Por Canuto  

Investigadores del MIT presentaron un nuevo marco computacional que busca resolver una vieja tensión en ingeniería: diseñar estructuras con mucho menos material sin caer en soluciones imposibles de construir. Su propuesta introduce restricciones prácticas y combina materiales como madera y acero para acercar la optimización topológica al mundo real de puentes y edificios.
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  • El MIT desarrolló un modelo que añade restricciones de construibilidad a la optimización topológica aplicada a puentes y edificios.
  • El sistema permite limitar complejidad, definir tamaños mínimos de piezas y combinar materiales como madera y acero.
  • Los investigadores sostienen que esta metodología podría reducir emisiones del sector construcción y ser viable para firmas de ingeniería.


La construcción carga con una parte importante del problema climático global. En 2022, la producción mundial de materiales de construcción representó más del 7 por ciento de las emisiones totales de carbono.

Ese dato explica por qué muchos investigadores buscan formas de levantar casas, edificios y puentes con menos insumos. El reto no es solo ahorrar material, sino hacerlo sin comprometer seguridad, costo ni tiempos de obra.

En ese contexto, un equipo del Instituto Tecnológico de Massachusetts presentó un nuevo enfoque computacional para generar estructuras más construibles. La meta es cerrar la brecha entre los diseños ultraligeros que funcionan en una computadora y las exigencias concretas del mundo real.

Según la información publicada por MIT News, el marco fue descrito en un nuevo artículo de la revista Automation in Construction el 24 de junio de 2026. El trabajo fue liderado por la profesora Josephine Carstensen y el estudiante doctoral Zane Schemmer.

La propuesta se concentra en mejorar la llamada optimización topológica. Esta técnica puede reducir la cantidad de material usado en una estructura, en algunos casos hasta en un 90 por ciento.

Una promesa técnica con un problema práctico

La optimización topológica existe desde hace décadas y se usa para distribuir material de la forma más eficiente posible dentro de un espacio dado. En teoría, permite crear estructuras muy resistentes con mucho menos peso.

El problema es que esos diseños suelen parecer telarañas complejas, con un nivel de detalle difícil de fabricar en obra convencional. Por eso, su uso se ha concentrado más en investigación y en áreas como la impresión 3D que en grandes proyectos civiles.

“Hay una interacción entre los materiales que estás usando, la construibilidad de los diseños y la optimización de la estructura”, dijo Carstensen. La investigadora añadió que se necesita abordar esos tres elementos al mismo tiempo, y que eso fue precisamente lo que intentaron hacer.

Zane Schemmer explicó que una de las preguntas centrales del proyecto era entender por qué la industria no adopta más estas herramientas. En sus palabras, querían identificar qué obstáculos impiden diseñar de manera más eficiente y cómo cerrar las brechas entre la investigación y la vida real.

Esa desconexión también afecta la narrativa climática alrededor de estas tecnologías. Carstensen señaló que en la literatura a veces existe una distancia entre los ahorros de carbono que se muestran en pantalla y los ahorros realistas que pueden lograrse en estructuras efectivamente construidas.

Para la investigadora, el problema de fondo es la falta de construibilidad. Muchos de esos diseños se perciben como demasiado difíciles de ejecutar con métodos convencionales, por lo que nunca se intentan en proyectos reales.

Qué cambia en el nuevo modelo del MIT

El nuevo marco introduce restricciones prácticas sobre los diseños generados algorítmicamente. Esas restricciones buscan limitar la complejidad de la estructura para que el resultado final no quede fuera del alcance de contratistas e ingenieros.

Por ejemplo, el usuario puede definir cuántos componentes pueden unirse en cada punto del diseño. También puede fijar el tamaño mínimo de las piezas más pequeñas, algo clave para evitar soluciones demasiado delicadas o difíciles de ensamblar.

El sistema además permite establecer un ángulo mínimo entre componentes conectados. Esa variable influye de forma directa en la facilidad con la que una unión puede fabricarse y montarse en una obra.

Otro aporte importante es que el modelo trabaja con múltiples materiales. Ese punto era un desafío relevante para el campo, porque no basta con optimizar una forma general si el diseño final depende de las propiedades específicas de madera, acero u otros insumos.

Schemmer explicó ese punto con una lógica binaria. Según indicó, una pieza no puede ser 72 por ciento madera y 28 por ciento acero, por lo que el sistema debe decidir de forma discreta de qué material será cada elemento y luego verificar que sus conexiones cumplan con los estándares de resistencia.

Las decisiones del modelo toman en cuenta el comportamiento estructural de cada material. Un ejemplo citado por el equipo es que los tirantes de acero pueden soportar compresión, pero los cables de acero no.

Carstensen subrayó además que, a diferencia de la impresión 3D, en construcción las uniones no son triviales. La madera tiene un conjunto de reglas y el acero otro, por lo que el modo en que las partes se conectan exige un modelado más realista.

Madera, acero y puentes de menor impacto ambiental

Los investigadores utilizaron el marco para diseñar estructuras de cerchas destinadas a soportar cargas en edificios y puentes. Probaron versiones de solo acero, solo madera y también configuraciones multimateriales.

El ejercicio permitió observar que las emisiones de carbono asociadas a los materiales cambian de manera significativa cuando se aplican distintas restricciones. En otras palabras, no solo importa cuánta materia se usa, sino cómo se obliga al sistema a resolver el problema.

Para ilustrar esos efectos, el equipo tomó como referencia el puente de cerchas “Invertido” de Lockport, cerca de Buffalo, en Nueva York. A partir de esa estructura, aplicaron restricciones individuales para entender cómo cada una modificaba el diseño resultante.

Entre las restricciones probadas figuraron el ángulo mínimo en las conexiones y los tamaños mínimos de las partes. Esos cambios transformaron de forma drástica los diseños finales y, con ello, la manera en que las estructuras podrían construirse.

El análisis mostró además un equilibrio interesante entre resistencia y huella ambiental. Schemmer dijo que el sistema podía reconocer que un puente de acero puro tal vez no fuera la mejor opción desde la perspectiva del carbono.

También señaló que un puente de madera pura podría no ser el más fuerte. Sin embargo, al combinar ambos materiales, se pueden usar piezas de madera para ahorrar carbono y acero donde hace falta mayor resistencia.

Esa lógica de mezcla es relevante para la sostenibilidad futura. Schemmer sostuvo que un gran componente del problema no consiste solo en usar menos material, sino en implementar materiales de forma eficiente según la ubicación geográfica, el acceso local y sus costos de carbono asociados.

Del laboratorio a la práctica de ingeniería

El equipo reconoció que su enfoque es más intensivo en términos computacionales que otros métodos. Aun así, reportó que pudo ejecutar los programas del experimento en una MacBook Pro.

Esa referencia importa porque sugiere que la herramienta podría ser accesible para muchas firmas de ingeniería civil. No se trata de una solución reservada únicamente a laboratorios con infraestructura extraordinaria.

Schemmer afirmó que hoy existen muchas herramientas emergentes que hacen mucho más factibles este tipo de problemas. A su juicio, eso vuelve práctico un enfoque que durante años fue evitado por la industria.

Si se dispone de más recursos de cómputo, el modelo podría ampliarse a listas mucho más extensas de materiales y a estructuras bastante mayores que viviendas, edificios pequeños o puentes. Ese punto abre la puerta a nuevas aplicaciones en infraestructura de gran escala.

Los investigadores planean ahora construir estructuras a escala diseñadas por el modelo para validar mejor sus predicciones. También quieren incorporar nuevas restricciones que vuelvan el sistema todavía más fluido para ingenieros civiles.

La ambición de fondo es que la optimización topológica deje de ser una curiosidad académica y se convierta en una herramienta habitual de diseño bajo en carbono. Ese cambio podría impactar una etapa decisiva del ciclo de construcción, donde se toman muchas de las decisiones que luego fijan el consumo de material.

“Como ingeniero estructural de formación, nunca me enseñaron a diseñar para bajo carbono”, dijo Schemmer. Añadió que, para enfrentar un problema tan grande como el cambio climático, actuar sobre el entorno construido es un gran lugar para comenzar.

El investigador remató con una idea concreta. Muchas decisiones tempranas en diseño, afirmó, terminan llevando al uso de material extra que en realidad no era necesario.

El trabajo fue financiado por la Academia Morningside del MIT para el Diseño. Aunque se trata de investigación, el mensaje central apunta a una cuestión muy práctica: reducir emisiones empieza mucho antes de la obra, en la manera en que se dibuja y calcula una estructura.


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Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA y revisado por un editor humano para garantizar calidad y precisión.


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