Jeff Gundlach cuestionó el gigantesco plan de Nvidia y seis administradores de activos para movilizar más de USD $500.000 millones hacia infraestructura de inteligencia artificial. El inversionista considera preocupante utilizar hardware de vida útil incierta como respaldo para deuda de largo plazo, mientras Mark Cuban comparó los chips como clase de activo con las criptomonedas.
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- Nvidia acordó con Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR crear plataformas capaces de movilizar más de USD $500.000 millones para infraestructura de IA.
- Jeff Gundlach cuestiona el descalce entre deuda de largo plazo y chips cuya vida económica resulta difícil de determinar ante la velocidad del avance tecnológico.
- Mark Cuban afirmó que “los chips como clase de activo serán el nuevo cripto”, mientras Michael Burry también apuesta contra empresas vinculadas al auge de la IA.
La carrera mundial por construir infraestructura para inteligencia artificial está creando una nueva y gigantesca categoría de inversión. Pero Jeff Gundlach, fundador y CEO de DoubleLine, cree que Wall Street podría estar ignorando una pregunta fundamental: ¿durante cuánto tiempo conserva realmente su valor un procesador de IA?
El cuestionamiento surge después de que Nvidia alcanzara acuerdos con seis gigantes financieros para desarrollar plataformas destinadas a movilizar más de USD $500.000 millones. El capital permitiría financiar infraestructura mediante la cual los clientes podrán acceder a los chips de Nvidia, detalla The Next Web.
Los participantes son algunos de los nombres más importantes de las finanzas globales: Apollo, BlackRock, Blackstone, Brookfield, Goldman Sachs y KKR. La magnitud del proyecto refleja hasta qué punto la infraestructura de IA está comenzando a tratarse como una nueva categoría de activo financiero.
Gundlach, sin embargo, identifica un problema en esa lógica. El inversionista cuestionó la utilización de “activos de vida desconocida como colateral para deuda de largo plazo” y advirtió que el esquema probablemente “no envejezca bien”.
El problema no es la IA, sino cuánto dura un GPU
El argumento de Gundlach gira alrededor de un concepto clásico de los mercados de crédito: la duración. Los inversionistas pueden proporcionar capital durante muchos años, pero necesitan que los activos que respaldan esa deuda continúen generando suficiente valor durante un período comparable.
Los procesadores de inteligencia artificial plantean una dificultad particular. La industria desarrolla nuevas generaciones de hardware a gran velocidad, por lo que resulta difícil determinar cuánto valdrá dentro de siete, diez o más años un GPU comprado hoy.
Gundlach utilizó una comparación deliberadamente absurda para ilustrar el problema. Equiparó la operación con emitir valores respaldados por activos a 30 años utilizando almacenes llenos de bananas, incluso “bananas de nueva ingeniería y vida desconocida”.
Detrás de la sátira existe una pregunta financiera seria. Si los chips pierden competitividad mucho antes de que venza la deuda utilizada para financiarlos, el valor del colateral podría deteriorarse mientras las obligaciones financieras permanecen.
Esa cuestión se vuelve particularmente relevante porque los participantes del proyecto consideran que la infraestructura informática requiere capital paciente. Los codirectores ejecutivos de KKR describieron el cómputo como una infraestructura crítica que necesita “capital de larga duración”.
Jensen Huang plantea otra parte de la tesis. El CEO de Nvidia sostiene que el desarrollo continuo de CUDA puede prolongar la vida útil del hardware y mejorar su economía con el paso del tiempo.
Ambas afirmaciones, sin embargo, responden preguntas diferentes. Que la infraestructura necesite financiación de largo plazo no garantiza necesariamente que cada generación de procesadores conserve durante ese mismo período el valor necesario para respaldarla.
Mark Cuban: “los chips como clase de activo serán el nuevo cripto”
Gundlach tampoco está solo en sus dudas. Mark Cuban resumió el fenómeno con una comparación especialmente llamativa: “los chips como clase de activo serán el nuevo cripto”.
La observación apunta a la transformación del hardware informático en un activo financiero. En lugar de limitarse a comprar servidores para operar centros de datos, el mercado está construyendo estructuras de crédito e inversión alrededor de la capacidad de cómputo.
Michael Burry también ha expresado dudas sobre la economía del auge de la IA. El inversionista, conocido por anticipar la crisis hipotecaria estadounidense, ha tomado posiciones bajistas contra compañías de inteligencia artificial mientras argumenta que los procesadores actuales podrían quedar obsoletos antes de recuperar las enormes inversiones realizadas.
El mercado de crédito ya ha mostrado señales de preocupación. Los swaps de incumplimiento crediticio, o CDS, de Nvidia alcanzaron un récord después de que la compañía anunciara USD $750.000 millones en acuerdos relacionados con IA.
Los CDS funcionan, en términos simplificados, como instrumentos para cubrirse frente al riesgo crediticio. Su movimiento refleja que las preocupaciones sobre el tamaño y la estructura financiera de la expansión de infraestructura de IA no se limitan a comentarios de inversionistas famosos.
¿El próximo gran activo financiero de Wall Street?
Gundlach conecta la situación con un fenómeno más amplio que suele aparecer durante períodos de elevada tolerancia al riesgo. Los mercados comienzan a presentar nuevos instrumentos o activos como categorías completamente diferentes a las conocidas anteriormente, frecuentemente acompañadas por estructuras financieras cada vez más complejas.
“Nadie toca una campana” cuando un mercado alcanza su máximo, señaló Gundlach. En su opinión, los inversionistas deberían prestar atención cuando comienzan a proliferar proclamaciones sobre nuevas clases de activos apoyadas por ingeniería financiera y calificaciones crediticias que considera cuestionables.
La advertencia no significa necesariamente que la inteligencia artificial vaya a fracasar. Tampoco implica que los centros de datos construidos actualmente dejarán de generar ingresos.
El interrogante es más específico: qué parte del valor económico de esa infraestructura reside en activos tecnológicos capaces de depreciarse con enorme rapidez. Un centro de datos puede operar durante décadas, mientras los procesadores instalados dentro podrían necesitar reemplazos mucho antes.
El Bank for International Settlements ha planteado una preocupación todavía mayor. La institución advirtió que un eventual colapso del auge de la inteligencia artificial podría propagarse hacia los mercados de crédito con consecuencias comparables en gravedad a las observadas durante la crisis financiera de 2008.
Gundlach plantea una prueba mucho más concreta para evaluar ese riesgo. La cuestión no es si la inteligencia artificial funciona o si la demanda de cómputo continuará creciendo, sino si un GPU comprado hoy seguirá siendo un activo suficientemente valioso como para respaldar deuda dentro de siete años.
Esa pregunta adquirirá mayor importancia a medida que cientos de miles de millones de dólares pasen de los balances de las grandes tecnológicas hacia estructuras financiadas por bancos, fondos y administradores de activos. Si los chips realmente pueden convertirse en infraestructura financiera de larga duración, Wall Street habrá creado una nueva clase de activo.
Si envejecen mucho más rápido que la deuda que los financia, la comparación de Gundlach con un almacén lleno de bananas podría resultar menos absurda de lo que parece.
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