Antes de que BlackRock tokenizara bonos del Tesoro y Wall Street comenzara a experimentar con acciones en blockchain, la industria cripto pasó varios años tokenizando prácticamente cualquier cosa imaginable. Tuits, flatulencias, obras quemadas, partes del cuerpo y hasta el “alma” de una persona terminaron convertidos en tokens. Detrás de aquella fiebre aparentemente absurda, sin embargo, se estaba ensayando una idea mucho más importante.
***
- El primer tweet de Jack Dorsey llegó a venderse como NFT por USD $2,9 millones durante la fiebre de 2021.
- Un estudiante neerlandés puso en venta un NFT de su propia “alma”, acompañado incluso de un contrato que especificaba qué podía hacer su propietario con ella.
- También se han tokenizado desde flatulencias y espacios para tatuajes hasta vacas, whisky, caballos de carrera y uranio.
- Hoy aquella misma tecnología sirve para representar bonos, fondos, crédito y otros activos financieros; RWA.xyz rastrea más de 2.000 activos tokenizados y sitúa el mercado total que monitorea en cientos de miles de millones de dólares.
En 2026 resulta relativamente sencillo hablar seriamente de la tokenización.
La administradora con sede en Nueva York, BlackRock, posee el que describe como el mayor fondo tokenizado del mundo. La deuda pública estadounidense tokenizada supera actualmente los USD $16.000 millones. Reguladores como la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos (SEC) discuten cómo permitir que los valores tradicionales puedan negociarse y custodiarse directamente sobre blockchain.
Pero la historia que condujo hasta ahí fue bastante menos solemne.
Mucho antes de que bonos del Tesoro, fondos monetarios y acciones se convirtieran en protagonistas de la tokenización, hubo un período en que el mercado parecía decidido a descubrir algo mucho más básico:
¿Existe alguna cosa en el mundo que no podamos convertir en un token? Durante la fiebre de los NFT, la respuesta pareció ser simplemente “no”.
Primero tokenizamos Internet
Los primeros NFT populares tenían cierta lógica.
El arte digital, por ejemplo, llevaba décadas enfrentando un problema evidente: un archivo podía copiarse indefinidamente y no existía una forma nativa de Internet para señalar públicamente cuál era el ejemplar considerado “original” o quién era su propietario.
Blockchain introdujo una solución peculiar pero novedosa: un registro digital verificable y transferible.
El mercado llevó rápidamente esa idea mucho más lejos. En marzo de 2021, Jack Dorsey, cofundador de Twitter, vendió como NFT su primer tweet —y por extensión el primer mensaje publicado en la historia de Twitter— por unos USD $2,9 millones.
El comprador no adquirió Twitter ni recibió derechos exclusivos sobre aquellas palabras. Cualquiera podía seguir viendo la publicación gratis. Lo que compró fue el token asociado a ese objeto digital.
La operación resumía perfectamente aquella época: Internet comenzaba a experimentar con escasez digital aplicada a cosas que hasta entonces habían sido infinitamente reproducibles. Y una vez abierta esa puerta, comenzó la carrera por atravesarla.
Después alguien decidió tokenizar sus flatulencias
Durante el confinamiento por la pandemia, el cineasta neoyorquino Alex Ramírez-Mallis y varios amigos comenzaron a grabar sus flatulencias. Lo que empezó como una broma acabó convertido en una colección de NFT.
Ramírez-Mallis llegó a ofrecer grabaciones individuales por 0,05 ETH y una recopilación denominada One Calendar Year of Recorded Farts, demostrando que la infraestructura creada para certificar propiedad digital no discriminaba demasiado sobre la dignidad del activo representado. Era ridículo.
Pero también revelaba algo importante. Una blockchain no sabe si está registrando propiedad sobre una obra de arte digital, un bono del Tesoro o el sonido producido por el sistema digestivo de alguien.
Para la red, todos son datos sometidos a unas reglas. Precisamente esa neutralidad terminaría siendo una de las características esenciales de la tokenización.
Un joven neerlandés puso su alma en blockchain
El experimento alcanzó terrenos todavía más filosóficos en 2022. Stijn van Schaik, estudiante de arte neerlandés de 21 años, creó un NFT denominado Soul of Stinus y anunció que estaba vendiendo su propia alma.
Naturalmente, nadie había descubierto una API capaz de extraer almas humanas y depositarlas en Ethereum. La obra era una propuesta artística sobre propiedad, contratos y blockchain. Pero Van Schaik llevó el experimento bastante lejos.
El NFT estaba acompañado por un contrato que especificaba los supuestos derechos del propietario del alma. Entre ellos figuraban afirmar públicamente ser su dueño, transferirla total o parcialmente a otra persona e incluso ofrecerla o sacrificarla a una deidad o entidad espiritual.
DiarioBitcoin informó entonces que el NFT aparecía listado por más de 1.000 ETH, equivalentes a más de USD $3 millones en aquel momento. La oferta efectiva más alta visible era considerablemente menor, de alrededor de 0,15 ETH, lo que ilustra también una de las peculiaridades de los mercados NFT de aquella época: el precio pedido y el precio que alguien estaba realmente dispuesto a pagar podían vivir en universos completamente diferentes.
La ocurrencia servía, sin embargo, como un experimento conceptual sorprendentemente útil. Van Schaik no estaba simplemente vendiendo una imagen. Estaba intentando asociar un conjunto de derechos contractuales a un token. Y ahí comienza a aparecer una conexión mucho más clara con los RWA modernos.
Quememos el objeto y quedémonos con el token
Otro experimento llevó la lógica todavía más lejos. En 2021, el colectivo Burnt Finance adquirió una impresión del artista británico Banksy titulada Morons, valorada en aproximadamente USD $95.000.
Después hizo algo que normalmente sería considerado una pésima estrategia de conservación patrimonial: la quemó. La destrucción fue transmitida por Internet. Después, el grupo vendió una representación NFT de la obra por aproximadamente USD $380.000.
La provocación era deliberada. ¿Qué tenía realmente valor: el pedazo de papel producido por Banksy o la capacidad de demostrar propiedad y procedencia?
La respuesta del mercado fue controversial, pero el experimento planteaba precisamente uno de los problemas fundamentales que actualmente intenta resolver la tokenización de activos físicos.
Porque cuando alguien tokeniza oro, una propiedad o una botella de whisky ocurre algo parecido, aunque sin necesidad de prenderle fuego.
Hay que establecer una relación confiable entre el objeto físico que existe fuera de Internet y el token que existe dentro de una blockchain. Ese puente entre ambos mundos es hoy una de las cuestiones centrales de los RWA.
Hasta la piel humana encontró comprador
La tenista profesional ucraniana Oleksandra Oliynykova llevó la idea a su propio cuerpo. En 2021 vendió como NFT los derechos sobre un espacio de aproximadamente 15 por 8 centímetros de su brazo derecho.
El comprador pagó 3 ETH y obtuvo el derecho a colocar allí temporalmente un tatuaje o mensaje publicitario, sujeto a determinadas condiciones. Una vez más, el token no era literalmente un pedazo de piel. Representaba un derecho contractual relacionado con un activo del mundo real.
Vista desde 2026, la historia parece menos distante de los RWA de lo que podría suponerse. Cambie un espacio publicitario sobre un brazo por los ingresos generados por un inmueble, las regalías de una canción o los pagos de un préstamo y la arquitectura conceptual empieza a parecer familiar. El objeto cambia.
La pregunta permanece: ¿qué derecho representa el token y quién garantiza que ese derecho se respete fuera de la blockchain?
Aquí las rarezas empiezan a convertirse en finanzas
No todos aquellos experimentos eran bromas. La industria musical, por ejemplo, comenzó a utilizar tokens para representar derechos económicos sobre canciones.
El productor 3LAU experimentó con modelos que permitían a seguidores participar en determinados derechos asociados con su música, mientras el rapero Nas ofreció participaciones vinculadas a regalías de canciones mediante la plataforma Royal. Aquí el salto conceptual resulta mucho más evidente. Una canción genera flujos de efectivo.
Si determinados derechos sobre esos ingresos pueden dividirse, representarse mediante tokens y distribuirse entre inversionistas, blockchain deja de utilizarse exclusivamente para coleccionables. Comienza a convertirse en infraestructura para representar activos económicos. Y desde ahí el camino hacia los RWA modernos es mucho más corto.
¿Una vaca puede ser un activo on-chain? Sí
Incluso algunos de los ejemplos que suenan más extravagantes resultan sorprendentemente prácticos. En Brasil se han utilizado vacas identificadas individualmente como respaldo económico de financiamiento tokenizado.
Cointelegraph recoge el caso de diez animales vinculados a una operación de crédito de BRL 100.000. Los animales físicos permanecen, obviamente, en una granja; blockchain sirve para registrar información y estructurar derechos alrededor del activo que respalda la operación.
Esto ya no es demasiado diferente de las finanzas tradicionales. Los bancos llevan siglos concediendo préstamos garantizados por propiedades, inventario, maquinaria, cosechas y otros bienes. La innovación consiste en colocar parte de esa relación contractual y económica sobre infraestructura blockchain.
Una vaca tokenizada puede sonar absurda. Una vaca utilizada como colateral no lo es en absoluto.
Whisky, caballos y hasta uranio
El mismo principio puede aplicarse prácticamente a cualquier activo cuya existencia y propiedad puedan verificarse.
Barriles de whisky almacenados durante años pueden tokenizarse para permitir que inversionistas adquieran exposición al activo sin recibir un barril en su apartamento.
Caballos de carrera pueden dividirse económicamente entre varios propietarios que participan de gastos, premios, reproducción o venta futura.
Incluso uranio físico ha encontrado representación on-chain. Cointelegraph documentó plataformas que permiten exposición tokenizada al combustible nuclear almacenado físicamente, llevando a blockchain un mercado que históricamente estaba reservado principalmente a participantes especializados.
Llegados a este punto, la frontera entre “NFT extraño” y “activo financiero innovador” empieza a volverse bastante subjetiva. Y esa es precisamente la enseñanza.
No importa tanto qué se tokeniza, sino qué representa el token
La primera gran era de los NFT estuvo obsesionada con el objeto.
Un dibujo. Un tweet. Una canción. Una parcela virtual. Un sonido corporal. Un alma.
La nueva generación de tokenización está mucho más interesada en los derechos económicos.
¿Qué posee exactamente quien controla el token? ¿Tiene derecho a intereses? ¿A dividendos? ¿A una parte de los alquileres? ¿A reclamar oro físico? ¿A una fracción de un fondo? ¿A los ingresos de una canción? ¿Existe un custodio que conserve el activo? ¿Qué ocurre legalmente si ese custodio quiebra? Esas preguntas son mucho menos llamativas que vender un alma en OpenSea.
Pero son las que convierten la tokenización de una curiosidad tecnológica en infraestructura financiera.
Y entonces apareció Wall Street
En cierto sentido, la industria pasó años jugando con la tecnología antes de encontrar algunos de sus usos más importantes.
Hoy BlackRock asegura que su fondo tokenizado del Tesoro se ha convertido en el mayor fondo tokenizado del mundo.
RWA.xyz rastrea más de 2.000 activos tokenizados entre múltiples redes y categorías, mientras solo el segmento de deuda gubernamental estadounidense tokenizada supera actualmente los USD $16.000 millones en valor distribuido.
La SEC, entretanto, ya no discute si los valores tokenizados son una curiosidad pasajera. Su agenda regulatoria de 2026 contempla explícitamente ofrecer claridad sobre cómo custodiar y negociar valores tokenizados on-chain. El organismo mantiene que una acción o cualquier otro valor no deja de ser un valor porque se encuentre en una blockchain.
Es un cambio extraordinario de contexto.
En 2021 había gente preguntándose cuánto valía un JPG de un mono. En 2026, algunos de los mayores gestores, bancos y reguladores del planeta se preguntan cómo trasladar partes del mercado financiero mundial a la misma clase de infraestructura.
Quizás había algo detrás de toda aquella locura
Sería fácil observar retrospectivamente la fiebre NFT y reducirla a especulación absurda.
Y hubo bastante de eso.
Se pagaron fortunas por activos cuya demanda desapareció. Proyectos colapsaron. Colecciones que parecían extremadamente valiosas terminaron prácticamente ilíquidas. El primer tweet de Jack Dorsey proporciona una imagen especialmente buena de aquel exceso: después de ser adquirido por USD $2,9 millones, su propietario intentó revenderlo por decenas de millones y encontró ofertas muy inferiores.
Pero los experimentos tecnológicos rara vez llegan directamente a su aplicación definitiva.
Las primeras páginas de Internet tampoco revelaban que aquella tecnología terminaría absorbiendo buena parte del comercio, entretenimiento y comunicaciones mundiales. En blockchain ocurrió algo similar.
Primero descubrimos que era posible crear propiedad digital. Después intentamos aplicarla a prácticamente cualquier cosa. Algunas aplicaciones fueron disparatadas. Otras resultaron sorprendentemente útiles.
Y poco a poco apareció una idea mucho más poderosa: si podemos representar propiedad y derechos mediante tokens, también podemos hacerlo con los activos que ya sostienen el sistema financiero.
Del alma a los bonos del Tesoro
Ahí se encuentra el extraño hilo que conecta todas estas historias. El NFT de un alma y un bono del Tesoro tokenizado parecen pertenecer a mundos completamente diferentes. Y económicamente, por supuesto, así es.
Pero ambos parten de una misma innovación fundamental: utilizar una blockchain para crear un objeto digital identificable, transferible y programable al que pueden asociarse determinados derechos. La diferencia es que las finanzas están descubriendo cuáles de esos derechos tienen verdadero valor. Quizás por eso la historia de los RWA no comienza realmente con BlackRock.
Comienza años antes, durante ese período caótico en el que artistas, programadores, especuladores y bromistas intentaron meter prácticamente todo lo imaginable en una blockchain.
Primero tokenizamos imágenes. Después tuits. Luego canciones, vacas, whisky y hasta un alma. Ahora estamos tokenizando Wall Street.
Y, vistas desde 2026, algunas de aquellas extravagancias empiezan a parecer menos un callejón sin salida y más los experimentos de un mercado que todavía estaba intentando descubrir para qué servía realmente la tecnología.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público
Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA
ADVERTENCIA: DiarioBitcoin ofrece contenido informativo y educativo sobre diversos temas, incluyendo criptomonedas, IA, tecnología y regulaciones. No brindamos asesoramiento financiero. Las inversiones en criptoactivos son de alto riesgo y pueden no ser adecuadas para todos. Investigue, consulte a un experto y verifique la legislación aplicable antes de invertir. Podría perder todo su capital.
Suscríbete a nuestro boletín
Artículos Relacionados
Blockchain
La IA encarece las pruebas ZK y obliga a buscar alternativas a las GPU
AltCoins
ONDO sube 16,36% en plena expansión de tokens tokenizados
Avalanche
Ava Labs ve oportunidades históricas para Blockchain pese a caída en el precio de las criptomonedas
Curiosidades