta de consentimiento que percibía entre residentes, incluidos republicanos. Así, el debate no encajó de forma sencilla en las divisiones partidistas habituales.
Morris Katz, estratega político que trabajó en la campaña de Zohran Mamdani, expresó escepticismo ante la promesa laboral de estas instalaciones. A su juicio, las mismas instituciones que antes quitaron empleos sindicalizados y ganancias a los trabajadores ahora vuelven para llevarse incluso las migajas que quedan. La crítica enlaza la oposición a los centros de datos con un malestar económico más amplio: para algunos asistentes, no se trata solo de una tecnología nueva, sino de quién controla la inversión y quién recibe una parte duradera de sus retornos.
La división entre el optimismo de la industria y el recelo comunitario también apareció en la descripción de Brewster, quien dijo que la IA surgió en cada conversación del escenario y fue el segundo tema más frecuente entre las preguntas recibidas al confirmar la asistencia. Según él, en comunidades rurales la reacción suele centrarse en el temor a ser reemplazados, mientras que en Brooklyn la pregunta apunta más a quién se enriquece. Esa diferencia muestra que una misma infraestructura puede despertar preocupaciones distintas según el lugar y sus expectativas económicas.
La conversación sale del escenario
El rechazo se expresó de forma directa durante el panel moderado por la periodista, que reunió a Maia Woluchem, investigadora de tecnología y derechos humanos, y a Flint. Al preguntar quién apoyaba los centros de datos de IA, la moderadora recibió abucheos inmediatos. La reacción no demuestra por sí sola la opinión de todos los votantes, pero sí dejó claro el tono de una sala donde las preocupaciones por el poder corporativo, el ambiente y la salud tenían más presencia que las promesas abstractas de innovación.
Las intervenciones posteriores añadieron una dimensión cultural al debate sobre la tecnología. Cuando la periodista preguntó qué era lo más extraño que habían visto en el sector durante el año, dos fundadores mencionaron Instinct, una startup de asistentes de IA; personas ajenas a la industria citaron a Sam Altman, el auge de los deepfakes y el arte generado con inteligencia artificial. Una de ellas dijo que el arte con IA empezaba a transmitir una sensación de baratura, una percepción que contrasta con marcas de lujo que destacan procesos artesanales.
La nota señaló como ejemplos una campaña navideña de Prada con ilustraciones dibujadas a mano y publicaciones de Hermès en Instagram que resaltaban el trabajo de artistas. La comparación no implica que esas marcas estén rechazando toda herramienta de IA, pero ilustra una tensión presente en el debate: cuando el contenido automatizado se vuelve más común, la elaboración humana puede adquirir valor como señal de oficio y distinción. En ese contexto, las dudas sobre la IA no se limitan a sus efectos laborales o ambientales, sino que alcanzan también la percepción de autenticidad.
Una ingeniera de software contó que los centros de datos también aparecen en su ciudad natal del sur de California, dentro de una comunidad de inmigrantes chinos. Algunos vecinos colocaron carteles en sus jardines que muestran dragones estrangulando un centro de datos, y, según ella, los letreros fueron traducidos a otros idiomas. La anécdota llevó a la periodista a imaginar cómo reaccionaría su propia comunidad si recibiera una instalación de ese tipo, una reflexión que conecta una discusión nacional con el lugar concreto donde se construye.
El evento terminó sin resolver cómo equilibrar las necesidades de infraestructura de la IA con la transparencia, la salud pública, el empleo duradero y la participación vecinal. Pero la discusión en Brooklyn mostró que los centros de datos ya no son un asunto técnico reservado a compañías y gobiernos: también condensan temores sobre el poder de la industria tecnológica y el reparto de sus ganancias. A pocos días de la votación legislativa, esa disputa empezaba a aparecer en conversaciones que sus organizadores no habían previsto.
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