La gigante de moda H&M respalda a Rubi, una startup que busca transformar CO2 capturado en celulosa para fabricar lyocell y viscosa. La empresa acaba de levantar USD $7,5 millones, ya prueba su material con 15 socios piloto y asegura que tiene más de USD $60 millones en acuerdos de compra no vinculantes.
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- Rubi recaudó USD $7,5 millones en una ronda liderada por AP Ventures y FH One Investments, con participación de H&M Group.
- La startup utiliza una cascada de enzimas, optimizadas con inteligencia artificial y aprendizaje automático, para convertir CO2 en celulosa.
- La empresa ya ha probado su material con 15 socios piloto, entre ellos H&M, Patagonia y Walmart, y apunta a escalar su producción.
La industria de la moda enfrenta un problema estructural de residuos y emisiones, y una nueva apuesta tecnológica busca atacar ambos frentes al mismo tiempo.
Rubi, una startup enfocada en materiales sostenibles, quiere convertir dióxido de carbono capturado en celulosa apta para fabricar textiles como lyocell y viscosa. La propuesta ya llamó la atención de actores relevantes del sector, entre ellos H&M Group, que participó en una ronda de financiación reciente por USD $7,5 millones.
De acuerdo con TechCrunch, la empresa utilizará esos fondos para construir una demostración a escala de su sistema de producción celulósica. El objetivo es fabricar decenas de toneladas de material usando CO2 como ingrediente principal, un paso clave para llevar la tecnología desde el laboratorio hacia una operación más cercana a la industria.
El contexto explica el interés. Aproximadamente un camión de basura de textiles se desecha cada segundo, mientras que la industria de la moda genera más contaminación de carbono que los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinados. En ese escenario, nuevas rutas de reciclaje y materiales alternativos se han convertido en prioridades para marcas, fabricantes e inversionistas.
Rubi no es la única empresa que intenta rediseñar la cadena de suministro textil, pero sí propone un enfoque distinto. En lugar de depender de árboles, plantaciones o bosques vírgenes para obtener celulosa, su sistema transforma emisiones de carbono residuales mediante enzimas, con la promesa de producir pulpa de calidad textil cerca de donde realmente se necesita.
Una plataforma para fabricar celulosa a partir de CO2
La cofundadora y CEO de Rubi, Neeka Mashouf, explicó que la empresa está “básicamente llevando la maquinaria de la biología fuera de la célula” para producir los componentes básicos de lyocell y viscosa. La frase resume la lógica del proyecto: usar herramientas biológicas sin depender del funcionamiento completo de organismos vivos dentro de un fermentador.
Ese matiz la diferencia de otras startups del sector. Algunas apuestan por bacterias modificadas genéticamente, mientras otras usan catalizadores químicos para transformar dióxido de carbono en compuestos útiles. Rubi, en cambio, sostiene que las enzimas ofrecen una vía más directa y potencialmente más barata, en un mercado donde la escalabilidad y el costo definirán qué tecnologías sobreviven.
Según Mashouf, la idea de usar enzimas surgió tras revisar distintas opciones tecnológicas junto a su hermana gemela, Leila, estudiante de medicina en la Escuela de Medicina de Harvard. Neeka trabajaba como científica investigando nuevos materiales, y ambas concluyeron que el camino enzimático ofrecía una combinación atractiva de madurez industrial y bajo costo.
La ejecutiva destacó además que la industria de las enzimas ya es enorme. Estas herramientas biológicas se usan en la fabricación de jarabe de maíz de alta fructosa y también en el tratamiento de aguas residuales. En otras palabras, la infraestructura y el conocimiento para producirlas ya existen, lo que podría facilitar una expansión más rápida frente a soluciones todavía muy experimentales.
El proceso de Rubi se basa en una “cascada” de enzimas que procesa dióxido de carbono residual. La startup también ha utilizado métodos de inteligencia artificial y aprendizaje automático para mejorar la eficacia y la estabilidad de esas enzimas, un detalle relevante porque la eficiencia del sistema dependerá en buena parte de qué tan robusto sea el desempeño biocatalítico a escala industrial.
Actualmente, las enzimas flotan en una solución acuosa. Cuando se añade dióxido de carbono, la celulosa blanca comienza a aparecer dentro del reactor en pocos minutos, según explicó Mashouf. Los reactores caben en módulos del tamaño de contenedores de envío, y a futuro la empresa espera modificar el proceso para permitir producción continua.
Financiación, pilotos y acuerdos comerciales
La ronda por USD $7,5 millones fue liderada por AP Ventures y FH One Investments. También contó con la participación de CMPC Ventures, H&M Group, Talis Capital y Understorey Ventures. La diversidad de inversionistas sugiere interés tanto desde capital de riesgo tradicional como desde compañías vinculadas a materiales, manufactura y consumo masivo.
Más allá del financiamiento, Rubi afirma haber reservado más de USD $60 millones en acuerdos de compra no vinculantes con un par de socios. Aunque esos compromisos no equivalen a ventas cerradas, sí funcionan como una señal de demanda temprana. En tecnologías industriales emergentes, ese tipo de interés comercial puede ser decisivo para conseguir capital y justificar el escalamiento productivo.
La compañía también ha probado su material con 15 socios piloto. Entre ellos figuran H&M, Patagonia y Walmart, tres nombres que representan segmentos distintos dentro del comercio minorista y la moda. Esa variedad puede ayudar a validar aplicaciones en prendas, cadenas de suministro más amplias y potenciales usos fuera del segmento premium o especializado.
El dato es relevante porque las innovaciones en materiales suelen chocar con barreras muy concretas: compatibilidad con maquinaria existente, consistencia de calidad, costos y disponibilidad. Contar con socios de prueba permite identificar esos obstáculos temprano. También abre la puerta a contratos futuros si el desempeño del material cumple con las exigencias técnicas y comerciales.
Según Mashouf, una de las oportunidades más claras está en Estados Unidos. La ejecutiva señaló que existe interés en poder producir pulpa de celulosa de calidad textil localmente, algo que hoy no está disponible. Su comentario apunta a una debilidad estructural en la cadena de suministro: la distancia entre materias primas, procesamiento y fabricación final.
“Estas cadenas de suministro de textiles y materias primas son muy largas”, dijo la CEO. Si Rubi consigue instalar unidades modulares más cerca de centros industriales o de captura de carbono, podría reducir costos logísticos y ofrecer una alternativa más resiliente frente a interrupciones globales, además de reforzar la narrativa de sostenibilidad del producto.
Moda, carbono e industrias más allá de la ropa
El primer mercado objetivo de Rubi es la confección. Tiene sentido, ya que lyocell y viscosa son fibras ampliamente conocidas en la industria textil. Ambas dependen de la celulosa como insumo básico, por lo que una nueva forma de producir ese componente podría impactar no solo el perfil ambiental de las prendas, sino también la geografía de abastecimiento y la estructura de costos.
Sin embargo, la empresa no quiere limitarse a la moda. Mashouf dijo que la tecnología “realmente es una plataforma” para fabricar productos químicos y materiales importantes de la economía a bajo costo. Esa ambición sugiere que la celulosa sería apenas la primera aplicación comercial de una infraestructura más amplia basada en carbono capturado y biocatálisis.
Para lectores menos familiarizados con el tema, este tipo de desarrollos se ubica en la intersección entre biotecnología, manufactura avanzada e inteligencia artificial. La IA no produce la fibra por sí sola, pero sí puede acelerar la optimización de enzimas, reducir tiempos de investigación y mejorar la estabilidad del proceso. En industrias donde cada punto de eficiencia importa, eso puede marcar una diferencia sustancial.
También conviene mantener cierta cautela. Haber levantado capital y contar con pilotos no garantiza éxito industrial. Muchas tecnologías prometedoras fracasan al pasar de reactores pequeños a plantas capaces de producir grandes volúmenes con costos competitivos. El siguiente paso de Rubi, su demostración a escala, será por tanto la prueba más importante hasta ahora.
Aun así, la noticia refleja hacia dónde se está moviendo parte del capital en materiales sostenibles. Ya no se trata solo de reciclar más, sino de rediseñar la materia prima desde el origen. Si empresas como Rubi logran convertir CO2 en insumos textiles viables, la industria de la moda podría empezar a transformar una parte de sus emisiones en producto útil.
Por ahora, H&M y otros socios parecen apostar a que vale la pena explorar esa posibilidad. Si la tecnología funciona como promete, el impacto potencial iría mucho más allá de una colección ecológica. Podría abrir una nueva cadena industrial donde el carbono capturado deje de verse solo como residuo y empiece a tratarse como recurso.
Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA
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