El observatorio Swift de la NASA, que durante más de dos décadas estudió estallidos de rayos gamma y otros fenómenos del universo, terminó sus operaciones el 20 de octubre de 2026 y se dirige a una reentrada no controlada. No hay una fecha ni un punto de caída precisos; expertos consideran que la mayoría de la nave se quemará y que el riesgo para las personas en tierra es muy bajo.
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- Los reportes sobre el final de la misión situaron la órbita de Swift por debajo de los 275 kilómetros; el observatorio ya no podía compensar el aumento de la resistencia atmosférica.
- La trayectoria pasa por una franja de unos 21 grados a cada lado del ecuador, pero no permite anticipar dónde caerán posibles fragmentos.
- Expertos estiman que la mayoría de la nave se desintegrará; el aumento de las reentradas plantea un desafío más amplio.
🚨🛰️ Swift, el telescopio de la NASA, se dirige a una reentrada sin control
No hay fecha ni punto de caída definidos. Su trayectoria cruza una franja de 21° a cada lado del ecuador.
Expertos estiman que la mayor parte se desintegrará y consideran muy bajo el riesgo para las… pic.twitter.com/2lpA3KwynY
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El telescopio Swift de la NASA se acerca a una reentrada sin control
Una misión científica llega a su final orbital
El Observatorio Neil Gehrels Swift, de la NASA, terminó sus operaciones el 20 de octubre de 2026 y se encamina a regresar a la atmósfera terrestre de forma no controlada. Una misión robótica de rescate no consiguió elevar su órbita. Los reportes sobre el final de la misión no precisaron la fecha de reentrada ni el punto donde podrían caer los restos. La incertidumbre sobre el lugar no equivale, según los especialistas consultados, a un riesgo elevado para la población.
Swift fue lanzado el 20 de noviembre de 2004 y pasó más de dos décadas observando estallidos de rayos gamma, considerados las explosiones más poderosas del universo, además de otros objetos y eventos cósmicos. Para esa labor combinó tres instrumentos: el Burst Alert Telescope, el X-Ray Telescope y el Ultraviolet/Optical Telescope. Su próxima reentrada marca el fin de las operaciones de un observatorio dedicado a estudiar fenómenos que ocurren mucho más allá de la Tierra.
Al cierre de las operaciones, los reportes situaban la órbita de la nave por debajo de los 275 kilómetros de altura. El observatorio, con un peso aproximado de 3.300 libras o 1.500 kilogramos, ya no podía contrarrestar los efectos del aumento de la resistencia atmosférica, por lo que entró en modo seguro. El equipo de operaciones de Swift, en la Universidad Estatal de Pensilvania, envió entonces un comando que puso fin a sus actividades científicas antes de la caída.
Ese cierre de operaciones no consiguió modificar el destino orbital de la nave, cuyo descenso continuará bajo la influencia de la atmósfera. La tentativa de rescate no logró impulsar el telescopio a una órbita más alta, por lo que el regreso ocurrirá sin una maniobra que controle el punto final. En consecuencia, las estimaciones sobre la fecha y el lugar dependen del seguimiento de su trayectoria mientras se aproxima a las capas más densas del aire.
Qué podría ocurrir durante la reentrada
Darren McKnight, técnico sénior de LeoLabs, empresa que monitorea objetos en órbita, describió el caso de Swift como una parte pequeña del conjunto de objetos que regresan a la Tierra. Según su estimación, actualmente reingresan diez veces más objetos cada año que hace cinco años, en un contexto de expansión de las constelaciones en órbita terrestre baja y de renovación tecnológica. El dato desplaza la atención desde un satélite particular hacia el volumen creciente de hardware que termina su vida orbital.
McKnight también expresó preocupación por el abandono acelerado de objetos masivos a más de 400 millas, unos 644 kilómetros, de altura. Su observación distingue dos asuntos: el posible peligro inmediato que representa la reentrada de Swift y la acumulación de objetos grandes que permanecen en órbita antes de descender. El especialista consideró que el telescopio representa una porción reducida del problema general de los objetos que vuelven a atravesar la atmósfera.
Dean Sladen, gerente de calidad e ingeniero aeroespacial del proveedor británico Accu Components, explicó que el tramo final suele desarrollarse con rapidez cuando una nave alcanza unos 120 kilómetros, o 75 millas, de altura. En esa etapa, el aire delante del satélite se calienta intensamente y la estructura comienza a brillar; los paneles solares y las antenas suelen desprenderse primero. Según Sladen, a unos 78 kilómetros, equivalentes a 48 millas y aproximadamente ocho veces la altura de un avión de pasajeros, el cuerpo principal se rompe.
La mayor parte del observatorio se derretiría o vaporizaría a medida que atraviese la atmósfera, aunque algunos componentes podrían resistir el calor. Sladen señaló que el aluminio, el cableado y la electrónica constituyen buena parte de la estructura, y que esos materiales tienden a fundirse durante la reentrada. Los restos que llegan al suelo suelen ser piezas pequeñas, densas y resistentes al calor, como las fabricadas con titanio o acero, además de algunos elementos de vidrio.
Una trayectoria amplia y un riesgo que los expertos consideran bajo
La órbita de Swift pasa por una franja de aproximadamente 21 grados a cada lado del ecuador, según Sladen, lo que permite delimitar una banda posible, pero no señalar un lugar de impacto. Esa región está compuesta mayormente por océano, aunque también atraviesa zonas pobladas de África, el sur y sudeste de Asia y América Latina. Por eso, la trayectoria ofrece una referencia geográfica amplia, no una predicción precisa sobre dónde caería cada fragmento superviviente.
Entre las piezas con mayores posibilidades de sobrevivir, Sladen mencionó las seis ruedas de reacción, que Swift usaba para orientarse, y partes más resistentes de sus telescopios, como lentes y espejos. En cambio, la máscara del instrumento, formada por unas 52.000 pequeñas losetas de plomo, casi con seguridad se derretiría durante el descenso. Incluso si algunos componentes llegaran a tierra, el especialista prevé solo un puñado de fragmentos pequeños y chamuscados, sin una forma reconocible como la de un telescopio.
Sladen dijo que no parecía haberse publicado una evaluación detallada del riesgo de la reentrada, pero aclaró que la ausencia de un documento público no demuestra que la NASA no haya hecho ese análisis. Según el ingeniero, los requisitos de la agencia establecen que el riesgo de víctimas humanas por restos supervivientes no debe superar una posibilidad entre 10.000. Añadió que es probable que el trabajo se haya completado sin difundirse y sostuvo que publicar la evaluación ayudaría a reemplazar las especulaciones por información concreta.
El mismo límite de una posibilidad entre 10.000 para que alguien resulte herido por una reentrada también fue atribuido por Sladen a la NASA y a la Agencia Espacial Europea. El ingeniero explicó que, cuando un satélite no puede cumplir esa exigencia, se espera que realice una caída controlada; algunos equipos actuales llevan propulsión para dirigirse a una zona remota del océano. Otra estrategia consiste en diseñar los aparatos para que se quemen por completo, un enfoque conocido como diseño para la desintegración.
El desafío de planificar el final de los satélites
La NASA ha indicado que considera poco probable que alguien en tierra resulte dañado por la caída de Swift, y LeoLabs también describe el riesgo como muy pequeño. La evaluación de los especialistas se apoya en que la mayor parte de la estructura se desintegraría y en que los posibles restos tenderían a caer al mar. Sin embargo, la falta de una ubicación precisa impide convertir esa expectativa general en una predicción sobre un punto concreto de impacto.
Para Sladen, el peligro inmediato de este observatorio no es el único aspecto que merece atención, porque la cantidad de satélites que se lanzan y regresan sigue aumentando. El diseño orientado a una desintegración segura y las maniobras para conducir equipos fuera de servicio hacia regiones remotas del océano pueden reducir los riesgos de futuras reentradas. Estas prácticas también muestran que el final de la vida útil de un satélite requiere planificación desde su diseño, no solo seguimiento cuando su órbita comienza a decaer.
Swift fue uno de los objetos que no recibió una maniobra exitosa para elevar su órbita antes del regreso, pero McKnight recalcó que su caso representa solo una pequeñaparte de los objetos que reingresan. Su preocupación adicional por los objetos masivos que permanecen a más de 644 kilómetros apunta a la gestión del entorno orbital en una etapa de expansión de constelaciones. La evolución de esa tendencia dependerá, entre otros factores, de que las misiones incorporen desde el principio procedimientos para una salida segura.
Mientras Swift completa su descenso, el seguimiento orbital podrá actualizar las estimaciones sobre el momento de la reentrada, pero la información disponible no permite fijar un lugar exacto para los restos. Los expertos consultados esperan que casi toda la nave se queme y que cualquier pieza superviviente tenga más probabilidades de terminar en el océano que en tierra. El caso deja una advertencia de largo plazo: a medida que crece el número de satélites, también importa cada vez más cómo se planifica su regreso.
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