Por Canuto  

La antigua Allbirds ya no vende zapatos. Tras vender su negocio de calzado por USD $43 millones y captar otros USD $100 millones en bolsa, la compañía renació como Smartbird, una firma de infraestructura de IA que hoy arranca con caja, una nueva CEO y un detalle incómodo: no tiene empleados.
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  • Smartbird, la ex Allbirds, inició su nueva etapa de IA sin plantilla y con la tarea inmediata de reclutar un equipo desde cero.
  • La empresa apunta a clientes que buscan soberanía de datos y control directo de servidores, en lugar de depender de nubes públicas o neoclouds.
  • Nadia Carlsten sostiene que el giro no fue una maniobra oportunista, aunque ocurrió en pleno auge bursátil de la infraestructura para IA.

 


Allbirds completó una de las transformaciones corporativas más llamativas del año al abandonar el negocio de calzado y relanzarse como Smartbird, una empresa enfocada en infraestructura para inteligencia artificial. La jugada, que en abril fue leída por muchos como una maniobra propia del manual de las memestocks, ahora entra en su fase más difícil: demostrar que detrás del nuevo nombre existe un negocio real.

La compañía vendió su negocio de zapatos por USD $43 millones y luego recaudó otros USD $100 millones en el mercado bursátil. Ese capital dejó a Smartbird con recursos para arrancar, pero no con una operación lista, ya que el cierre formal del negocio anterior ocurrió apenas el 18 de junio, detalla TechCrunch.

La nueva CEO es Nadia Carlsten, exejecutiva de AWS y doctora en ingeniería. También fue la última líder de la firma europea de computación DCAI antes de asumir, el 19 de junio, la dirección de Smartbird desde Ámsterdam.

Carlsten explicó que su primera tarea será contratar un equipo completamente nuevo para el negocio de IA y conseguir una oficina. En sus palabras, la empresa de zapatos “ha cerrado oficialmente desde ayer”, por lo que el punto de partida se parece más al de una startup con un único fundador y una ronda semilla inusualmente grande.

Ese arranque sintetiza la paradoja de Smartbird. Tiene efectivo, cotiza en bolsa y presume una narrativa alineada con la fiebre por la IA, pero hoy todavía necesita construir desde cero su equipo directivo, su operación y su base de clientes.

De Allbirds a Smartbird: un giro corporativo extremo

Cuando Allbirds anunció en abril su salto hacia la IA, la reacción inmediata mezcló incredulidad y sarcasmo. La empresa era conocida por sus zapatos directos al consumidor, un producto que durante años se asoció al estilo informal de Silicon Valley.

El cambio pareció replicar una fórmula ya vista en mercados especulativos. Una compañía pública con dificultades adopta el tema más caliente del momento, atrae la atención de inversionistas minoristas y consigue un impulso en el precio de la acción.

Ese libreto recordó a varios observadores el fenómeno de las memestocks popularizado por GameStop. En este caso, sin embargo, el resultado no fue solo una subida bursátil temporal, sino también una reestructuración completa del negocio.

La empresa no solo cambió de nombre. También se desprendió de su actividad histórica y se reorientó hacia una industria con dinámicas, clientes y necesidades de capital totalmente distintas.

Para Carlsten, el desafío ahora no es explicar el simbolismo del giro, sino ejecutar una estrategia concreta. La CEO insistió en que la decisión no respondió a una moda vacía, sino a la evaluación de una oportunidad para construir con el tiempo un nicho sostenible dentro del mercado de infraestructura para IA.

La ejecutiva recibirá un salario anual de USD $700.000. Además, obtuvo acciones valoradas en alrededor de USD $9 millones como parte del paquete para asumir el cargo.

La apuesta: infraestructura de IA con control directo y soberanía de datos

Smartbird no quiere presentarse como una nube pública más. Su tesis es ofrecer infraestructura de IA para clientes que necesitan un control más directo sobre los servidores donde corren sus modelos.

Ese enfoque apunta a empresas e instituciones que valoran la soberanía de datos por encima de la elasticidad de la nube tradicional. También busca atraer a organizaciones con restricciones políticas, regulatorias o comerciales que les impiden delegar procesos críticos en terceros.

Carlsten describió un modelo de implementaciones más cuidadas y gestionadas. A diferencia de las llamadas neoclouds, que suelen empaquetar el acceso a chips en función del tiempo de GPU o de tokens de inferencia, Smartbird aspira a vender despliegues más dedicados.

La idea es que esos clientes no buscan el menor precio posible por unidad de cómputo. Lo que buscan es control sobre la pila de infraestructura y la capacidad de ajustar los sistemas a flujos de trabajo muy específicos.

Según la ejecutiva, muchos de esos casos aparecen en sectores como el farmacéutico, la energía, las finanzas y el sector público. En DCAI trabajó con Novo Nordisk y con otras firmas europeas que, dijo, tienen un interés especial en mantener soberanía de datos o en operar modelos a medida.

Ese matiz es importante para entender su posicionamiento. Desde la visión de Carlsten, Smartbird no compite de forma directa con los hyperscalers ni con todas las neoclouds, sino con proyectos internos que las propias empresas evalúan desarrollar para no ceder control estratégico.

Un mercado real, pero con límites y competencia establecida

La demanda por infraestructura de IA se ha convertido en una de las fuerzas más potentes del mercado tecnológico. Ha impulsado valoraciones de fabricantes de chips, proveedores de nube y empresas energéticas, e incluso ha dado oxígeno a ideas tan extremas como centros de datos orbitales.

Pero una cosa es que el apetito por cómputo exista y otra que cada nuevo jugador tenga un camino claro de crecimiento. En el caso de Smartbird, el tamaño exacto de su mercado objetivo todavía no está definido.

Carlsten admitió que aún no puede estimarlo. Sostuvo que se trata de un segmento incipiente, en parte porque muchas compañías siguen en fase de pruebas con herramientas de IA y todavía no han tomado decisiones definitivas sobre arquitectura y despliegue.

Además, el nicho que busca atacar Smartbird ya tiene competidores reconocidos. Hewlett Packard ofrece un servicio administrado de computación para IA de inquilino único, y Equinix también participa en este espacio desde su posición como gigante de centros de datos.

Eso sugiere que el modelo es real y tiene demanda. Sin embargo, no está claro que comparta el mismo potencial de expansión explosiva que caracterizó a la nube pública, donde la escala masiva y la estandarización fueron claves para multiplicar ingresos.

En otras palabras, Smartbird persigue un negocio que puede ser rentable sin necesariamente convertirse en un monstruo de hipercrecimiento. Esa diferencia importa, sobre todo porque la narrativa bursátil reciente ha premiado más las historias de escala infinita que las de especialización industrial.

Sin megapedidos de chips, pero con ambiciones para fin de año

La CEO dijo que espera tener clústeres de cómputo desplegados para varios clientes antes de que termine el año. Esa meta sugiere un calendario acelerado, dado que la firma todavía está armando su liderazgo operativo.

Uno de los primeros cargos que busca cubrir es una persona responsable de operaciones de infraestructura. La secuencia es reveladora, porque la empresa necesita diseñar casi al mismo tiempo su oferta comercial, su operación técnica y su capacidad de ejecución.

Carlsten también marcó distancia frente a otras startups que han intentado captar atención con anuncios gigantescos de compra de chips. Citó el caso de General Compute, una nube de inferencia que anunció un pedido de chips por USD $300.000 millones al salir del sigilo el mes pasado.

Smartbird no pretende jugar en esa liga de compromisos descomunales. Según su CEO, las necesidades de sus clientes potenciales se ubican en el rango de cientos a miles de chips, no en una escala masiva de decenas o cientos de miles de GPUs.

La lógica, afirmó, no gira alrededor de “grandes escalas y enormes números de GPUs”. El foco está en la agilidad de esos clústeres y en el control de la pila de infraestructura.

Esa estrategia también implica que la empresa difícilmente competirá por precio. Los servicios de nube buscan maximizar el uso de chips las 24 horas para ofrecer cómputo más barato, mientras que Smartbird parte de la idea de que ciertos clientes ganan eficiencia aunque operen sobre infraestructura propia o semidedicada.

Lo que deja atrás: sostenibilidad, estatus PBC y la pregunta por la credibilidad

La metamorfosis de Allbirds en Smartbird también dejó una consecuencia institucional poco discutida fuera del mundo corporativo. La empresa perdió su condición de corporación de beneficio público, una figura que había ayudado a fijar compromisos de sostenibilidad como parte central de la propuesta original de la marca de zapatos.

Las cartas PBC suelen utilizarse para subrayar promesas que van más allá del retorno financiero. El caso de OpenAI, por ejemplo, muestra cómo ese formato puede asociarse a una misión pública, en su caso vinculada a la seguridad de la IA.

El giro de Allbirds sugiere que ese tipo de compromisos no es inamovible. Cuando cambia la estrategia, también puede cambiar la estructura legal que la acompañaba.

Esa lectura puede incomodar a quienes veían en Allbirds una empresa con identidad definida alrededor de la sostenibilidad. También sirve como recordatorio de que, en los mercados públicos, incluso las promesas más emblemáticas pueden ceder si la supervivencia corporativa exige otra ruta.

Carlsten sostuvo que la junta de Smartbird asumió un compromiso de largo plazo con la estrategia de IA. En declaraciones recogidas por TechCrunch, añadió que hay empresas persiguiendo la IA, pero que al final importa si existe “un peso real detrás de la persecución”.

La frase resume el dilema central de Smartbird. El mercado ya premió el relato inicial con capital fresco y atención, pero la siguiente prueba será demostrar que ese relato puede traducirse en clientes, infraestructura funcional y una operación capaz de justificar la abrupta salida del negocio de calzado.

Para inversionistas interesados en IA, memestocks o giros corporativos extremos, Smartbird ofrece un caso de estudio poco común. No es solo una empresa pivotando hacia una nueva moda, sino una compañía pública reconstruyéndose desde cero bajo la promesa de vender control, soberanía de datos y cómputo dedicado en un mercado todavía en formación.

Si la apuesta prospera, la transición podría verse como una reinvención temprana y audaz. Si falla, reforzará la sospecha de que algunos giros hacia la IA fueron menos una visión estratégica y más una respuesta al magnetismo bursátil del momento.


Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.

Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA y revisado por un editor humano para garantizar calidad y precisión.


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