Autores, ilustradores y músicos están llevando a las grandes empresas de inteligencia artificial a los tribunales por utilizar sus obras sin consentimiento. Aunque enfrentan derrotas y dudas sobre el futuro del arte, varias resoluciones recientes fortalecieron sus reclamos, incluida una indemnización de USD $1.500 millones contra Anthropic.
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- Autores, ilustradores y músicos demandan a empresas como Google, Meta, Anthropic, Stability, Midjourney, DeviantArt, Runway AI y Suno.
- Anthropic fue responsabilizada por usar libros pirateados para entrenar a Claude y acordó pagar USD $1.500 millones.
- Los artistas temen que la IA devalúe el trabajo creativo y debilite especialmente a los profesionales independientes.
Autores, ilustradores, músicos y otros creadores están llevando a las empresas de inteligencia artificial a los tribunales. Sus demandas buscan cuestionar el uso de obras protegidas para entrenar modelos generativos.
La mayoría de los casos se concentra en posibles infracciones de derechos de autor. Otros reclamos exploran vías distintas, como presuntas violaciones de los términos de servicio de las plataformas.
Según The Verge, Kirk Wallace Johnson descubrió que sus libros The Feather Thief y The Fishermen and the Dragon aparecían en un conjunto de datos utilizado para entrenar sistemas de IA. El autor dijo que pasó entre cinco y seis años investigando y escribiendo esas obras.
Johnson describió su reacción como una mezcla de ira, preocupación y deseo de exigir responsabilidades a empresas tecnológicas con enormes recursos. Después contactó a Susman Godfrey, el bufete que lideraba una demanda de autores contra Anthropic.
El escritor considera que estos litigios representan a muchas personas que han dedicado años a crear contenido. También criticó la dirección de la industria, al afirmar que el desarrollo de la IA parece avanzar sin suficiente prudencia ni respeto por el trabajo artístico.
Los primeros casos contra los generadores de imágenes
La ilustradora y caricaturista Sarah Andersen fue una de las primeras creadoras en enfrentarse públicamente a las compañías de IA. Su webcómic Sarah’s Scribbles reúne experiencias personales y decisiones creativas acumuladas durante su vida.
Andersen explicó que su obra constituye una culminación compleja de su educación y de los cómics que leyó durante su infancia. Para ella, reducir ese trabajo a un algoritmo representa una apropiación profunda de su identidad creativa.
Junto con Karla Ortiz, Kelly McKernan y otros artistas visuales, Andersen presentó una demanda colectiva contra Stability, Midjourney, DeviantArt y Runway AI. El caso comenzó a avanzar por el sistema judicial en enero de 2023.
La demanda llegó pocos meses después del lanzamiento de Stable Diffusion y Midjourney. En ese momento, la IA generativa todavía era principalmente una curiosidad tecnológica y ChatGPT apenas había debutado.
Desde entonces, el debate cambió de escala y la IA pasó a relacionarse incluso con asuntos de seguridad nacional. Otros artistas siguieron el camino legal y demandaron a empresas como Meta, Google, Anthropic y el generador musical Suno.
Google enfrenta reclamos por el contenido de YouTube
El músico independiente Sam Kogon figura como demandante principal en un proceso contra Lyria, el motor musical de inteligencia artificial de Google. También acusa a la compañía de utilizar de manera indebida datos vinculados con YouTube y su sistema Content ID.
Kogon sostiene que los modelos musicales de IA devalúan el trabajo de los artistas. A su juicio, regalar canciones generadas por estas herramientas puede reducir los derechos y el poder de negociación de numerosos músicos.
El caso se diferencia de otros litigios porque sus abogados no se enfocan principalmente en derechos de autor. Argumentan que Google incumplió sus propios términos de servicio al usar información de la plataforma para entrenar Lyria y ProducerAI.
Google presentó una moción para desestimar el caso y afirmó que los términos de servicio de YouTube le conceden amplios derechos para reproducir, distribuir y preparar obras derivadas. La empresa también defendió el uso del contenido para mejorar productos destinados a creadores y espectadores.
La abogada Krystle Delgado cuestionó esa interpretación. Tras revisar los términos de servicio, señaló que los usuarios conceden a YouTube una licencia irrevocable y perpetua, aunque consideró improbable que alguien suba contenido pensando que autoriza su recreación mediante IA.
El impacto sobre los creadores independientes
Los artistas consultados consideran que abandonar plataformas dominantes no constituye una opción realista. YouTube, por ejemplo, ofrece una audiencia de tal magnitud que dejar de utilizarlo puede significar renunciar a una parte importante de la visibilidad profesional.
La discusión afecta de manera especial a los creadores independientes. Estos profesionales suelen depender de mercados estrechos y necesitan mantener una producción constante para continuar trabajando.
Richard Kadrey, Sarah Silverman, Christopher Golden y otros autores demandaron a Meta por utilizar sus libros para entrenar su modelo Llama sin consentimiento. Su demanda sostuvo que la IA podría perjudicar a escritores emergentes que todavía no alcanzan la fama suficiente para proteger sus carreras.
El caso planteó una diferencia entre las celebridades literarias y quienes intentan abrirse camino en el mercado. Los demandantes argumentaron que una nueva generación de autores podría no vender suficientes libros para seguir escribiendo.
El juez de Kadrey v. Meta desestimó varias solicitudes iniciales porque los autores no demostraron evidencia suficiente de daño al mercado. Sin embargo, las reclamaciones centradas en infracción de derechos de autor y materiales pirateados continúan avanzando.
Anthropic y la disputa por el uso justo
En Bartz v. Anthropic, un tribunal determinó que la empresa infringió derechos de autor al utilizar libros electrónicos pirateados descargados de internet para entrenar a Claude. La resolución marcó una de las consecuencias legales más importantes para una compañía de IA.
Anthropic acordó pagar USD $1.500 millones, descritos como el mayor acuerdo registrado en un caso de derechos de autor. También aceptó destruir su colección de libros electrónicos pirateados.
La controversia no terminó con esos materiales. La empresa compró y escaneó millones de libros de segunda mano dentro del denominado Project Panama para entrenar sus modelos.
El juez William Alsup concluyó que utilizar los libros comprados legalmente calificaba como uso justo. Consideró que ese proceso era “esencialmente transformador”, una interpretación que generó desacuerdo entre los autores demandantes.
Andrea Bartz, novelista y principal demandante en el caso, cuestionó esa conclusión. Afirmó que incluso una biblioteca no puede comprar un libro físico, escanearlo y comenzar a prestarlo como un libro electrónico sin enfrentar límites legales.
Una victoria relevante, pero un futuro incierto
Bartz reconoció que el acuerdo representa la primera gran victoria de los creadores contra una empresa de IA. También expresó la esperanza de que el resultado ayude a establecer barreras necesarias para la industria.
La abogada Delgado, quien encabeza casos contra Suno y Udio en representación de músicos independientes, considera que el entorno judicial comienza a favorecer a los artistas. A su juicio, las compañías están cada vez más preocupadas por las demandas y por la opinión pública.
Las encuestas citadas en el reportaje muestran que la población exige transparencia cuando se trata de inteligencia artificial. Esa presión puede influir en las decisiones empresariales, aunque no sustituye las normas que deben definir los tribunales.
Los artistas, sin embargo, mantienen preocupaciones que van más allá del resultado de cada juicio. Temen que la expansión de la IA reduzca sus oportunidades laborales, incluso si las empresas pierden algunos litigios o llegan a acuerdos económicos.
Bartz también criticó el marketing que presenta la IA como inevitable. Advirtió sobre posibles daños para las artes, el pensamiento crítico, el ambiente y la economía mundial, mientras las grandes compañías continúan acumulando poder y dinero.
El músico Sam Kogon describió la generación de música falsa como una práctica profundamente deshumanizante. Su postura resume una inquietud compartida por varios creadores: la tecnología no solo puede copiar obras, sino también cambiar la percepción social sobre el valor de producirlas.
La disputa legal todavía no ofrece una respuesta definitiva sobre cuándo el entrenamiento de modelos constituye uso justo. Mientras los casos avanzan, los tribunales deberán equilibrar innovación tecnológica, acceso a datos, propiedad intelectual y la posibilidad de que los artistas mantengan una vida profesional sostenible.
Imagen original de DiarioBitcoin, creada con inteligencia artificial, de uso libre, licenciada bajo Dominio Público.
Este artículo fue escrito por un redactor de contenido de IA.
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